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Ruth moabita a espigar va a las eras, aunque no tiene un campo mezquino.
Piensa que es Dios dueño de las praderas y que esta la espiga en los predios divinos.
El sol caldeo su espalda acuchilla, baña terrible su dorso inclinado; arde de fiebre su leve mejilla, y la fatiga le rinde el costado.
Booz se ha sentado en la parva abundosa, el trigal es una onda infinita, desde la sierra hasta donde él reposa.
Que abundancia ha cegado el camino, y en la onda de oro la Ruth moabita viene, espigando, a encontrar su destino.
Booz miró a Ruth, y a los recolectores dijo: "Dejad que recoja confiada..." y sonrieron los espigadores, viendo del viejo la absorta mirada.
Eran sus barbas dos sendas flores, sus ojos, dulzura, reposo el semblante; su voz pasaba de alcor en alcores, pero podía dormir a un infante.
Ruth lo miró de la planta a la frente, u fue sus ojos saciados bajando, como el que bebe en inmensa corriente...
Al regresar a la aldea, los mozos que ella encontró la miraron temblando, pero en su sueño Booz fue su esposo...
Y aquella noche el patriarca en la era, viendo los astros que laten de anhelo, recordó aquello que a Abraham prometiera Jehová: más hijos que estrellas dio el cielo.
Y suspiró por su lecho baldío, oró llorando, e hizo sitio en la almohada para la que como baja el rocío, hacia él vendría en la noche callada.
Ruth vio en los astros los ojos con llanto de Booz llamándola, y estremecida, dejó su lecho, y se fue por el campo...
Dormía el justo, hecho paz y belleza, Ruth, mas callada que espiga dormía, puso en el pecho de Booz su cabeza.
Gabriela Mistral
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