La vida es como un camino, siempre se ha identificado así. Lo que nadie dijo nunca es a dónde llevaba ese camino o si tenía algún final, incluso algún principio. Muchos hicieron conjeturas, incluso establecieron mapas donde figuraban puntos de descanso, accidentes destacados del terreno, ríos que cruzar, puentes levadizos. Pero en realidad el final del camino era una pura ficción. Después de seguir diversos senderos llegué a una conclusión definitiva: el camino no llevaba a ninguna parte. Claro que es difícil concebir un camino que no lleva a ninguna parte. De alguna forma la tierra que ocupa desplaza a la maleza, compite facticamente con la naturaleza. No caben opciones. O uno u otro. Y al final no hay sitio para el bosque y para el camino. Sin embargo pronto encontré la solución. Fue un día de otoño siguiendo el viejo camino medieval de San Adrián que comunica la Llanada Alavesa con los valles altos guipuchis. Allí descubrí que, pese a mis esfuerzos, el camino volvía a pasar por el mismo sitio. Había una pecualiaridad. Nunca pasaba exactamente por el mismo sitio sino por lugares semejantes. Era una espiral, un enorme gusano que giraba sobre sí mismo. Teníamos la sensación de la distancia cuando sólo dábamos vueltas alrededor del mismo punto geocéntrico. Me sentí claramente ofendido. A mi edad concebirme como un burro de molino me pareció insultante. Pero luego agradecí, humilde, que el camino no fuera exactamente igual sino que estuviera construído de forma que siempre existían pequeñas variaciones. Mutaciones del paisaje que hacían todo más ameno. Podíamos pasar junto al mismo árbol pero sus hojas eran distintas, el color variaba levemente. Esas pequeñas mudanzas no eran percibidas por todo el mundo. Aquellas personas con sus sentidos embotados tenían la percepción de que todo era lo mismo. Otros, más abiertos, se divertían con aquellos pequeños matices. Los de ánimo más exaltado se distraían tanto en aquellos pequeños matices que tenían la equívoca sensación de que el camino era distinto. Yo creí captar el justo término, el punto medio que separa la novedad de la rutina y, como un humano más, seguí dando vueltas en la espiral del tiempo, en su misteriosa noria. Y de esa manera pude seguir, en distintas ocasiones, los caminos físicos que me circundan y los senderos de la memoria. Era un viaje interior y exterior. Medité entonces sobre esa extraña dualidad que nos hace dividir todo en dos bloques: lo interno y lo externo, lo propio y lo ajeno. En uno de aquellos interminables paseos me senté junto a un pequeño embalse. Miré mi rostro. La primera impresión es que mi rostro reflejado no coincidía exactamente con la imagen que tenía sobre mi mismo. Era parecido pero distinto. El aguacero había ido dejando sus surcos y, ahora, lo que era un campo fértil ya no lo era tanto. Se objetivaban, claramente, las marcas de la erosión, de la fosilización acaso. Entonces comprendí que algo de mi se perdía en aquellas aguas y que los reflejos del sol, al mismo tiempo me regalaban imágenes. Imaginé mis senderos llenos de espejos y comencé a dudar sobre si hasta qué punto lo que veía era absolutamente real o una mezcla de mi mismo, proyectada sobre las piedras del camino. Fue así como, de pronto, me vi en medio de un camino que no sabría describir si estaba inmerso en una absoluta penumbra de ilusorios objetos o, acaso, envuelto en una luz cegadora. Fue así, en esas andanzas, cuando descubrí, en un día como cualquier otro, a un grupo de ciegos que caminaban por zonas muy peligrosas. En realidad el camino discurría allí junto a un precipicio. Ellos, aterrados, no podían verlo pero presentían en su rostro el gélido eco de una profundidad insondable. Agarrados por las manos, uncidos en esa falsa seguridad, la espalda pegada contra la montaña, caminaban de lado, presintiendo el abismo. Era un avance lento y casi inútil mientras sus labios se resecaban por el calor y la sed. Finalmente uno de ellos, agotado, sintió como su tobillo se doblaba y el cuerpo todo se desprendía, presuroso por la ladera. De nada sirvió el leve, casi simbólico gesto que hicieron, iniciaron, sus compañeros de camino para retenerlo. Se oyó un ruido lejano, unido a piedras desplazadas, que fue haciéndose más leve hasta desaparecer por completo. Alguien lo llamó por su nombre pero nadie respondió. Ansiosos cada uno repitió su nombre. Faltaba uno. Uno de los ciegos había sido tragado, absorbido por el abismo. Pensé, durante algunos momentos en ayudarles pero luego lo consideré una tarea imposible. Hacia donde conducirlos? Con qué objetivo? Tenían que asumir su propio destino. Al fin y al cabo es posible que existieran muchas cosas que yo no podia percibir. En definitiva también yo estaba ciego. Un ciego que, aparentemente al menos, podía ver. Después de estas consideraciones me senté al borde del camino tomando el aperitivo de la mañana, compartido con mi gato negro que, aupado en mi mochila, era el compañero inveterado de mis peregrinaciones. Al fin y al cabo, pensaba, este animal es una criatura tenebrosa y no sé si siente algún aprecio por mi o si , simplemente, me mira como un proveedor de alimentos que, en algún momento, puede convertirse en un aporte proteico, cuando mi debilidad me impida defenderme de sus garras. Ese sentido práctico de la vida creo que nos unió para siempre. Y fue así como para vencer el tedio de la existencia saqué de mi mochila el tablero y los dados. El famoso y conocido juego de la oca. Después de mover el dado en el cubilete saltó sobre el tapiz y avancé seis pasos. Volví a repetir la misma operación y esta vez salió el cuatro. Moví la ficha cuatro pasos. En esa casilla figuraba un extraño símbolo. Miré en las reglas del juego y leí: tres pasos sin jugar y vuelva a iniciar la partida desde el punto cero. Es justo lo que hice. Reconozco que, al principio, me planteé hacer trampas pues pensé que nadie me veía pero luego no me atreví. Las cosas y los objetos de ese camino en espiral tienen un extraño magnetismo y cualquier violación de sus normas es, de alguna forma, percibida y corregida silenciosamente y en contra de la voluntad del caminante. Realmente, pensé, muchas veces me ha ocurrido esto. Entrar en el "dique seco", ver la vida pasar y tener que recomenzar desde cero. Consideré mi escaso vagaje filosófico y llegué a la conclusión de que eso es una especie de "reencarnación". El volver a empezar cada mañana. Cada noche nuestro dado cae en la casilla que nos dice "tres manos sin jugar y vuelva a comenzar". Uno de los grandes misterios del camino en espiral. El volver al punto cero de la existencia y recrearnos en los múltiples espejos que reflejan nuestra silueta. Además esos espejos mágicos, que existen fuera pero también dentro de nuestra memoria, son extraordinariamente sorpresivos. Por ejemplo, es totalmente factible mirarlos y ver nuestro rostro de hace 20 años o de dentro de 20 años o, simplemente, no ver nada. Son periodos de calma, tranquila o tensa, sentados en el borde del camino y esperando que vuelva a tocarnos nuestro turno. Somos muchas personas en el planeta. Todo es cuestión de turnos. Cuando uno va a la estación de tren para sacar un billete, con destino a cualquier parte, recoges un número de un extraño aparato colgado en la pared. Entonces te das cuenta de que no eres una persona, sino sólo un número. Por fin, cuando tu número sale en el panel te acercas apresurado a la ventanilla y un señor con gafas gordas "de culo de vaso" te pregunta dónde vas y qué quieres. Entonces tienes la tentación de pedir un billete cualquiera a cualquier parte y a cualquier hora. Como cuando entras a tomar un café, pides algo de bollería. El camarero da tantos nombres que no recuerdas la lista completa (nuestra memoria a corto plazo sólo puede recordar siete cosas diferentes) y entonces, generoso y poco selectivo, añades "da igual, tráigame cualquiera de ellas". Pues bien, el juego me deparó aquella vez que entrara en el dique seco de la no existencia. Cumplí estrictamente sus indicaciones y recordé las muchas veces en las que me había encontrado fuera del escritorio, como una nota al margen, como una anotación a lápiz sobre un papel escrito en tinta impresa. Permanecí allí sentado, al borde del camino polvoriento. Pasaron otros caminantes que ni siquiera me saludaron (el saludo es la señal del caminante de bien, te saludan las personas con buenas intenciones, no te saludan los de mirada torva, probables salteadores de caminos) pero es posible que, absortos en sus pensamientos, ni siquiera me vieran. Realmente a mi me pasa a veces. Ir tan ensimismado que luego alguien me dice: "te saludé el otro día y no contestaste, no sé si tienes algo contra mi". Pues no, lo único que mis ojos, en ese momento, puede que no miraran hacia fuera sino hacia dentro. Volví a remover el dado en el cubilete y, esta vez, a punto de caer fuera del paño verde que cubría la mesa, en el mismo borde del abismo, salió el número cuatro. Preocupado recorrí los cuatro pasos que abrieron la casilla azul de los recuerdos. Vi, entonces, sorprendido la Plaza de San Juan de Dios y sus calles adyacentes. En realidad tardé años en saber por qué se llamaba de San Juan de Dios. En encontrar el viejo hospital del mismo nombre que, ocupando un edificio antiguo, se ocultaba casi entre las calles con nombres del antiguo imperio romano. Era evidente que alguien quiso recordar que allí existió una ciudad romana erigida sobre restos fenicios. La ciudad, en general, se mostraba orgullosa, sus habitantes, de su origen fenicio. Pero no eran fenicios sino una mezcla heterodoxa de navegantes mediterráneos. Las altas torres de los genoveses estaban hechas para divisar, antes que nadie, la llegada de los barcos que llegaban de América, cargados de diversas riquezas. Hoy, restauradas, constituían una atracción turística. Incluso una de ellas disponía de una cámara especial para observar distintos aspectos de la ciudad dieciochesca. Mi primer contacto con aquella plaza fue una antiguo caserón donde dos supuestos parientes, o familiares, lejanos lánguidos y parcos, nos recibieron en aquel lejano verano. Allí quedó la calle y nunca pude recordar exactamente el piso ni el número. Luego hubo tardes gigantescas sentado en los cafetines de la plaza, viendo los barcos atracados, apostados casi, junto al dique. Mientras tanto algunos músicos callejeros improvisaban algunas melodías al acordeón mientras los limpiabotas ofrecían sus servicios. Así transcurrían los castos días del verano, de juveniles fuerzas contenidas. Luego, otro verano, vivía pensando en el destino de los numerosos buques. Algunos se dirigían a San Juan de Puerto Rico y allí confluían sus singladuras y mis sueños. Otra tarde encontré a mi hermano que viajaba de luna de miel. Todavía recuerdo mi silueta persiguiendo su auto. Días de vagar por las calles estrechas buscando el ambiente socarrón de los puertos mediterráneos. Paseos, desayunos, idas y venidas. Finalmente, ahora subía al barco de siempre, al buque con el que atravesé tantos mares. Instintivamente creo que abrí mi camarote, el que fue mi habitáculo. Recorrí las zonas por donde todavía dormitaban mis pasos perdidos. Al final el beso en la mejilla de una de mis hijas añadió el último punto, la última anécdota a aquella plaza que, sin yo quererlo, siempre tuvo algo que fue mio. Me dijo que había llorado subiendo al barco. Sí. El barco estaba allí, orgulloso, limpio y majestuoso. En realidad tuve la sensación de que cruzábamos miradas cómplice. El con su aspecto de Polifemo y sus ojos atravesados por las maromas que lo unían al puerto. Yo con la sensación extraña de no mirar a un ser metálico sino de acariciar con la mirada a la bestia ruidosa en la que navegué por tantos sitios. Tantos paseos solitarios por la cubierta lamentando que el ruido de las máquinas me impidiera contemplar el mar en silencio. Pero aquel ruido, aquel humo ennegrecido formaba parte de su silueta, de sus mismas entrañas y pensé que todavía es posible que le quede más de media vida útil. Uno nunca sabe si volverá a cabalgar en el monstruo de acero que atraviesa los mares, pero abierto el baúl de los deseos, la improvisación, la ocasión aparece en cualquier instante. Así es como cerré la puerta de los recuerdos y volví al nefando juego de la oca. En realidad la oca es un juego simbólico apto para caminantes. No hay que hacer nada, excepto dejar flotar la imaginación en el recuerdo o en el ensoñamiento del futuro. Las cosas no son lo que son. El día de la Virgen del Carmen los pescadores sacan a pasear la imagen en una pequeña barca. Buscan la protección de deidades antiguas. Y la imagen con rostro hierático los bendice desde su inmovilidad absoluta, desde las arrugas de la ropa que jamás se arrugarán de verdad y desde un rostro que nunca envejece. Los dioses protectores del camino adoptan todo su simbolismo y entonces es posible soñar de nuevo con que lo que vemos no es real o que existe una realidad tan vulgar que, en realidad, no puede serlo. La oca es el juego del caminante. El ajedrez es el juego del posadero bien pertrechado tras los muros del castillo. El hombre medroso refugiado de la peste y el cólera, matando las horas con su inteligencia, buscando oscuras conexiones de los objetos, sometidos a arbitrarias reglas, pero al fin y al cabo la lógica. La batalla inacabable de la lógica contra la magia, de la razón contra la intuición hasta que descubres que la razón no es probabilística sino algorítmica, que andamos por andamios, por oscuros cortocircuitos por donde pasamos de montaña a montaña, sorteando los valles. Tentando el tiempo, apoyando la lógica en la experiencia. Y la magia tampoco es sólo una relación etérea entre elementos inconexos. En ella se unen el deseo y la experiencia en un magma infinito. En mi mochila de caminante siempre van los dos juegos, incluso aprendí a abreviar el procedimiento. Si uno observa con cuidado un tablero de ajedrez las distintas configuraciones dibujan constelaciones geométricas. Acaso una punta de flecha, un pez, una cruz. Aprender a jugar superando la razón y guiado por la forma, desviando los inútiles caminos que conducen a la espiral de la nada y, en cambio, confiado en la magia y sus espejismos. Cada movimiento deja de obedecer a una lógica interna y es sólo un paso intermedio hasta obtener una nueva figura, una nueva silueta. Es así como la geometría, según la antigua filosofía dominaba desde la configuración de los planetas hasta las concepciones astrológicas, el vaticinio del futuro y todos los aspectos de la vida del hombre. Para andar por nuestro camino en espiral hay que aprender a moverse evitando el círculo, destruyendo líneas anárquicas, buscando la geometría de las palabras, el tercer espacio, la silueta. Hasta el amor acaba siendo una pura cuestión de estética. Es igual que el tema de la maldad, del mal. Existe un mal utilitario, casi un daño colateral, y luego están los profesionales de la demonología. Como José Ramón, dedicado a sus actividades lúpicas. El zorro o el buitre son animales carroñeros, pendientes de cualquier ser que, en su debilidad, es presa fácil de otro con mayor energía. Mi amigo, perdido en el camino, en la altiplanicie del desierto, tuvo que soportar la llegada incesante de los buitres. Aprovechaban su debilidad para acercarse una y otra vez. Al final consiguieron sacarle los ojos, horadarle los pómulos e intentar refrescar sus mandíbulas con el néctar del líquido cefalorraquídeo. El ser humano es el resumen de muchos seres vivos. De muchos seres evolutivos. Y nuestro residuo de zorro, de animal carroñero sigue latente, rebañar en los sufrimientos de los demás. Durante mi estancia en el camino he tenido la tentación de ejercitarme en la carroña, introducir mis manos en los bolsillos de los muertos, arrancarles las cadenas de oro, que ya no le servirán para nada, pero que quizás fueron el regalo amoroso de una novia o una madre. La carroña sobre el cadáver, la carroña sobre el ser vivo que tratamos de aislar con la tentación de aislarlo, debilitarlo para que sea pacto de los zorros. Esa tendencia, tan común en el caminante, es por una parte una acto de limpieza, de exterminar los residuos biológicos de la materia, pero por otra tiene mucho de oportunismo. Nuestros queridos ciegos fueron víctima del expolio tras precipitarse ladera abajo, víctimas de los caminantes desalmados que buscaban en sus alforjas. Y no, hay que saber pasar de largo sobre las desgracias de los demás. No cortejar a la mujer desvalida, desprovista de cariño, no registrar la mochila abandonada. La elegancia de defender al débil y enterrar a los muertos. Los ciegos quedaron sepultados en una tumaba de arena fina, sellada con cal, con todas sus pertenencias, simplemente por la elegancia de no convertirse en carroña, la misma carroña que comemos en las latas de conserva con idéntica pulcritud que el zorro cuando esconde su presa para ir devorándola poco a poco. Y así es, en el juego de la oca hay una casilla secreta que nos impide comer despojos, que nos hace permanecer inmóviles ante la debilidad, espantando la avaricia del robo o la idoneidad del que está desarmado. Así fue como aprendí a cruzarme con los caminantes, de igual a igual, mirándolos a la cara, acaso con gesto fiero, pero ignorante de su fuerza física o de la contextura de su armamento. Fue así como decidí prescindir de la compañía de los otros caminantes. Escogí mi isla. Un pequeño islote, en medio del camino, rodeado por corrientes de agua. Algunos quisieron acompañarme pero sus pretensiones me parecieron excesivas. Alguno no paraba de hablar. Otro imponía su orden, sus hábitos, sin dejar sitio para mi propia espontaneidad. Después de años de convivencia tomé una decisión sublime: me estorbaban todos. Necesitaba tumbarme, placidamente al sol, oyendo el tañido de las campanas lejanas de las iglesias, o el gong del templo budista que se encontraba al otro lado del valle. Admirador del silencio fui ahuyentándolos poco a poco. En realidad el esfuerzo fue pequeño. Bastaron pequeñas excusas. Uno de ellos vino a decirme que yo era un perfecto desconocido. Fue una ocasión perfecta para aumentar su desconocimiento. Otro me perseguía con sus exigencias interminables hasta que decidí poner fin a semejante chantaje. La otra me reclamaba constantemente para hablar del mismo tema. Desesperado, hastiado decidí también darle esquinazo, refugiarme en los distintos escondites de la isla. De esta forma, poco a poco, cansados de mi presencia silenciosa, fueron marchándose quizás a otras estancias, a otras islas o por senderos distintos a los mios. Recuperada mi paz espiritual sentí una especie de desasosiego. Ya no tenía motivo para quejarme. Dueño de mi mismo crucé el arenal con la sensación de que ninguna fiera salvaje podía atacarme. Un poco hasto de tanta paz, pensé si no sería mejor conservar al menos uno de aquellos plañideros para que con sus peticiones, o repeticiones, insoportables, ocupara el exceso de ocio, el vacío existencial de ser dueño de mi mismo. Pero enseguida pensé que no. Que era mejor recuperar, conservar lo recuperado, mi libertad tan duramente adquirida a cualquier precio. Ahora podría nadar a mis anchas en la ribera que rodeaba a mi isla, construir castillos de arena, escribir, leer las escasas novelas que depositaba en mi mochila. Por fin pude sobreponerme al puro sentimentalismo, a la dificultad que supone decir que no. Libre y descalzo sentí el agua fria sobre mis pies, llené mi cara con el agua salitrosa de la marisma y pude mirar el horizonte como si sólo fuera mio. En unos de mis largos paseos encontré, atónito, a un grupo de alguaciles que trasladaban, con celo, y no sin cierta crueldad, a un grupo de presos. Los llevaban atados y descalzos. Me acerqué a ellos y pregunté, a quien mandaba la cuadrilla, qué delitos habían cometido aquellos hombres. Pormenorizadamente fue narrándome sus horribles crímenes. Tosos eran execrables, abominables, gentes de esas que tiran de pistolas y puñal ante el menor contratiempo. Me pareció que su futuro, o su presente, estaban muy bien merecidos. Sin embargo, algo de eso producía un intenso malestar en mi interior. Pensé en ese otro daño que se hace sin ensañamiento, poco a poco, haciendo que las personas pierdan los fundamentos de su ser, los pilares que los mantienen vivos y en contacto con la realidad. Verdaderamente, la multitud de situaciones en las que tienen la percepción de una muerte lenta. Los trabajos en los que, para provocar el despido, dejan a los empleados cumplir su riguroso horario, pero sin poder hacer nada, simplemente dejando pasar las horas, para que tomen conciencia de su total inutilidad. Los comentarios hechos a sotabarba para tratar de aislarte, sabiendo que un ser sin conexión es como un árbol sin savia. Sabedor de esto miré a mi alrededor y, en mi camino en espiral, presentí un mundo de asesinos. Tuve la tentación de eliminar a cualquiera de ellos, en representación de todos los demás, ya fuera alguacil o preso, pero al final desistí del criminal intento. Sería sólo una gota en el desierto. Y así entre siestas inducidas y periodos de letargo fueron transcurriendo los amplios días de aquel verano que parecía inacabable pero que, sin embargo, estaba definitivamente condenado a tener fin. El otoño aparecía en lontananza y decidí ausentarme del camino polvoriento, inciar la senda del agua que me conduciría a paraisos insospechados. Fue entonces cuando me di cuenta, cuando adquirí la conciencia cierta de la coincidencia. El juego del ajedrez tiene 64 casillas. El juego de la oca tiene 63. En algunas versiones la casilla central es la 64. Hay una duda, un margen de error, que puede ser de un día, de una semana, de un año, acaso de una vida, puede que de un instante. Ese mínimo gesto es el que separa la suerte de la razón, la magia de la inteligencia programada. Mientras iniciaba mi singladura adquirí la convicción de que todo razonamiento es, en realidad, en vano. La suerte y la lógica conducen al mismo lugar o, quizás, hay sólo una pequeña diferencia entre ambos. Hoy no he visto a Libardo con su aspecto pequeño y depresivo. Pero puede que, en el fondo, la sonrisa y la sensatez vayan al mismo lugar que la tosudez y la falta de cordura. Nadie sabe a dónde conducen las olas del mar y, mucho menos, las corrientes ocultas que se ocultan debajo de la superficie. En el fondo son tantos los cambios, tantas las variables que, verdaderamente, tuve la oscura sensación de estar inmerso en una inmensa partida de dados. Las reglas de la oca sólo permiten hasta cuatro jugadores pero yo me encontré con un inmenso tablero de cinco mil millones de personas moviendo fichas a destiempo. Ni siquiera podría imaginarlo. El infinito mundo en movimiento donde se unen, otra vez, la geometría y la lógica, la magia y la palabra. El caos anárquico en el que las cosas trascurren con un cierto orden. Cuando camino mis pasos me permiten avanzar por un magma de arena o de agua, pero mis pasos son contables, son un número finito de veces en las que las plantas de los pies se apoyan, una y otra vez, sobre el escurridizo, o firme, suelo en el firmamento incontable de mis pasos que sin embargo suman un número. Y así todo llega a poder ser cuantificado, medido, tasado casi. Cuando en el juego de la oca jugamos con dos dados si en uno de ellos sale el cuatro y en el otro el cinco debemos avanzar a la casilla cincuenta y tres. Cinco y cuatro suman nueve que es el número cabalístico de los nigromantes. En Abril del año que viene llegaré a la casilla 53 y ahora me planteo la duda de si lo hice paso a paso o si fue, directamente, la primera vez que lancé los dados y apareció la mágica combinación. Las dos caras que permiten saltar sobre infinidad de tropiezos. Confieso que he perdido la memoria. No sé cuántas veces he arrojado los dados. Mucho menos puedo recordar la primera vez que arrojé su geometría de madera sobre la dura superficie de la mesa o el tapete verde de turno. No se deben, nunca, arrojar sobre superficies irregulares pues sus caras quedan ladeadas y nos movemos, entonces, por el paisaje de la ambigedad. Pero sí, fue un gran descubrimiento el encontrar la naturaleza digital de las cosas, el separar el mundo de lo contable y lo incontable. Descubrir que todo se puede contar. Que no sabemos contar el amor, o el desamor, pero que probablemente también hay alguna forma de cuantificarlos. En cualquier caso la primera oca se encuentra, exactamente, en el número cinco del tablero.
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Es que muchas veces uno siente esa enorme ganas de limpiar la existencia de las escorias, pero nos frenamos por una question mas bien legal que etica. Pero asimismo, cuando uno ve eses "asesinatos lentos" cerca de uno dan ganas de usar puñales y balas de grueso calibre a mansalva. La sabeduria estar en aislar esos "asesinos" ponerlos en cuarentena perpetua, y asi vernos libres de tan tremenda convivencia. El agua alivia y purifica, limpia y descansa. El otoño vendrá, dejando esa paleta de colores y luminosidad singular.
ceciliabr05:56 PM CET