El poeta y el campesino
Se cuenta en la vida de un célebre poeta y libre pensador que una de sus costumbres favoritas era levantarse muy de mañana y salir al campo de paseo, para inspirarse al contemplar las bellezas que el Creador a lado a la naturaleza y luego traducir su inspiración en versos.
Cierta mañana encontró en su camino a un humilde campesino preparando la tierra para sembrar.
El poeta se detuvo para observar a aquel hombre sencillo y trabajador.
Fue grande su extrañeza al advertir que cada golpe que daba el campesino con su azadón lo acompañaba musitando algo que no lograba entender con claridad.
Se acercó con cautela para captar mejor que era exactamente lo que balbuceaba aquel hombre tal humilde.
Y al hacerlo le escuchó decir claramente: ¡gracias!, ¡gracias!, repitiéndolo cada vez que golpeaba los duros terrones.
- El poeta le preguntó con despectiva curiosidad:
Disculpe señor, ¿a quién da usted tantas gracias?
El campesino le respondió: Yo doy gracias a Dios, y prosiguió con su trabajo.
- ¡Cómo!, ¡Usted da gracias a Dios!... ¿Y porqué lo hace?, le interrogó el poeta.
- Debo agradecerle constantemente, porque a El le lo debo todo, dijo el campesino.
- Pero óigame bien: ¿qué ha hecho Dios por usted para darle tantas gracias?
Lo más que se acordó de usted fue un solo instante para crearlo; pero después se olvidó de usted por completo, abandonándolo a su propia suerte.
Aquí tiene la prueba, prosiguió el poeta con un tono burlón, porque era ateo y no creía en Dios, usted tiene que ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente, trabajando como un esclavo en este oficio tan rudo.
- ¿Y le parece a usted poca cosa que Dios se haya acordado de mi,
aunque sólo fuera por un instante?.
Por ese feliz momento merece que yo le de gracias toda mi vida. Y usted también debería hacerlo, amigo mío, finalizó diciendo con serenidad y entereza el humilde campesino.

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