MARCHA BLANCA.
Por Raúl Peimbert.
Miles de personas vestidas de blanco comenzaron a llenar, el pasado sábado 30 de agosto, la Avenida Reforma justo donde se erige el famoso monumento al Ángel de la Independencia, centro de reunión lo mismo de los festejos por el triunfo de la selección nacional de fut bol, que por los cambios políticos y sociales mas trascendentes de la vida política nacional en los últimos años.
En esta ocasión la multitud, que desde ahí empezó su caminata hasta el Zócalo capitalino, exigió a las autoridades un alto al crimen, a la violencia y al secuestro que han hecho blanco indiscriminado en la sociedad mexicana generando el terror y la paranoia de no saber cuando le va a tocar a uno.
Y es que ya no son solo los grandes empresarios, millonarios o "gente pudiente" los que pagan las consecuencias de este ambiente de inseguridad, no, ahora hasta modestos empleados, amas de casa y jóvenes estudiantes se vuelven victimas impotentes del asalto, el secuestro y lo que es peor, del asesinato que carcome a este país.
Poco a poco, familias enteras fueron cubriendo de blanco la gran explanada en el centro de la Ciudad de México mientras las campanas de la Catedral metropolitana les daban la bienvenida y el Palacio Nacional se convertía en mudo testigo de esta, la tercera manifestación social en contra de la violencia en México en los últimos 11 años.
Finalmente, la noche se lleno de velas y linternas encendidas en señal de repudio a la impotencia gubernamental por detener este flagelo y el himno nacional, cantado dos veces, cerro la jornada de esperanza...una mas.
El balance de lo que sucedió ha sido variado. En la gran mayoría de los comentarios y análisis se exalta el valor, la determinación y la unidad de un pueblo que exige a toda, absolutamente a toda, su clase política un ¡Ya Basta!
Otros hablaron, cual cliché periodístico, del "gigante dormido" que empieza a despertar.
Desde mi punto de vista, efectivamente, la sociedad civil mexicana se anoto una importante victoria -a pesar del protagonismo de algunos de sus organizadores- al convocarse a una marcha de esta naturaleza en la que no permitieron ni el arribismo político ni partidista de quienes pretendían hipócritamente sacar su tajada. Logro también infundir, aunque temporalmente, respeto de aquellos que, encumbrados en sus cargos públicos, poco o nada han hecho por contrarrestar la escalada de violencia e inseguridad y si por el contrario, se han dejado comprar por el crimen organizado para que este siga operando impunemente.
Sin embargo, debo decirlo, muchos miembros de esta sociedad civil se escondieron en el anonimato de la multitud por que en lo individual son incapaces de actuar, de hecho y de derecho, conforme a las mas elementales normas constitucionales que rigen al país.
Muchos de ellos salieron a las calles con sus hijos y vecinos vociferando un alto a la violencia, pero regresaron esa misma noche a casa para seguir abusando física o psicológicamente de su esposa, para seguir pagando "mordida" a la autoridad que dispensa el castigo o brinda el favor y para seguir siendo cómplices, por omisión o comisión, de la delincuencia que hoy denuncian.
Estamos, en muchos sentidos, viendo solo la paja en el ojo ajeno.
No cabe duda que la incapacidad y beneplácito del sistema judicial mexicano para con el crimen y la delincuencia tiene muchas deudas, cuantiosas deudas con la sociedad, pero ¿quien reclama a los miembros de la sociedad su hipocresía, su cinismo y su irresponsabilidad en los pequeños grandes detalles que van construyendo al país que hoy tenemos?
La marcha es un buen punto de partida, se lograron muchas metas, pero la mas importante todavía se encuentra estancada, detenida o retenida en el corazón de cada mexicano que tiene en sus manos la gran posibilidad de cambiar su entorno, empezando por casa.
Tal vez por eso, cuando la multitud vestida de blanco llego al Zócalo de México y escucho el tañer que venia de Catedral, algunos preguntaron: ¿Por quien doblan las campanas?
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Raúl Peimbert, es presentador de los noticieros de Univision-Los Ángeles.

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