raquelcoutoantelo
http://mipagina.univision.com/raquelcoutoantelo

    En el fondo. Capítulo 51. Último capítulo

    sábado, septiembre 5, 2009, 08:11 EST [General]

    Capítulo 51. El mar siempre vuelve a su sitio.


    O no, porque el mar siguió en el sitio que había invadido con el maremoto y de allí no se movió por mucha Little Venice que trataran de hacer. Las obras fueron lentas, sin pausa pero lentas; la marea, como digo no se lo puso fácil. Nosotras tampoco, por las noches bajábamos a la antigua zona cero y boicoteábamos las máquinas, tontamente, porque de mecánica sabíamos lo justo para encender la zodiac y la polea de arrastre y cuatro cositas más; pero algo hacíamos. Hacíamos una resistencia silenciosa, como los ratoncitos que por las noches roen los paquetes de harina, no es mucha cosa, pero si cada noche roen un paquete distinto, ya va fastidiando un poco más.

    Cuando el desescombro se fue acercando a nuestras casas la resistencia fue menos silenciosa y menos inocente; íbamos al súper a buscar huevos de oferta para lanzárselos a los de las máquinas y ni la policía se atrevió a desalojarnos; no contaban con nuestra astucia, que diría el Chapulín Colrado, y la verdad no me extraña, habían tirado tanto la casa de Salva como la de Sandra estando vacías, el día aquel del especial maratón de Corazón de Glamour de la “boda”. Habíamos quedado toda la noche en vela para no perder detalle y cuando llegaron a sus respectivas casas la tarde siguiente lo único que vieron fue una explanada de cemento gastado.

    Al principio pensé que Salva me estaba tomando el pelo, como sabía que hacía días que soñaba  que nos tiraban la casa y que teníamos que dormir en un escaparate sin persiana; pero me lo creí cuando me llamó Sandra toda nerviosa, ella no jugaría con semejante cosa, era una chica seria, formal y tenía a Paco llorando histérico detrás, lo que le daba más credibilidad. Esa fue la primera y única batalla que perdimos, lo que nos sirvió de lección; lección que aprendimos con mucho cuidado. Salva, Paco y Sandra se instalaron en el edificio, hicimos un cuadrante de turnos para que en ningún momento el edifico quedase sólo y teníamos una llamada de emergencia para que viniese el resto a dar apoyo.

    Sí, ese edificio que se ve al final de Little Venice, ese que es tan bonito y original pero que no pega con el resto del conjunto arquitectónico, ese, ese es nuestro edificio. Tanto apuro tenían por terminar y tanta fue la chapa que les dimos que prefirieron restaurar el edificio a tirarlo, y aún así lo tuvieron complicado porque no les quedó otra que hacerlo con nosotras dentro, ni las fuerzas de asalto nos dieron sacado de allí, lo que es tener un poco de dinamita revieja en la mano. Después de muchos años pudimos disponer de alcantarillado, agua corriente y ascensor. Bueno, lo del ascensor era una novedad, igual que lo de la fachada toda de gresite de colores vivos haciendo un mosaico espectacular. Tan bonito quedó que llegaron a pretender ocupar los bajos y alguno de los pisos vacíos, sin éxito, claro. En los bajos pusimos Salva y yo un restaurante de filloas para llevar, no era una fritanga, tenía clase, lo que pasa es que no nos daba la gana de aguantar a la gente. En el otro bajo Sandra puso una librería, no ganaba tanto como nosotros, pero le llegaba para vivir y podía leer gratis las revistas del corazón.

    Habíamos visto la ceremonia de inauguración por la televisión, sentadas en mi sofá como acostumbrábamos a hacer, reconocimos al alcalde, pero a nadie más. Hasta hacíamos chistes riéndonos de nosotros mismos por habernos visto envueltos en una trama tan chapucera como en la que habíamos participado, y del dinero que nos había pasado por delante y habíamos dejado escapar, y de que por lo menos habíamos descubierto nuestra vocación oculta de hacer filloas. Alguna vez pasó Ramón por el puesto acompañado por una rubia que quería parar y comprar algo de comer aunque él no le dejaba. Me pareció que era la misma de todas las veces. En pedazos que rescataba de los despistes de Paco supe que había vuelto para quedar, la rubia se parecía peligrosamente a aquella de hacía años, pero lo que más me sorprendió fue que ni me decepcionó, ni me provocó más sentimiento que el de curiosidad por saber que hacía en Coruña si tenía tanta pasta como debía tener. Imaginé que para disimular, no le  quería preguntar a Paco por no remover en la decepción.

    Los meses pasaron tranquilos y felices, aburridos y monótonos, diría yo; y aunque no nos iba mal yo seguía teniendo la sensación de que aquello no podía ser todo. Era una vida más cómoda, sin duda, pero faltaba aquella emoción de la nocturnidad y de encontrar algo sorprendente cada día, y sobre todo de estar podrida de dinero emborrachándome entre la jet set. Sí, desilusión, eso era lo que me invadía de cuando en vez.

    El “divorcio” ocupaba toda la programación, habíamos cerrado una hora antes y Paco había pedido pizza para los cuatro, se estaba retrasando pero aún llegaba dentro del tiempo, si los anuncios aguantaban un poco no nos interrumpiría. Tan impaciente estaba que abrí nada más escuchar el primer timbrazo, abrí la puerta y esperé desde la tele con impaciencia. Volvieron a timbrar y volví a abrir, un poco más enfadada de esta vez, sobre todo porque la panda esta tan ancha en el sofá y yo allí de guardia, que era mi casa y ya podían invitar alguna vez a la suya que ya estaba bien.

    En esas estaba yo, preparándole una bronca, seguramente inmerecida, al repartidor, cuando del ascensor salió una pareja entrada en edad, con pinta de tener mucho dinero y con una desesperación pérfida en la mirada que me transportó a otros tiempos más emocionantes, entraron decididos sin esperar convite y se plantaron delante de la tele para captar toda la atención. Detrás de ellos llegó el repartidor que se escaqueó de la bronca porque la intriga había borrado el cabreo de un plumazo.

    - Vosotros sois esos que antes... – dijo la mujera sin querer hablar más de la cuenta.

    Nos extrañó que alguien se acordase de aquellos tiempos. El pizzero estaba atento mientras buscaba la vuelta.

    - Queda con el cambio, que debe estar bien difícil de encontrar, largo – le dije.

    El marchó sin muchas ganas. Cerré la puerta y me pusen al tema.

    - Somos esos que antes... – dije con aire misterioso.

    Y noté una chispa en la mirada de Salva, y otra en la de la pareja visitante.

    - Sabréis que tenemos denunciado al Ayuntamiento – dijo el hombre.

    Y lo dijo como si de verdad lo tuviésemos que saber.

    - ¿Vosotros lo sabéis? – preguntó ella.

    No pareció gustarles nuestra ignorancia. Se miraron con disgusto, como si estuviesen perdiendo el tiempo, defraudados.

    - Pues nos informaron mal – dijo él.

    Nos contó que habían hablado con un periodista, que no debía ser muy bueno porque trabajando Sandra en una librería era raro que no hubiésemos escuchado nada del tema, que les dio el nombre de no se quien que tenía un restaurante en las tiendas centrales, que les había dicho de otro que vendía velas, que habló con otra que ahora vivía en Sada, que sabía de... en definitiva que acabaron por llegar hasta nosotras.

    Por lo que fuimos sacando de uno y otra habían denunciado al Ayuntamiento por sus derechos sobre Little Venice, al parecer unos años antes, cuando ya estaban instalados y disfrutando de la tranquilidad de su chalet fruto de la indemnización por el desalojo de la zona cero, unos amigos suyos les contaron que los del Ayuntamiento habían pasado por allí para que firmasen la renuncia a los posibles derechos que pudiesen tener sobre sus antiguas propiedades en la zona cero. Firmaron, claro que firmaron, les traían las escrituras y aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación económica. Después supieron que habían visitado a todos sus vecinos de antes y acabaron por averiguar que había otros dos propietarios más a parte de ellos a los que no les habían ido a pedir la firma. Tanto les extrañó que compararon sus documentos con los de la gente que había firmado, vieron que aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación por marchar de la zona cero era un simple recibí del dinero, sin más, sin aclaración. Vieron también que el documento nuevo explicaba claramente la renuncia a cualquier derecho sobre las antiguas propiedades dejando sin efecto la escritura que obraba en manos del Ayuntamiento aunque estuviese a nombre de los antiguos propietarios.

    Les vino la inspiración, algo había que rascar, seguro. Y aunque imaginaban que habría algún motivo por el que no habían contactado con ellos hablaron con un abogado de toda confianza que vio tajada, sin saber muy bien de que parte, que les dijo que lo primero que tenían que hacer era poner una denuncia al Ayuntamiento por usurpación de sus propiedades. En el tiempo que tardó el juicio averiguaron que el Ayuntamiento no tenía sus escrituras, lo supieron porque menganita que jugaba al parchís con menganita que tomaba el café con fulanito que... conocía a un concejal que le contó que unas concejalas habían intentado quedar con todo presentando las escrituras de las propiedades; pero que dieron reaccionado a tiempo porque hicieron una lista con los propietarios y les hicieron firmar la renuncia inutilizando las escrituras que habían olvidado pasar a nombre del Ayuntamiento en su momento. Aprovecharon la inocencia de los propietarios y tuvieron suerte de que la tuviesen, la inocencia, quiero decir.

    A medida que hablaban se me iban aclarando los recuerdos hasta llegar al momento de ese flash que me hizo recordar que había escondido tres escrituras debajo del armario del baño y que había olvidado completamente. A partir del momento en que lo recordé no hice más que intentar poner cara de disimule para que no se me notase que las tenía y buscar una buena excusa para ir al cuarto de baño para asegurarme de que, efectivamente, estaban allí.

    Salva notó que me pasaba algo, aunque no creo que imaginase el que, pensó que me quería deshacer de ellos porque me traían malos recuerdos.

    - Ya no queda nada allá abajo, no nos pidan que bajemos, no hay nada que hacer  - dijo Salva.

    Los viejos se decepcionaron, se decepcionaron mucho, se sentaron y pusieron unas caras de pena que me conmovieron, y al resto también. Le pedí a Sandra que me acompañase al baño, le extrañó; y más aún le extrañó que le pidiese que me ayudara a mover el armario con cuidado, y aún más que sacara de debajo las escrituras de las que hablaban los viejos y que ella pensaba que eran completamente ajenas a nosotras.

    - ¿Y eso? – preguntó en voz baja.

    - Se las robé a Ramón – le respondí.

    Puso una cara de sorpresa alegre, como si por primera vez creyese aquello que le decía de que ya lo tenía superado.

    - ¿Se las vas a dar? – preguntó Sandra.

    - Sí – dije - ¿no le viste las caritas?

    Fue en ese momento cuando me di cuenta de que sí mucha pena, pero los viejos se habían papado la indemnización por el realojo y nosotras, que habíamos hecho todo el trabajo, nos habíamos quedado sin un duro.

    - Igual, mejor hacemos un trato – rectifiqué.

    Los viejos seguían afligidos, Paco estaba tratando de consolarlos y Salva tratando de poner la oreja en la tele para que no le interrumpiesen el programa.

    - Bueno, a ver – dije tratando de poner voz amable aunque me salió de sargento – aquí tengo tres escrituras, pero también tengo ganas de la mitad de todo.

    Se miraron, ni escucharon lo de que quería la mitad, ni recordaron que tenían reuma ni artrosis, se levantaron, se pusieron a darnos besos a todos, a decirnos que éramos sus salvadores, que ya se lo habían dicho, que teníamos la fama bien ganada... Salva me miraba con la misma cara de sorpresa de Sandra y con una chispa de avaricia que le entro al escuchar lo de la mitad, claro.

    Acepté las muestras de agradecimiento sin emocionarme ni abandonar mi postura de sargento y, sobre todo, sin soltar las escrituras, las agarraba como si se me fuese la vida en ellas.

    Una vez se les pasó la euforia volvía a repetirles lo de la mitad de todo, no pareció importarles; hicieron un par de llamadas y en poco tiempo estaban en la puerta otra vieja y una pareja de viejos más, no es que les falte al respeto, es que ya tenían sus años.

    Se volvió a repetir la escena de agradecimientos y Salva se me adelantó al insistir en lo de “la mitad de todo”. Hicieron una última llamada y se presentó el abogado que no se emocionó tanto e insistía bastante más que los viejos en que les diese las escrituras. Cosa que no hice, cosa que a los viejos no les pareció del todo bien, pero que comprendieron y al abogado le pareció mal de todo, pero como Salva se puso a mi lado en plan guardaespaldas y Paco y Sandra hicieron otro tanto, y encima parece ser que teníamos fama en ciertos círculos de ser de armas tomar en el sentido literal de las dos palabras, pues se despidieron amablemente y quedamos en el juicio, donde nos darían la mitad de todo.

    El juicio fue muy tranquilo, por parte del Ayuntamiento venían varios abogados, entre ellos Carlos, que en cuanto nos vio se le bajaron los humos, incluso les propusieron un trato algo favorecedor a los viejos, que por muy favorecedor que fuese nunca sería tanto como la mitad de todo.

    El Concejal de urbanismo hablaba con el ex de su yerno y nos miraban, a el también se le habían bajado los humos, y eso que aún no había salido el tema de las escrituras. Cuando salió fue peor, para ellos quiero decir, para nosotras fue genial. El juez obligó a los viejos a devolver la indemnización por el desalojo, una miseria; y al Ayuntamiento a darles la titularidad de lo que había en los terrenos de das escrituras, y a nosotras la mitad de todo.

    Una pasta, pero una pasta, había dos hoteles de superlujo y un embarcadero con amarre y aparcamiento, una pasta. Sí, aún siendo la mitad una pasta. Sobre todo teniendo en cuenta que no habíamos tenido ningún gasto, porque la obra la había financiado que la había financiado y el juez estimó que eso era culpa del Ayuntamiento por ponerse a obrar sin tener las cosas en regla. Ni protestaron, dieron gracias porque sólo fuesen tres y no todos, como estuvieron a punto de ser.

    Pero no penseis que se nos subió a la cabeza tener el futuro más que asegurado, no. Sandra siguió con su librería, con Paco, tuvo un parto múltiple y las criaturitas corren arriba y abajo por las escaleras todo el santo día gritando como sin chans descontrolados, pero felices, muy felices. Salva y yo pusimos una cadena de restaurantes rápidos de filloas por todo el mundo; el con su parte compró un jet privado y no para quieto ni por accidente, cuando no está en su mansión del Caribe, está en la Toscana y cuando no en Kenya.

    ¿Yo? Yo llego tarde al avión, acabo de dejar a Aría Canciño, que se enrolla como una persiana, pero es que tenía que hablar con ella para convencerla de que no salgo con ningún actor de ojos azules por mucho que lo digan sus fuentes... lo que no sé es de donde sacarían semejante cosa sus fuentes...

    0 (0 votos)

    En el fondo. Capítulo 50

    sábado, agosto 29, 2009, 10:38 EST [General]

    Capítulo 50. Tiempo de descuento.


    No fuimos lejos, nos dejaron en el puerto de Lorbé sin dar más explicaciones de las necesarias; es decir, que era el protocolo en caso de civiles con muchas papeletas para convertirse en rehenes, que no habíamos huido sino que nos querían quitar del medio. Sí, para evitar posibles daños personales, pero un despacho en toda regla. Las lanchas pararon los motores al lado del pantalán y bajamos todos, Carlos, Salva y yo primero, mismo llegué a pensar que habían hecho el viaje sólo para tirarnos allí a la orilla del mar.

    Ramón e Andrés bajaron después, los de seguridad quedaron en las lanchas impasibles.

    - Bueno, pues aquí acaba todo – dijo Ramón mirándonos.

    A los tres, nada personal ni emotivo.

    - Ya – dijo Carlos derrotado.

    No dije nada y eso que Salva me miraba fijamente empujándome a decir algo, pero no lo dije, que si el se ponía profesional e impersonal yo también. Y aguantando el tipo los dos nos despedimos allí mismo y así acabó la historia del tesoro, la gaita de la conspiración y la tontería de la little venice y todo lo que tenía que terminar terminó, ya y punto y final del todo.

    - ¿Volvemos? – preguntó Andrés.
    No, en realidad no era una pregunta, era un “volvemos” de esos de los hombres cuando van de compras con la novia. Ramón volvió a mirarnos a los tres, dijo un frío adiós con la mano y marchó. Subieron a las lanchas y se perdieron en la oscuridad de la noche, en el silencio del mar.

    La verdad ees que no me dio tiempo a reaccionar, Salva temía la tormenta y andaba al abrigo de Carlos, subimos hasta el pueblo para tomar un taxi, que pagó Carlos porque nosotros andábamos, como siempre, sin un duro.

    En el camino del taxi hasta casa le di vueltas al tema de sacarnos de aquella manera del hangar, podían, por lo menos mandarnos con los de seguridad que estaban de muy buen ver y Salva ya tenía conocimiento de la materia. No esperaba que aquel fuese el final, cuando iba en la lancha quiero decir, no estaba preparada y no supe reaccionar, un guantazo en los morros del correcto Ramón habría estado bien. Aún así, cuando el taxi me dejó delante de casa y subí las escaleras esperaba encontrarlo en el sofá otra vez. Y no, no estaba. La casa estaba en silencio, como había estado antes del breve episodio del tesoro, con el ruido intermitente del mar subiendo por el desagüe.

    Los días siguientes fueron de reasentamiento, de marea baja, de galletitas saladas y manta en el sofá frente a la tele. Paco y Sandra en el pequeño, Salva y yo en el grande. Sí, Paco quedó con nosotras, sin dinero y sin ganancia, lo que es el amor. Lo del dinero y la ganancia lo dimos por supuesto, como la inocencia, porque preguntar no se lo preguntamos; de hecho desde el día de la lancha evitábamos el tema del tesoro hasta el punto de ni ver los Piratas del Caribe por muy bueno que estuviese Orlando, ni de ver la Isla del Tesoro por muy buena que fuese la banda sonora de los Chieftains.

    De Alicia, Carlos y Andrés no volvimos a saber más, no era que los echásemos en falta, sólo era una simple observación. Tampoco volvimos a hablar de ese tema. En realidad en el período de readaptación no hablamos mucho de nada, yo no quería poner a Sandra en el compromiso de tener que defender a Paco, Salva no quería poner a Paco en el compromiso de defender a  sus amigos, y Sandra Paco, Salva y todo bicho que me conociese un poco no quería escucharme soltar el rollo de lo tonta, inocente, ilusa, de lo cerdos que son los hombres, de lo... de eso en definitiva.

    ¿El dinero? el dinero acabó donde tenía que acabar, porque es bien conocido el dicho de que el dinero llama al dinero, y nosotros no teníamos de eso, Ramón tampoco, pero tenía lo que se conoce como posición de poder y poder de negociación.

    Por lo que supe un tiempo después, cuando ya el enfado no tenía efecto, Ramón y Andrés volvieron al hangar, y negociaron con el concejal el reparto del tesoro, no por la buena voluntad del concejal, sino por la imposibilidad de salir de allí si no llegaba a un acuerdo. Si no había visto lógico que salieran todos al mismo tiempo que nosotros dejando al concejal y a su ejército dentro del almacén con el dinero; menos lógico me pareció ver entrar al concejal con todo su ejército en un pasillo oscuro, sin dejar a nadie en la entrada. Entonces no le di más vueltas, fue después a medida que fui necesitando que las cosas cuadrasen. No cuadraban, sólo poniendo como excusa la avaricia se explicaba, lo del concejal, quiero decir. Lo de Ramón era más sencillo, obviamente no todas sus fuerzas eran las que se veían, a parte de que era una instalación central, ligeramente clandestina, pero central.

    El concejal se conformó con la cantidad que le habían prometido los de la Caja como comisión, lo decidió así, prefirió quedar con el dinero y buscar una mala explicación para no darle toda su parte al director de la Caja, que quedar bien y con menos dinero. La explicación que le dio, como ya podéis imaginar, fue que nosotros, Salva y yo nos habíamos quedado con el porcentaje por el rescate.


    El resto, que venía siendo una pasta, lo habían repartido a partes iguales entre Andrés, Alberto y Ramón. Que también quedaron a gusto, porque Paco, en su ceguera de amor nos llamó por teléfono antes de que Salva y yo llegásemos y le contásemos a Sandra que sólo había sido un entretenimiento. Porque no lo había sido y porque al final sus sentimientos eran sinceros de verdad, lo único bueno que quedó de todo, lo único que nos permitía mirar con una sonrisa las obras de desescombro de la zona cero.

    De las concejalas tampoco se volvió a saber nada, si su intención era hacerse con Little Venice, lo habían hecho en silencio porque no se publicó ningún escándalo, ni en la rumorología siquiera.

    Y nosotros veíamos como nuestro medio de vida se desvanecía mientras las elecciones municipales confirmaban el contento de la gente con la  “recuperación” de la zona cero para toda la ciudadanía. Nadie recordaba a los recuperadores, ni las tiendas centrales, ni los turistas venían buscando historias de tesoros hundidos, ni fiestas clandestinas al abrigo de la Torre.

    Sí, cada vez tenía más la impresión de la gran verdad que contenía aquel título de “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”. No es que me estuviese haciendo vieja, que sí; ni que viese próximo nuestro final, que no. Sólo era una sensación de que no poder luchar contra la rotación de la tierra por mucho que una pensase que andando a la contra lo pudiese hacer. El mar siempre vuelve a su sitio.

    0 (0 votos)

    En el fondo. Capítulo 49

    sábado, agosto 22, 2009, 03:50 EST [General]

    Capítulo 49. Cuenta atrás.


    - ¿Pero qué apuro tienes? – dijo Salva con malicia.

    - ¿Qué? No tengo tiempo para tonterías – dijo Carlos serio.

    Y tan serio se puso que olvidó que llevaba una pistola y que tenía a Andrés asustado y sobre todo enfadado detrás de él. Andrés hizo lo típico que se hace en estos casos, echar a correr y salir de la línea de tiro lo antes que pudo dejándonos allí a merced del psicópata aquel. Carlos ni se dio cuenta, él no paraba de mirar el reloj y decir “no queda tiempo” “no queda tiempo”.

    - Pues si tan poco tiempo tienes deberías empezar a agarrar el dinero, son muchos – dije.

    - ¿Dónde están? – preguntó Carlos volviéndose hacia donde debería estar Andrés.

    Y se sorprendió de no verlo allí, pero siguió dando vueltas a ver si alguien le daba razón de dónde estaba el dinero. Entonces se escucharon pasos allá al fondo de un corredor oscuro y comenzó a andar y nosotros detrás de él, por ver si apañábamos algo sin reparar en lo que podía estar esperándonos en aquella oscuridad. Carlos caminaba decidido, nervioso y con el reloj en la idea. Salva se reía porque era la primera vez que lo veía nervioso, siempre era él quien lo tranquilizaba y Salva tenía que aguantar aquellos tópicos de todo va a salir bien.

    Nosotras íbamos detrás sin darnos cuenta de que todo estaba cada vez más oscuro, que no sabíamos lo que había allí dentro y que ya no sabíamos por donde había que salir. Salva estaba más tranquilo, se notaba que el rollo con el de seguridad daba sus frutos. Y seguiríamos andando hasta que se nos apareció Andrés delante cortándonos el paso, encabezando un pequeño escuadrón de cachimanes que hicieron que se nos dilatasen la pupila, a Carlos igual no, no era su tema.

    Aprovechamos que estábamos a unos pasos de Carlos para dar la vuelta, y no porque nos desagradase lo que nos esperaba delante, era más bien por prevenir y por no agotar todas las posibilidades de apañar algo; pero ni oportunidad tuvimos de dudar por cual de los pasillos ir.

    - No, no – dijo aquel hombre – ahí quietecitos, ni un movimiento.

    Pero no nos lo dijo a nosotras sólo, Andrés puso cara de sorpresa y Carlos de desesperación y tanto uno como el otro tenían miedo, sí cara de miedo y eso que el hombre sólo traía a dos más con él que tenían una barriga que parecía que iban a dar a luz a trillizos y mejillas de colesterol.

    - Cuanto conocido por aquí, cría cuervos – dijo el hombre.

    - No, si... – dijo Andrés.

    Carlos bajó la cabeza y tiró la pistola a un lado, dio igual porque a nadie le importó ni lo más mínimo. El hombre de la barriga y cara de colesterol nos señaló con la cabeza que nos acercásemos a donde estaban los de seguridad, detrás de Andrés, y Carlos también se movió aunque el gesto no iba por él.

    Con otro leve movimiento de cabeza llamó a Andrés a su lado, Andrés fue con su chulería habitual, pero no tan sobrado como cuando nos hablaba a nosotros. Salva confraternizaba con el escuadrón sexy y Carlos miraba el reloj con tristeza.

    No se oía lo que hablaban, sólo que Andrés aparentaba tranquilidad y la mano nerviosa en el bolsillo de atrás del pantalón lo delataba. El viejo barrigudo hacía gestos de gritar, de estar montándole una buena. Los dos escoltas barrigudos estaban atentos a la conversación, pero sin intervenir.

    En esas estábamos cuando de repente se encendieron las luces, todas las luces, y todo pareció más insignificante, los guapos no tan guapos y los barrigudos no tan barrigudos y la salida no tan salida. Se acercaban unos pasos tranquilos y unas sombras alargadas que venían con una calma aterradora. Nosotros, todos y toda estábamos quietos, calladas, sin respirar casi, esperando un alien que nos devoraría en cuanto pestañeásemos.

    - ¿Qué pasa Concejal? – dijo Ramón entrando con calma.

    - Hombre, el gran traidor – dijo el barrigudo, que obviamente era el concejal.

    - A todo hay quien gane, Concejal, a todo – respondió Ramón en plan enigmático.

    - ¿Dónde está el dinero? que uno no se puede fiar de nadie, mira el sinsustancia de mi yerno, ahí con la cabeza baja – dijo el concejal con desprecio.

    - El dinero está donde estaba, en el fondo – dijo Ramón.

    - Si hombre ¿pero tú quién crees que soy? ¿uno de esos madrileños que toreas tú? Tengo el camión esperando ahí fuera y según Andrés están aquí ¿ves? traidores los hay en todas partes – dijo el concejal.

    Ramón ni se inmutó, como si ya supiese lo que tenía. Un cruce de frases más y al final el concejal agarró el móvil y con un “ya” tuvo allí a todo un ejército.

    - Como ves no tienes mucho que hacer, si no quieres que cerremos este chiringuito vete dándonos la pasta – dijo el concejal con calma.

    - No puedes cerrar el chiringuito, esto es de Costas, tú no tienes nada que decir, ya te gustaría tener tanto poder, y ya te dije que el dinero no está aquí – dijo Ramón con seguridad.

    Andrés lo miró con desconfianza; pero no desconfiando del resultado de su estrategia, sino de que se la hubiese jugado y de que efectivamente el dinero ya no estuviese allí, y eso que la clave la tenía él.

    - Tú mismo, registra lo que quieras – invitó Ramón al concejal, con tranquilidad, mientras que le indicaba a los de seguridad que se apartasen.

    El equipo de seguridad abrió un hueco para dejar pasar al ejército del concejal separándonos a Salva y a mi. El ejército ante un gesto del concejal avanzó por el oscuro corredor que había detrás de nosotros. Ramón esperó impasible, mirando al concejal, retándolo. Los dos amigos del concejal fueron detrás del ejército en cuanto volvió  uno de ellos a decir que estaba despejado.

    - ¿Y tú, no vas? – preguntó Ramón.

    - A ver si no te vas a poder fiar de ellos tampoco, mira que son muchos a repartir – dijo Andrés.

    El concejal trató de mantener la calma pero se ve que la avaricia le pudo y echó a andar, eso sí, con calma. Si el secreto del poder estaba en la calma. Carlos miró a su suegro, pidiéndole permiso para ir con él.

    - Tú, ni te muevas – ordenó el concejal.

    Carlos obedeció, acabado, sin autoestima. Ramón estaba tranquilo, sin expresión, viendo como el concejal desaparecía en la seguridad, Andrés a su lado, con la mano nerviosa aún en el bolsillo de atrás. Y todo volvió a quedar en silencio.

    - Todo el mundo fuera – gritó en voz baja Ramón.

    Los de seguridad nos agarraron a Carlos, Salva y a mí y seguimos a Ramón y Andrés por el pasillo adelante. Fuera nos esperaban unas lanchas motoras, Ramón estaba de pie, viendo como embarcaban todos. Yo seguía el ritmo que nos marcaba la noche, dejándome llevar, sin decir ni palabra, a saber a donde íbamos, pero tan tranquila.

    0 (0 votos)

    En el fondo. Capítulo 48

    viernes, agosto 14, 2009, 02:25 EST [General]

    html_removed html_removed html_removed html_removed

    Capítulo 48. Contrarreloj.

     

     

    Carlos era un sinsustancia pero tenía su orgullo, y no le gustaba nada lo cerca que andaban Alicia y aquel que le hablaba tan tieso; y no le parecía mal porque durante el cese temporal de la convivencia se diese cuenta de lo que la necesitaba y de lo enamorado que estaba, no; era porque él no tenía a quien arrimarse para ponerle los dientes largos y que viese lo que se había perdido cuando lo dejó. Miraba a Sandra de reojo a ver si había suerte, pero no encontró la chispa aquella del primer día, aquel de cuando a Sandra le había parecido un señorito de los finos.

     

    Y como todo sinsustancia lleno de orgullo, enfurruñado y sin mucho que perder hizo un movimiento rápido a la parte de atrás del cinturón que fue casi acompañado al instante por el mismo movimiento automático hacia el tobillo y la axila de Andrés, Alberto y Paco. Carlos fue más rápido y en un pestañeo teníamos un cañón grande como la Argentina apuntándonos, sí, a todas a un tiempo, es que ser era bien grande. Salva y yo nos miramos aguantando la risa maliciosa que resbalaba entredientes. Es que era grande de más, ni Freud ni leches, era demasiado grande. Sandra nos miraba con su inocencia ajena a nuestra pérfida deducción. Paco miraba a Sandra y a Carlos, a lo que se veía de Carlos detrás del cañón; pero no era un mirar de celos sino de preocupación. Casi me atrevo a decir que estuvo a punto de ponerse en plan escudo humano como había hecho Andrés al principio. Y digo al principio porque una vez hubo pistola de por medio se le fueron las ganas de defendernos.

     

    - ¡Quiero el dinero ya! – gritó Carlos de repente.

     

    Y a nosotros casi nos da un ataque, se había hecho un silencio tenso a la espera de que pasase algo aunque realmente no estábamos preparadas para que pasase.

     

    - Tu – dijo apuntando a Andrés – levanta las manos, y vosotros también – dirigiéndose a Paco y a Alberto.

     

    Alicia se mantenía al margen, como si la historia no fuese con ella, ni mostraba extrañeza por el comportamiento del que hasta hacía unos días había sido su pacífico marido. Una vez los tres hombres de la casa levantaron las manos rindiéndose ante un niñato pijo rematado que no tenía ni idea de nada, Carlos les exigió que le dijesen donde estaba el dinero, ellos se resistieron durante unos segundos, el tiempo que le llevó a Carlos tirar del seguro hacia atrás. Le dijeron hasta las coordenadas en clave binaria del sitio, la clave en clave de la puerta de seguridad y los doce marcadores del ADN del guarda que custodiaba el tesoro.

     

    Carlos, aun con la tontería y todo, tubo esa agudeza de abogado de no fiarse ni de su sombra y agarró a Andrés por el cuello, con esa manera de agarrar por el cuello que inmoviliza y echaron a andar. Antes de salir por la puerta dejó dicho que no le siguiésemos si valorábamos en algo la vida de nuestro amigo. Sí, bien, un pequeño error de principiante, que le pedís. A Salva y a mi nos faltó tiempo para echar a correr detrás de ellos. No penséis mal de nosotros, el resto tampoco trató de impedírnoslo.

     

    Bajamos manteniendo la distancia, para no cortarle el rollo de malo de película a Carlos, que no estaba haciendo mal de todo y Andrés bien lo merecía. Iban hacia el sitio de los helicópteros, pero tardamos en darnos cuenta porque entraron por Santa Cristina, a la fuerza no veíamos por donde bajar desde Oza.

     

    Delante del guarda fue Andrés el que habló, nosotros teníamos la suerte de que Salva había retozado con uno de aquellos uniformes unas noches antes y le soltó un rollo al pobre hombre sobre el otro hombre que bien se notaba que no quería escuchar; pero que aguantó por educación y nos dejó pasar por no seguir aguantándonos.

     

    Cuando entramos vimos a Andrés quieto, con expresión tranquila, mejor dicho, inexpresivo, sin intención; delante de él estaba Carlos paseando inquieto de un lado a otro, con paso rápido y vuelta corta. Detrás de ellos había una jaula industrial llena de nuestros maletines, nuestro tesoro. Me sorprendió la escena, esperaba ver a Carlos dando saltos de alegría, abriendo los maletines histérico, lanzando billetes al aire y diciendo “rico” “rico” “soy rico”. Pero no, estaba preocupado. Ni se dio cuenta de que estábamos allí, tampoco es que entrásemos saludando, pero algún ruido habíamos hecho.

     

    Carlos miró el reloj, y empezó a sudar.

     

    - Dios ¿qué hago? – dijo apartando el pelo de la cara y mirando al techo.

     

    - ¿Qué hago? – gritó.

     

    “Agarrar e dinero y echar a correr” le dije a Salva en voz baja, el se rió ampliamente y de esta si que nos descubrió; tan atontado no estaba.

     

    - ¿Qué hacéis aquí? Os dije que si veníais lo mataba – dijo Carlos yendo hacia Andrés con la pistola en la mano.

     

    - Ay, pero es que a nosotros ese nos da igual – dije – hazle lo que quieras.

     

    Nos miró escandalizado, como si no tuviésemos sentimientos, él a nosotros, él que nos apuntó con una pistola que parecía el cañón excesivo de un buque de guerra.

     

    - Pues el dinero es mío – dijo.

     

    - Pues no te vemos con muchas ganas, le das demasiadas vueltas – dijo Salva.

     

    - No tengo tiempo ¿qué hago? no tengo tiempo – dijo.

    0 (0 votos)

    En el fondo. Capítulo 47

    domingo, agosto 9, 2009, 02:01 EST [General]

    Capítulo 47. Adrenalina.


    - Xiana ¿qué haces en el suelo? vas a agarrar un resfriado, tápate – dijo Sandra con voz dulce.

    La vi como en un sueño, no queriendo despertar, cansada y con la espalda destrozada. Ella me acercó la manta del sofá y me tapó, o eso me pareció que hacía, yo luchaba con los ojos para que no se cerrasen pero la verdad es que sin mucho entusiasmo, y sin mucho éxito.

    - Xiana, despierta – dijo de nuevo Sandra a mi lado.

    Y desperté tan ancha como era yo, sin muchas ganas y con una alegría soterrada por encontrar de nuevo a Sandra, tan bien, tan tranquila y sobre todo tan viva. Ella me miraba de un modo extraño como queriendo decir algo sin poder, no hacía más que mirar la manta que me había puesto encima y detrás de mi. Cuando se cansó de que no le entendiese las señas me agarró la cara con las manos y me dio la vuelta para que viese detrás de mí a Paco, Alberto, Andrés, Alicia y como no a Salva partiéndose de la risa. Me tapé rápido y aguanté la vergüenza como pude y fui andando hacia mi habitación toda digna y sin decir ni una palabra. Me vestí aunque por mucho que lo intenté no daba quitado la sensación de desnudo que me había dejado despertar delante de tanta gente. Y por fin salí a dar la cara, seguía notando las miradas de broma, claro que bien podía ser percepción mía.

    - ¿No estaba Ramón contigo? – dijo Andrés.

    Ni me acordaba de él, ya estaba convirtiendo en una costumbre lo de dejarme tirarme mientras estaba inconsciente, era como el príncipe azul de revés, en lugar de venirme a despertar aprovechaba que dormía para huir, era una revisión interesante de los clásicos, penosa, nunca hay un príncipe Caspian cuando hace falta.

    - Pensé que estaría aquí, se ve que consiguió lo que quería y ya no le haces falta – dijo sin compasión.

    Y no sé si se refería al revolcón o a las escrituras o a las dos cosas, el caso es que el muy desgraciado tenía razón.

    - ¿No te dijo a dónde iba? – preguntó Alberto.

    - Pues no, no me lo dijo – respondí por fin - ¿y vosotros que hacéis aquí? ¿No estabais desaparecidos?

    - ¿Desaparecidos? – preguntó Sandra alarmada.

    - Sí, te llamé mil veces y no respondías, no sabía donde estabas, ni Salva tampoco – dije.

    Sandra miró a Paco con ojos enfadados, cosa que disipó todas las dudas sobre su implicación en lo que fuese que estaba ocurriendo. Paco se encogió de hombros, y Alicia parecía disfrutar con el enfrentamiento de los osos amorosos, miraba con ojos cómplices a Andrés y lo agarró por el brazo no fuese a escapársele ¿ves? eso tenía que aprenderlo porque a mi se me escapaban siempre. Salva me miró como no queriendo que lo metiese en el fregado, como si no fuese con él, y comenzamos una discusión de “yo no dije, dijiste tal, fuiste tú, que iba a ser” a la que se apuntó todo el mundo y que nos llevó un buen pedazo y que no tenía traza de terminar si de repente no hubiésemos escuchado un golpe tremendo en la puerta y pasos firmes que venían hacia nosotros.

    Di la vuelta esperanzada, pensando que era Ramón que había vuelto; el resto miró por ver quien era e incluso hubo quien echó la mano al tobillo o a la axila, sabe dios buscando qué.

    No era Ramón, era Carlos que entró histérico, tipo hulk, todo descamisado.

    - ¿Dónde está el dinero? – dijo gritando, como si nos estuviese atracando.

    Andrés agarró la mano de Alicia y la soltó de su brazo, se puso delante de ella y después delante de todos haciendo de escudo humano y le plantó cara a Carlos. Que no era muy difícil, porque en cuanto vio que había tanta gente mirándolo se asustó, disimuló, pero se le notó en la cara y en las veces que miraba hacia atrás, imagino que temiendo que entrase alguien y lo pillase por sorpresa. De cualquier manera Andrés cumplió con su papel de machomán delante de Alicia, que era la única que le prestaba atención. Sandra, Salva y yo aprovechamos para decirnos cuatro cosas por lo bajo, lo típico: yo no sabía, yo no quería, bueno y que más da, tanto da, ¿que hacemos con este? ¿que sabéis? ¿y el dinero?

    Carlos repitió varias veces que quería el dinero, que su suegro le había dicho que los teníamos nosotros y que los quería. Andrés ayudado de Alberto trataron de convencerlo con estrategias de negociación baratas, teniendo siempre claro que Carlos no empuñaba arma alguna ni metía miedo. De cualquier modo consiguieron calmarlo y convencerlo de que el dinero seguía en el fondo, yo eché una sonrisa irónica cuando escuché semejante cosa y Carlos vino hacia nosotros.

    - ¿Sabes donde está? – preguntó.

    Le dije que no, y era cierto, pero que sabía que lo tenían ellos, no sabía donde, pero que lo tenían seguro, segurísimo. Me miraron mal todos, incluidos Sandra y Salva.

    - Que sí, que el dinero lo llevaron ellos – repetí.

    Sandra miró suspicaz a Paco de nuevo y otra vez aquella mirada en Alicia. Que sí, que me calentó la moral.

    - No, si la idea fue de Ramón, y de esos dos – dije señalando a Andrés y a Alberto.

    Sandra respiró aliviada y aún más Paco.

    - Nosotros no tenemos nada – se apuró a decir Andrés.

    - No, no – corroboró Alberto.

    - Pero sabéis donde están – dije.

    Me miraron asesinándome.

    - ¿Es eso verdad? ¿Lo sabéis? – preguntó el histérico.

    Andrés miraba a Alicia pidiéndole que interviniese, que hiciese algo, pero ella, como buena niña rica consentida, esperaba a él se lo solucionase y no dio ni pío.

    - Bueno, y si lo sabemos ¿que? ¿que te tenemos que contar a ti? Ni a vosotros – dijo Andrés mirándonos con desprecio.

    0 (0 votos)

Categorías del Blog