El tipo me acompañó a la garita, no le debí parecer capaz de seguir sus indicaciones. Era una garita propiamente dicha, sin siete paneles de vigilancia ni programa de reconocimiento facial tipo Las Vegas ni nada; una tele en blanco y negro con la pantalla tan redonda que casi parecía una lavadora dividida en cuatro para atender a cada cámara.
- ¿Y las de arriba? – pregunté refiriéndome a las cámaras que había en el centro, suponiendo que alguna habría.
- La pantalla cambia cada dos minutos, es decir, cada dos minutos vemos una planta – me explicó el jefe de seguridad.
Era obvio que la persona que había cometido el crimen del aparcamiento había tenido tiempo más que de sobra para cometer el crimen, entre las columnas que servían de escudo y los dos minutos de cambio de pantalla por cada planta pudo matar a veinte.
- Es el que nos instalaron, yo ya se lo dije... – se excusó el segurata consciente de las deficiencias en el sistema.
Me contó también que la grabación era a través de la tele no a través de las cámaras, con lo que no hacía falta que trucasen la cinta que le dieron a la policía, es que ni falta hacía.
- ¿Cuánta gente sabe de este sistema? – pregunté.
El segurata se encogió de hombros y comenzó a contar con los dedos, cuando hizo tres rondas le pedí que me diese datos aproximados, que tampoco me hacía falta el censo completo. Se volvió a encoger de hombros.
- Es que hacen contratos de tres meses por la ETT...
Parecía que la única que no sabía como funcionaba el centro era yo, cuando me dijo que no habían hecho copia de la cinta que le habían dado a la policía se lo creí, sí, sin complejos, lo vi sincero, impotente, en el sentido de tener medios para luchar contra la adversidad, igual estaba cometiendo otro error pero me pareció transparente.
Subí a buscar a Artai, quitados los complejos tenía toda la intención de pedirle ayuda. La policía estaba comenzando a quitar el bloqueo y la gente caminaba apurada hacia las salidas siendo que hasta hacía unos segundos estaban todos tan tranquilos de compras. También, como si no hubiese más sitios en toda la ciudad para comprar la gente que estaba fuera entró con urgencia y se lanzó a las tiendas ávidos de gastar dinero.
Artai estaba en su puesto de trabajo reponiendo la estantería de los macarrones.
- Venga – dije.
- Venga ¿qué? – dijo él mientras ordenaba la estantería, sin mirarme siquiera.
- Venga, andando, que necesito que me ayudes – insistí.
Paró de ordenar los paquetes de pasta, pero no se volvió para mirarme, deduje una sonrisa de victoria a través de su nuca.
- Por si no te has enterado ya han abierto las puertas y yo tengo trabajo – dijo con voz de cachondeo.
Y como ya en el vaso de mis errores había caído la última gota di media vuelta y marché sin decir nada más. Necesitaba ayuda, la suya posiblemente, pero tampoco iba a suplicar, con un poco de suerte la policía solucionaba el caso antes de que los jefes se pusieran nerviosos.
- Joder, tía... que sensible – dijo Artai apurado a mi lado.
Bien, pensé, era un bien de victoria, pero lo disimulé debajo de la profesionalidad fingida:
- Vamos a dejar algo claro – le dije mirándolo seria – puede que no sea quien digo que soy, pero las cosas claras, no me vengas haciéndote el interesante.
Asintió con la cabeza aunque seguía sonriendo con malicia. Le pregunté si había conseguido hablar con sus socios.
- No ¿qué pasa? ¿apareció otro?
Le conté lo fácil que me parecía que lo había tenido la persona que mató a la mujer del sótano. Él dijo que lo de arriba seguramente no habría sido mucho más complicado de ocultar, probablemente las cámaras no tenían visión nocturna. Le pedí que me contase su teoría.
- ¿A dónde vamos? – preguntó.
- ¿Cómo?
- Estamos andando a toda prisa ¿a dónde vamos?
- Al sótano – le dije – cuéntame tu teoría.
- Pero la teoría que tengo es para lo de arriba, yo no estuve en el sótano – respondió.
- ¿Qué pasa? ¿Que no puedes andar y hablar a un tiempo? Que más me da que sea lo de arriba, no necesito que me escenifiques, larga de una vez leñe.
- ¿En el -2? – repetí deduciendo en voz alta con aire misterioso – que interesante...
- ¿Si? ¿Y por qué? – dijo ella con voz inocente.
Inocente, sí y en otras circunstancias creería que era una inocencia real; pero con dos muertes a sus espaldas y siendo abogada como era sumaban demasiados factores en su contra.
- No sé porque pones esa cara, tu coche también está en esa planta – dijo con intención.
Vaya, pues con eso si que no había contado, empecé a sentir más empatía por la histérica perdida de las escaleras. Así que el Sótano -2 era el de la entrada ¡que interesante! Bueno, en realidad no, lo interesante era que África se molestase en descartarse como culpable sugiriendo que yo también lo podía ser.
Mientras le daba vueltas al tema ella siguió relatando con todo lujo de detalles lo acaecido hasta que apareció la nota o la muerta porque todavía no me había aclarado que había sido primero.
- Fui a mi coche, lo encendí, cambié el cd porque el que tenía puesto lo había escuchado toda la semana, ajusté el cinturón y en ese momento me llamaron los de seguridad.
Menos mal que llegó a lo de la difunta porque si no la mataba allí mismo. En aquel momento le agradecí su colaboración y decidí bajar al Sótano para ver si era posible que pasase todo sin verlo. Antes, por supuesto le saqué una foto al plano de las escaleras, se veía claro, las escaleras y los ascensores, el acceso al centro en definitiva, estaban en el centro, alrededor estaban las plazas de aparcamiento. En cada lateral había una salida de emergencia y lo que debía ser un almacén porque en el mapa ponía privado.
Lo primero que hice fue buscar mi coche, sí, probablemente debí haber comenzado por el de la abogada, pero no lo hice, un error más no iba a suponer una gran diferencia. Debo decir que di varias vueltas y tuve que anotar varias veces en mi libreta los números de las columnas por las que había pasado para conseguir dar con el coche. Y allí estaba, mi coche, estaba allí, donde lo había dejado. Esto en realidad era una suposición, supuse que estaba donde lo había dejado, porque las llaves las tenía yo y no parecía que lo hubiesen movido de su sitio; cosa que deduje así a la ligera, porque en realidad, si fuese un poco más espabilada me habría dado cuenta de que no era así. Lo hice, más tarde, seguramente tarde de más. Pero en aquel momento ni me di cuenta de que había dejando el coche en la primera plaza de aparcamiento que había visto al entrar por la puerta del aparcamiento. Que había entrado directamente sin bajar ninguna de las rampas que había que bajar para acceder al Sótano -2 y que, por cierto, no estaban cerca de mi coche en aquel momento.
Pero como ya dije no me di cuenta en aquel momento. En aquel momento lo único que me importó fue que el coche estaba allí, como si eso me fuese a salvar la vida.
Después anduve hacia el coche de la abogada, también me llevó lo suyo encontrarlo, pero estaba allí. Sin más y me sirvió también. En el tiempo en que había dejado a África en la perfumería y encontré su coche cometí tantos errores que llegar a una conclusión óptima del caso sería un milagro.
Después busqué el escenario del crimen, del segundo crimen, claro. Efectivamente, se podía ir desde la entrada al coche de África sin pasar por el escenario del crimen. Siempre que hubiese bajado por la entrada que había utilizado yo, la que estaba casualmente al lado de la perfumería. Otro error más, considerar casual el encuentro en la perfumería.
La marca de tiza blanca del cadáver de la mujer seguía allí y a su lado estaban los números que marcaban como pruebas los productos de marca blanca que habían aparecido al lado de la muerta. Afortunadamente tuve un momento de inspiración, de esos que me vienen a veces y que pudo ser la clave para evitar que todo terminase en la basura. Las cámaras. Las cámaras de seguridad. Miré hacia arriba, no sin sentir cierta vergüenza al darme cuenta de que me habían estado viendo hacer el ridículo yendo de un lado para otro. Afortunadamente también, con lo que cobraba lo tomarían más como una excentricidad de genio que como un retraso mental.
Lo que no dejó de sorprenderme fue que en toda la planta sólo hubiese cuatro cámaras de seguridad, visibles, situadas en cada esquina del acceso al centro comercial. Cada seis plazas de aparcamiento había una columna, no demasiado estrecha. En cada lateral había una rampa y una salida de emergencia. Las cámaras estaban orientadas a las salidas de emergencia. Hasta comenzaba a dudar que funcionasen.
Tenía que buscar a los de seguridad, me vino a la cabeza en ese momento que todavía no había podido ver las cintas de seguridad, estaba casi segura de que tenían más copias de las que le habían entregado a la policía. Más aún, comenzaba a sospechar que a la policía sólo le habían entregado una copia manipulada.
Subí toda acelerada buscando la garita del de seguridad, que a la altura que estaba no tenía ni idea de donde estaba. Miré en el plano que había al pie de las escaleras pero no aparecía como tal, llamé a la abogada para preguntarle pero no respondió. Lo intenté con el director y tampoco. Tuve un mal presagio y caminé apurada al punto de atención al cliente.
- Hola ¿dónde están los de seguridad? – le pregunté a la chica que atendía.
- Pues – dudó – mira, allí va uno – dijo señalando a un segurata.
No era lo que le preguntaba pero sirvió, fui hacia él.
- No tengo teoría – dijo mintiendo como un condenado.
Sí, mintió y además mintió con un tono malvado, en aquel momento no pensé que lo hiciese por estar implicado sino porque no quería apoyarme tanto como se ofreciera hacía unos segundos.
Un golpe a sus espaldas provocado por la puerta al abrirse interrumpió la conversación, una mujer entró con dos niños y un bebé silenciando el hilo musical con un barullo histriónico de súplicas y negativas. Artai no esperó, en cuanto la comitiva dejó la puerta libre arrancó y marchó. Y puse cara de falsa complicidad con la mujer y marché lo antes que pude huyendo de tener que ofrecerme a echarle una mano.
En el pasillo no había ni rastro de él, los policías de la puerta me miraban fijamente, no con sospecha precisamente, echarían cuentas del tiempo que llevaba sin que nadie saliese del baño, echarían cuentas de que sólo estábamos Artai y yo, echarían cuentas de lo apurado que salió el otro cuando entró la mujer; sí, demasiadas cuentas para llegar a un buen resultado.
Cuando pasé por delante del hiper crucé miradas con Artai, que estaba al lado de los arcones de frío y mirándome de reojo viéndome pasar. No teniendo a donde ir, pensé en volver al escenario del segundo crimen; pero la vieja despistada estaba al pie de la escalera mecánica y si había conseguido despistar a la mujer con los críos del baño no iba a hacer menos con la vieja despistada de la escalera. Choqué al dar un giro brusco con un viejo que fumaba en pipa y buscaba desesperadamente un catálogo para poner en el banco antes de sentarse. Pedí perdón y corrí hacia el único sitio donde no había nadie.
Una perfumería, sí, aquella cara carísima, normal que no hubiese nadie. El dependiente estaba aburrido mirando una revista encima del mostrador, levantó la vista con indiferencia al verme pasar por delante y siguió a lo suyo. En la estantería había otra dependienta dándole con un plumero a un frasco gigante de perfume Embeless. Yo me puse a lo mío, a oler perfumes caros, tenía pensado ahorrar los de todo el mes, entre los que iban a echar y lo que duraban...
- No fui capaz de decírselo – escuché de repente a mi lado.
Di la vuelta espantada, a ver que misterio aguardaba detrás de aquella frase. No era tal misterio, era la abogada, África, hablaba nerviosa como si acabase de cometer un delito y no fuese abogada, claro. No se había atrevido a contarle a la inspectora lo de las notas.
Verla tan insegura y aunque no diga mucho a mi favor me hizo situarme en una posición de superioridad moral de la que abusé todo lo que pude. Primero le eché una mirada sancionadora, después un respingo de comprensión y después le planté el interrogatorio. Recuperé aquellas preguntas que rondaban en mi cabeza desde que me la había enseñado.
- Yo que sé – dijo África – ni sé que hora es ni si cambió de día, y yo que sé.
Traté de centrarla. Me dio la impresión de que había tomado algo más que café italiano y lo comprobaría de no ser por la inmunidad que le daba el que yo llevase veinte muestras de perfume caro encima. Le hice repasar todos los movimientos desde la última vez que habló conmigo hasta que encontró la nota dentro del bolso.
- A ver, deja que lo piense ¿no huele demasiado aquí? – pero siguió hablando, como si pensase que eran imaginaciones suyas – después de que te enseñé la primera nota fui con el director a tomar algo al restaurante de abajo, ese que tiene el muñeco aquel de hierro en la puerta. Nos sentamos en una mesa, yo pedí, pedí – y pensaba en serio que me tenía que decir lo que había tomado.
Yo me refería más bien a que me contase lo que había pasado así en grandes líneas; pero la tía lo tomó a demasiado detalle. No, no la interrumpí, no fuese que alguno de esos detalles delatasen alguna pequeña traición.
- Pedí un té con limón, con hielo, que no sé para que lo pedí porque le echan el hielo en el mismo agua que la bolsa con la infusión y no da de sí, y siempre hacen lo mismo, que no dan aprendido. El tomó un café sólo. Dejé el bolso en la silla que estaba a mi lado, nos sentamos en una mesa de cuatro. No hablamos mucho, sobre todo el director porque el hombre no está hecho para estos trances.
Anda que ella sí.
- Y ahí no pasó nada ni habló nadie con nosotros. Bueno el camarero cuando trajo las cosas y cuando vino a cobrarnos, por supuesto. Después bajé al aparcamiento.
¿Al aparcamiento? Que curioso, me notó la sospecha y eso que decía que estaba desorientada.
- Es que tenía que ir al despacho – soltó sin que le preguntase. Pero no vi nada raro.
- ¿Qué qué sé de ti? Sé que eres una mentirosa – preguntó respondiéndose a sí mismo.
- ¿Ah si? ¿y eso por? – pregunté sin perder la calma.
Volvió a la puerta, se apoyó en ella obstaculizándola de nuevo y manteniendo el semblante serio me contó que sabía que no era investigadora, que era una completa farsante y que no había ni una verdad en mi currículum. Pero también dijo que me reconocía el mérito por colársela a los del Centro y que no me preocupase que no se iba a ir de la lengua, que estaba disfrutando mucho más viendo lo perdida que estaba.
- Claro que con lo que espabilas en la investigación vamos a acabar todos muertos – dijo.
- Bueno, la policía también está haciendo lo suyo – dije.
- Sí, pero no es excusa, con lo que cobras deberías saber ya quien es el asesino.
- A lo mejor ya lo sé – dije.
El sonrió, no soné muy convincente, aún así le di a entender que mi currículum podía ser falso, pero que tenía conocimientos suficientes como para solucionarlo. Él volvió a sonreír.
- Si quieres te echo una mano – se ofreció.
No pude evitar sorprenderme, al final todo se reducía a que el tal Artai era uno de aquellos investigadores a los que tumbé con mi superoferta. Sólo sabía del investigador de la radio, fue el único que manifestó su descontento, el único que me llamaba a las cuatro de la mañana y paraba a mi lado en los semáforos.
- ¿Y que haces trabajando de reponedor? – pregunté.
- ¿Qué pasa? es un trabajo honrado, no muy bien pagado, pero honrado – dijo evitando responder la pregunta.
- Lo que no sé es porqué te ofreces a ayudarme, al final, tú y la banda de frustrados de la asociación de investigadores estáis disfrutando del momento ¿no? eso es lo que dijiste antes.
En ese momento cambió de expresión y el uniforme del hiper comenzó a no encajarle.
- Al final no vas a ser tan mala como dicen en la asociación – farfulló.
Claro que a mi, lejos de aclararme las cosas me planteó más dudas. Él pareció notarlo, se despegó de la puerta y vino hacia mi, me puso la mano en el hombro y habló mirándome a los ojos. Confesó que habían urdido un plan entre los afectados por la competencia desleal, algo inofensivo, para dejarme quedar en ridículo, para dejar quedar en ridículo al director del centro que fue tan iluso para creer mis mentiras.
- Ya sabes, montar un buen escándalo, ponerte en tu sitio y conseguir un contrato mejor que el tuyo.
Lo planearon con calma, y cuando lo tuvieron todo bien atado Artai conseguiría el trabajo en el centro para poner el plan en marcha. Eso nos retrasó un poco, tan investigadores, tan profesionales y tan asociados y no habían calculado la dificultad del mercado laboral. Contaba con que lo contratasen para algún carguito y acabó de reponedor, como tantos otros, tragó con lo que le ofrecieron porque le podía más el ansia de venganza que el orgullo. Lo que también tuvieron que hacer fue un pequeño reajuste de su plan.
- Que digas eso es un alivio, supongo – dije.
- Debería – dijo apartándose de mí.
El plan consistía en robar una gran cantidad de dinero en las dosis adecuadas para que las notasen las personas indicadas, no las aseguradoras sino el gerente y el director.
- Ya sabéis, para que te tuviesen que llamar a ti, que pareciese algo ejecutado desde dentro. El primer robo debía ser ayer, y yo llegaría hoy para ponértelo difícil cuando llegases, de llamarte a ti primero – hizo una pausa – normalmente tardan un par de días por si fuese un hecho aislado.
En lugar de tener que aparentar normalidad cuando llamasen a todo el mundo a capítulo por el robo tuvo que aparentar la tranquilidad inocente de dudar si realmente tenía algo que ver con el cadáver que apareció al lado del arcón frigorífico.
- Pues lo aparentaste muy bien – dije.
Él respiró profundamente y pasó la mano por la cabeza.
- Te juro que nunca hablamos de muertes, no somos un sindicato del crimen – demostrando preocupación por primera vez.
Después volvió a respirar y rectificó.
- Por lo menos yo no tengo nada que ver.
No sabía que creer, llamó a sus cómplices y ninguno respondió.
Pero no solté prenda, que una puede no ser todo lo que dice pero bien sabe que el éxito de una buena mentirosa está en la memoria y en la discreción. Memoria tenía poca por eso equilibraba la ecuación con la discreción. La inspectora me preguntó cuanto tiempo había pasado realmente entre que apareció el cadáver y la llamamos, si la conocía de algo, a ella no a la muerta, claro. Si había averiguado algo, si lo conocía de algo, al otro muerto; si sabía algo. No solté prenda, me limité a poner cara de interesante y de no saber.
No me costó mucho deshacerme de ella, entre que la llamaron de arriba, del piso de arriba, y que la llamó África para contarle lo de las notas y que eché a correr en cuanto la mujer dio la vuelta, pues no me costó tanto, efectivamente. Una vez me ví libre eché a andar por los pasillos.
- Niña ¿dónde está la salida PA-3? – me preguntó la desesperada de la mañana agarrándome del brazo.
Clavándome las uñas diría yo. Lo primero que hice fue arrancarle las zarpas de mi brazo y señalarle el plano de nuevo, de esta vez me aseguré de que lo veía acompañándola hasta el mismo pie, y allí la dejé mirando el galimatías de colores felices y rectángulos imposibles.
Salvado el segundo escollo en mi huída caminé con paso decidido pasillo adelante, la gente se veía tranquila mirando escaparates, como si no pasase nada, comprando incluso. En el hiper estaban trabajando, hasta me dio la idea de que ya se había levantado el estado de sitio, pero un cordón policial en la salida de emergencia me centró. Por disimular y no darle la razón a sus caras de sospechas torcí el rumbo discretamente hacia los servicios. No había nadie y el hilo musical se escuchaba con eco de tubería. Tomé aire, me miré en el espejo y volví a salir.
Fuera, en esta tierra de nadie que hay entre los servicios de hombres y de mujeres y la puerta de salida de los servicios estaba Artai, obstaculizando la puerta más concretamente, de brazos cruzados, con su sonrisa de meter miedo y leyendo mi pensamiento, o eso me parecía.
- ¿Qué? ¿Qué tal va eso? – preguntó, más amenazando que preguntando realmente.
- Bien – dije intentando no darle intención.
Y el silencio y el eco del hilo musical en las tuberías y el tener enfrente a la persona que había baticinado que yo sería la próxima víctima me hizo pensar que igual aquel era el momento , igual sí iba ser la siguiente, que igual aquella era la última vez que respiraba, y que triste me pareció llevar para el otro mundo aquel aroma a desinfectante y aquella frialdad del azulejo.
Quedé plantada en medio de la habitación, ir hacia la puerta suponía acercarme a mi supuesto verdugo, volver a los servicios suponía aislarme más, allí todavía había una opción de gritar y que se escuchase fuera. Los de la policía escucharían, no estaban ni a cuatro metros, además tenía el móvil, tenía el móvil, como no había caído antes.
- Pareces nerviosa – dijo él.
- No – dije.
- No estás muy habladora ¿eh? ¿tienes miedo quizás? – insistió.
Pero tuvo la poca gracia de insistir en plan de broma, que casi lo prefería cuando ponía la mirada malvada y la sonrisa terrorífica. No, cachondeos los justos. Le dejé bien clarito que miedo no tenía, ni mucho menos a él, fui hacia la puerta y ver si se apartaba, pero no se movió.
- ¿Averiguaste algo? – preguntó.
- Claro – dije.
Sonrió entredientes como acostumbraba, por lo menos conmigo, y dijo que para ser la siguiente lo tomaba con mucha calma, que igual tenía que ir haciendo el testamento no me fuese a pillar el tren.
- Si va a ser un tren aquí no tengo problema – sonreí por fin.
Sí, sonreí, aliviada, algo en lo del testamento delató su farol. Era obvio que sabía cosas sobre mí, pero no de los asesinatos, bueno, era lo que me pareció en aquel momento, claro.
- Esa sonrisa es demasiado confiada – dijo él – si te mato ahora mismo no hay quien te salve, ni siquiera ese móvil que agarras con tanta fuerza.
- Es que me costó caro – dije.
Él sonrió, pero de verdad, dejando de lado la maldad, la perversidad. Yo confié, quizás demasiado.
- ¿Y tú de que vas? – pregunté.
- No voy de nada – dijo.
Sonreí, ahora era yo la que sabía de él. Claro que iba de algo, iba de que sabía.