Andrés quedó un poco desencantado, desconcertado mejor dicho, ella cogió las fotos y marchó, no le dijo nada más y salió por la puerta tan divina como había entrado. Él no sabía como tomarlo, si dejaba de trabajar para ella, si tenía que seguir con la vigilancia de su marido, tampoco le dio más vueltas, Alicia había marchado tan airada que ni le había pagado así que hasta ver un fajo de dinero metido en un sobre, es que le tenía mucha fe a lo del sobre, así, cuando en los juicios le preguntaban si le habían dado dinero por algo podía decir que no tranquilamente. A él le habían dado un sobre, lo que viniese dentro era a mayores.
Alicia se había convencido de que gastar más dinero con aquella historia era una tontería, de cualquier manera estaba harta de vivir una vida aburrida al lado de Carlos, iba a hacer como Elena y comunicar un cese temporal de la convivencia. Después ya vería por donde tiraba. Al mismo tiempo pensó en averiguar quien era aquella gente con la que parecía que su marido tenía tanta confianza. No por que le importase que tuviese una aventura, bien veía que la chica era guapa pero si aquello era lo que estaba buscando su marido ella no estaba dispuesta a dárselo, se tendría que meter en quirófano de arriba a abajo y para ser prácticas acababa antes cambiando de marido.
Lo primero que hizo fue llamar a su madre para decirle que iba a dejar a Carlos, Carme no se tiró por la ventana ni de los pelos ni nada; le dijo un “tu ya eres grande y bien sabes lo que te conviene” que Alicia no esperaba pero que agradeció. Pensó que le iba a ser igual de fácil contárselo a su padre, o incluso sería mejor porque a él Carlos no le caía demasiado bien. Ahí se equivocó, el concejal era más bien conservador en esos aspectos familiares, le montó un número de primera, un número que a la antigua Alicia le costaría un disgusto pero a la nueva Alicia no le causó más trastorno que apartar el móvil de la oreja y darle a la tecla de colgar.
Ahora quedaba lo más difícil, decírselo a Carlos. Tuvo clase, no se lo dijo por móvil, ni siquiera el tan de moda sms. No, esperó a la cena, él debió sospechar algo cuando Alicia le pidió a su madre que los dejase a solas un momento; y no lo hizo, ni se le pasara por la cabeza cosa semejante. Él pensó más bien que era alguna de aquellas tonterías que hacía su mujer para reavivar la llama de la pasión, de aquellas cosas que leía en el Cosmopolitan y que ella creían que funcionaban, aunque la verdad a él ni le iban ni le venían, dependía de como lo pillase el día. Y la verdad es que cuando escuchó lo de “darnos un tiempo” a punto estuvo de partirse de risa, ¿pero que trataba este número del Cosmo? pensó sin darle más importancia al tema. Claro que después la cosa se le fue aclarando más y conforme se le aclaraban las cosas también las fue tomando más en serio, le dijo que se iba a marchar a vivir sola, que el hiciese como viese, pero que dudaba que su madre lo quisiese en casa no estando ella. Él lo tenía casi claro aunque su relación con la suegra era muy buena no pensaba que tan buena. Cuando terminó de decir todo lo que tenía que decir, que no es que fuese mucho, le preguntó si tenía alguna pregunta. La verdad es que tenía un montón de preguntas, pero lo que no tenía era ganas de hacerlas, claro que se preguntaba porque lo estaba haciendo, si alguien le había contado algo, tenía ganas de decirle que no había otra, pero también tenía muchas ganas de tomar ese tiempo que decía Alicia que iban a tomar y tenía miedo de que al ponerse a hablar a su mujer le diese la morriña y le dijese que todo era una broma y que seguían como siempre.
Ella se levantó y fue para la habitación, él quedó en el salón pensando a donde ir, tampoco es que tuviese mucha necesidad, tenía un buen sueldo en el bufete y aquel piso de soltero que le había dado el Ayuntamiento cuando lo de la expropiación por el maremoto. No lo pensó más, se levantó de la mesa, fue al trastero, cogió una de las maletas y fue a la habitación a coger lo más indispensable.
Alicia no espera un número de desesperación por parte de Carlos, tampoco que marchase tan tranquilo y con tanta normalidad como quien coge un avión para ir a una reunión de rutina a Madrid. Ella no lo veía, estaba haciendo que dormía, empezaba a sentir que se había equivocado y que le había puesto en bandeja el marchar con la espabilada de la foto, después de todo había sido ella la que lo había echado fuera, en el divorcio diría que ella lo echó y que lo de la espabilada fuera después , para curar su corazón maltratado. No le faltó mucho para dar la vuelta y pedirle que quedase; pero decidió, por una vez, ser una mujer y afrontar las consecuencias de la decisión que había tomado, si se había equivocado pues se había equivocado. Cuando terminó de revolver cerró la puerta y marchó; los pocos minutos entró su madre en la habitación para preguntarle que tal estaba. Hacía tiempo que no sentía la necesidad del cariño de su madre, hasta le había estorbado de quinceañera, pero en aquel momento fue importante tenerla allí. Le dijo que todo iba a salir bien.
Al día siguiente, bien temprano, llamó a Andrés; él, en cuanto vio el número dijo para sí un “ya lo sabía yo” y cogió confiado, esperaba que le pidiese cita para pagarle lo que le debía y encargarle que siguiese con la investigación.
¿Dónde vive la espabilada esa? – dijo Alicia sin un buenos días ni nada.
- ¿Cómo? – preguntó Andrés, que le gustaba ir al grano pero no tanto.
Ella aclaró que se refería a la de la foto y Andrés, disimulando mal, le dijo que no lo sabía, ella le notó que la estaba engañando así que lo amenazó con decirle a su padre que la andaba rondando otra vez. Ella lo hizo inocentemente, fue la única amenaza que le vino a la cabeza, tampoco sabía hasta que punto llegaba el pánico de su padre por la relación con Andrés; pero él sí que lo sabía, y no quiso tentar a la suerte. Tampoco se lo quiso poner tan fácil como para que no le pagase, así que tiró por el medio y le dio mi dirección. No, si por unas o por otras todos acababan diciendo mi nombre.
Ella no lo dudó, se levantó, se puso más que divina y vino a mi casa. Con decisión, hasta que comenzó a ver las casas abandonadas y los escaparates vacíos con puertas oxidadas. Aunque con miedo, siguió.
Saturday, January 31, 2009, 10:23 PM EST
[General]
Capítulo 20. Pista familiar.
Carme miraba a su hija mientras desayunaban. La notaba rara; pero la cosa tampoco parecía importante, a veces le daban esos puntos místicos. Ella pensaba que igual la había presionado mucho para que se convirtiese en una mujer de bien y había acabado enterrando alguna vocación intelectual de la niña. No era el caso. Alicia le andaba dando vueltas a la idea de contarle a su madre lo de Andrés; obviamente no se había dado cuenta de que Carlos estaba a la misma mesa que ellas y menos mal que se hizo notar porque Alicia ya había encontrado las palabras exactas para expresarlo sin que a su madre le diese un ataque.
Carlos también había notado la distancia que mantenía Alicia desde hacía unos días; pero no le prestó demasiada atención porque andaba con Sandra en la cabeza. Nunca se había planteado engañar a su mujer, más por miedo a su suegro que por amor. El la quería, no podía decir que no, nadie podía; pero no era una pasión arrebatada de esa que dicen que se siente cuando se ama de verdad. También hay que decir que nunca había sentido ese tipo de pasión por nadie en su vida, por nadie hasta que encontró a Sandra. Personalmente no lo entendía, porque Sandra inspira más dulzura y ternura que pasión, claro está que no tengo la mente enferma de un necesitado de clase media.
Alicia quedó sola en la cocina, y disfrutó de la paz que había en el pequeño intervalo entre que marchaban todos y venía la señora de la limpieza. Pensó. Volvió a pensar. No, mejor no. Estaba pensando en llamar a Andrés, pero al final decidió que no era lo mejor, tendría que llamar él, si era lo mejor. Siempre se precipitaba y si Andrés lo notaba volvería a tener el control de la situación y su plan de hacerlo sufrir fracasaría.
Andrés no la iba a llamar, por lo menos en un tiempo. No tenía nada que contarle, cuando se dio cuenta de que Carlos era el abogado de Salva prefirió dejar el tema hasta que pasase el juicio, era lo suficientemente inteligente como para no forzar la situación. Había conseguido cargarle el marrón a Salva, si Carlos era bueno conseguiría sacarlo de el sin mucho esfuerzo y al final todos quedarían libres, sanos y salvos. Pero si se acercaba mucho y el tal Carlos se daba cuenta igual podía alegar oscuros motivos y devolverle el marrón a él.
Y así pasaron unas dos o tres semanas, que para Alicia fueron largas, la incertidumbre por el extraño comportamiento de Carlos, la emoción de tener un motivo para dejarlo y vivir una emocionante vida junto a Andres, por unos meses, y después otro y después... y después recibió la llamada de Andrés, el corazón latía rápido.
- ¿Cuando puedes quedar? – preguntó Andrés con voz cansada.
Sandra quería decir “mañana no puedo” y le salió un “cuando quieras”, después pasó todo el día repasando la frase para convencerse de que no había sonado demasiado ansiosa. La verdad es que lo consiguió, lo de convencerse, porque para decir más verdad si que sonó ansiosa; y, lo que es peor todavía para ella, Andrés lo notó; aunque por suerte el animalito estaba pensando en otra cosa, cosa rara en él, y supuso que el ansia era por saber de marido no por él. Quedaron en el mismo café de la otra vez. A él le pareció lo más práctico. A ella le pareció muy romántico, como su lugar secreto, que no era secreto ni nada, pero la imaginación tiene estas cosas.
Andrés juntó las fotos que le había tomado a Carlos, no tenían ninguna importancia y eran de lo más inocente; pero se tomó muchas molestias para que una confidencia al oído de Salva pareciese un morreo a Sandra, yo diría que siguiendo la gran escuela del tomate. Alicia llegó tarde, tranquila, divina para ser más exacta. Andrés estaba inquieto, tenía miedo de que Alicia no le siguiese pagando, que el montaje fuese demasiado bueno y que ya se conformase; era raro, normalmente con ese cebo todas querían saber más ¿por qué?¿qué tenía ella?¿que le dá? todas esas tonterías que Andrés escuchaba una y otra vez. Era lo que le daba de comer. A él, si le pusiesen los trasto, con dos tortas bien dadas ya lo solucionaba, pero las mujeres y nuestras dudas transcendentales eran bien más rentables.
Alicia agarró las fotos con las dos manos, las miró, se le puso aquella mirada que Andrés reconocía como el síndrome de la mujer abandonada; le calculaba unos cinco minutos antes de echarse a llorar como una magdalena. Se equivocó, como con casi todo de esta nueva Alicia.
- ¿Sólo me traes esto? – preguntó Alicia con exigencia.
- ¿Sólo? – dijo Andrés buscando una excusa rápida.
No le sirvió de mucho, se nota que Alicia también seguía, igual que yo, la escuela del tomate y reconocía un montaje en cuanto lo veía. Andrés empezó a ponerse nervioso, y esto lo hizo alterarse y como consecuencia ponerse más nervioso aún. Alicia se echó hacia atrás en el respaldo y observó con distancia, buscaba aquel encanto de George Clooney que le había visto en la anterior cita y no lo encontró.
- Algo hay – dijo Andrés por fin.
- Sí, puede haber cualquier cosa, por las sombras de la mesa había otras dos personas – dijo Alicia con seguridad.
Con tanta seguridad que hasta a ella le pareció que sabía de que estaba hablando. Y aún nunca en su vida se había parado a contar las sombras de nada... Y en aquel mismo momento llegó a tres determinaciones que marcarían el resto de su vida:
1ª. Carlos no le valía ni para divorciarse. 2ª. Andrés no le valía ni para divorciarse. 3ª. Ella valía mucho.
Antes de bajar Salva comprobó que hubiese oxígeno suficiente para la operación, o como él decía para dar subido a tiempo. Volví a bajar y al entrar en la cámara no pude evitar sentir una fuerte emoción como de noche de reyes, que ya ni recordaba.
La estructura parecía sólida, el espesor de las paredes de acero era tremendo y llegué a pensar que el explosivo no iba a llegar por lo que me tomé mi tiempo a la hora de ver donde tenía que colocarlo. La verdad es que nunca me había enfrentado a una cámara acorazada de aquellas características, ya me gustaría; pero dentro de mi inocencia imaginé que sería igual que alguna de la misma marca que sí había tenido el honor de conocer, sólo que a lo grande. Sin duda, y mientras lo pensaba ya me había dado cuenta de que estaba equivocada; pero por algún lado había que comenzar. Decidí emplear sólo la mitad de la carga. Otro error por mi parte; aún tenía la esperanza de que si acertaba con la posición de la carta y no era suficiente potencia pudiese terminar con el resto. El error de cálculo estaba en la obvia posibilidad de que me equivocase en la colocación de la carga.
Con mucho cuidado manipulé el explosivo y con más cuidado aún coloqué el detonador. Salí hasta la escalera para pulsar el botón, hasta el siguiente piso, por lo menos para poder huir, la idea de quedar allí atrapada me aterraba. Por la radio avisé a Sandra y a Salva de que iba a pulsar el botón y que se pusiesen a cubierto por si pasaba algo. Cogí aire y apreté. No se escuchó la explosión, tan sólo, de repente el agua arrastrándome o mejor dicho me absorbió y por unos minutos perdí el control de todo, volví a sentir el miedo de pesadilla de aquel día que me zarandeó una ola cuando estaba aprendiendo a nadar en la misma orilla de la playa de San Amaro... ¿que? ¿que en San Amaro no había olas? bueno, vale, la ola no era muy grande, pero yo era muy pequeña y quedé impresionada. Choqué contra muchas cosas. El ruido metálico que escuchaba a veces me aterraba más porque aunque nunca había visto partir una bombona de aire, igual era más fácil de lo que parecía. Dentro las burbujas subían revoloteando entre mis brazos inseguros.
Un tiempo impreciso después las burbujas desaparecieron, las turbulencias se calmaron y el agua volvió a ser clara y por fin ví lo que había en la cámara del tesoro.
- ¿Qué hay? ¿Qué hay? – repetía insistente Salva.
Había montones de maletines, de estos metálicos de las pelis de espías, apilados, como las pequeñas cajas de seguridad de la sala de fuera; de hecho si no fuese porque el agua los desplazó no se darían diferenciado. Agarré uno de ellos, todos tenían una combinación y un cerrojo pequeño, no teníamos la fortuna de tener ni llave ni combinación así que traté de romperla y como el agua no me dejaba darle fuerza agarré un par de maletines y subí.
Salva me sacó los maletines de las manos, no para ayudarme a salir del agua, sino para ver lo que tenían dentro. Empezó a golpes con ellos ante la mirada espantada de Sandra. Yo seguía en el agua y Salva parecía cada vez más uno de los gorilas de Odisea en el Espacio 2001. Cuando Sandra se hartó de escuchar los golpes desbocados de Salva le quitó uno de los maletines, hizo palanca con un hierro que había por allí y lo abrió. Y a nosotros se nos abrieron los ojos. Puedo decir sin lugar a dudas que nunca había visto tantos billetes de 50 euros juntos, ni nunca los volvería a ver. Salva le sacó aquel maletín de delante y le dio el otro para que volviese a hacer magia, y así lo hizo. Lo abrió con una simple maniobra, y volvimos a ver otro montón de billetes.
- ¿Y cuántos dijiste que había? – preguntó Salva echando las manos a la cabeza.
- Muchos, hay muchos – dijen desesperada.
Sí, desesperada ¿cómo podía haber tanto dinero en el mundo y nosotros a verlas venir con tan pocos? Todo esto dicho viendo sólo dos maletines.
- ¿Qué hacemos? – preguntó Sandra.
- Llevarlos todos – dijimos Salva y yo a un tiempo.
Fue como si nos leyésemos el pensamiento, no dejar ni uno, esa era nuestra meta. Íbamos a tener serias dificultades para sacar de allí todo aquel montón de dinero, y más dificultades aún para sacarlos de allí sin levantar sospechas ni atraer miradas curiosas. En este punto tomamos un poco más de tiempo para pensar la estrategia y en ese punto también Sandra dejo de ser de tan gran ayuda como había sido hasta aquel momento, porque empezó a decir cosas del tipo de:
- Podemos sacarlo en helicóptero...
- ¡Sandra!
- O en globo...
- ¡¡Sandra!!
- Pues entonces en la cosa esa que es como un plumífero con dos cuerdas – dijo refiriéndose al parapente.
Siguió un buen trozo dándonos ideas de similar utilidad, mientras Salva y yo pensábamos en una estrategia animal mixta, ya sabéis, entre la estrategia del caracol y la del caballo de Troya. Pensando con la agilidad que me caracteriza y sabiendo que para algo estaban allí volví a retomar la idea de las dos mesas de roble que había en las respectivas salitas. El mayor problema era el tratamiento contra la humedad, no flotaban, eso lo vi muy claramente y me sorprendió. En los pro teníamos que eran muy monas. A Salva no lo convencí, me puso cara de que si no había otra cosa, había mobiliario de oficina de sobra, pero a parte de tener bronca con los de la chatarra nos iba a resultar bastante complejo justificarle a Ramón que habíamos vuelto para coger unos archivadores.
¿que no os lo había contado? quedamos en no decirle nada, nada de nada. Si volvía a salir el tema le diría que había vuelto a bajar y que no había sido capaz de abrir la cámara suponiendo que hubiese algo que ya le había dicho que no, que era todo una leyenda para turistas.
Saturday, January 17, 2009, 02:56 AM EST
[General]
Capítulo 18. Esta tarjeta no tiene precio.
No paramos de correr, a medio camino le pegué cuatro gritos a Sandra para decirle que fuese a buscar a Salva que lo volvíamos a intentar ya; pero ya de ya. Nos separamos sin parar y yo seguí corriendo hacia el mar, ni me di cuenta de que aún era de día hasta que llegué a la orilla del agua; pero me dio igual, miré alrededor sin mucho escrúpulo y me lancé al agua, estaba fría, debí darme cuenta de que no llevaba el traje de neopreno cuando llegué a la orilla, y no, pero lo clásico de “de metidas al río” era muy acertado, si cambiábamos el río por mar, claro.
Salva me llamó histérica de todo, “ni se te ocurra comenzar sin mi”. Sí que se me había ocurrido, pero una vez le había dicho a Sandra que lo avisase lo más normal era esperar, si no más me valiera estar callada. Los esperaba detrás de un edificio, no quería arriesgarme a que pasase por allí alguien despistado y empezase a hacer preguntas. No tardaron mucho, Sandra estaba emocionada, como cuando salió de la Caja Universal, con esa vidilla que da el hacer pequeñas travesuras. Salva venía todo equipado, se había acordado de traerme un traje, se lo agradecí sin efusividad, estaba tiesa con el frío. Subieron a la lancha y volvimos hacia la antigua calle San Andrés.
Todo fue más rápido de esta vez, sabíamos donde estaba todo. Ellos esperaron arriba y yo bajé sin dudar, hacia el fondo, rápido, rápido. Llevaba la tarjeta agarrada que no me la sacaban ni diseccionándome con láser. Una vez abajo comencé a pasarla por toda la pared, no me quedó un trozo sin revisar y aparentemente no pasaba nada.
La decepción me hizo tomar las cosas con más calma, pensar mejor lo que estaba haciendo. La tarjeta, posiblemente, no era del mismo sistema, con lo que tampoco la podía ir pasando tan a la ligera, la pared seguramente era muy sensible, pero también le habría que dar su tiempo, llevaba mucho sin que se le acercase ninguna tarjeta e igual le costaba arrancar, así que volví a retomar la idea de Sandra e imaginé donde podría estar la puerta, calculé que de algún modo abría de frente a la escalera, era como mejor quedaba, no vendrían los ricos a entrar por debajo de las escaleras.
Miré para atrás y calculé el centro de la escalera, subí al techo, aunque era obvio que allí no podía estar porque o no había gravedad o muy altos eran los ricos. Pero tampoco quería dejar un milímetro sin mirar. Fui bajando hasta una altura más razonable, pero no pasaba nada. Después fui andando hacia la izquierda y mirando de abajo a arriba hasta una altura de un metro noventa más o menos, poco a poco, despacio. Y la calma dio sus frutos, al principio no me di cuenta, fue una luz azul que se confundió con los pequeños destellos de los peces reflejando la luz de la linterna. Pero volví a pasar, no sé igual un sexto sentido o lo que fuese, pero volví a pasarla. De la segunda vez el destello fue más intenso, no pasó desapercibido, pero la puerta no abría. Aunque estaba claro que era allí, porque seguí un poco más adelante y no reaccionaba. Llamé a Salva y le pedí opinión, el echó un suspiro de desesperación. Sandra por detrás decía que en las pelis siempre hay dos llaves, una la tiene el banco y la otra el cliente
- Pues estamos apañados – dijo Salva de malas.
Después volvío a suspirar y me dijo que lo intentase un poco más en el sitio ese, que igual es que iba algo lento por estar tanto tiempo inactivo. Me hizo gracia que pensásemos lo mismo, vaya par de lurpias que estábamos hechas.
Y lo volví a intentar, estuve unos veinte minutos hasta que pensé que moría. Lo primero que noté fue una vibración muy fuerte, hablaba por walkie con Salva y arriba no sentían nada, con lo que suponía que no era ningún temblor. Después volví a la idea cuando el ruido fue tan ensordecedor que ni podía escuchar a Salva. En la pared no se notaba nada, pero por lo menos había movimiento. Pasados unos segundos el ruido fue más ensordecedor aún y comenzó a vibrar la pared, no mucho, como un móvil o aún menos. Y por fin se abrió el sésamo y dentro una cámara espectacular, como la de los faraones, intacta hasta que el agua empezó a entrar y enturbiar aquella paz en conserva.
Cuando se abrió de todo entré, no sin miedo, porque como le diese por cerrarse sin más de allí no me sacaba ni no sé decir quien. Pero el tesoro me llamaba y no me pude resistir. Dentro había una mesa como la de la salita de arriba, impecable, sólo movida de su sitio por la avalancha de agua, la silla había quedado también atrapada igual que la de arriba. Después, como me dijo Salva por el walkie, “al grano, tanta mesa y tanta silla” en las paredes había montones de pequeñas cajas con pequeñas cerraduras de las que no tenía las pequeñas llaves que las abrían.
A uno de los lados había un pequeño corredor que daba a otra estancia un poco más pequeña y desde luego más cutre que las otras, aquí, por fin había una cámara como las de toda la vida, con su rueda tipo timón. La emoción no me dejaba hablar, Salva gritaba pensando que me había vuelto a dar un vahído y no era quien de decirle que al final lo del tesoro era cierto por dios. Si, era precipitarse de más, de momento lo único que podía constatar era que el sitio del tesoro existía.
No daba hecho a patear para subir, cuando llegué saqué la mascarilla de oxígeno y gritaba como una loca, ¡se abrió! ¡la cámara existe! ¡se abrió! ¡se abrió!. Salva y Sandra se pusieron a dar saltos de alegría y me pidieron que se lo contase todo, todo y todo. La emoción nos embargaba, que nos daba igual que no hubiese pasta dentro, aquel era un momento mágico.
Después de reír durante un buen tiempo, de dar saltos y de soñar lo que íbamos a hacer con el dinero cambie la bombona y Salva me pasó el paquete de explosivo, me lo dio muy despacio y con cara de miedo.
- Tendré cuidado – dije.
Sandra lo miró diciéndole que no me agobiara, que no iba a pasar nada, en realidad lo entendía, no sabíamos cuanto podían resistir los cimientos, habían llevado mucho trote igual de más.
“No hay ninguna conferencia programada para este mes” dijo la resabida de uniforme. Nuestro gozo en un pozo. Sandra dio la vuelta para marchar y yo iba detrás cuando vi en la tienda de regalos un póster muy chulo de un cuadro que había pasado por mis manos hacía algún tiempo, me llamó la atención y fui a mirar cuanto costaba. Cuando tuve el original en mis manos no me pareció mucha cosa; pero seguro que costaba una pasta, iba a hacer una regla de tres con el coste del póster, aunque no era una cuenta muy exacta, la verdad.
Sandra vino detrás sin mucho interés, el arte abstracto no era mucho de su gusto. Mientras cotilleábamos los precios se me fue la oreja a una conversación que estaban manteniendo el dependiente de la tienda y una de las azafatas. Tampoco era demasiado interesante, hablaban de una cena a la que debieron ir la noche anterior, y se estaban riendo de uno de sus compañeros que al parecer había ligado con alguien poco fino en el karaoke, lo tenían todo grabado en el móvil y la canción sonaba bastante penosa. Lo bueno fue que mientras estaba mirando de reojo para intentar ver el vídeo de la noche loca posé mi sutil atención en una correa que llevaban los dos del cuello y que acababa en una tarjeta. Tarjeta, la palabra mágica, no había que esperar a que hubiese una conferencia, allí había dos tarjetas. Y aún más, en un momento en el que tuve que enderezar la vista para disimular porque se dieron cuenta de que había una sombra fija observándolos, di con la conclusión a través de la cristalera, todos los de uniforme la llevaban.
- ¿La tarjeta era como esa? – le pregunté a Sandra en voz baja. - ¿Como cual? – respondió Sandra también en voz baja. - Como la que llevan todas colgadas del cuello – dije.
Sandra dio vueltas alrededor mirando sin centrarse, como si viese nada que decían en la Historia Interminable. Vamos que no había más que gente con tarjetas colgadas y la tía que no se enteraba. Le tuve que dar un codazo y señalarle con el dedo a uno que había en el pasillo del otro lado de la cristalera, que iba todo engominado y que cuando se dio cuenta de la jugada nos miró con cara de actor de ojos azules... y ahí fui ágil. Si, está mal que lo diga yo, pero fui ágil de narices.
Total que estuve ágil y medio me puse tontita como si de verdad fuese un actor de ojos azules y como si además estuviese bien bueno, que lo estaba; aunque en otras circunstancias no se lo iba a dejar creer tan fácilmente. Sandra quedó al margen de la jugada, como dejando a la loca con su tema, porque le acababa de decir que había tomado algo con Ramón hacía un momento y que pese a todo aun me gustaba algo. Y ella siendo como es, estaría pensando que a ver si me aclaraba de una vez.
Después de un par de miradas y una llamada por el intecomunicador el chico marchó. Lo seguí con la mirada para ver a donde iba, pero lo perdí. Ya estábamos saliendo de la tienda para pensar con calma cuando el guarda de seguridad nos interceptó. ¿Tanto se nos notaba que andábamos a algo que no era?
- La están llamando – dijo el guarda señalando detrás de mí.
Di la vuelta y era el guapo de uniforme con su sonrisa de actor de ojos azules haciéndome un gesto para que esperase por él. Esperé, y como no iba a esperar, a un hombre así lo espero el tiempo que haga falta. Diréis que exagero, pero si lo vieseis caminar a cámara lenta por aquel pasillo de mármol encerado, me comprenderíais. Llegó a nuestro lado y nos invitó a la cafetería, de ligoteo en plena jornada laboral. Que conste que de camino me dio por pensar, igual que delante del guarda de seguridad, que me habían pillado. Pero por la alegría con la que hablaba, o muy bien disimulaba o realmente creía que yo besaba el suelo que él pisaba. No, hasta ahí no llegaba su belleza.
Tomamos algo, Sandra estaba ausente, la verdad es que cuando algo no le interesa pues no le interesa y punto. Imagino que estaría atendiendo a algunas de sus dudas transcendentales, en todo caso, y era lo bueno que tenía, nunca se quejaba con lo de “que aburrimiento”, ni suspiraba exagerando, ni daba muestras de disgusto, sólo estaba ausente, a lo suyo. El guapo me contó lo estresante que era su trabajo y que le robaba un tiempo valiosísimo a su jefe para tomar algo conmigo porque el era así de valiente y arriesgado, porque a él el jefe le daba lo mismo, eso sí, cada dos minutos miraba por encima de mí con nerviosismo. También me contó lo supercomplicado que era organizar una exposición y lo exigentes que eran los artistas; en lo que coincidí con el fue en que mucho vivían del cuento.
Por la brasa que me estaba dando ya calculaba que para quitarle la tarjeta del cuello lo iba a tener que emborrachar. Afortunadamente pasaron dos chicas por allí y señalándole el reloj, fue lo que me salvó. Sacó la correa y dejó la tarjeta encima de la mesa. Echó una sonrisa de alivio y se puso a hacerles monerías a las otras y hacer el baile de Pulp Fiction. Comencé a pensar que el del vídeo del móvil de la tienda de regalos era el de cara de actor de ojos azules; pero, también afortunadamente, mientras pensaba esto le eché la mano a la tarjeta, tan rápida fui que ni Sandra salió del trance; y, lo mejor, el de cara de actor de ojos azules tampoco. Él estaba concentrado en el baile y poco a poco fueron llegando más de uniforme y se unieron al musical. Desperté a Sandra de un codazo, que me dijo que le tenía el brazo cocido, y nos fuimos escurriendo entre el cuerpo de baile como pudimos. En la puerta echamos a correr como si viniesen detrás de nosotras cuatro inspectores de Hacienda y dos de trabajo.