Capítulo 26. En el fondo. Segundo intento (Primera parte)
- Nada, podemos quedar aquí, la noche está estupenda y con estas estrellas da gusto estar al fresco – dije toda natural.
Ramón me miraba como si notase que lo estaba vacilando, o si no me creyese ni palabra vamos.
- Podemos ir a tomar algo – dijo.
- No, que si la otra me llama – dije.
- Ya están los otros arriba – dijo.
Con eso no contaba, no recordaba que Paco había subido y aún no había bajado y lo peor era que no imaginaba que él sí, de todas maneras tentando a la suerte dije:
- ¿Qué otros?
- Sandra y Paco por lo menos – dijo con seguridad.
Aún perdida seguí intentándolo.
- ¿Siii? ¿Noooo? – dije.
- Sí, dijo, o por lo menos en la ventana están, la separada debe ser la que no conozco – dijo con seguridad, señalando con seguridad hacia arriba y mirándome con seguridad.
- Ay sí, no lo recordaba – dije disimulando.
Pues estaba lista, ahora a ver que le inventaba.
- ¿Vamos? Ya estoy empezando a pensar que me estás evitando – dijo.
- No hombre – dije disimulando – es que...
Y como vio que tardaba mucho en responder dijo:
- Si quieres te ayudo a recoger esto, lo digo porque parece que te cuesta dejar el tenderete.
- Nooo, no para nada – dije – no te preocupes, si son cuatro tablas.
- Venga, que parece que le tienes mucho apego, vamos – dijo mientras le echaba la mano a la tela de terciopelo granate de las cortinas.
Se me debió poner una cara de pánico demasiado descarada porque a él se le puso una cara de malicia muy mala y apretó la mano para tirar con fuerza de la tela. Casi me da.
- No, venga, déjalo, que por aquí no viene nadie ¿a dónde querías ir? – pregunté, agarrándolo del otro brazo y poniéndome medio tontorrona a ver si soltaba la cortina de una vez.
El sonrió y soltó la tela, sin mucho apuro, no vayáis a pensar, que exprimió mi angustia hasta el final. En la ventana estaban las tres marujas mirando, a Sandra ya le valía, que bien podía bajar y quedar ella de guardia. No sé que hacían allí plantados mirando al horizonte, o para abajo, que para el caso era lo mismo. Contaba con que mientras miraba las estrellas le echase un ojo a los maletines, tendría el detalle por lo menos. Claro que si hacía el razonamiento de que como Salva marchó de farra, Xiana marchó de farra y yo quedé aguantando a estos dos plastas igual pasaba de todo y no vigilaba el tesoro. Menos mal que Sandra era mejor persona que nosotros.
Ramón tenía el coche aparcado en el límite de la zona abandonada, y aunque por el camino mencionó con sorna lo de volver a recoger el puesto no dio muestras de sospecha. De todas maneras no me quería confiar, que ya lo conocía y su aparición repentina sin venir al caso tenían que tener un motivo, y mi objetivo era descubrir cual. Lo que me preguntaba era cual sería el suyo.
Fuimos a un bar de copas para solterones que habían abierto hace poco y que tenía mucha fama. Lo de solterones lo digo yo porque había mucha gente de taitantos muy cariñosos, sí, es una manera sutil de decir muy desesperados, pero yo formaba parte de ese clan así que lo voy a decir así, cariñosos. Nunca había ido por allí, no estaba al alcance de mi bolsillo ni de mi paciencia, en cuanto me sonreían me daba gana de echar a correr, y normalmente estaba muy cansada, así que ahorraba el trabajo. De esta vez era distinto, como ya llevaba el chico de casa no tenía de qué preocuparme. Nos sentamos. Y el problema que se me presentaba era de que hablar. Después de pedir y acomodarnos poco más tenía que decir, así que puse cara de interesante, de tener mucho misterio dentro y una vida fascinante para que fuese el quien hiciese las preguntas. La verdad es que no sé como se pone esa cara, pero la intención era esa.
Él tampoco tenía mucho que decir o por lo menos tardó en hablar y cuando lo hizo me contó de los años que había estado fuera, de su vida, de todo, que me dejó la cabeza como un bombo que os lo digo yo. Llegué a pensar que lo estaba haciendo a propósito para que confesase que le estaba robando, entre comillas lo de robar, porque el dinero no era suyo; lo vamos a dejar en engañar. Pero él seguía hablando, es que ni como tortura era normal. Seguro que me lo notó en la cara, porque empezó a hacerme preguntas, no relevantes, sólo para mantener una conversación inocua ¿y tú qué tal?¿y tú qué piensas?¿no te parece? y así. Después en el bar pusieron música más tranquila y la gente comenzó a bailar, Ramón me invitó a salir a la pista, que no era tal pista, era allí al lado de las mesas en el trozo que había hasta la barra. Y bailamos. ¡Qué romántico! que romántico y que paz, dios por fin había parado de hablar, la cabeza dejó de dar vueltas por fin y disfruté del hombre por fin, bailar bailaba bien.
No sé si llegué a cerrar los ojos en algún momento, pienso que si, es la explicación que le encuentro. El único que sé es que desperté sentada en un banco, tan tranquila, aún era de noche así que no debió pasar mucho tiempo, o eso creía yo.
Carlos miraba en su interior y no sabía muy bien porque se lo había hecho, empezó a darle vueltas a aquella distancia que le había notado en los últimos días de su convivencia y la oscuridad de la noche y el vacío de su piso de soltro le hicieron llegar a la conclusión de que Alicia tenía un lío. Nunca le había dado por pensarlo, siempre la había notado tan entregada y falta de imaginación que ni se ponía celoso cuando la miraban en los restaurantes. Era muy conservadora, pero conservadora de mujer no de hombre, no de esos que llevan alianza y después persiguen a todo lo que se mueve... como él, razonó. Nunca lo había hecho, aunque se le había pasado por la cabeza muchas veces, pero hacer no lo había hecho, se justificaba.
Intentó dormir, pero el suelo era muy duro, así que tomó el móvil y llamó a su suegro. Tardó en responder, pero como insistió y el concejal no debía saber apagar el móvil lo descolgó.
- ¿Qué pasa? – preguntó enfadado.
Carlos le contó que tenía que hablar con él, que le preocupaba Alicia. No estaba muy bien plantearle a un padre que su hija andaba por ahí con otro como una cualquiera, aunque el concejal como era como era no era tan así como para soltárselo directamente. El concejal le dijo que fuese a su casa, que si era tan urgente como para llamarlo a aquellas horas bien lo podía atender. El concejal le calculó una media hora, claro que había hecho el cálculo de la casa de su ex a la suya, no sabía que Carlos vivía en el piso de soltero, es decir unos dos cientos metros de su casa, es decir, cinco minutos. Él estaba en el Venus, donde iba a estar a esas horas en un día tranquilo, en casa no hacía nada y los del ayuntamiento se iban de la lengua con su mujer, que ya daba igual en lo sentimental, pero en lo profesional no daba tanto, que ser era muy díscola, eso decía el, ser era ligeramente vengativa, que diría yo.
Carlos llegó en esos cinco minutos que habíamos calculados nosotras, y llamó al timbre, y esperó, y llamó al timbre y esperó; y volvió a llamar, y otra vez, e iba a llamar una última vez pero le salió una vecina y le pegó cuatro gritos que le quitaron las ganas de tocar botoncitos. No de todo, porque decidió llamar de nuevo al móvil de su suegro, por si se había quedado dormido, por si le había dado un vahído y porque sí, que si el no dormía el resto tampoco. El concejal respondió con resignación, pensando en que Carlos le iba a decir que había sido un momento de desesperación y que no pasaba nada, que ya se había tranquilizado y que no iba a ir a su casa. Después tuvo que estar ágil buscando una excusa para no estar en casa a esas horas, emplearía lo de la reunión de trabajo, que era un eufemismo que todo el mundo entendía.
Carlos se alegró tanto de ver a su suegro que ni se dio cuenta de la peste a alcohol y mala vida que desprendía, tampoco de los bamboleos del pobre, pobre no, sobrado de dinero, hombre. el concejal también se alegró de que su yerno estuviese allí, sino lo iba a tener difícil para entrar en el portal. Y lo que pasó a partir de ahí fue todo un cúmulo de circunstancias. Carlos necesitaba un amigo, aunque no fuese de verdad, uno que le aguantase el rollo. El concejal necesitaba, nada, no necesitaba nada, pero estaba borracho como una cuba y no sabía lo que hacía; perdón, mejor dicho, no controlaba lo que hacía, saber bien que lo sabía.
Una vez el concejal estaba tirado en el sofá y Carlos empoltronado en la butaca de relax último modelo empezaron a hablar, cada uno de lo suyo sin darse cuenta de que el otro estaba hablando. Carlos le contó lo del cese temporal de la convivencia con Alicia. El concejal le contó que había estado de celebración porque tenía un negocio entre manos. Carlos le contó que estaba viviendo en su triste y solitario piso de soltero. El concejal le dijo que en nada iba a tener tanta pasta que iba a poner una piscina en el ático, con agua caliente y muchas chicas guapas. Y casi simultáneamente los dos dijeron algo que iba a cambiar sus vidas, Carlos dijo que Alicia tenía un amante; el concejal dijo que se iba a hacer con el famoso tesoro de la famosa leyenda. Como si de repente se diesen cuenta de la presencia del otro, como si eso de que los elefantes tienen conciencia de sí, pues lo mismo pero del otro. Al concejal se le evaporaron automáticamente los grados que llevaba encima, a Carlos se le puso una sonrisa pérfida. Carlos pensó en lo que había escuchado en aquella reunión con nosotras; al concejal se le apareció la imagen de Andrés, por eso el desgraciado andaba tan contento, si hasta había llegado a sospechar que le escondía algo de la historia del tesoro, lo iba a agarrar por los mismísimos y arrastrarlo hasta Betanzos, “será desgraciado” repetía en voz baja una y otra vez. Eso le dio tiempo a Carlos para asimilar lo del tesoro y planear la estrategia para extraerle información y no penséis que en ese momento se le estaba pasando Sandra por la cabeza, no, en lo que estaba pensando el abogado, como tal, era en su propio beneficio, como todos excepto nosotras. Tan enfrascado estaba haciendo la cuenta de la lechera que ni había escuchado las veces que su suegro había mencionado el nombre de “Andrés”, él pensaba en la mejor estrategia para volver al tema de la piscina y por lo tanto al del tesoro. El concejal seguía con lo de “será desgraciado”.
La verdad es que no le dio mucha más alternativa, Carlos se levantó del sofá, fue hacia el mueble que había enfrente y comenzó a abrir puertas hasta encontrar el bar, tenía que haber uno, conociendo como conocía a su suegro. Por fin, cuando ya estaba abriendo la última puerta de la parte de abajo encontró el whisky de malta, ron de 12 años y todo el repertorio.
No hico falta mucho, un par de cubitos de hielo, un vaso no muy limpio, y algo indeterminado procedente de varias botellas, todas muy caras eso sí; y el concejal cantó todo lo que sabía, que para nosotros era mucho, pero a Carlos se le iluminó el camino.
Saturday, February 28, 2009, 07:33 PM EST
[General]
Capítulo 24. Filloas rellenas.
“Claro que tengo licencia” dije con seguridad, Salva atendía a gente poniendo la oreja en la conversación y los ojos en los maletines. Estaba enfadado porque el negocio había tenido tanto éxito que no podíamos hacer turnos y se nota que el había quedado. Ramón estuvo plantado delante del mostrador sin hablar mucho, vigilando a la clientela. Los otros comenzaban a impacientarse y a mirar el reloj, a resoplar, a mirar alrededor; pero Ramón no les hacía caso. Paco se fue separando del grupo así como quien no quiere la cosa, pasito a pasito, vamos que se le notaba bien, pero que nade le prestó atención, hasta que por fin se metió en el portal. Se notaba que no le había dicho a los colegas que le gustaba Sandra. No me preocupé, Sandra es bien capaz de cuidarse sola, además estaba Alicia con ella e igual agradecía una cara un poco más amiga, o que conociese de unos días antes.
Andrés y Alberto se dieron cuenta de la falta de Paco cuando aparecieron unas turistas rubias de esas que dicen que quitan el sentido y tiraban de Ramón para ir detrás de ellas. Las chicas se animaron a lo de las filloas y estuvieron un rato en el puesto, hablando con nosotros. Ramón no parecía muy interesado en ellas, los otros, todos los otros que había alrededor sí, Ramón estaba concentrado en no se qué mirando al infinito, o eso pensaba yo.
Cuando las chicas marcharon, cosa que lamenté porque las ventas habían aumentado de manera espectacular, con deciros que el fuego no daba hecho a cocer filloas, también daba igual porque no apuraban mucho, si no hay como tener bien entretenida a la clientela. Con las chicas marcharon Alberto y Andrés, Ramón les dijo que ya iba pero ni siquiera cambió de postura.
- ¿Y esto de montar un negocio? ¿no te llegó el dinero que te di? – preguntó Ramón, aparentemente sin doble intención.
- Sí, sí que me llega, lo que pasa es que estábamos todas tiradas viendo la tele y de repente se nos ocurrió hacer esto para pasar el tiempo – dije.
Igual no le sonó muy convincente, pero no dijo nada, sólo quedó allí de pie. Salva estaba todo metido en faena e incluso le había pasado el mal genio de perder las citas que tenía para el día, cancaneos varios, que tampoco había de ser muy importante la cosa.
Con la noche vino la oscuridad y la gente marchó. No. Toda la gente no. Ramón seguía allí plantado y Salva se estaba poniendo de los nervios, menos mal que le sonó el móvil, y parecía ser algo tan supermega importante que hasta le dio igual dejarme allí sola con todo el fregado. Sí, sin escrúpulo ninguno, tiró el delantal encima de la mesa y marchó. En la mirada le noté un “es amigo tuyo, apáñate tú”, yo le lancé otra mirada del tipo de “después querrás que repartamos el dinero a partes iguales”, el me respondió con otra mirada del tipo de “reina, que llevo más de seis horas haciendo filloas y uno tiene sus necesidades” y yo “ya, te entiendo, pero vaya papeleta me dejas”, y el se despidió con una mirada del tipo de “que te sea leve, igual vengo antes de que marche” con cierta sorna, mejor dicho, con mucha sorna.
Y allí me vi a solas, a oscuras y con sábanas de terciopelo granate, que sí, que no eran sábanas que eran cortinas, pero visto que no tenía escapatoria y que no era plan de dejar toda aquella pasta en medio de la calle pues aprovechaba, total por allí nunca pasaba nadie, ues igual si era para dejar todo allí plantado, pero no era capaz, ya me diréis que más tendría si total hasta había unas horas no tenía ni un duro, así que tanto me iba a dar igual seguir así, pues no, que no era capaz.
- ¿Subimos? – dijo Ramón.
Pero esta vez lo dijo con intención, o por lo menos yo se la noté, con mucha intención de esa que había tiempo que yo necesitaba que tuviese, y voy yo y dijo:
- No, es que no me apetece – dije.
Poco me faltó para decirle que me dolía a cabeza, porque me vino antes lo de que no me apetecía que así mismo se lo plantaba. Jo, pero sí que me apetecía. Y a el también. Sí, puso una cara de decepción cuando le dije que no iba a subir...
- ¿Y eso? – preguntó.
Le conté que tenía en casa una pesada que había dejado al marido y llevaba no sé cuanto tiempo rayándome la cabeza con los defectos del elemento y que como lo estaba pasando mal no me parecía bien mandarla a paseo pero tampoco tenía ganas de aguantarla; acabé diciéndole que subiese si quería.
- No, quedo contigo – dijo - ¿y entonces que hacemos?
Saturday, February 21, 2009, 03:58 PM EST
[General]
Capítulo 23. Disimulando.
Preguntó Alicia a gritos desde la puerta.
- Es la máquina esta, vamos a subir un par de mesas – dije aparentando naturalidad.
- ¡Contratad a una empresa de mudanzas por Dios! Las paredes retumban – dijo Alicia.
La miré alucinada porque para haberse presentado en mi casa sin haber sido invitada, ponerse de malas con Sandra y entrometerse en mi business estaba aportando demasiadas opiniones.
- Vete a ver la televisión o desaparece – dije sin dar más opciones.
Al principio me miró asustada y mismo pensé que bajaba las escaleras pero en unos escasos segundos volvía a estar en la puerta.
- No voy a marchar – dijo – no tengo a donde ir.
Y me lo lanzó como si yo le tuviese culpa, más aún, como si yo se lo tuviese que solucionar. Con vender medio pendiente de perlas podía alquilar un hotel bueno por varios días, y no tenía pinta de saber vivir sola por mucho tiempo. Si se había enfadado con Carlos ya se amigaría, a mi parecer eran el uno para la otra sin duda.
- Pues vuelve a mirar la tele – dije – ya tienes a donde ir. - ¿Y después? – dijo. - ¿Después qué? – pregunté. - ¿Me dejas quedar? – dijo. - En mi piso no, pero ya te buscaré algo – le dije alterada. - Tú eras de esas ¿verdad? – dijo ella. - ¿De cuales? – pregunté. - De las que andan por la Coruña vieja – dijo ella. - Mira chica, no te pongas muy exquisita que de paso que subo la mesa te tiro a ti – dije.
Y de esta vez pensó que se lo decía en serio y de veras que no lo dije de malas, es lo típico que le digo a Salva o a cualquiera en lugar de “vete a tomar viento”, que me parece menos fino. Pero ella lo tomó en serio. No dijo más nada y subió junto a Sandra. Era lo que me faltaba, otra persona por el medio. Por lo menos aún no había hecho presencia nadie del clan de Ramón.
Salva me gritó desde abajo, me dijo que aquello no había quien lo subiese, el motor no echaba humo, por eso pensé que todo iba bien. Por eso y porque le andaba dando vueltas a lo de Alicia. Apagué el motor y bajé. Efectivamente la mesa no se había movido ni un milímetro, nada de nada. La gente nos miraba como si estuviésemos locos. No pensé que hubiese tanta gente por la calle, el caso es que esta circunstancia limitaba nuestras opciones, no podíamos subir el material poco a poco, que era la única opción que nos quedaba.
Llegados a este punto... sí, es cierto, siempre estamos llegando a puntos de estos, pero la vida es así y punto. Como iba diciendo, llegados a este punto había que aplicar la teoría de los granos de después de un atiborre de chocolate, si no los puedes eliminar tápalos como puedas y con lo que haga falta.
Montaríamos vigilancia, disimulada, claro está. La manera de disimular aquellos dos bultos plantados en el medio de la calle fue simular un puesto de filloas rellenas; igual os suena muy cutre, pero en París los hay a montones, eso sí como le llaman crêpes parecen más finos. De cualquier manera era lo que podíamos hacer contando con el tiempo con que contábamos y con los medios que teníamos. Bajé el hornillo que teníamos para calentar el café cuando pasábamos noches enteras en Coruña Vieja que decía la snob. Puede ser que lo lógico fuese un termo, pero es que Salva le gustaba el café recién hecho, es así de fino el señorito. Yo hacía sandwich de sartén, que salían menos aplastados que los de la sandwichera. Lo sé, al grano.
Las mesas hicieron de mostrador, las colocamos en L, las movimos como pudimos, poniéndolas al borde de la acera, para hacer una U bajamos una de las meses plegables, dejando la salida hacia el portal. Aquellas cortinas que tenía guardadas para regalárselas a Sandra cuando se casase hicieron de mantel, cubrieron de glamou el puesto, y tanto, como que las había sacado del Hotel Finisterre, en una habitación de super lujo. Queda muy pobre de regalo de bodas, pero era para hacer el vestido, si Escarlata pudo nosotras también podíamos. Eran granate con dorados, espectaculares. Bajamos uno de los bidones de agua, harina (de la de cocinar, que de la otra nosotras no trabajábamos), huevos, nocilla, queso de untar y jamón cocido. Era lo que había.
La gente nos miraba con curiosidad, como con asco, los comentarios eran de desconfianza, pero en cuanto la sartén se calentó y las primeras filloas fueron saliendo, la brisa y el hambre del medio día hicieron su trabajo, aquel puesto improvisado se convirtió en éxito. Y el éxito trajo a Ramón, a Paco, a Alberto, a Andrés y no trajo a Carlos porque tenía miedo de encontrarse con Alicia y aunque ni loco se imaginaría que estaba en mi casa no apareció por allí.
Ramón miró con desconfianza mi nuevo negocio, Paco compró una filloa, Alberto mantenía la distancia pero tenía una sonrisa maliciosa. Andrés tenía la cara de desconfianza de Ramón.
Saturday, February 14, 2009, 04:39 AM EST
[General]
Capítulo 22. A flote.
Unas veinte sugerencias surrealistas de Sandra después se nos ocurrió emplear las bombonas de oxígeno de repuesto para reflotar las mesas. Me llevó un mundo cargar todos los maletines en las mesas, mismo pensé que no iba a dar hecho. Los maletines sobrepasaban el límite de las mesas, tuve que despegar algunos trozos de moqueta de la planta baja para recubrir todo el petate y atarlo con las correas de las persianas. Y aún así lo peor vino cuando tuvimos las dos mesas con sus respectivas sillas fuera del agua y hubo que llevarlas hasta la lancha, y peor aún sería llevarlas hasta nuestras casas.
Salva no imaginaba ni de lejos el tamaño de las mesas, pensaba en unas modestas mesas de escritorio no en aquellas que parecían más bien de comedor; y tampoco podía entender la necesidad de llevar las sillas, aunque fuese por disimular. Eran dos sillas, tampoco es que supusieran un esfuerzo añadido demasiado grande, pero Salva tenía que ponerse de los nervios por algo y se puso. Sandra quedó alucinada con las sillas así que se puso de mi parte y Salva por no aguantarnos llamó a uno de sus contactos para que trajera un camión, después ya haríamos números para subirlo todo a mi casa.
Era lo bueno de mi casa, que la tenía toda para mi, aunque no funcionaba nada de nada y no era buena idea dejarlo en el bajo, a veces venía gente a dormir, en el mejor de los casos. Cuando el colega de Salva dejó la mercancía en la calle nos miramos y a punto estuvimos de dejarlo allí y subir los maletines poco a poco; pero de cualquier manera yo quería las mesas, quien sabe si algún día conseguía restaurar el edificio y convertirlo en mi gran mansión. Ahora tenía dinero para hacerlo, igual me ponía, claro que igual no era buena idea hacerme notar tanto. Sandra cogió las sillas decidida y comenzó a subir. El colega de Salva miró hacia arriba y nos sugirió que buscásemos una polea a motor y lo subiésemos por la ventana; entre nosotros, ni se nos pasara por la cabeza, yo aun tenía excusa, había estado mucho tiempo debajo del agua y no lucía mucho; pero a Salva le debió caer la cara de vergüenza.
No era para comentárselo allí al camionero, hay cosas que cuanto menos se sepan mejor; pero yo tenía algo que nos podía servir No era una polea a motor, era un motor de arrastre, hacía un ruido infernal y había tenido que dejar de usarlo porque le sentaba muy mal la humedad, y ya me diréis de que me servía si no le podía tocar el agua. Nos vino a los dos a la cabeza, dejé a Salva pagándole al camionero y vigilando la mercancía, que no hacía falta decirlo era obvio que la había que vigilar. Subí escaleras arriba toda emocionada y de repente en el descanso antes de mi puerta estaba Sandra, las dos sillas y un silencio extraño. Antes de que abriese la boca ella me digo muy bajito que había alguien arriba, que tenía miedo. No, si a veces razona lo justo, si tienes miedo baja corriendo mujer, no te quedes a ver si te matan. Pero estoy casi segura de que ni se le pasó por la cabeza así que traté de no ponerle mala cara. Seguramente era Ramón o alguien de su panda, tanto esfuerzo para que ahora viniesen estos a llevar todo el dinero, pues lo iba a negar hasta el final, por snooppy que sí.
Traté de mirar por el hueco de la escalera a ver si veía quien era pero ni se escuchaba nada ni se veía nada. Estaba casi segura de que habían sido imaginaciones de Sandra así que subí toda confiada.
Efectivamente había alguien, una señorita de la Coruña con todas las letras, y no la conocía entonces pero ser era Alicia. La verdad es que no sé cual de las dos tomó más miedo, para mi que ella, aunque para la pinta que tenía no fue mucho; tenía yo la inocente idea de que estas en cuanto se cruzaban con alguien como yo en aquellas circunstancias echaban a corre, claro que tampoco iba a estar en una casa como aquella.
- ¿Vives aquí? – preguntó Alicia.
Le dije que sí, y le pregunté si quería algo; se lo pregunté muy educada y con voz muy dulce, no fuese una clienta y la espantase. Que tener, tenía pinta de mucha pasta.
- No eres la de la foto – dijo dándome la foto que Andrés le había tomado a Sandra y a Carlos.
- Pues no, ser no soy – dije esperando que Sandra no subiese, porque la foto era bien engañosa.
- El desgraciado se equivocó – dijo enfadada.
Pensé que se refería a Carlos y traté de calmarla, le dije que yo estaba en esa mesa y que no era lo que parecía. Ella parecía no escucharme. Le dije que Carlos era el abogado de un amigo mío y que ella era otra amiga de mi amigo.
- No, el desgraciado de Andrés – dijo por fin – me dijo que la de la foto vivía aquí.
¿Andrés? no hizo falta decirle que me caía mal, ya me lo notó en la manera en la que pronuncié su nombre. Le dije que obviamente la había engañado pero que era de esperar. Ella parecía tener ganas de hablar así que abrí la puerta y la invité a pasar. También llamé a Sandra para que subiese, porque llevaba un buen rato esperando sin saber que pasaba.
Cuando Alicia vio a Sandra se le encendió una mirada de despecho que bien pensé que acababa en discusión; pero cuando Sandra supo que Alicia era la mujer de Carlos también arrancó algo agresiva y no se sabe muy bien como empezaron a conversar tan tranquilas, les puse la televisión y bajé al tercero a arrancar el momento de arrastre.
Encendí, sin problema, haciendo el ruido que recordaba que hacía, pero encendió. Saqué las ventanas del quicio y le lancé el cable a Salva. De repente escuché detrás de mí: