“Claro que tengo licencia” dije con seguridad, Salva atendía a gente poniendo la oreja en la conversación y los ojos en los maletines. Estaba enfadado porque el negocio había tenido tanto éxito que no podíamos hacer turnos y se nota que el había quedado. Ramón estuvo plantado delante del mostrador sin hablar mucho, vigilando a la clientela. Los otros comenzaban a impacientarse y a mirar el reloj, a resoplar, a mirar alrededor; pero Ramón no les hacía caso. Paco se fue separando del grupo así como quien no quiere la cosa, pasito a pasito, vamos que se le notaba bien, pero que nade le prestó atención, hasta que por fin se metió en el portal. Se notaba que no le había dicho a los colegas que le gustaba Sandra. No me preocupé, Sandra es bien capaz de cuidarse sola, además estaba Alicia con ella e igual agradecía una cara un poco más amiga, o que conociese de unos días antes.
Andrés y Alberto se dieron cuenta de la falta de Paco cuando aparecieron unas turistas rubias de esas que dicen que quitan el sentido y tiraban de Ramón para ir detrás de ellas. Las chicas se animaron a lo de las filloas y estuvieron un rato en el puesto, hablando con nosotros. Ramón no parecía muy interesado en ellas, los otros, todos los otros que había alrededor sí, Ramón estaba concentrado en no se qué mirando al infinito, o eso pensaba yo.
Cuando las chicas marcharon, cosa que lamenté porque las ventas habían aumentado de manera espectacular, con deciros que el fuego no daba hecho a cocer filloas, también daba igual porque no apuraban mucho, si no hay como tener bien entretenida a la clientela. Con las chicas marcharon Alberto y Andrés, Ramón les dijo que ya iba pero ni siquiera cambió de postura.
- ¿Y esto de montar un negocio? ¿no te llegó el dinero que te di? – preguntó Ramón, aparentemente sin doble intención.
- Sí, sí que me llega, lo que pasa es que estábamos todas tiradas viendo la tele y de repente se nos ocurrió hacer esto para pasar el tiempo – dije.
Igual no le sonó muy convincente, pero no dijo nada, sólo quedó allí de pie. Salva estaba todo metido en faena e incluso le había pasado el mal genio de perder las citas que tenía para el día, cancaneos varios, que tampoco había de ser muy importante la cosa.
Con la noche vino la oscuridad y la gente marchó. No. Toda la gente no. Ramón seguía allí plantado y Salva se estaba poniendo de los nervios, menos mal que le sonó el móvil, y parecía ser algo tan supermega importante que hasta le dio igual dejarme allí sola con todo el fregado. Sí, sin escrúpulo ninguno, tiró el delantal encima de la mesa y marchó. En la mirada le noté un “es amigo tuyo, apáñate tú”, yo le lancé otra mirada del tipo de “después querrás que repartamos el dinero a partes iguales”, el me respondió con otra mirada del tipo de “reina, que llevo más de seis horas haciendo filloas y uno tiene sus necesidades” y yo “ya, te entiendo, pero vaya papeleta me dejas”, y el se despidió con una mirada del tipo de “que te sea leve, igual vengo antes de que marche” con cierta sorna, mejor dicho, con mucha sorna.
Y allí me vi a solas, a oscuras y con sábanas de terciopelo granate, que sí, que no eran sábanas que eran cortinas, pero visto que no tenía escapatoria y que no era plan de dejar toda aquella pasta en medio de la calle pues aprovechaba, total por allí nunca pasaba nadie, ues igual si era para dejar todo allí plantado, pero no era capaz, ya me diréis que más tendría si total hasta había unas horas no tenía ni un duro, así que tanto me iba a dar igual seguir así, pues no, que no era capaz.
- ¿Subimos? – dijo Ramón.
Pero esta vez lo dijo con intención, o por lo menos yo se la noté, con mucha intención de esa que había tiempo que yo necesitaba que tuviese, y voy yo y dijo:
- No, es que no me apetece – dije.
Poco me faltó para decirle que me dolía a cabeza, porque me vino antes lo de que no me apetecía que así mismo se lo plantaba. Jo, pero sí que me apetecía. Y a el también. Sí, puso una cara de decepción cuando le dije que no iba a subir...
- ¿Y eso? – preguntó.
Le conté que tenía en casa una pesada que había dejado al marido y llevaba no sé cuanto tiempo rayándome la cabeza con los defectos del elemento y que como lo estaba pasando mal no me parecía bien mandarla a paseo pero tampoco tenía ganas de aguantarla; acabé diciéndole que subiese si quería.
- No, quedo contigo – dijo - ¿y entonces que hacemos?
- Es la máquina esta, vamos a subir un par de mesas – dije aparentando naturalidad.
- ¡Contratad a una empresa de mudanzas por Dios! Las paredes retumban – dijo Alicia.
La miré alucinada porque para haberse presentado en mi casa sin haber sido invitada, ponerse de malas con Sandra y entrometerse en mi business estaba aportando demasiadas opiniones.
- Vete a ver la televisión o desaparece – dije sin dar más opciones.
Al principio me miró asustada y mismo pensé que bajaba las escaleras pero en unos escasos segundos volvía a estar en la puerta.
- No voy a marchar – dijo – no tengo a donde ir.
Y me lo lanzó como si yo le tuviese culpa, más aún, como si yo se lo tuviese que solucionar. Con vender medio pendiente de perlas podía alquilar un hotel bueno por varios días, y no tenía pinta de saber vivir sola por mucho tiempo. Si se había enfadado con Carlos ya se amigaría, a mi parecer eran el uno para la otra sin duda.
- Pues vuelve a mirar la tele – dije – ya tienes a donde ir. - ¿Y después? – dijo. - ¿Después qué? – pregunté. - ¿Me dejas quedar? – dijo. - En mi piso no, pero ya te buscaré algo – le dije alterada. - Tú eras de esas ¿verdad? – dijo ella. - ¿De cuales? – pregunté. - De las que andan por la Coruña vieja – dijo ella. - Mira chica, no te pongas muy exquisita que de paso que subo la mesa te tiro a ti – dije.
Y de esta vez pensó que se lo decía en serio y de veras que no lo dije de malas, es lo típico que le digo a Salva o a cualquiera en lugar de “vete a tomar viento”, que me parece menos fino. Pero ella lo tomó en serio. No dijo más nada y subió junto a Sandra. Era lo que me faltaba, otra persona por el medio. Por lo menos aún no había hecho presencia nadie del clan de Ramón.
Salva me gritó desde abajo, me dijo que aquello no había quien lo subiese, el motor no echaba humo, por eso pensé que todo iba bien. Por eso y porque le andaba dando vueltas a lo de Alicia. Apagué el motor y bajé. Efectivamente la mesa no se había movido ni un milímetro, nada de nada. La gente nos miraba como si estuviésemos locos. No pensé que hubiese tanta gente por la calle, el caso es que esta circunstancia limitaba nuestras opciones, no podíamos subir el material poco a poco, que era la única opción que nos quedaba.
Llegados a este punto... sí, es cierto, siempre estamos llegando a puntos de estos, pero la vida es así y punto. Como iba diciendo, llegados a este punto había que aplicar la teoría de los granos de después de un atiborre de chocolate, si no los puedes eliminar tápalos como puedas y con lo que haga falta.
Montaríamos vigilancia, disimulada, claro está. La manera de disimular aquellos dos bultos plantados en el medio de la calle fue simular un puesto de filloas rellenas; igual os suena muy cutre, pero en París los hay a montones, eso sí como le llaman crêpes parecen más finos. De cualquier manera era lo que podíamos hacer contando con el tiempo con que contábamos y con los medios que teníamos. Bajé el hornillo que teníamos para calentar el café cuando pasábamos noches enteras en Coruña Vieja que decía la snob. Puede ser que lo lógico fuese un termo, pero es que Salva le gustaba el café recién hecho, es así de fino el señorito. Yo hacía sandwich de sartén, que salían menos aplastados que los de la sandwichera. Lo sé, al grano.
Las mesas hicieron de mostrador, las colocamos en L, las movimos como pudimos, poniéndolas al borde de la acera, para hacer una U bajamos una de las meses plegables, dejando la salida hacia el portal. Aquellas cortinas que tenía guardadas para regalárselas a Sandra cuando se casase hicieron de mantel, cubrieron de glamou el puesto, y tanto, como que las había sacado del Hotel Finisterre, en una habitación de super lujo. Queda muy pobre de regalo de bodas, pero era para hacer el vestido, si Escarlata pudo nosotras también podíamos. Eran granate con dorados, espectaculares. Bajamos uno de los bidones de agua, harina (de la de cocinar, que de la otra nosotras no trabajábamos), huevos, nocilla, queso de untar y jamón cocido. Era lo que había.
La gente nos miraba con curiosidad, como con asco, los comentarios eran de desconfianza, pero en cuanto la sartén se calentó y las primeras filloas fueron saliendo, la brisa y el hambre del medio día hicieron su trabajo, aquel puesto improvisado se convirtió en éxito. Y el éxito trajo a Ramón, a Paco, a Alberto, a Andrés y no trajo a Carlos porque tenía miedo de encontrarse con Alicia y aunque ni loco se imaginaría que estaba en mi casa no apareció por allí.
Ramón miró con desconfianza mi nuevo negocio, Paco compró una filloa, Alberto mantenía la distancia pero tenía una sonrisa maliciosa. Andrés tenía la cara de desconfianza de Ramón.
Unas veinte sugerencias surrealistas de Sandra después se nos ocurrió emplear las bombonas de oxígeno de repuesto para reflotar las mesas. Me llevó un mundo cargar todos los maletines en las mesas, mismo pensé que no iba a dar hecho. Los maletines sobrepasaban el límite de las mesas, tuve que despegar algunos trozos de moqueta de la planta baja para recubrir todo el petate y atarlo con las correas de las persianas. Y aún así lo peor vino cuando tuvimos las dos mesas con sus respectivas sillas fuera del agua y hubo que llevarlas hasta la lancha, y peor aún sería llevarlas hasta nuestras casas.
Salva no imaginaba ni de lejos el tamaño de las mesas, pensaba en unas modestas mesas de escritorio no en aquellas que parecían más bien de comedor; y tampoco podía entender la necesidad de llevar las sillas, aunque fuese por disimular. Eran dos sillas, tampoco es que supusieran un esfuerzo añadido demasiado grande, pero Salva tenía que ponerse de los nervios por algo y se puso. Sandra quedó alucinada con las sillas así que se puso de mi parte y Salva por no aguantarnos llamó a uno de sus contactos para que trajera un camión, después ya haríamos números para subirlo todo a mi casa.
Era lo bueno de mi casa, que la tenía toda para mi, aunque no funcionaba nada de nada y no era buena idea dejarlo en el bajo, a veces venía gente a dormir, en el mejor de los casos. Cuando el colega de Salva dejó la mercancía en la calle nos miramos y a punto estuvimos de dejarlo allí y subir los maletines poco a poco; pero de cualquier manera yo quería las mesas, quien sabe si algún día conseguía restaurar el edificio y convertirlo en mi gran mansión. Ahora tenía dinero para hacerlo, igual me ponía, claro que igual no era buena idea hacerme notar tanto. Sandra cogió las sillas decidida y comenzó a subir. El colega de Salva miró hacia arriba y nos sugirió que buscásemos una polea a motor y lo subiésemos por la ventana; entre nosotros, ni se nos pasara por la cabeza, yo aun tenía excusa, había estado mucho tiempo debajo del agua y no lucía mucho; pero a Salva le debió caer la cara de vergüenza.
No era para comentárselo allí al camionero, hay cosas que cuanto menos se sepan mejor; pero yo tenía algo que nos podía servir No era una polea a motor, era un motor de arrastre, hacía un ruido infernal y había tenido que dejar de usarlo porque le sentaba muy mal la humedad, y ya me diréis de que me servía si no le podía tocar el agua. Nos vino a los dos a la cabeza, dejé a Salva pagándole al camionero y vigilando la mercancía, que no hacía falta decirlo era obvio que la había que vigilar. Subí escaleras arriba toda emocionada y de repente en el descanso antes de mi puerta estaba Sandra, las dos sillas y un silencio extraño. Antes de que abriese la boca ella me digo muy bajito que había alguien arriba, que tenía miedo. No, si a veces razona lo justo, si tienes miedo baja corriendo mujer, no te quedes a ver si te matan. Pero estoy casi segura de que ni se le pasó por la cabeza así que traté de no ponerle mala cara. Seguramente era Ramón o alguien de su panda, tanto esfuerzo para que ahora viniesen estos a llevar todo el dinero, pues lo iba a negar hasta el final, por snooppy que sí.
Traté de mirar por el hueco de la escalera a ver si veía quien era pero ni se escuchaba nada ni se veía nada. Estaba casi segura de que habían sido imaginaciones de Sandra así que subí toda confiada.
Efectivamente había alguien, una señorita de la Coruña con todas las letras, y no la conocía entonces pero ser era Alicia. La verdad es que no sé cual de las dos tomó más miedo, para mi que ella, aunque para la pinta que tenía no fue mucho; tenía yo la inocente idea de que estas en cuanto se cruzaban con alguien como yo en aquellas circunstancias echaban a corre, claro que tampoco iba a estar en una casa como aquella.
- ¿Vives aquí? – preguntó Alicia.
Le dije que sí, y le pregunté si quería algo; se lo pregunté muy educada y con voz muy dulce, no fuese una clienta y la espantase. Que tener, tenía pinta de mucha pasta.
- No eres la de la foto – dijo dándome la foto que Andrés le había tomado a Sandra y a Carlos.
- Pues no, ser no soy – dije esperando que Sandra no subiese, porque la foto era bien engañosa.
- El desgraciado se equivocó – dijo enfadada.
Pensé que se refería a Carlos y traté de calmarla, le dije que yo estaba en esa mesa y que no era lo que parecía. Ella parecía no escucharme. Le dije que Carlos era el abogado de un amigo mío y que ella era otra amiga de mi amigo.
- No, el desgraciado de Andrés – dijo por fin – me dijo que la de la foto vivía aquí.
¿Andrés? no hizo falta decirle que me caía mal, ya me lo notó en la manera en la que pronuncié su nombre. Le dije que obviamente la había engañado pero que era de esperar. Ella parecía tener ganas de hablar así que abrí la puerta y la invité a pasar. También llamé a Sandra para que subiese, porque llevaba un buen rato esperando sin saber que pasaba.
Cuando Alicia vio a Sandra se le encendió una mirada de despecho que bien pensé que acababa en discusión; pero cuando Sandra supo que Alicia era la mujer de Carlos también arrancó algo agresiva y no se sabe muy bien como empezaron a conversar tan tranquilas, les puse la televisión y bajé al tercero a arrancar el momento de arrastre.
Encendí, sin problema, haciendo el ruido que recordaba que hacía, pero encendió. Saqué las ventanas del quicio y le lancé el cable a Salva. De repente escuché detrás de mí:
Andrés quedó un poco desencantado, desconcertado mejor dicho, ella cogió las fotos y marchó, no le dijo nada más y salió por la puerta tan divina como había entrado. Él no sabía como tomarlo, si dejaba de trabajar para ella, si tenía que seguir con la vigilancia de su marido, tampoco le dio más vueltas, Alicia había marchado tan airada que ni le había pagado así que hasta ver un fajo de dinero metido en un sobre, es que le tenía mucha fe a lo del sobre, así, cuando en los juicios le preguntaban si le habían dado dinero por algo podía decir que no tranquilamente. A él le habían dado un sobre, lo que viniese dentro era a mayores.
Alicia se había convencido de que gastar más dinero con aquella historia era una tontería, de cualquier manera estaba harta de vivir una vida aburrida al lado de Carlos, iba a hacer como Elena y comunicar un cese temporal de la convivencia. Después ya vería por donde tiraba. Al mismo tiempo pensó en averiguar quien era aquella gente con la que parecía que su marido tenía tanta confianza. No por que le importase que tuviese una aventura, bien veía que la chica era guapa pero si aquello era lo que estaba buscando su marido ella no estaba dispuesta a dárselo, se tendría que meter en quirófano de arriba a abajo y para ser prácticas acababa antes cambiando de marido.
Lo primero que hizo fue llamar a su madre para decirle que iba a dejar a Carlos, Carme no se tiró por la ventana ni de los pelos ni nada; le dijo un “tu ya eres grande y bien sabes lo que te conviene” que Alicia no esperaba pero que agradeció. Pensó que le iba a ser igual de fácil contárselo a su padre, o incluso sería mejor porque a él Carlos no le caía demasiado bien. Ahí se equivocó, el concejal era más bien conservador en esos aspectos familiares, le montó un número de primera, un número que a la antigua Alicia le costaría un disgusto pero a la nueva Alicia no le causó más trastorno que apartar el móvil de la oreja y darle a la tecla de colgar.
Ahora quedaba lo más difícil, decírselo a Carlos. Tuvo clase, no se lo dijo por móvil, ni siquiera el tan de moda sms. No, esperó a la cena, él debió sospechar algo cuando Alicia le pidió a su madre que los dejase a solas un momento; y no lo hizo, ni se le pasara por la cabeza cosa semejante. Él pensó más bien que era alguna de aquellas tonterías que hacía su mujer para reavivar la llama de la pasión, de aquellas cosas que leía en el Cosmopolitan y que ella creían que funcionaban, aunque la verdad a él ni le iban ni le venían, dependía de como lo pillase el día. Y la verdad es que cuando escuchó lo de “darnos un tiempo” a punto estuvo de partirse de risa, ¿pero que trataba este número del Cosmo? pensó sin darle más importancia al tema. Claro que después la cosa se le fue aclarando más y conforme se le aclaraban las cosas también las fue tomando más en serio, le dijo que se iba a marchar a vivir sola, que el hiciese como viese, pero que dudaba que su madre lo quisiese en casa no estando ella. Él lo tenía casi claro aunque su relación con la suegra era muy buena no pensaba que tan buena. Cuando terminó de decir todo lo que tenía que decir, que no es que fuese mucho, le preguntó si tenía alguna pregunta. La verdad es que tenía un montón de preguntas, pero lo que no tenía era ganas de hacerlas, claro que se preguntaba porque lo estaba haciendo, si alguien le había contado algo, tenía ganas de decirle que no había otra, pero también tenía muchas ganas de tomar ese tiempo que decía Alicia que iban a tomar y tenía miedo de que al ponerse a hablar a su mujer le diese la morriña y le dijese que todo era una broma y que seguían como siempre.
Ella se levantó y fue para la habitación, él quedó en el salón pensando a donde ir, tampoco es que tuviese mucha necesidad, tenía un buen sueldo en el bufete y aquel piso de soltero que le había dado el Ayuntamiento cuando lo de la expropiación por el maremoto. No lo pensó más, se levantó de la mesa, fue al trastero, cogió una de las maletas y fue a la habitación a coger lo más indispensable.
Alicia no espera un número de desesperación por parte de Carlos, tampoco que marchase tan tranquilo y con tanta normalidad como quien coge un avión para ir a una reunión de rutina a Madrid. Ella no lo veía, estaba haciendo que dormía, empezaba a sentir que se había equivocado y que le había puesto en bandeja el marchar con la espabilada de la foto, después de todo había sido ella la que lo había echado fuera, en el divorcio diría que ella lo echó y que lo de la espabilada fuera después , para curar su corazón maltratado. No le faltó mucho para dar la vuelta y pedirle que quedase; pero decidió, por una vez, ser una mujer y afrontar las consecuencias de la decisión que había tomado, si se había equivocado pues se había equivocado. Cuando terminó de revolver cerró la puerta y marchó; los pocos minutos entró su madre en la habitación para preguntarle que tal estaba. Hacía tiempo que no sentía la necesidad del cariño de su madre, hasta le había estorbado de quinceañera, pero en aquel momento fue importante tenerla allí. Le dijo que todo iba a salir bien.
Al día siguiente, bien temprano, llamó a Andrés; él, en cuanto vio el número dijo para sí un “ya lo sabía yo” y cogió confiado, esperaba que le pidiese cita para pagarle lo que le debía y encargarle que siguiese con la investigación.
¿Dónde vive la espabilada esa? – dijo Alicia sin un buenos días ni nada.
- ¿Cómo? – preguntó Andrés, que le gustaba ir al grano pero no tanto.
Ella aclaró que se refería a la de la foto y Andrés, disimulando mal, le dijo que no lo sabía, ella le notó que la estaba engañando así que lo amenazó con decirle a su padre que la andaba rondando otra vez. Ella lo hizo inocentemente, fue la única amenaza que le vino a la cabeza, tampoco sabía hasta que punto llegaba el pánico de su padre por la relación con Andrés; pero él sí que lo sabía, y no quiso tentar a la suerte. Tampoco se lo quiso poner tan fácil como para que no le pagase, así que tiró por el medio y le dio mi dirección. No, si por unas o por otras todos acababan diciendo mi nombre.
Ella no lo dudó, se levantó, se puso más que divina y vino a mi casa. Con decisión, hasta que comenzó a ver las casas abandonadas y los escaparates vacíos con puertas oxidadas. Aunque con miedo, siguió.
Carme miraba a su hija mientras desayunaban. La notaba rara; pero la cosa tampoco parecía importante, a veces le daban esos puntos místicos. Ella pensaba que igual la había presionado mucho para que se convirtiese en una mujer de bien y había acabado enterrando alguna vocación intelectual de la niña. No era el caso. Alicia le andaba dando vueltas a la idea de contarle a su madre lo de Andrés; obviamente no se había dado cuenta de que Carlos estaba a la misma mesa que ellas y menos mal que se hizo notar porque Alicia ya había encontrado las palabras exactas para expresarlo sin que a su madre le diese un ataque.
Carlos también había notado la distancia que mantenía Alicia desde hacía unos días; pero no le prestó demasiada atención porque andaba con Sandra en la cabeza. Nunca se había planteado engañar a su mujer, más por miedo a su suegro que por amor. El la quería, no podía decir que no, nadie podía; pero no era una pasión arrebatada de esa que dicen que se siente cuando se ama de verdad. También hay que decir que nunca había sentido ese tipo de pasión por nadie en su vida, por nadie hasta que encontró a Sandra. Personalmente no lo entendía, porque Sandra inspira más dulzura y ternura que pasión, claro está que no tengo la mente enferma de un necesitado de clase media.
Alicia quedó sola en la cocina, y disfrutó de la paz que había en el pequeño intervalo entre que marchaban todos y venía la señora de la limpieza. Pensó. Volvió a pensar. No, mejor no. Estaba pensando en llamar a Andrés, pero al final decidió que no era lo mejor, tendría que llamar él, si era lo mejor. Siempre se precipitaba y si Andrés lo notaba volvería a tener el control de la situación y su plan de hacerlo sufrir fracasaría.
Andrés no la iba a llamar, por lo menos en un tiempo. No tenía nada que contarle, cuando se dio cuenta de que Carlos era el abogado de Salva prefirió dejar el tema hasta que pasase el juicio, era lo suficientemente inteligente como para no forzar la situación. Había conseguido cargarle el marrón a Salva, si Carlos era bueno conseguiría sacarlo de el sin mucho esfuerzo y al final todos quedarían libres, sanos y salvos. Pero si se acercaba mucho y el tal Carlos se daba cuenta igual podía alegar oscuros motivos y devolverle el marrón a él.
Y así pasaron unas dos o tres semanas, que para Alicia fueron largas, la incertidumbre por el extraño comportamiento de Carlos, la emoción de tener un motivo para dejarlo y vivir una emocionante vida junto a Andres, por unos meses, y después otro y después... y después recibió la llamada de Andrés, el corazón latía rápido.
- ¿Cuando puedes quedar? – preguntó Andrés con voz cansada.
Sandra quería decir “mañana no puedo” y le salió un “cuando quieras”, después pasó todo el día repasando la frase para convencerse de que no había sonado demasiado ansiosa. La verdad es que lo consiguió, lo de convencerse, porque para decir más verdad si que sonó ansiosa; y, lo que es peor todavía para ella, Andrés lo notó; aunque por suerte el animalito estaba pensando en otra cosa, cosa rara en él, y supuso que el ansia era por saber de marido no por él. Quedaron en el mismo café de la otra vez. A él le pareció lo más práctico. A ella le pareció muy romántico, como su lugar secreto, que no era secreto ni nada, pero la imaginación tiene estas cosas.
Andrés juntó las fotos que le había tomado a Carlos, no tenían ninguna importancia y eran de lo más inocente; pero se tomó muchas molestias para que una confidencia al oído de Salva pareciese un morreo a Sandra, yo diría que siguiendo la gran escuela del tomate. Alicia llegó tarde, tranquila, divina para ser más exacta. Andrés estaba inquieto, tenía miedo de que Alicia no le siguiese pagando, que el montaje fuese demasiado bueno y que ya se conformase; era raro, normalmente con ese cebo todas querían saber más ¿por qué?¿qué tenía ella?¿que le dá? todas esas tonterías que Andrés escuchaba una y otra vez. Era lo que le daba de comer. A él, si le pusiesen los trasto, con dos tortas bien dadas ya lo solucionaba, pero las mujeres y nuestras dudas transcendentales eran bien más rentables.
Alicia agarró las fotos con las dos manos, las miró, se le puso aquella mirada que Andrés reconocía como el síndrome de la mujer abandonada; le calculaba unos cinco minutos antes de echarse a llorar como una magdalena. Se equivocó, como con casi todo de esta nueva Alicia.
- ¿Sólo me traes esto? – preguntó Alicia con exigencia.
- ¿Sólo? – dijo Andrés buscando una excusa rápida.
No le sirvió de mucho, se nota que Alicia también seguía, igual que yo, la escuela del tomate y reconocía un montaje en cuanto lo veía. Andrés empezó a ponerse nervioso, y esto lo hizo alterarse y como consecuencia ponerse más nervioso aún. Alicia se echó hacia atrás en el respaldo y observó con distancia, buscaba aquel encanto de George Clooney que le había visto en la anterior cita y no lo encontró.
- Algo hay – dijo Andrés por fin.
- Sí, puede haber cualquier cosa, por las sombras de la mesa había otras dos personas – dijo Alicia con seguridad.
Con tanta seguridad que hasta a ella le pareció que sabía de que estaba hablando. Y aún nunca en su vida se había parado a contar las sombras de nada... Y en aquel mismo momento llegó a tres determinaciones que marcarían el resto de su vida:
1ª. Carlos no le valía ni para divorciarse. 2ª. Andrés no le valía ni para divorciarse. 3ª. Ella valía mucho.