raquelcoutoantelo
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    En el fondo. Capítulo 31

    sábado, abril 18, 2009, 08:56 EST [General]

    Capítulo 31. Magia.

    - ¿Si? – repetí.

    - ¿Quién es? – dijo una voz de mujer al otro lado.

    - ¿Cómo que quién soy?¿Quién es usted? – pregunté.

    ¿Qué era eso de llamarme y preguntarme quien era?¿A quién había llamado?¿Cómo que quién era? ¡Era yo!

    Después de un largo silencio y un poco antes de colgar la mujer dijo con acidez:

    - A ver si nos dejamos de tonterías, llevo cuatro días sin saber de mi hija y me estoy poniendo nerviosa.

    Le dije que igual era mejor que la llamase a ella, que el departamento de hijas perdidas no era yo y que igual a la policía le podía ayudar ya que cobraba para eso. Ella dijo, con mucha ironía, que agradecía mi inestimable ayuda, que ni se le había pasado por la cabeza hablar con la policía, que mil gracias y que gracias de nuevo y que si era capaz de dejar mi estupidez a un lado igual sacábamos algo en limpio. Y tanto. Colgué. Sí, colgué, que sí, le colgué a una madre desesperada que no sabía de su hija desde hacía cuatro días. Bueno ¿y qué? yo rescatar joyas o jarrones sí, pero hijas no. No era cosa mía, no era mi responsabilidad, no me incumbía. Bueno, vale, que sí, que me pudieron los remordimientos, que me dio por pensar en Sandra, que también estaba desaparecida y la llamé de vuelta.

    Casi ni sonó el primer tono.

    - Se llama Alicia y encontré este número al lado del teléfono. Es lo único que dejo en casa.

    ¿Alicia? Si era la misma Alicia que yo conocía la cosa no era para tanto, tenía pinta de saber desnvolverse bien y de tener mala leche suficiente como para que no la aguantasen mucho secuestrada, esto último decidí no decirlo porque tal como son las madres igual entendía que la despachaban en lugar de que pagaban para que se la llevasen, que eso era lo que pretendía decir.

    Le dije que conocía a una Alicia que había estado en mi casa porque sospechaba que su marido andaba con mi amiga y que parecía desenvolverse, pero que no la había vuelto a ver. Ella dijo que tenía razón pero que no la llamó desde que marchó y que no le cogía el teléfono y que como tenía esa inconsciencia de niña consentida igual se había encontrado con algún desalmado que le vio la visa platino y...

    Le conté cual había sido la última vez que la había visto y que no me tenía pinta de ser fácil de engañar, y que también había desaparecido mi amiga, la que ella pensaba que andaba con su marido. A lo mejor no debí mencionarlo.

    - Oh, dios ¿no pesarás...?

    Creo que le pasó por la cabeza que su hija había matado a Sandra, pero no la dejé terminar, por si fuese cierto, que no lo creía... Pero la mujer se desesperó y empezó a contarme su vida, toda entera, desde que se casó hasta el momento en que Alicia puso el pie fuera de su casa. Me sorprendió que la batería del móvil aguantase tanto. Cuando la mujer empezó a llorar le dije que prometía hacer todo lo posible por encontrar a su hija y que la llamaría y todo eso.

    A parte de la situación incómoda del principio y del final de la llamada saqué mucha información interesante. El nombre de Andrés, que saliese ese nombre fue lo más interesante de todo, tenía que volver a su piso.

    Llamé varias veces pero no abrió nadie. Puse la oreja y escuché la tele y pasos de gente. Me acerqué todo lo que pude, ya casi parecía Spiderman de lo incrustada que estaba en la puerta. Se escuchaba con claridad, era “Corazón de Glamour”. Pegué el dedo al timbre y apreté hasta que se me quedó dormido, el dedo no el timbre. Normalmente en mi casa funciona, pero en la de Andrés se ve que no. Me cansé de estar allí de pie y llamé a Salva. Fue claro y conciso:

    - Ligué, no me molestes, que le den al dinero.

    Eso lo decía en el frenesí del momento, pero una vez le pasase el encandilamiento verías lo que le iba a dar y por donde. Yo hice lo que me dijo, mandada que soy, lo dejé en paz, claro que le tenía que dar la paliza a alguien así que fui a buscar a Ramón, al final todo era culpa de él, así que era él quien tenía que arreglarlo. No estaba en el hotel, pero como iba tan emperiquetada que diría una gran mujer fueron muy amables y me dijeron que le habían pasado una nota para una cita en las tiendas centrales a las cinco de la tarde. Tenía que ir acostumbrándome a usar blusa, eso de no abrochar todos los botones daba bastante mejor resultado que pegar cuatro gritos, donde va a parar; lo de la falta también ayudaba, para obtener información, para lo de las tiendas centrales igual no tanto.

    A las cinco era una hora extraña, cuadraba aún con la marea alta, y calculaba que hasta las siete no empezaba a bajar lo que significaba que hasta las ocho no comenzaban a abrir las tiendas. Sí, era la hora más bonita porque las iluminaban con velas y aliviaban el olor a marea con incienso lo que le creaba un ambiente mágico. Que la cita fuese a las cinco en lugar de a las ocho significaba que había quedado con alguien de fuera o alguien que no iba mucho por allí, lo que no tenía sentido salvo que no quisiera que los viesen juntos por allí. ¡El muy sinvergüenza iba a quedar con una casada! Con una casada sin experiencia en el tema porque la hora era de una primeriza... ¡iba a quedar con Alicia!

    Si Ramón había quedado con Alicia, la que estaba en casa de Andrés iba a ser ¿Sandra? encajaba con lo de “Corazón de Glamour” pero no con lo de no abrir la puerta. Recordé que había recuperado mi teléfono. La llamé.

    - El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura.

    Si la de la casa de Andrés era Sandra, se había quedado dormida viendo la tele, siempre apaga el teléfono para ver la tele. Casi me alivió, por lo menos estaba en sitio conocido y de estar secuestrada la trataban bien, con la tele ya tenía todo lo que necesitaba.

    Esperé emocionada a que llegase la hora de la cita, emocionada  y escondida. Ramón llegó primero, se sorprendió de ver que el mar lo llenaba todo, seguía sorprendiéndose de que el agua estuviese allí, era como el tío aquel de “Sé quien eres” que se enamoraba cada vez que veía a su doctora, claro que el tenía la excusa de la enfermedad mental aquella.

    La mujer llegó una media hora después, tarde, efectivamente tenía que ser casada, alianza llevaba. Esperaba otro tipo de mujer pero igual era que nunca lo había llegado a entender, por eso nunca llegaríamos a nada. Se saludaron con un apretón de manos, por lo que igual la que no había comprendido la situación era yo. La mujer sacó un sobre del bolso y se lo dio con ademán clandestino a Ramón, él miró alrededor y metió el sobre en el bolsillo de dentro de la chaqueta. Después echaron a andar, lo que dificultó el seguimiento, pero una es una experta y no consiguieron despistarme. Ella caminaba mirando al frente y Ramón gesticulaba enérgicamente. No pude escuchar nada de lo que decían y eso que cada vez me iba acercando más. Pararon. Llegó un coche oficial con las lunas tintadas y un chofer con una insignia del ayuntamiento en la solapa de la chaqueta. No es que tuviese vista de rayos X, es que el tipo salió para abrirle la puerta a la mujer. Ella entró y desaparecieron por las calles abandonadas de la zona cero.

    Ramón caminó hacia el punto de partida, yo fui detrás de él. La marea había bajado y ya se habían encendido las primeras velas en el edificio, todavía había que mojar los pies para entrar, pero no le importó. A mi tampoco, que remedio, en realidad importar sí que me importaba pero quería saber lo que hacía Ramón. Imagino que aunque sabía que era lo que tenía que hacer lo debí pensar de más y una vez dentro lo perdí, no estaba por ninguna parte. Bueno, seguro que estaba porque de momento no se podía salir por detrás. Subí al último piso y miré por el balcón como se iluminaba todo, como se iba llenando de gente y los barullos de los regateos apagaba el eco de edificio vacío.

    Cuando levanté la vista y miré al frente Ramón me estaba mirando y sonreía, sonreía con aquella sonrisa que me paralizaba y que restaba neuronas porque me hacía olvidar todo lo malo y lo envolvía en un aura de magia, bondad y atractivo que no era normal ¿es que no había manera de inmunizarse?

    - Con la marea baja cualquiera puede – escuché al oído.

    Traté de ver quien era, pero un par de brazos enormes me acorralaban contra la barandilla y una cabeza me impedía mover la mía. De cualquier manera sabía de sobra quien era.

    - ¿Quién era la mujer con la que hablabas?

    “Esa no es una información que necesites” volvió a decirme al oído. Pero si que necesitaba esa información, y de hecho quería esa información y así se lo hice saber. Quedó callado respirándome en el cuello. Sería por la magia del lugar o por lo malísima que me ponía pero ni la risa floja me salió, no quería estropear aquella sensación de paraíso.

    - Vamos a tomar algo – dijo por fin.

    Le diría que no, que había tiempo que no había estado tan cerca de la felicidad, pero el apartó la cabeza de mi cuello y los brazos de la barandilla así que la magia se desvaneció, así que lo mejor era echarle algo de comer al estómago, ya hacía no sé cuanto que no comía y además iba a pagar el... esperaba.

    Comí como una foca, la cocinera me miraba mal, casi le había acabado con las tapas que tenía para toda la tarde.

    - ¿A dónde se va por allí? – preguntó.

    - Al bosque – respondí.

    - ¿Cómo que al bosque? ¿Cómo va a haber un bosque ahí? – dijo escéptico.

    Pues claro que había un bosque, nos levantamos y salimos de las tiendas centrales por la parte de atrás. El camino no era muy cómodo, pero por lo menos no había escombro. Comenzaba a oscurecer y Ramón estaba poniendo la cara de pánico que ponían todos la primera vez. Supongo que fue para tranquilizarse, comenzó a contarme toda la historia.

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    En el fondo. Capítulo 30

    sábado, abril 11, 2009, 10:06 EST [General]

    Capítulo 30. Estoy en la lavadora.

    Lo agarré por el brazo y le obligué a dar la vuelta para mirarme

    - ¿Pero tú de qué vas? – pregunté.

    Le dije que no era su criada y que si esperaba que me pasase por vez lo de quedar sin nada iba listo, que no sabía con quien se estaba metiendo.

    - Lo sé perfectamente – dijo con voz fría y distante.

    Y seguro que lo sabía, pero tampoco era para darle la razón así como así. También seguía sin cuadrarme que traicionara a sus compañeros, no porque no fuese capaz, que bien era, sino porque los otros no lo iban a dejar marchar así como así, sobre todo Andrés. Vamos que no me cuadraban las cuentas.

    Seguía agarrándole el brazo y para tener la cara de mala leche que tenía y estar enfadado como estaba lo notaba tranquilo, no había intentado soltarse, ni le molestaba el interrogatorio; pero aún había algo más raro, cuando le hacía comentarios del tipo “¿tú de qué vas?”, cuando me alteraba, el desviaba la mirada. Si, algo raro pasaba. Normalmente cuando me jugaba una mala pasada, y en eso tenía experiencia, me miraba fijamente, a la cara, a los ojos, para que creyese lo que me contaba.

    - Pero Xiana como me iban a ver con una rubia, estuve toda la tarde en la biblioteca...

    Sí, mirándome a los ojos, con una sonrisa dulce y el pulso que ni se le alteraba al muy hijo de su madre, como los de la CIA que superaban el polígrafo asumiendo dos personalidades, pues este igual pero menos elaborado, porque yo lo pillé sin polígrafo ni nada, eso sí, el lo intentó.

    Ahora era distinto, ni se molestó en disimular, como si quisiese que descubriese la mentira.

    - Tienes que volver allí abajo y sacar todo – dijo.

    - Ni en broma – dije sonriendo.

    Sonreí porque me salió, que me hizo gracia su insistencia, su necesidad, pero a el no le hizo tanta y se puso más serio aún, que ya era difícil.




    - Hazlo – ordenó.

    - No – dije.

    - Hazlo o vas a perder más de lo que piensas – dijo en tono amenazante.

    Aunque por el mirar no parecía esa su intención, igual estaba jugando al despiste, como lo de las dos personalidades no le había funcionado ahora intentaba lo de dar siempre respuestas falsas.

    - ¿Más que?¿Tiempo?¿Paciencia? no te preocupes, tengo de sobra, puedo permitirme el lujo – dije.

    Me miró fijamente, miró al brazo que le estaba agarrando, miró mi mano y la apartó como si de repente le molestase, dio media vuelta y se fue escaleras abajo, en el descansillo se volvió hacia mí e insistió:

    - Hazlo... o vas a perder más de lo que te puedes permitir...

    Y marchó, mejor dicho intentó marchar, fui detrás de él, no le iba a consentir que me amenazase y ni mucho menos que dijese la última palabra sin darme opción de réplica. Lo di agarrado por el hombro, se detuvo pero aún tardó a dar la vuelta, a punto estuve de echar a correr y encerrarme en mi piso porque aquella demora tenía pinta de que estaba tratando de calmarse, de contener las ganas de darme una paliza, era bien capaz, no de darme una paliza... esperaba... pero si de pegarme un grito que me dejase sin sentido. Pero no lo hice, con el miedo que me entró sólo fui capaz de quitarle la mano del hombro. Él, al notar que había retirado la mano se dio  la vuelta despacio, tomando aire, y no sé si era yo con el miedo o él con la emoción pero me dio la impresión de que tenía los ojos empañados, aunque sólo fue eso, una impresión porque nunca lo había visto emocionado, sí bueno, cuando su equipo ganaba y tal pero no emocionado de sentimentalmente emocionado. Me miró, me agarró por los brazos, como para inmovilizarme, ya me estaba temiendo lo peor. Bajó la mirada, me soltó los brazos y me agarró por el cuello, ya estaba echando cuentas de que igual sí era capaz de darme una paliza cuando se acercó y me besó, después me soltó el cuello con una caricia y me dijo con una voz muy dulce:


    - Hazlo.

    Lo de darme una paliza sin duda iba a doler más, pero el efecto no sé si iba a ser tan demoledor, quedé mirando como se marchaba aunque sin ver en realidad.

    Cuando volví en mí subí para llamar a Sandra y contarle que Ramón me había besado, estaba toda acelerada buscando el móvil cuando recordé de nuevo que me habían robado el bolso, el móvil y todo, y que, seguramente fue el James Bond que me acababa de conquistar con un beso. No lo pensé, eché a correr escaleras abajo y fui a casa de Sandra.

    A decir verdad me extrañaba que tardase tanto en abrir, no era la más rápida del mundo pero llevaba un cuarto de hora dándole la chapa en la puerta y hasta su infinita paciencia estaba fuera de ese límite. Lo volvió a intentar una última vez y como vi que no había manera decidí entrar a la brava. No sería la primera vez que quedaba dormida en el sofá con los cascos y después iba diciendo que la dejábamos abandonada, que no le hacíamos caso, que no la íbamos a visitar... Tomé impulso y le di una patada a la puerta y la abrí. No es que tuviese tanta fuerza es que si le dabas un golpe seco a media altura se abría... algún defeco de fabricación.

    El piso no estaba revuelto ni había indicios de violencia, todo estaba en su sitio, la tele apagada, la cocina ordenada y la manta del sofá doblada en el respaldo. Me senté y me puse a pensar, con Paco no podía estar, no era normal que teniendo ella un piso para ellos dos solos estuviesen en otro con dos hombres y una mujer más. Después di un paso atrás y me centré en la mujer del piso de Andrés ¿y si era Sandra? Eso explicaría porque se escondió tan rápido, igual le dio vergüenza que la viese en aquellas circunstancias y... Sandra no era, ella es demasiado inocente como para sentir vergüenza por liarse con nadie, lo hacía y punto, que explicaciones tenía que dar ella a nadie. ¿Y Alicia? A ver si el numerito de mujer engañada era un truco para acercarse a nosotras, o peor, a ver si le dio un ataque de celos y la despachó.

    Me levanté, recorrí el piso de nuevo a ver si encontraba algo. De repente escuché un zumbido que venía de alguna parte, sonaba clueco, como cuando metes una zapatilla en la lavadora, clueco y metálico. Fui a la cocina para comprobar si había dejado la lavadora encendida, por lo menos eso indicaría que no andaba muy lejos, que yo era una histérica y que ya estaba inventando una buena para que no me hiciese pagarle el arreglo de la puerta. La lavadora tenía la puerta abierta y el ruido había parado, aproveché que estaba allí para comer algo, debía llevar dos días sin comer, o eso pensaba. De repente el zumbido volvió a aparecer. Venía de la lavadora sin duda. Miré dentro, era un móvil. Eché la mano dentro y lo agarré, seguía zumbando. ¡Era mi móvil! ¡Era mi móvil!

    ¿Pero que demonios hacía mi móvil en la lavadora de Sandra? Lo primerito que se me pasó por la cabeza fue pensar que me había emborrachado tanto que, como me había dicho Salva, no tenía ni idea de donde había dejado nada y me había inventado lo del robo del bolso. Vale, en realidad lo primero que se me pasó por la cabeza fue “la muy asquerosa me robó el bolso” y lo seguiría pensando de no haberlo encontrado en la lavadora. El móvil seguía zumbando. Si Sandra me hubiese robado el bolso, cogería lo que necesitase y me lo devolvería sin que me diese cuenta; era obvio. Lo podía hacer en cualquier momento y no necesitaba meter el teléfono encendido en la lavadora. Vale, no había sido ella.

    Quien me robó el bolso secuestró a Sandra. Esta explicación era más factible, más lógica, no explicaba lo del móvil en la lavadora pero era más lógica. El móvil seguía zumbando. ¿El móvil seguía zumbando? Por fin me di cuenta y dejé de darle vueltas a la cabeza y descolgué.

    - ¿Si?

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    En el fondo. Capítulo 29

    sábado, abril 4, 2009, 07:29 EST [General]

    Capítulo 29. En el fondo. Segundo intento (Cuarta parte).

    Cuando Salva consiguió cerrar la boca nos miramos y nos leímos el pensamiento, mientras las otras luces revoloteaban en el horizonte caminamos hacia el acantilado, no teníamos miedo, teníamos esa emoción del descubrimiento, de la investigación, del rescate. El agua estaba más abajo de lo que parecía, la luz venía de una plataforma metálicia que debía ir sobre raíles hacia la montaña, eso ya era más imaginación que vista porque el acantilado era demasiado recto para ver más allá, nos teníamos que asomar más, yo no tenía intención e hacerlo y Salva me dijo que ni en broma, que aún estaba dormido, que si estaba loca, que no era asunto nuestro y que yo pesaba menos que el y que me aguantaba mejor.

    A punto estuve de decirle que sí, no por convencimiento sino por curiosidad; es que me podía, menos mal que me lo notó y pensó que igual era mejor idea ir bordeando la costa a ver si encontrábamos por donde bajar. No lo encontramos, encontramos un saliente donde se suponía que estaba el portalón por el que se escondían los helicópteros.

    Era simplemente fascinante, al fondo se veían las luces de Santa Cruz, Santa Cristina y del Burgo, y empezaba a amanecer, las luces del horizonte venían hacia nosotros, las de los helicópteros claro, para resguardarse claro. Por orden fueron desapareciendo bajo nuestra atenta mirada y bajo nuestros cansados pies. Por unos momento el misterio de los helicópteros plegables me habían hecho olvidar la frase que había recordado minutos antes “no pensarías que te iba a dejar quedar con todo” y me dio un bajón espantoso y contagioso co que Salva y yo acabamos sentados de nuevo en el banco con la mirada perdida sin solución.

    - No os cortéis, si queréis bajamos y lo veis de cerca  dijo una voz autoritaria detrás de nosotros.

    Salva me miraba de reojo para ver que iba a hacer yo, yo le miraba de reojo para ver que iba a hacer él. Dimos la vuelta al tiempo y muy despacio, por si nos disparaban que nos pillase de perfil, siempre habría menos probabilidades de que nos acertasen en la nariz, pero igual nos hacían un favor.

    Era un hombre de uniforme, perdón, era un adonis que quitaba el sentido dentro de un uniforme que ni hecho a medida; después de la consabida dilatación de pupilas sentí alivio porque no fuese la policía, y porque el dios de la belleza no viniese en son de guerra. Para nada, traía una sonrisa que casi igualaba a la de actor de ojos azules  aquel de la Caja Universal. Yo me relajé, Salva seguía babeando y el del uniforme pareció no darse cuenta de mi presencia pese a que el grito lo había hecho en plural, pero estaba claro que a mi ni me veía. Y sin ánimo de ejercer mi cobardía natural, ni de dejar tirado a un amigo frente al peligro, ni de huir a toda velocidad como si hubiese rebajas en el China Mágica. Pero lo hice, vamos hombre, que iba a desaprovechar la oportunidad. Salva lo iba a entender, en el supuesto caso de que me engañase con lo de las miraditas, que ya se me hacía raro.

    Al principio anduve despacio, pero después pegué una carrera que se veía la estela desde el faro de Mera. Fui a mi casa, quería ponerme espectacular para volver al hotel de Ramón, a ver si se atrevía a decirme la recepcionista que no estaba Ramón, el director y mariasantísima. Tenía guardado un traje de antes del maremoto, que no tenía pensado volver a poner, pero que guardé por si llegaba el día, y había llegado. Me quedaba un poco flojo, señal de que antes llevaba mejor vida, no mejor dicho, que hacía menos ejercicio, que ser era una seta en el sofá. Una última visual en el espejo, bah, no estaba mal, rara pero mal no.

    - Vaya, parece que me equivoqué de puerta – dijo Ramón.

    Vaya, el día había empezado fuerte e iba a peor, no ganaba para sustos, fue abrir la puerta y dar con Ramón apoyado en el quicio todo ancho, todo natural. A ver si me había equivocado con él.

    - ¿A dónde vas tan emperiquetada? – preguntó.

    Y no me miraba con disgusto por mucho que me criticase, no, para mi que lo había sorprendido. Me dijo que teníamos que hablar, que lo dejase pasar; pero aún estando en la entrada de mi casa, con la puerta abierta le dije que muy bien, que fuésemos a un bar que una no se pone de punta en blanco para quedar en casa. El me dijo que no estaba para historias y que si no lo dejaba pasar que hablaba allí en la puerta que tanto le daba, total poca cosa quería decir. Decir que no me gustó nada el tono que empleó y como para chula yo le dije que si tan poca cosa era que lo soltase de una vez, y lo hizo.

    - Tienes que bajar por el resto – soltó.

    - ¿Qué resto? ¿De qué vas? – pregunté alterada.

    - El resto de la pasta, sólo sacaste la mitad, porque no la tendrás escondida en casa ¿no? – dijo medio en  broma.
    Le dejé bien claro que habíamos subido todo lo que había encontrado y que si había algo más no estaba en la caja y sobre todo y más importante, que no tenía ni la más mínima intención de volver a hacerle de criada. Él sonrió con malicia y me dijo que le parecía muy bien que fuese tan inocente como para pensar que podía engañar al resto pero que él me conocía muy bien y que iba tres pasos por delante. Me dejó bien claro que iba por libre y que no tenía intención de repartir con sus colegas, pero que el concejal no era tan bueno de conformar, que no le había colado lo de que no sabía nada y que yo se la había jugado, así que tenía que bajar a por el resto para dárselo al concejal, que el ya había colocado los maletines y que no podía volver atrás.

    Me dejó descolocada del todo, no era la primera vez que me la jugaba, y si, había sido demasiado inocente pensando que lo daba engañado, pero no le veía sentido a que trajese a sus colegas y después los dejase colgados aunque me cuadraba con lo que nos había dicho Andrés. Claro que también me dio por pensar que era todo una comedia para aprovecharse más de mí, que era bien capaz. Fuese como fuese le dije que lo fuese arreglando como pudiese pero sin mi. El marchó y mientras bajaba por las escaleras soltó.

    - Eso ya lo veremos – dijo.

    Igual fue por el eco y por la mala leche que llevaba el chico que sonó demasiado tétrico. Tenía que hablar con alguien, iba a llamar a Sandra, pero recordé que me habían robado el móvil, mejor dicho, que me lo había robado el. Eché a correr escaleras abajo, ya era hora de que me contase todo quisiese o no.

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    En el fondo. Capítulo 28

    domingo, marzo 29, 2009, 07:22 EST [General]

    Capítulo 28. En el fondo. Segundo intento (Tercera parte).

    Abrió la puerta, me agarró del brazo y me llevó dentro. Hablaba a gritos pero reprimiendo la voz como si quisiese hablar bajo, no entendía por que, vivía solo, a quien estorbábamos.

    - Tía por fin apareces, ¿dónde te habías metido? – dijo Salva alterado – te llamé mil veces.

    - Me robaron el móvil, el bolso, todo – dije.

    Le conté a Salva lo que vi, tengo que decir que por lo menos se le quitó la cara de sospecha que tenía al principio; pero la verdad es que se le puso cara de madre en día de resaca, de la hija quiero decir. No me creyó ni una palabra de lo que le conté, sobre todo lo del helicóptero plegable, ahí no es que pusiese los ojos como platos como en lo de antes, ahí trato de aguantar la risa, hizo un esfuerzo grande, pero no muy efectivo.

    Cuando terminó de reír, mejor dicho, cuando logró mantener la risa mas o menos a raya, le pregunté por las mesas y los maletines. Me miró con sorpresa, no era lo que necesitaba en ese momento. Me dijo que pensaba que las había escondido yo, que me había dejado a cargo de ellas y que cuando volvió al día siguiente no estaban con lo que supuso que yo me había encargado del tema; y aunque trató de disimular, le noté que en el fondo había un ligero recelo, como desconfianza, que casi llega a pensar que me había fugado con el dinero. También tengo que decir que le noté algún remordimiento. También me dijo que Sandra me había visto marchar con Ramón y que cuando Paco, Alicia y marcharon allí ya no había nada con lo que supusieron que yo había vuelto para llevarlo todo.

    - ¿Pero estaban en la ventana?¿No vieron nada? – dije.

    - No sé, no me dijeron nada de eso, de todas maneras Sandra no sabía que el dinero estaba allí debajo, ella pensaba que los habíamos sacado con la polea – dijo Salva.

    Vaya desastre, todo tenía lógica y al final la culpa era mía, no debí haber marchado, todos habían cumplido con su cometido, Paco había entretenido a Sandra, Ramón a mí y Salva ya se entretuvo por si mismo.

    - No pasa nada, da igual, pudimos coger algún maletín; pero fuimos demasiado avarientos – dijo Salva sin enfado.


    Preparó café y nos pusimos a razonar, y a hacer la cuenta de la lechera, y acabamos riéndonos. Bien pensamos en pasar de todo, nos habían tomado el pelo, hicimos todo el trabajo y volvimos a pringar. Y haciendo razonamientos de este tipo nos pusimos de mal humor y arrancamos, no teníamos muy claro que hacer. La última pista que teníamos era el baile con Ramón, así que fuimos a hablar con Ramón.

    Salva abrió el portal con una llave maestra que tenía, decía que si llamábamos al timbre no nos iba a abrir; yo esperaba que no hubiesen marchado al Caribe, que era justo lo que debíamos haber hecho nosotras. Andrés tenía cara de mal despertar, venía en calzones y se apoyó en el quicio de la puerta como el hombre seductor que era, todo natural, atrancando la puerta.

    - Queremos hablar con Ramón – dije.

    - Muy bien – dijo él.

    Nos dijo que ni era su secretaria ni su madre para que le fuésemos a pedir permiso. Ramón hacía unos días que se había ido a una habitación en el Hotel Áncora, que seguramente necesitaría intimidad.

    - ¿Y Paco? – pregunté.

    - Paco está durmiendo, si no lo habéis despertado, claro – dijo el cortante.

    Mientras el hablaba yo escuchaba ruidos dentro y hacía esfuerzos por ver entre los huecos que dejaba, no vi más que unas piernas de mujer que salían al pasillo y se volvían a meter dentro de repente. Miré a Salva y le dije que marchábamos, aunque la curiosidad me pudiese tampoco era para que prefiriese saber quien era la dueña de las piernas antes que donde había metido el dinero el desgraciado de Ramón.

    Fimos al Hotel Áncora, no nos dejaron entrar, no podían molestar a los clientes; no fue tiempo perdido, por lo menos supimos que aún era cliente del hotel, que aún estaba allí. Cosa que me empezó a preocupar porque si no se había ido, no fue el quien llevó el dinero, entonces lo de la habitación del hotel sí que era para lo de la intimidad, por lo que estaba con otra, manda narices con el tío. Como no teníamos nada que hacer allí y Salva ya se había desvelado se dejó convencer para ir a Oza, donde le había dicho que había visto el helicóptero plegable. Aceptó pero no porque me creyese, sino porque de camino se partía a mi costa, y porque tenía curiosidad en escuchar de nuevo la historia. Lo que no esperaba era ver la luz azul que yo le había descrito saliendo del agua y ese ruido ensordecedor que era bastante más fuerte de lo que yo recordaba y que daba vueltas sobre nuestras cabezas.

    Nos sentamos en el banco, Salva se sentó porque estaba alucinando y no se aguantaba de pie. Había unos cuatro helicópteros dando vueltas y no parecía molestarles nuestra presencia, no parecían hacer nada útil, no llevaban carga ni salían de la entrada del antiguo puerto, por lo que no debían estar haciendo nada importante. Salva experimentó la sensación de empotrarse en el respaldo del banco que yo había experimentado unas horas antes, el foco venía hacia nosotros hasta cegarnos, se apagó de repente y la luz azul nos dejó ver como se plegaba el helicóptero. Salva tenía los ojos fuera de su sitio y yo escuché una voz “no pensarías que te iba a dejar quedar con todo”, era Ramón, era lo que me había dicho el día que bailamos, justo antes de cerar los ojos, de repente lo recordé.

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    En el fondo. Capítulo 27

    domingo, marzo 22, 2009, 01:05 EST [General]

    Capítulo 27. En el fondo. Segundo intento (Segunda parte).

    Me incorporé y miré alrededor para ver donde estaba, noté un ruído ensordecedor que se acercaba, como para no notarlo, a la hora que era se debía notar hasta una mosca. Admito que incluso me llegó a asustar, parecía que venía hacia mi, pero no se veía nada y no entendía porqué, las estrellas me daban visibilidad suficiente como para verlo si estuviese allí, y no lo veía, no veía nada, sólo ese ruído. Cuando ya la cosa no podía ir a más apareció una luz en el horizonte, una bombilla frente a mí, que en segundos se convirtió en un foco que me miraba fijamente como interrogándome, yo estaba asustada, quería ir hacia atrás pero como estaba sentada y no era capaz de ponerme de pie y echar a correr lo único que conseguía era empujarme, mejor dicho empotrarme en el respaldo del banco, tanto que no sé como no lo partí por el medio o como no quedé allí cuan tapete de ganchillo.

    Cuando ya pensaba en que se iba a abrir una compuerta y se iba a deslizar una pasarela y bajar un cabezón bajito con dedos largos y mirada morriñenta señalando con el índice iluminado hacia el cielo diciendo “mi caaaassssa” el ruído paró, la luz se apagó, se encendió una luz azul debajo de lo que fuese que estaba allí mirándome y vi con claridad una especie de helicóptero que estaba doblando la hélice hacia abajo y empaquetándose hasta quedar hecho un cubo, bajó hacia abajo, vale, vale, hacia arriba no iba a bajar... se apagó la luz y todo quedó en calma de nuevo.

    Fue automático, me levanté y fui a miar, no había nada, sólo un acantilado y agua, agua de la de toda la vida, salada imagino, estaba la marea alta, pero no lo suficiente como para probarla, el caso es que siendo mar tenía que estar salada. Di vueltas alrededor mirando para todas partes, estaba en Oza y todo estaba tranquilo, como debía estar. Eché a andar hacia la taberna de los pescadores que estaba cerca de la antigua vía, quería tomar algo para despejarme, para centrarme, aunque tenía miedo de contarle semejante cosa a alguien. Mientras caminaba miré por el bolso, tenía que llamar a Salva para que viniese y me ayudase a bajar para ver lo que había allí. Revolví y revolví, pero no tenía el bolso, me debía haber caído en el banco, estaba echada cuando desperté, seguramente lo había usado de almohada. Di la vuelta hacia el banco, todo seguía en silencio, seguía todo oscuro salvo por las estrellas, en el banco no había nada y me senté, desesperada, no sólo tenía una laguna de sabedios cuantas horas, sino que había perdido el móvil, no tenía dinero ni memoria suficiente como para recordar cualquier número de teléfono de mi agenda. No adelantaba nada yendo a la taberna, así que pensé en ir a casa, estaba cansada pero allí ya no hacía nada.

    Cuando llegué a casa esperaba encontrar a Alicia y Sandra tiradas en el sofá con la tele puesta en los anuncios y todo lleno de papeles y paquetes de galletitas saladas tirados por el suelo. Pero no. Todo estaba en silencio, ya comenzaba a pensar que el ruido del supuesto helicóptero-nave espacial-nave extraterrestre me había dejado sorda porque sólo escuchaba silencio. No tenía llave, cosa que recordé cuando estaba delante del portal, deseé que estuviesen arriba, pero llamé y llamé y nadie me abrió. En ese caso sólo me quedó agarrar una piedra, romper el cristal que tanto me había costado conservar entero y abrir desde dentro.

    En la puerta del piso fue más complicado, agarré un alambre y lo metí por la cerradura, de vueltas y más vueltas como en las películas pero no se abrió. Bajé al primero para buscar una palanca y desmonté la puerta, le quité el cuadro del medio, de castaño, cuando vi el agujero no me lo podía creer, que animal era. Era obvio que no estaban en casa, Alicia con lo remirada que era ya me habría sacado la cabeza de un guantazo, dentro había, si, silencio. Tenía hambre, así que encendí la tele y mientras cenaba algo, en la teletienda había  lo de siempre, ya comenzaba a creer que había pasado una eternidad, que había estado metida en un agujero espacio-tiempo de esos y que cuando encontrase a mis amigas ya tendrían cuarenta años, cuatro hijos y un chalet en la zona buena. Pulsé el teletexto y respiré con alivio y con cierta pena, ya me había acostumbrado a la idea de ser diez años más joven que el resto y tener algo emocionante que contar. No, sólo había pasado un día, sólo un día, allá se esfumó mi emocionante vida para convertirse en lo mismo de siempre. ¡Qué decepción!

    Y allí estaba yo, viendo una aspiradora que era la leche, comiendo unos entrantes fríos, lo de encontrar entrantes en la nevera casi en el mismo estado de conservación que cuando los había dejado ya me debió dar una pista, pero hasta que miré la fecha en la pantalla del televisor no caí de la burra. Si, allí estaba yo toda decepcionada, decepcionada del todo, de todo de todo, cuando finalicé fui a mirar por la ventana, si la ventana, esa ventana en la que estaban Sandra, Alicia y Paco cuando marché; la ventana en la que dejé vigilando el tenderete de filloas rellenas, las mesas cubiertas con las cortinas de terciopelo, las cortinas de terciopelo que escondían los maletines llenos de dinero que habíamos rescatado del subterráneo de la Caja Universal. Y estaba mirando al horizonte y mirando hacia la carretera, ese horizonte oscuro  silencioso con unas pocas estrellas, esa calle vacía, silenciosa.

    ¿Vacía y silenciosa? Silenciosa si, pero ¿vacía? ¡vacía! ¿vacía?¿cómo que vacía? ¿el dinero?¿dónde estaba el dinero? El corazón empezó a latir con fuerza, muy fuerte y yo a andar como una histérica de un lado para el otro, hasta que me senté delante de la tele y recordé que ya había pasado un día desde que yo había dejado todo el petate en la calle, seguramente ya lo habían colocado, Salva seguramente había encontrado una solución de transporte. Tenía que hablar con él, no eran horas, pero tenía que saber que había hecho.

    Salva tardó en abrir, ya me estaba dando por pensar que se habían fugado todos para el Caribe, de hecho Salva era lo que decía que quería hacer. Abrió la ventana y miró como una maruja de las de antes, de las que gritaban “Josua, como te agarre te mato”, me extrañó, el abría sin más, pero claro, no eran horas.

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