raquelcoutoantelo
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    En el fondo. Capítulo 42

    sábado, julio 4, 2009, 09:01 EST [General]

    Capítulo 42. Argimiro conection.

    - Pues andando – dijo Ramón, señalando al coche para que subiese.

    Arguimiro bajó las manos muy despacio, desconfiando de que fuese una maniobra de despiste para pillarlo desprevenido y asestarle un buen guantazo y no se convenció hasta que Ramón echó a andar y le abrió la puerta. Supongo que pensaría que aquel descampado no era lo último que quería ver en aquel amanecer soleado. En el coche no habló, estaba quieto como si estuviese sentenciado y el cinturón de seguridad fuese la cadena. Ramón, que lo sabía todo, fue hacia su casa, aparcó y miró a Arguimiro.

    - ¿Es aquí, no? – preguntó Ramón con chulería.

    Arguimiro asintió con la cabeza, era un chalet adosado de color salmón standard, y con un tendal de esos plegables en el porche. También tardó al salir del coche, estaba claro que no le apetecía soltar la gallina, pero no le quedaba otra, Ramón tenía aquella determinación en la mirada que le devolvía el encanto de otros tiempos.

    Arguimiro era un funcionario de los funcionarios grises de toda la vida que había entrado en el cuerpo por enchufe, como debía ser. Tampoco tenía demasiadas aspiraciones, nunca se había presentado en ninguna lista del partido por mucho que le insistieron, ni participó en ninguna intriga por muy grande que fuera la cantidad escrita en el cheque. Era una hormiguita ahorradora que se conformaba con trabajar poco, pasar mucho tiempo con la familia y tener un hobby no demasiado caro que le permitiese desconectar de la familia y del trabajo. Estaba curado de espanto y los veía venir en cuanto le preguntaban por su nieta, que era su orgullo y de la que no dejaba de hablar y la causa principal de que le rehuyesen a la hora del café; y también el indicador de cuando querían algo de él.

    Y claro, en aquellos momentos turbulentos de maletines y escrituras era del único que se fiaban, le había llevado años ganarse aquella fama de hombre íntegro y aunque no lo había hecho con esa intención le iba a salir más rentable que todas aquellas limosnas que osaban llamar sobornos que le habían ofrecido en sus años de servicio. Tenía de él en un mismo día un camión lleno de euros y unas escrituras que iban a valer tanto o más que los euros. Bien sabía que los billetes llevaban la marca de agua, que tampoco era fe ciega lo que tenían en él; pero también sabía que apretarle las tuercas sería admitir demasiado. En lo de las escrituras dudó más, no le vio la rentabilidad tan rápido, de hecho fue su mujer por teléfono quien le dijo que se las llevase que nunca se sabía y que poco sitio ocupaban. Pensó que, como siempre, tenía razón, así que tomó una de aquellas carpetas que habían sobrado de alguna subvención europea y guardó las escrituras, metió el dinero en una caja de papel para reciclar, unos cientos de fajos. Empezó por su parte, después se puso con los maletines que iban a enterrar y a cada poco iba a su caja de cartón, despegaba la cinta de embalar gastada y olía el aroma de los euros y sonreía con malicia.

    Nadie desconfió de él, cuando las concejalas le preguntaron por las escrituras puso aquella cara de los lunes de no enterarse de nada y les coló todo lo que quiso. Cuando vinieron por los maletines del dinero ni se molestaron en contarlos, ni en abrirlos por si iban vacíos, en ese momento pensó que había robado poco, pero también que había que ser prudente y volvió a poner cara de malicia.

    Durante mucho tiempo estuvo yendo al trabajo como todos los días sin alterar en nada su vida, ni caer en lujos excesivos ni darse a notar. Después se jubiló y perdió el contacto con la gente del Ayuntamiento y en ese momento fue cuando aprovechó para ir forjando lo que sería su retiro en una isla que había comprado en el Caribe, sólo quedaban unos meses para que comenzasen las obras y las escrituras valiesen el futuro de sus hijos, de su nieta y de ellos mismos aunque viviesen mil años.

    Ni se puso nervioso cuando la Concejala lo llamó para decirle que no habían encontrado el maletín allá abajo, aunque le sorprendió que lo localizasen y que se molestasen en buscarlas, pensaba que no les duraría el interés tanto tiempo, que estarían entretenidos en otras cosas. Simplemente le dijo que tenía que estar, que si no la habría llevado otro. Pero de nuevo su mujer estuvo a la que salta y sugirió que hiciese unas copias por si llegaba el momento de confesar. Las escrituras originales estaban en la carpeta donde guardaban la escritura del chalet, los papeles de la isla, el libro de familia y alguna postal de las américas de algún tío díscolo. Y allí seguirían mezcladas con la insignificancia familiar. Las otras estaban en la caja fuerte que venía de obra en el chalet, junto con el reloj de oro de cuando lo jubilaron, el collar de perlas y alguna otra joya de la familia de su mujer.

    Arguimiro se nos adelantó y echó a un lado el tendal y abrió la puerta con aquella parsimonia de funcionario y con aquel ánimo de poca cosa que me hacía sentir algo de pena por él. Al abrir la puerta asomó su mujer en zapatillas,  delantal y con una cara de poca cosa como la de Arguimiro; nos miró como si fuésemos de Hacienda y agarró a su marido por el brazo para darle ánimos. Le acarició la mano y fue al salón, como el de sólo ante el peligro. Su mujer quedó apoyada en el quicio de la puerta de la cocina con aire afligido viéndonos ir detrás de su marido.

    En el salón nos dijo que nos sentásemos y mientras bajaba un cuadro de un ramo de rosas rojas y azules. Su mujer nos ofreció un café que rechazamos, Ramón porque estaba entretenido observando a su marido, yo porque estaba entretenida observando a Ramón. Sin duda, a mi manera de ver, había recobrado el encanto de otro tiempo. El cuadro dejó a la vista la caja fuerte, Arguimiro se puso delante para que no viésemos que números hacían click cuando daba vueltas la ruedecita. Por fin se abrió y sacó una carpeta atada con un lazo granate. La puso encima de la mesa de centro, abrió el lazo y se la dio a Ramón.

    Ramón la abrió, no porque desconfiase de Arguimiro, tenía tanta fe en su actitud de tipo duro de película que ni se le había pasado por la cabeza que el ningundis nos estuviese engañando. Pero la abrió, tocó el papel, revisó los cuños y los timbres de las escrituras y las puso al trasluz no sé muy bien para qué, porque no tenían marca de agua de esa ni serigrafía. Me miró con satisfacción y ató el lazo granate de nuevo. Le hizo un gesto a Arguimiro para darle la conformidad y nos marchamos de la casa. Arguimiro seguía manteniendo aquella mirada de gatito asustado que me conmovía.

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    En el fondo. Capítulo 41

    domingo, junio 28, 2009, 12:04 EST [General]

    Capítulo 41. Amanecer.

    El sol de la mañana me abrió los ojos, me dolían todos los huesos, estaba recostada encima de Ramón, con mi cara en su hombro y aún así notaba como si hubiese dormido encima de una roca, es decir, me levanté más cansada de lo que me había echado. El cuello todo retorcido y ya no sé que más porque no me sentía nada, ni las piernas ni el resto. Él dormía, parecía tranquilo y feliz, demasiado tranquilo, por unos segundos en aquella plácida mañana me entró el pánico; ¿y si había dormido encima de un muerto?. Sí, seré egoísta, pero por lo menos sincera, que eso fue lo primero que pensé. Ya sé que debí pensar ¡por dios que no esté muerto! que también lo pensé, aunque después, al principio el asco de estar sobre un trozo de tocino pasado. Pero en mi defensa diré que sólo fueron unas minimilésimas de segundo, muy minis. Cuando reaccioné, pasadas esas minimilésimas de segundo apoyé mi oreja encima de su pecho y latía, con un pequeño soplo, me pareció percibir, pero aquello hacía bumbum-bum-bumbum como un reloj, y respiraba, y el pecho se le inflaba armónicamente, y la barriga, aquella barriga cervecera de pro, también, más escandalosa que armónicamente pero sí.

    Y mirando para aquella ballena que asomaba sobre la línea azul del horizonte estaba yo toda concentrada cuando él despertó. La placidez de su cara se esfumó cuando despertó y dejó paso a quejumbres varias, cosa que me consoló, no sólo yo iba vieja. Se quejó un poco, se incorporó y miró alrededor.

    - ¿Y el bosque? – preguntó extrañado.

    Ni me había reparado en él, miré también alrededor y la espesura había desaparecido, quedaban algunos árboles, más o menos las que había en e antiguo jardín. Ni traté de aparentar que lo sabía, me encogí de hombros y acepté la desaparición del bosque como una verdad universal y ya.

    - Serán como esas flores que sólo se abren de noche – dije.

    Me miró sin convencimiento, parecía que mi explicación no le había parecido suficiente, pero no dijo nada más, esperó unos minutos y se incorporó, bajó hasta el agua y lavó la cara, yo preferí esperar a meterme entera, la marea estaba llena y no había manera de llegar a la península sin mojarse y cuando el se dio cuenta tomó la cosa con más calma. Nos sentamos un pedazo esperando a que tomase aliento para nadar los dos metros que nos separaban de la orilla, casi hasta fueron menos porque la marea fue bajando.

    En tierra le pregunté que íbamos a hacer, no le sorprendió que me incluyese en la expresión, imaginé que el había imaginado que no estaba dispuesta a ceder más que aquellos millones de euros que ya me habían robado.

    - ¿Vamos a hablar con el cómplice de tu funcionaria? – pregunté.

    - Sí – dijo tajante.

    Mientras caminábamos llamó a la concejala hablando medio en clave, parecía necesitar permiso para dar el siguiente paso. Cuando colgó parecía tranquilo y seguro.

    - A ver Xiana, en serio, ¿confiamos en nosotros? – lo preguntaba en serio.

    Dudé, él hablaba en serio y yo dudaba en serio.

    - A ver, no quería decir eso, lo que realmente quería decir es ¿puedo confiar en tí? – preguntó también en serio.

    Tan en serio lo decía que me dio la risa.

    - Bueno es igual – dijo apurando el paso y hablando sólo – es lo único que tengo así que tendré que apandar contigo. De todas maneras eres la única que sabe toda la historia, por lo menos toda la que yo sé.

    Lo miré condescendiente, que yo sabía toda la historia, toda la que él sabía, igual sí pero a esas alturas era complicado de creer. Hizo un par de llamadas más y después fuimos a desayunar, estuvimos en la cafetería hasta que le llegó un mensaje y arrancamos.

    Fuimos a un descampado, no para desahogar, no, al poco rato llegó otro coche y paró al lado del nuestro. de el salió un hombre entrado en canas, con pinta de poca cosa y mirada de dar pena. Ramón salió y me dijo que saliese con él si quería, por supuesto que quise, quería enterarme del asunto.

    - ¿Qué? – le dijo Ramón al desconocido.

    - Nada – dijo el otro.

    - Nada no – respondió Ramón.

    - Pues tú dirás – respondió el otro.

    A punto estuve de volver al coche porque mis nervios no daban para tanto, que, nada, nada no, pues tú dirás, que clase de conversación era esa.

    - A ver Arguimiro, donde están los planos – preguntó por fin Ramón.

    - Con los otros maletines, ya lo sabes – respondió Arguimiro.

    Ahí, Ramón se puso serio, le pegó cuatro gritos de los que pegaba él cuando se enfadaba y al otro se le puso más cara de poca cosa. Casi me dio pena, pero a Ramón no y dio un golpe en el capó del coche, del coche del tal Arguimiro no de su coche por supuesto. El pobre hombre se echó para atrás temiendo que después de la chapa le tocase a él.

    - Te lo juro por lo que más quieras, a buenas horas iba a estar yo aquí – dijo fingiendo sinceridad.

    De eso entendía mucho Ramón, lo caló enseguida. Le dijo que estaba allí porque tenía que estar allí para hacer la jugada cuando levantó la vista de nuevo, volvió a decirle que él no sabía de los planos más que iban dentro de uno de los maletines del dinero, que se equivocó, que era un pobre despistado, que vaya cabecita que tenía y siguió con una retahíla de argumentos autocompasivos que Ramón escuchó aspirando paciencia. Yo atendía con curiosidad. A mi me daba pena, no creía que se equivocase pero era una posibilidad. Ramón volvió a levantar la mano, para darle al capó esperaba, porque no me apetecía reconocer un Ramón violento; pero o Arguimiro lo conocía mejor o tenía algo que esconder o tenía miedo.

    - No, tienes razón, no, los tengo yo, los tengo yo – dijo poniendo las manos sobre la cara en actitud defensiva, que dirían en CSI.

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    En el fondo. Capítulo 40

    domingo, junio 21, 2009, 09:27 EST [General]

    Capítulo 40. Hilando fino.

     

    El concejal no sabía muy bien lo que había dicho y lo que no, pero bien sabía que se había ido de la lengua, tenía aquella sensación de cuando se los ponía a su mujer, aquel delatarse antes de que la mujer se diese cuenta; en realidad a Carmen le llegaba con mirarlo de reojo una milésima de segundo para saber el número de tinte de la que había pasado la noche con él, pero en la inocente prepotencia del pobre hombre lo entendía de aquel modo. El caso es que tenía aquella sensación de desazón. Tenía que hablar con Andrés para ver como iba la cosa, aunque no le apetecía mucho porque de verlo tenía que ponerse en plan protector. Cogió aliento y llamó, sintió cierto alivio cuando vio que no le respondía y después de tres cafés bien cargados llamó para quedar con los amigos.

     

    Lo interrumpió Andrés, le dijo que no hacía falta que lo controlase que bien sabía lo que tenía que hacer, es que ya que se había molestado debía saber que ya estaba a punto de caramelo, que en cuanto hiciesen el recuento lo llamaría. Él, si ya tenía idea de terminar en el Venus, de escuchado aquella noticia iba a terminar allí más que seguro. Andrés le colgó con la rabia de quien cuelga a un jefe pesado que no da tregua, y siguió el maniobrar de los helicópteros en el hangar. Lo seguía con la impaciencia de esperar a que enfríe la pizza lo suficiente para que el queso no cuaje. Las máquinas pararon y el silencio fue tranquilizador.

     

    - ¿Abriste los maletines? – preguntó Ramón entrando por la puerta con la mirada triste.

     

    - Parece que ya te deshiciste de Xiana  - dijo Andrés sin quitarle el ojo a los maletines.

     

    Ramón no respondió. Se acercó al montón de maletines y empezó a abrirlos, Alberto empezó por el otro lado, mientras, Andrés no se movía.

     

    - ¿Hay tantos como...? – preguntó.

     

    - Ven a echar una mano y los cuentas – respondió Ramón con frialdad.

     

    Andrés le hizo caso porque no era una respuesta ingeniosa era una orden y sí había tanto como le habían contado, y no era capaz de entender la decepción en la cara de Ramón y el ansia por abrir todos los maletines. Cuando terminaron Andrés dijo que iba a llamar al concejal y Ramón se lo impidió, le preguntó porque lo había hecho y justo cuando le iba a responder y solucionar todas las dudas de Andrés sonó el teléfono, non o del sino el mío. No quiero ni imaginar como llegó a su bolsillo, pero la verdad es que no hay que hacer mucho esfuerzo para adivinarlo, uno de los dos tuvo las manos demasiado largas durante el período de mi semiinconsciencia del baile.

     

    Ramón miró quien era, en la pantalla salía Sandra, colgó la llamada para que pareciese que estaba ocupada y que por eso no le respondía, después borró los archivos y lo volvío a guardar.

     

    - Parece que Paco no está haciendo muy bien su parte, id a echarle una mano – dijo Ramón.

     

    Andrés y Alberto se miraron con complicidad.

     

    - ¿Y tú que vas a hacer? – preguntó Alberto con desconfianza.

     

    Ramón les dijo que nada, que iba a dar una vuelta, desconfiaban, tenían miedo de que les hiciese lo mismo que ellos me hicieron a mi. Les está bien, cree el ladrón que todos son de su condición. Él lo notó,  y no había, tenían una mala cara que para qué, así que les dijo que quedasen ellos con la clave, que él era mejor que ellos y que confiaba en sus amigos aunque no lo mereciesen. A ellos les valió al principio, porque pensaron que si no tenía la clave de acceso al recinto no podía entrar y sólo ellos lo podrían hacer, así que si Ramón se fiaba de ellos es que era de fiar. Claro que después, de camino a casa para ayudar a Paco con el entretenimiento de Sandra y Alicia, pensaron que había cedido demasiado rápido para ser pesetero como era y que igual lo de la clave no valía para nada y que igual... total que acabaron llamándolo para ver que hacía, lo pillaron en la cocina, en la cocina de Sandra y casi lo matan de un infarto. Estaba dando vueltas, quería ver donde era el mejor sitio para dejar el móvil para que yo no sospechase que él me lo había robado ni que estuviese en su piso, después, tratando de esconderlo y ahí sonó su teléfono y el mío cayó al suelo. No supo reaccionar, primero quiso responder al teléfono, después tomar el mío que estaba en el suelo delante de la lavadora. La voz de Andrés dando gritos por el móvil le apuró los reflejos, se agachó, tiró mi teléfono dentro de la lavadora y le respondió a Andrés.

     

    - ¿Qué haces? – preguntó con sorna.

     

    - Nada, nada – dijo con la respiración entrecortada.

     

    - ¿Dónde estás? – dijo Andrés sin dar tregua.

     

    - ¿Yo? Estoy... – respondió sin poder respirar casi...

     

    - ¿Si? – insistió Andrés.

     

    - Y a ti que te importa – dijo ya recuperado de todo – tú estarás haciendo la parte que te toca ¿no?.

     

    - Y tú no estarás en el hangar... – dejó caer Andrés.

     

    - ¡Qué hangar, hombre! ¿pero que dices...? no tengo más que hacer, además la clave la tenéis vosotros, estáis paranoicos, dais pena – dijo Ramón serio.

     

    Andrés se conformó, no parecían excusas, parecían broncas, esperaba que la noche le fuese bien antes de que volviese a casa.

     

    - Vale, vale... – se disculpó Andrés – ya nos vemos después.

     

    - No, yo voy para un hotel, si os tengo que aguantar a vosotros y a esas dos enloquezco, acabáis conmigo – dijo con cansancio.

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    En el fondo. Capítulo 39

    sábado, junio 13, 2009, 06:06 EST [General]

    Capítulo 39. Tejiendo la tela.

    Tenía que hacerse inseparable de su suegro, y localizar al tal Andrés; eso por una parte, por la otra tenía que llamar a Salva. Tenía que conseguir llegar al dinero antes que el concejal, porque una vez el concejal tocase el dinero ya no habría posibilidad de recuperarla. Le había parecido que su suegro no se fiaba mucho de Andrés, y no le extrañaba, eso sí, tenía la excusa perfecta para contactar con él, el caso de Salva, aquel que había tomado de oficio sin ningún ánimo le estaba reportando el beneficio de la oportunidad. Por un lado Sandra, por otro Salva y por otro Andrés.

    Salva descolgó el teléfono a la primera, estaba pendiente de la sentencia y no se podía permitir el lujo de no responderle. Le contestó con ansiedad, al principio Carlos ni se dio cuenta de la naturaleza del nerviosismo de Salva y sospechó que el sospechaba que lo sabía, menos mal que unos “que tal, bien” lo hicieron caer de la burra, porque ninguno daba soltado prenda. Salva porque no quería gafar la cosa, estaba convencido de que iba a ir a prisión, y Carlos no quería decir nada porque bien sabía que las aclaraciones no pedidas eran culpas admitidas y quería que el tema saliese con la naturalidad de aquel día en la cafetería. Consiguió que Salva quedase con él aquella noche, no le parecía una hora muy correcta, pero Salva se había puesto histérico y quería quedar ya.

    Lo de Andrés tenía que planearlo más, tenía que ir al despacho y buscar el teléfono de su abogado y con una excusa legal cualquiera ya lo liaba. Sí, lo tenía todo bien estudiado. Aventajaba a su suegro en que él conocía la parte actora sin necesidad de intermediarios, y aún así podía recurrir a ellos para marear la perdiz. En este punto del razonamiento pensó que igual era mejor mantener las distancias con el tal Andrés, no se fuese de la lengua con su suegro y descubriese el pastel antes de tiempo.

    Salva aprovechó la llamada de Carlos para escabullirse de las filloas, que llevaba toda la tarde dándole y ya no podía más con el dolor de pies, le iban a salir callos y eran muy difíciles de quitar, y se negaba a renunciar a sus pies perfectos. Tenía que admitir que en un primer momento le dio un ataque de pánico, ni se dio cuenta de que no eran horas de comunicaciones oficiales, pero el miedo no le dejó pensar con claridad. Tampoco le dejó pensar con claridad en lo extraño de la llamada, asumió que tenía que hablar de algo y punto, no le dio más vueltas.

    Carlos ya estaba en el bar, Salva casi ni lo reconoció, iba sin el traje de marca de siempre y sin la gomina que le fijaba aquel tupé algo pasado de moda a su modo de ver, dejándole un flequillo muy indi que le quitaba el aire de pijo estirado y lo dejaba en lo de pijo solo. Tenía su aquel, pensó perdiendo las preocupaciones de repente, se sentó a la mesa y comenzó una cordial conversación, basada en el cambio de look. Carlos recibió bien el tema, viendo que el histerismo había desaparecido, también se metió en la cordialidad y en la broma. Y entre broma y broma y aprovechando que Salva olía a filloas y que Salva dijo que estaba hasta el gorro de los turistas para sacar el tema del tesoro. Entre risa y risa y trivialidad y trivialidad Salva acabó soltándole todo el rollo, completamente todo, para matarlo. En su defensa pondremos que estaba eufórico y cansado, dos condiciones físicas que merman la atención, ya lo dicen en los anuncios de tráfico; tampoco tenía mucha relevancia porque Carlos pensó que lo de que el dinero quedara allí tirado en la calle era broma, sobre todo después de que también le contase que su mujer estaba durmiendo en una casa de la zona cero y eso sí que era increíble, con lo que tomó la declaración de su víctima con la debida precaución. Después bajaron a la zona de marcha, Salva porque ya había entrado en materia, Carlos por disimular.

    De metidos en faena le llevó exactamente un par de minutos despistarse y perder de vista a Salva, en realidad Salva fue quien se deshizo de él, sin intención, es que la noche lo absorbe. Carlos aprovechó para ir a mi casa, con toda la discreción de la que pudo echar mano, no porque le importase que lo viesen por allí, sino porque no quería encontrarse con Alicia, en el improbable caso de que fuese cierto que estuviese allí. Se sintió engañado cuando llegó y vio que no había nada en la calle, no había la fiesta que le Salva había descrito, ni las mesas, ni maletines, ni pinta de que los hubiese nunca. Por intentarlo, porque no creía que Salva lo engañase de esa manera, más que nada porque mentía muy mal y no le había notado tic ninguno, subió a mi piso, todo estaba en silencio. Puso la oreja, no llamó para ver si había alguien, seguía manteniendo la idea de un desagradable encuentro con Alicia. Conforme bajó fue entrando en todos los pisos por si habíamos subido la mercancía, sintió cierta desilusión al ver que no, pero también un poco de confianza al ver que el motor de tracción estaba allí, donde Salva había dicho.

    Con sentimientos encontrados volvió a la soledad de su casa, es lo que tiene la soledad mezclada con la noche, que deja volar a la cabeza con demasiada libertad. Echó mano de su maletín del trabajo, sacó de agenda y llamó al abogado de Andrés. Lógicamente el abogado le dio el teléfono, tenía mejores cosas que hacer que discutir a esas horas por semejante tontería y por semejante cliente, que le daba mucho a ganar, pero lo metía en cada fregado...

    Andrés descolgó porque pensó que era un cliente y lo de los helicópteros estaba medio solucionado, el mayor problema que tenía era aguantar a Alicia y tampoco le suponía mucho sacrificio. Carlos no planeó la estrategia antes de llamar, esta es otra de las cosas que tiene la nocturnidad sin alevosía, si es que siempre deberían ir juntas como buen agravante. Tartamudeó al principio, mal. Citó algunos puntos barra seis del Código Penal y, y Andrés se cansó de aguantarlo y le colgó. En ese momento se alegró de no haberle dicho su nombre, ni quien era, allá fue por la línea telefónica todo su prestigio profesional. Lo que sacó en limpio de la llamada, lo único y más importante fue esa voz femenina que se escuchaba de fondo tan familiar.

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    En el fondo. Capítulo 38

    domingo, junio 7, 2009, 02:56 EST [General]

    Capítulo 38. El bosque animado.

    - ¿Entonces de qué manera? – pregunté.

    - ¿Tú que crees? – respondió Ramón mirándome fijamente.

    - Hombre, con los antecedentes de todos vosotros seguramente que se equivocó el pobre y los metió, no sé que decirte, en su propio maletín – dije con ironía.

    - ¡Exacto! – dijo él, como si descubriese la pólvora.

    - La verdad es que era de esperar, ellas no pensarían en serio que el otro les iba a hacer el trabajo así como así – dije.

    Ramón pareció sorprenderse por mi desconfianza del tal cómplice y hasta llegó a decirme que era muy mal pensada, es que hay que escuchar cada cosa. La verdad es que para ser todos medio delincuentes eran una banda de aficionados.

    - Habrá que buscar al tal funcionario – dijo Ramón.

    - Habrá sí – dije.

    - Si salimos de aquí – dijo con mucha sorna mirando alrededor.

    La verdad, es que aunque lo dijese sin sorna tendría razón, no tenía ni idea de por donde andábamos, sólo que la marea estaba subiendo, y que nos estaba conduciendo cada vez más hacia el interior del bosque, por lógica tendría que echarnos hacia tierra firme, pero lo único que veíamos eran árboles y más árboles; hasta me dio por pensar que la ciudad había crecido. Cada vez la oscuridad era mayor, y el agua llegaba al talón.

    - ¿Cuánto más va a subir? – preguntó Ramón mirando al suelo – no tengo ganas de morir ahogado – dijo serio.

    - Si pudiera ver la hora te diría cuanto falta para que baje, pero la verdad s que no tengo ni idea, que no sé donde estamos ni por donde salir – dije sin intención.

    Sin intención de decirlo, porque lo que tenía en la cabeza para decir era alguna broma sobre lo cobardes que eran los hombres en cuanto los sacaban de su hábitat natural y ya veis lo que me salió. Por suerte la oscuridad tampoco me dejaba verle la cara, pero con esos suspiros hondos que daba, se le notaba que estaba enfadado y mucho, que por suerte también el tampoco me veía el pescuezo sino ya me habría estrangulado, que os lo digo yo.

    - Pues yo ya me harté de andar – dijo – así que vete buscando donde pasar la noche, que no ando más, leche.

    Esto último lo dijo elevando el volumen, sin disimulos, para que me fuese cayendo que estaba enfadado. Poco podía buscar, ya os digo que no se veía nada, ya casi no sentía los pies, porque en el ambiente hacía calor, pero el agua estaba muy fría y llevábamos un tiempo andando en mojado, ni distinguía cuando andaba seco. El paró, como los niños cuando dicen que no andan más para que los lleves en brazos. No sé si era eso lo que pretendía, mi intención desde luego no era, en todo caso al revés, que me llevase el a mí.

    - ¿Cuándo encuentres al funcionario que vas a hacer? – dije para distraerlo, para cortar aquel silencio tenso.

    El no dijo nada.

    Ví un claro, la luz de la luna dejaba ver una especie de peñasco, y fui hacia allí, no le dije nada, iba en plan exploradora, quería ver donde estábamos para soltárselo con naturalidad y no dar tanto la impresión de no tener ni idea como efectivamente no tenía. El vino detrás, sin respirar profundamente, ni ruido, de hecho pensé que había quedado abajo.

    - Pero ¿esto no es el dique de abrigo? – dijo Ramón detrás de mí.
    Sí que era, sí, estábamos en los peñascos del final del dique de abrigo, habíamos ido andando por los pantalanes y el tejido de las raíces de los árboles, imaginaba. Ramón se sentó calladito, sin ningún reproche. Yo me senté a su lado.

    - No sé – dijo.

    Lo miré sin saber de que hablaba.

    - Que no sé que haré cuando encuentre al funcionario – dijo  mirándome.

    - Fastidiarte, porque no creo que te dé las escrituras – dije.

    - Lo que no creo es que lo encuentre, también me extraña que María confiase en uno cualquiera, es raro – dijo sin ganas.

    - Lo que es raro es que no lo pensaseis antes, bueno, por lo menos quedáis con el dinero, los que quedéis – dije resentida.

    Me pasó el brazo por encima de los hombros y se acercó a mí.

    - Todavía estás enfadada – dijo sonriendo entre dientes.

    Ni le respondí, que si estoy enfadada dice el tío; si el enfado no me lo impidiese planearía allí mismo como robarle el dinero de nuevo a ver que tan bien le sentaba a él.

    - En este mundo hay más que dinero – dijo.

    No le di dos guantazos porque tenía un brazo inmobiliario y con lo otro no le llegaba a donde pretendía darle. Yo lo miraba de reojo, enfadada. Él me miraba de frente, él, que yo estaba de perfil. Se acercó un poco más.

    - Está bonita la noche ¿no? – dijo.
    Se acercó un poco más, su cara rozaba la mía. Yo lo miraba de reojo.

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