raquelcoutoantelo
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    En el fondo. Capítulo 39

    sábado, junio 13, 2009, 06:06 EST [General]

    Capítulo 39. Tejiendo la tela.

    Tenía que hacerse inseparable de su suegro, y localizar al tal Andrés; eso por una parte, por la otra tenía que llamar a Salva. Tenía que conseguir llegar al dinero antes que el concejal, porque una vez el concejal tocase el dinero ya no habría posibilidad de recuperarla. Le había parecido que su suegro no se fiaba mucho de Andrés, y no le extrañaba, eso sí, tenía la excusa perfecta para contactar con él, el caso de Salva, aquel que había tomado de oficio sin ningún ánimo le estaba reportando el beneficio de la oportunidad. Por un lado Sandra, por otro Salva y por otro Andrés.

    Salva descolgó el teléfono a la primera, estaba pendiente de la sentencia y no se podía permitir el lujo de no responderle. Le contestó con ansiedad, al principio Carlos ni se dio cuenta de la naturaleza del nerviosismo de Salva y sospechó que el sospechaba que lo sabía, menos mal que unos “que tal, bien” lo hicieron caer de la burra, porque ninguno daba soltado prenda. Salva porque no quería gafar la cosa, estaba convencido de que iba a ir a prisión, y Carlos no quería decir nada porque bien sabía que las aclaraciones no pedidas eran culpas admitidas y quería que el tema saliese con la naturalidad de aquel día en la cafetería. Consiguió que Salva quedase con él aquella noche, no le parecía una hora muy correcta, pero Salva se había puesto histérico y quería quedar ya.

    Lo de Andrés tenía que planearlo más, tenía que ir al despacho y buscar el teléfono de su abogado y con una excusa legal cualquiera ya lo liaba. Sí, lo tenía todo bien estudiado. Aventajaba a su suegro en que él conocía la parte actora sin necesidad de intermediarios, y aún así podía recurrir a ellos para marear la perdiz. En este punto del razonamiento pensó que igual era mejor mantener las distancias con el tal Andrés, no se fuese de la lengua con su suegro y descubriese el pastel antes de tiempo.

    Salva aprovechó la llamada de Carlos para escabullirse de las filloas, que llevaba toda la tarde dándole y ya no podía más con el dolor de pies, le iban a salir callos y eran muy difíciles de quitar, y se negaba a renunciar a sus pies perfectos. Tenía que admitir que en un primer momento le dio un ataque de pánico, ni se dio cuenta de que no eran horas de comunicaciones oficiales, pero el miedo no le dejó pensar con claridad. Tampoco le dejó pensar con claridad en lo extraño de la llamada, asumió que tenía que hablar de algo y punto, no le dio más vueltas.

    Carlos ya estaba en el bar, Salva casi ni lo reconoció, iba sin el traje de marca de siempre y sin la gomina que le fijaba aquel tupé algo pasado de moda a su modo de ver, dejándole un flequillo muy indi que le quitaba el aire de pijo estirado y lo dejaba en lo de pijo solo. Tenía su aquel, pensó perdiendo las preocupaciones de repente, se sentó a la mesa y comenzó una cordial conversación, basada en el cambio de look. Carlos recibió bien el tema, viendo que el histerismo había desaparecido, también se metió en la cordialidad y en la broma. Y entre broma y broma y aprovechando que Salva olía a filloas y que Salva dijo que estaba hasta el gorro de los turistas para sacar el tema del tesoro. Entre risa y risa y trivialidad y trivialidad Salva acabó soltándole todo el rollo, completamente todo, para matarlo. En su defensa pondremos que estaba eufórico y cansado, dos condiciones físicas que merman la atención, ya lo dicen en los anuncios de tráfico; tampoco tenía mucha relevancia porque Carlos pensó que lo de que el dinero quedara allí tirado en la calle era broma, sobre todo después de que también le contase que su mujer estaba durmiendo en una casa de la zona cero y eso sí que era increíble, con lo que tomó la declaración de su víctima con la debida precaución. Después bajaron a la zona de marcha, Salva porque ya había entrado en materia, Carlos por disimular.

    De metidos en faena le llevó exactamente un par de minutos despistarse y perder de vista a Salva, en realidad Salva fue quien se deshizo de él, sin intención, es que la noche lo absorbe. Carlos aprovechó para ir a mi casa, con toda la discreción de la que pudo echar mano, no porque le importase que lo viesen por allí, sino porque no quería encontrarse con Alicia, en el improbable caso de que fuese cierto que estuviese allí. Se sintió engañado cuando llegó y vio que no había nada en la calle, no había la fiesta que le Salva había descrito, ni las mesas, ni maletines, ni pinta de que los hubiese nunca. Por intentarlo, porque no creía que Salva lo engañase de esa manera, más que nada porque mentía muy mal y no le había notado tic ninguno, subió a mi piso, todo estaba en silencio. Puso la oreja, no llamó para ver si había alguien, seguía manteniendo la idea de un desagradable encuentro con Alicia. Conforme bajó fue entrando en todos los pisos por si habíamos subido la mercancía, sintió cierta desilusión al ver que no, pero también un poco de confianza al ver que el motor de tracción estaba allí, donde Salva había dicho.

    Con sentimientos encontrados volvió a la soledad de su casa, es lo que tiene la soledad mezclada con la noche, que deja volar a la cabeza con demasiada libertad. Echó mano de su maletín del trabajo, sacó de agenda y llamó al abogado de Andrés. Lógicamente el abogado le dio el teléfono, tenía mejores cosas que hacer que discutir a esas horas por semejante tontería y por semejante cliente, que le daba mucho a ganar, pero lo metía en cada fregado...

    Andrés descolgó porque pensó que era un cliente y lo de los helicópteros estaba medio solucionado, el mayor problema que tenía era aguantar a Alicia y tampoco le suponía mucho sacrificio. Carlos no planeó la estrategia antes de llamar, esta es otra de las cosas que tiene la nocturnidad sin alevosía, si es que siempre deberían ir juntas como buen agravante. Tartamudeó al principio, mal. Citó algunos puntos barra seis del Código Penal y, y Andrés se cansó de aguantarlo y le colgó. En ese momento se alegró de no haberle dicho su nombre, ni quien era, allá fue por la línea telefónica todo su prestigio profesional. Lo que sacó en limpio de la llamada, lo único y más importante fue esa voz femenina que se escuchaba de fondo tan familiar.

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    En el fondo. Capítulo 38

    domingo, junio 7, 2009, 02:56 EST [General]

    Capítulo 38. El bosque animado.

    - ¿Entonces de qué manera? – pregunté.

    - ¿Tú que crees? – respondió Ramón mirándome fijamente.

    - Hombre, con los antecedentes de todos vosotros seguramente que se equivocó el pobre y los metió, no sé que decirte, en su propio maletín – dije con ironía.

    - ¡Exacto! – dijo él, como si descubriese la pólvora.

    - La verdad es que era de esperar, ellas no pensarían en serio que el otro les iba a hacer el trabajo así como así – dije.

    Ramón pareció sorprenderse por mi desconfianza del tal cómplice y hasta llegó a decirme que era muy mal pensada, es que hay que escuchar cada cosa. La verdad es que para ser todos medio delincuentes eran una banda de aficionados.

    - Habrá que buscar al tal funcionario – dijo Ramón.

    - Habrá sí – dije.

    - Si salimos de aquí – dijo con mucha sorna mirando alrededor.

    La verdad, es que aunque lo dijese sin sorna tendría razón, no tenía ni idea de por donde andábamos, sólo que la marea estaba subiendo, y que nos estaba conduciendo cada vez más hacia el interior del bosque, por lógica tendría que echarnos hacia tierra firme, pero lo único que veíamos eran árboles y más árboles; hasta me dio por pensar que la ciudad había crecido. Cada vez la oscuridad era mayor, y el agua llegaba al talón.

    - ¿Cuánto más va a subir? – preguntó Ramón mirando al suelo – no tengo ganas de morir ahogado – dijo serio.

    - Si pudiera ver la hora te diría cuanto falta para que baje, pero la verdad s que no tengo ni idea, que no sé donde estamos ni por donde salir – dije sin intención.

    Sin intención de decirlo, porque lo que tenía en la cabeza para decir era alguna broma sobre lo cobardes que eran los hombres en cuanto los sacaban de su hábitat natural y ya veis lo que me salió. Por suerte la oscuridad tampoco me dejaba verle la cara, pero con esos suspiros hondos que daba, se le notaba que estaba enfadado y mucho, que por suerte también el tampoco me veía el pescuezo sino ya me habría estrangulado, que os lo digo yo.

    - Pues yo ya me harté de andar – dijo – así que vete buscando donde pasar la noche, que no ando más, leche.

    Esto último lo dijo elevando el volumen, sin disimulos, para que me fuese cayendo que estaba enfadado. Poco podía buscar, ya os digo que no se veía nada, ya casi no sentía los pies, porque en el ambiente hacía calor, pero el agua estaba muy fría y llevábamos un tiempo andando en mojado, ni distinguía cuando andaba seco. El paró, como los niños cuando dicen que no andan más para que los lleves en brazos. No sé si era eso lo que pretendía, mi intención desde luego no era, en todo caso al revés, que me llevase el a mí.

    - ¿Cuándo encuentres al funcionario que vas a hacer? – dije para distraerlo, para cortar aquel silencio tenso.

    El no dijo nada.

    Ví un claro, la luz de la luna dejaba ver una especie de peñasco, y fui hacia allí, no le dije nada, iba en plan exploradora, quería ver donde estábamos para soltárselo con naturalidad y no dar tanto la impresión de no tener ni idea como efectivamente no tenía. El vino detrás, sin respirar profundamente, ni ruido, de hecho pensé que había quedado abajo.

    - Pero ¿esto no es el dique de abrigo? – dijo Ramón detrás de mí.
    Sí que era, sí, estábamos en los peñascos del final del dique de abrigo, habíamos ido andando por los pantalanes y el tejido de las raíces de los árboles, imaginaba. Ramón se sentó calladito, sin ningún reproche. Yo me senté a su lado.

    - No sé – dijo.

    Lo miré sin saber de que hablaba.

    - Que no sé que haré cuando encuentre al funcionario – dijo  mirándome.

    - Fastidiarte, porque no creo que te dé las escrituras – dije.

    - Lo que no creo es que lo encuentre, también me extraña que María confiase en uno cualquiera, es raro – dijo sin ganas.

    - Lo que es raro es que no lo pensaseis antes, bueno, por lo menos quedáis con el dinero, los que quedéis – dije resentida.

    Me pasó el brazo por encima de los hombros y se acercó a mí.

    - Todavía estás enfadada – dijo sonriendo entre dientes.

    Ni le respondí, que si estoy enfadada dice el tío; si el enfado no me lo impidiese planearía allí mismo como robarle el dinero de nuevo a ver que tan bien le sentaba a él.

    - En este mundo hay más que dinero – dijo.

    No le di dos guantazos porque tenía un brazo inmobiliario y con lo otro no le llegaba a donde pretendía darle. Yo lo miraba de reojo, enfadada. Él me miraba de frente, él, que yo estaba de perfil. Se acercó un poco más.

    - Está bonita la noche ¿no? – dijo.
    Se acercó un poco más, su cara rozaba la mía. Yo lo miraba de reojo.

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    En el fondo. Capítulo 37

    sábado, mayo 30, 2009, 09:23 EST [General]

    Capítulo 37. ¿Que dijiste que dije?

    Fue todo el camino aparentando una tranquilidad que no tenía porque sabía que tenía que ser así, Ramón le había hablado muy serio y no convenía hacerlo enfadar, la última vez que le había hablado bajo acabó haciendo todas las redadas de los antros poligoneros de la Comunidad. Tranquilo, tranquilo pensó como desaparecer sin más; pero no pudo, Ramón lo llevó agarrado hasta mi calle y no lo dejó bajar hasta que Andrés y Paco estuvieron junto al coche.

    - Ya me contareis a que viene este numerito – dijo Alberto.

    - Este dice que te quieres escaquear – dijo Andrés señalando a Ramón.

    - No me voy a enrollar con el gay os pongáis como os pongáis, meted el dinero donde os quepa – gritó Alberto, hizo una pausa – mejor dadme el dinero que ya hice mi parte.

    - ¿Qué hiciste qué? – dijo Andrés alterado – no hiciste nada...

    - Bajad el volumen que nos va a escuchar – dijo Ramón.

    Después caminaron tan anchos hacia el puesto de filloas, Paco se había mantenido al margen de las discusión, él estaba pensando en Sandra, en que si lo miraba a los ojos descubriría que la estaba engañando y en como ordenar los pensamientos para que no lo descubriese. Y suspiraba cada vez que escuchaba mentalmente su nombre en boca de Sandra.

    En el momento en que Ramón se acercó a hablar conmigo Alberto dio un paso atrás para perder de vista a Salva, hasta pensó que Paco era un buen candidato cuando lo vio tan implicado probando las filloas. Y ya cuando Andrés pasó de todo y lo lió para marchar con las guapas aquellas por fin respiró tranquilo. Lo que duró. No fue mucho. Una llamada en el móvil le aclaró por fin todas las dudas, a parte de lo que se las aclaró ver por fin que una filloa era una filloa y punto. Ramón les dijo que la gallina, o sea yo, ya estaba en el gallinero, y que las alondras, o sea Sandra y Alicia ya estaban en el corral. Así mismo lo dijo. Alberto miró de reojo a Andrés.

    - A este aún le pesa no haber participado en la Operación Nécora – dijo con retranca.

    Andrés estaba apático, una vez había conseguido con quien pasar a noche ya tanto le daba que fuese Alicia u otra, en este caso era otra y tampoco veía la necesidad de cambiar de pareja en el medio de la noche. Pero la había. En es momento Andrés despachó a las guapas turistas y miró muy serio a Alberto para que se centrase en el tema.

    “Ahora nos toca a nosotros” dijo con voz solemne. Marcó un número de teléfono y decía cosas del tipo de “hélice oblicua” “media tonelada” “potencia máxima” “plegado en vertical” y cuando colgó dijo un “a ver si no tardan” y tiró de Alberto para fuera del bar, arrastrándolo de nuevo hacia donde estaban las mesas, mis mesas. Esa fue toda la explicación que recibió Alberto.

    Cuando llegaron la calle estaba completamente oscura, completamente en silencio, los faros del coche los avisaron con el tiempo justo de frenar. Alberto se alteró por el frenazo, por la oscuridad y por el silencio. Andrés ni caso le hizo. Alberto iba a encender la radio y un golpe en la mano le hizo darse cuenta de que Andrés no estaba por la labor, salió del coche, y pudo oler el mar. Miró alrededor nervioso, de repente pensó que el mar estaba a sus pies como un vacío traidor que lo iba a devorar en cuanto bajase la guarda, sólo veía en la línea de las luces del coche, las mesas y oscuridad.

    De repente escuchó un ruido intermitente y constante, a lo lejos, pensó que era su reloj, miró el pulso, no, el suyo era digital. Lo acercó a la oreja a lo mejor hacía ruido igual, el ruido se hizo más intenso, volvió a mirar su muñeca escandalizado, alarmado, con la rapidez que pudo desabrochó el cierre y tiró el reloj al suelo. Andrés miraba a la oscuridad sin entusiasmo, sin inmutarse.

    El ruido, ahora, ya era notorio, Alberto seguía mirando al suelo, espantado, esperando que de un momento a otro aquel reloj que había comprado e segunda mano a alguien desesperado estallase segándole la vida. Cerró los ojos, levantó la cabeza para oler el aire por última vez, olía a mar. Volvió a respirar, sintió paz en su interior y abrió los ojos, vio una luz cegadora, tal como la describían en los programas de misterios ocultos que escuchaban sus padres cuando era pequeño, no hablaban del ruido molesto que la acompañaba, pero eso debía ser la interferencia de aquel reloj que lejos de ser robado como siempre había sospechado, era de imitación. Se sintió engañado, no por lo del ruido, sino por los 30 euros que le pagó, que bien podía dar gracias el desgraciado que se lo vendió de que aquellos fuesen sus últimos momentos que si no ya le estaba partiendo la cara de una leche muy merecida.

    La luz fue bajando hasta el suelo, dejando de ser tan cegadora, dejando de estar encima de él, dejando a Alberto sin una experiencia mística de la Galicia profunda que contarle a sus padres.

    Andrés salió del coche sin ganas, igual que en todo el día, apático.

    - Ni que cobraseis por hora, sois más lentos que el caballo del malo – vomitó.

    - Tranquilo tío – dijo una figura saliendo de la luz, que diría Alberto, del helicóptero, que nosotras ya sabíamos que era un helicóptero - ¿los bultos son estos? Pues no era para tanto. Era suficiente con uno más pequeño ¿lo llevamos al almacén a la espera de nuevas instrucciones?

    - Sí – ordenó Andrés.

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    En el fondo. Capítulo 36

    sábado, mayo 23, 2009, 08:17 EST [General]

    Capítulo 36. ¿Qué dices que dijiste?

    “Pues a mi no me parece bien” dijo Alberto al escuchar el plan de Ramón, los otros se miraron entre si, lo dijo en serio, como si no lo viese claro. Ramón levantó la vista y lo miró tratando de averiguar los motivos por los que no le parecía bien, pero Alberto desvió la mirada. No le dio importancia y tanto a Paco como a Andrés les parecía bien el plan así que decidieron seguir adelante. Paco, lejos de tener alguna objeción estaba dando saltos de alegría, no le prestaba mentirle a Sandra pero era un mal menor comparado con un número indefinido de días a su lado. Para Andrés tener entretenida a Alicia no le iba a suponer mucho esfuerzo, pensaba que había perdido su encanto, que ya no había chispa entre ellos, pero ya se le ocurriría algo, si había que explotar lo de los cuernos pues lo haría pero Alicia volvía a caer o el dejaba de ser quien era.

    Alberto se levantó y marchó, fue a dar una vuelta, con amigos como aquellos quien necesitaba enemigos. Si, muy bien, Paco con Sandra, Andrés con Alicia y Ramón marchaba para el hotel para que tuviesen más sitio en el piso de Andrés, así quedaba el de carabina con el detective salido y la alegre divorciada y con la parejita de osos amorosos. Pues no estaba dispuesto a consentirlo. Y lo que más rabia le daba era que Ramón no se diese cuenta, que no pensase en el ni un segundo y lo que todavía lo ponía peor es que pensó primero en Paco.

    - ¿Se puede saber que te pasa? – dijo Ramón detrás de él.

     “¿Qué qué me pasa?” dijo Alberto enfurruñado, y Ramón lo miró con la cara que le ponía a los ligues cuando se les ponían de luna.

    - No me mires así que bien sabes de que te hablo – dijo Alberto indignado.

    Ramón abrió los ojos como platos, se centró un momento porque de verdad le estaba pareciendo una escena de celos de querida de la noche anterior.

    - ¿Pero es que no lo sabes? pues no esperes que te lo cuente yo, vete pensándolo – y echó a andar ligero dejando atrás a Ramón.

    Atrás y con la boca abierta.

    - Pues va listo, no tengo yo más en que pensar que en las paranoias de este – y volvió para su casa.

    Alberto siguió caminando un buen trozo, por supuesto ni se fijó por donde andaba, y se perdió, estaba claro que se iba a perder. Pero afortunadamente tenía móvil para llamar para que lo fuesen a buscar, porque el nombre de la calle de la casa de Andrés tampoco si se le ocurriese aprenderlo. Mientras esperaba a que Ramón llegase, y sería por la vergüenza de verse en esa situación, pensó en el plan desde otro punto de vista. Lo vio como un plan, de los de siempre, de los que tantas veces habían puesto en marcha. Y olvidó el tema de Paco, al final el había jugado el papel más importante, había conseguido infiltrarse con éxito dentro de nuestro grupo y nosotras no sospechábamos de él, cosa que no le extrañaba, porque era tan pardillo que nadie podía ponerle mala fe a lo que hacía. Sonrió, al final sonrió. Lo pensó desde el punto de vista del dinero y lo vio claro, no tenía mujer pero tampoco tenía trabajo que hacer, sólo dinero que cobrar.

    Ramón dio un frenazo cuando lo vio, estaba sentado en un portal y desde la calle casi ni se le veía la cabeza, pensó que había marchado y ni iba a parar.

    - Oyes, que adelante con el plan – dijo Alberto nada más entrar en el coche.

    - Pues me alegro de que pienses así, porque lo tenemos que poner en marcha hoy – dijo Ramón.

    - ¿Hoy? – preguntó Alberto sorprendido.

    - Sí, Paco llamó a Sandra para bajar a tomar algo y ella le dijo que Xiana y Salvador estaban haciendo filloas en la calle – dijo Ramón

    - Ah – dijo Alberto sin comprender.

    Ramón puso la radio y siguió conduciendo como si nada.

    - ¿Pero es que no me vas a decir que es eso de “hacer filloas en la calle”? ¿Que es, la contraseña del plan? ¿De que me estás hablando? ¿Es que ya no cuento para nada? – dijo Alberto histérico.

    Ramón apagó la radio y lo miró con el mirar ese de helar la sangre para que callase de una vez antes de que le hiciese tener la sensación aquella de amante de la noche anterior que le había hecho sentir hacía unas horas. Alberto lo entendió, no le hizo falta explicación ni aclaración alguna. Quedó calladito y mirando al frente como un niño bueno.

    - Por lo que dijo Paco, Sandra y Alicia están en el piso de Xiana, Andrés no está muy convencido de entrarle a Alicia con lo que de momento de las alondras se ocupará sólo Paco, y tú y yo tenemos que encargarnos de Xiana y de Salva, bueno yo de Xiana – dijo Ramón.

    - ¿Cómo que tú de Xiana? ¿Qué me estás contando, que me tengo que enrollar con el gay? – dijo Alberto volviendo al tono histérico - ¿y Andrés qué? ¿de rositas, agarra la pasta y punto?

    Ramón respiró profundamente.

    - Efectivamente Alberto, Andrés agarra la pasta, digo yo que si montamos esto es para robarles la pasta, alguien la tendrá que agarrar – dijo serio.

    - ¿Pero ya los tienen? – dijo Alberto emocionado - ¿ya los sacaron? ¿cuándo?

    - Pues no lo sé, sospechamos que sí, ya sabes lo rara que es la tipa esa – dijo Ramón.

    - ¿Quién, Xiana? – dijo Alberto despistado.

    - ¿Pero tú que tienes? ¿hay poco oxígeno para ti en Coruña o qué? – dijo Ramón de mal humor – Sandra, la que habló con Paco, la que le contó que los otros dos estaban haciendo filloas en la calle.

    - Vuelta a lo de las filloas en la calle ¿pero qué clase de metáfora es esa? – dijo Alberto.

    - ¡Qué metáfora ni que ocho cuartos! que montaron un chiringuito en la calle porque no daban subido al piso las mesas que sacaron del fondo y no las querían dejar solas en la calle, eso fue lo que le dijo Sandra a Paco, literalmente, ¿lo pillas? – dijo Ramón gritando.

    - ¿Y para que rayos quiere Xiana dos mesas, en su casa no le caben? – dijo Alberto.

    Ramón lo miró, paró en doble fila, apagó el coche, respiró profundamente y dijo muy tranquilo:

    - Tú vas a venir con nosotros y vas a hacer lo que te digamos y punto.

    Alberto lo miró sin comprender, pero muy consciente, “si hombre, que me voy a enrollar yo con el tal Salva, a la mínima que pueda me escaqueo y que monte este un trío si quiere” decía para sí mirando de reojo a Ramón, mientras arrancaba el coche.

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    En el fondo. Capítulo 35

    domingo, mayo 17, 2009, 05:31 EST [General]

    Capítulo 35. Perdid@s.

    Si la cara de los que se enfrentan por primera vez a la zona cero era de asombro, la de la gente que veía el bosque por primera vez era indescriptible. Imagino que la sensación es como cuando acabas de morir y descubres que puedes atravesar paredes o como cuando Neo jugaba con el espejo de metal líquido; esa sensación de cambiar de mundo, o dicho con más propiedad, de tener un pie en otro mundo.

    - ¿Pero que demonios? – dijo Ramón sin fuerzas para terminar la frase.

    El sol de la tarde casi no podía pasar entre las ramas de aquellos inmensos árboles. El tenía la excusa de ser novato en la materia yo no, y aun así cometí el mismo error que comete todo el mundo delante de aquel espectáculo, porque ese es el único nombre que le puede hacer justicia, espectáculo, de espectacular.

    - ¿Vamos? – pregunté desafiante.

    - ¿A dónde? – preguntó escandalizado.

    Cuando le dije que a dentro del bosque me miró con cara de niño asustado, una cara adorable, demasiada tentación para no caer en ella. Sin dejarle mucha alternativa comencé a adentrarme en la espesura. El miró hacia atrás, estudiando las alternativas, hasta me pareció ver como daba la vuelta, pero no. Volvió a mirarme y caminó indeciso hacia mi. Yo estaba segura, no sé muy bien porque, nunca me había metido sola en el bosque, ni recordaba la última vez que caminé entre los gigantes verdes, desde luego ni eran tan gigantes ni tantos como tenía delante en aquel momento; pero la debilidad de Ramón me hizo más fuerte, como un parásito que se alimenta de su anfitrión.

    Imagino que mi idea era asustarlo para que confesase todo lo que tuviese que confesar, al final era lo que hacían ellos, sólo que en lugar de encerrarlo en una habitación con espejo lo metí en el bosque animado. Y funcionó. La conversación era trivial, “esto es impresionante” “el suelo no parece muy firme” “que puro parece el aire” y sin que pueda determinar en que momento confesó que me había engañado, que Sandra estaba con Paco, retenida aunque ella no era muy consciente porque como estaban los dos con la tontería del enamoramiento había sido muy fácil engañarla. De Salva no me dijo nada, ni falta que hacía el muy desvergonzado andará con el cachimán aquel de los helicópteros. Me contó lo del maletín que buscaban y lo que había hecho con los que me había robado.

    - Pensé que habías dicho que los habías devuelto al fondo – dije.

    - Oficialmente sí, eso es lo que cree la concejala que hice, pero comprenderás que es una lástima tirar tanto dinero allá en el fondo, sobre todo pudiéndola tener a buen recaudo para disfrutar de una vejez tranquila.

    Me debió notar en la cara, en la mía la que tenía el, claro que comprendía, esa era la vejez que tenía planeada para mi, no te fastidia.

    - No me mires así – dijo en serio – no pretendía utilizarte.

    - ¡Ha! – me salió sin pensar.

    - En serio, repartimos el dinero entre los cuatro y ni toqué mi parte – dijo como con afectación.

    - Es que mucho tiempo no tuviste, aún no sé como os dio tiempo a contarlo para repartirlo – dije.

    El sonrió, sincero, me dijo entre risas que no lo habían contado, que lo habían repartido a ojo. Que graciosito el niño. Yo le dije que no iba a volver a bajar, que allí no quedaba nada, y que no me apetecía que me pillasen allí y pensasen que todo el dinero que se suponía que no había allí lo robara yo. Lo que me faltaba, hacer todo el trabajo, quedar sin nada y llevar todas las culpas. El dijo que lo comprendía, que Andrés también andaba algo preocupado por la reacción del concejal cuando se enterase de que faltaban los maletines, pero también dijo que se ocuparía de que fuese lo más tarde posible.

    Cambió el tono de su discurso, empezó a recordarme al primer Ramón que conocí, aquel tío divertido, espontáneo y sincero que te hacía sentir que lo conocías de toda la vida. Sí, vale, me volví a colgar por el. Sería la clorofila. Caí. Ya está. Una no es perfecta. El ensoñamiento del amor hizo que me desorientase más en el bosque y cualquier posibilidad de salir de allí que remotamente pudiese existir en mi cabeza se disipó automáticamente. No lo supe, lo de que estaba perdida, yo seguí andando en la nube de magia que me envolvía desde que entré en las tiendas centrales aquella tarde.

    - ¿Sabes? – dijo agarrándome del brazo para que lo mirase – creo que tienes razón.

    Lo miré sorprendido, no porque me diese la razón, que también, sino porque no sabía a que se refería.

    - Pensándolo bien, creo que tienes razón, que no quedó nada allí abajo – dijo mirando alrededor - ¿oyes, sabes hacia donde vamos, no?

    - Si, claro que lo sé – dije fingiendo seguridad, no tenía ni idea, pero me interesaba lo de que tenía razón.

    - Ella piensa que su cómplice metió los planos en uno de los maletines, que se confundió, y ahora mismo, si tengo que elegir entre que te engañes tú y que él se confundió, creo que elijo que él se confundió pero no de la manera que cree la concejala.






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