raquelcoutoantelo
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    En el fondo. Capítulo 46

    Saturday, August 1, 2009, 08:05 PM EST [General]

    Capítulo 46. Son todas las que están pero no están todas las que son.


    No la puse, porque arrancó y aquel cinturón de seguridad que parecía una cuerda no daba margen para tanta maniobra, pero la agarré como si mi vida dependiese de ella. Él no dijo nada hasta llegar a mi casa y yo tuve la precaución de no abrir la boca hasta tener a buen recaudo las escrituras.

    Se sentó en el sofá, estiró los brazos a lo largo del respaldo y se relajó, esperó un momento, cogió el mando, encendió la tele y estiró los pies encima de la mesita de centro. Como si estuviese en su casa, me importaría si no tuviese la urgencia de ir al cuarto de baño para sacar las escrituras del forro de la chaqueta y dejarlas a buen recaudo en algún escondite ingenioso, dentro del cuarto de baño la imaginación no podía correr mucho, porque no es que tuviese una trampilla secreta ni nada, así que traté de enroscarlas dentro del forro para conseguir sacarlas por el agujero de entrada, cosa que resultó difícil y mismo estuve a punto de descoser todo el forro, total el agujero se veía de todos modos. Las dejé debajo del armarito, no era demasiado ocurrente pero era lo que había. Lavé la cara y le eché algo de colonia a la chaqueta para que no oliese demasiado mal y salí a poner en su sitio al invasor.

    - No te pongas tan cómodo que no estás en tu casa – dije dándole la chaqueta.

    El la cogió y la puso en el brazo del sofá sin darle más importancia.

    - Saca los pies de la mesa – dije de nuevo.

    Sacó los pies y siguió viendo la tele. Me senté en el otro lado del sofá, él me miró y dio unos golpes a su lado para que me acercase. Estaba raro, me daba miedo, seguía pensando que sabía lo de las escrituras que le había robado y estaba disimulando para pillarme por el cuello y ahogarme hasta que confesase. Volvió a dar unos golpes para que me acercase. La segunda vez no me dio miedo ¿pero quien pensaba que era yo? ¿un perro?

    Me miró.

    - ¿Ya estás mejor? – preguntó.

    Lo preguntaba de buen rollo, o eso parecía.

    - ¿No te huele a colonia? O a eso que se le parece que usas tú – dijo, aparentemente sin maldad.

    Claro que a mi no me hizo gracia, era de garrafón, sí, pero una llega a donde llega, y oler olía bien. Él dio vueltas alrededor hasta localizar el olor, sin, incomprensiblemente, dar con la chaqueta que tenía pegadita a él. Y como no pareció dar encontrado la fuente del aroma se acercó a mí.

    - Eres tú – dijo.

    Imposible. Era la chaqueta.

    - No – dije.

    Él se acercó más para, según él comprobarlo, pero además de acercarse con la nariz lo hizo con la boca, con que igual lo de que se había puesto contento con lo de la chaqueta no lo había dicho por haber descubierto que le había robado las escrituras. Y la verdad es que debía ser contagioso porque conforme iba recorriendo el cuello a mi me subía la temperatura mucho, pero que mucho mucho.

    Y conforme iba bajando hacia el hombro y su mano iba desabrochando la blusa yo me iba abandonando a una sensación de placer que había tiempo que no experimentaba y sin pretenderlo mis manos le estaban sacando la camisa y desabrochándole el cinturón en una coreografía cómplice que acabó en el suelo un tiempo indefinido después.

    Mi corazón latía con fuerza y una cierta sensación de desazón me invadió, ojala fuese como con cualquier guapo de esos que tan pocas veces pasaban por mi vida, pues no, lo miraba tumbado en el suelo casi dormido y sólo tenía ganas de abrazarlo y decirle que no podía vivir sin él y todo eso que sabía perfectamente que era una tontería porque en dos minutos ya no lo soportaba.

    - ¿Qué vas a hacer con tu vida? – preguntó Ramón mirándome.

    Y ahí estaba, ya habían pasado los dos minutos. No le respondí, ni lo miré, si me enfadaba igual intentaba aprovecharme de su obvia vulnerabilidad en aquella situación y tampoco era o estilo caer tan bajo.

    - ¿En qué vas a gastar el dinero? – insistió.

    Respiré, por lo menos no iba por el camino del sermón de que vida tan perdida llevas.

    - Yo estoy pensando en volver – siguió hablando, tirado boca arriba y mirándome.

    ¿Volver? Volver.

    - Pero no sé si estoy preparado...

    No lo estaba, ya lo digo yo, todavía andaba con la tontería de la adolescencia y en cuanto se reencontrase con todas las ex y las nuevas se convirtiesen en ex también volvería a sentir claustrofobia y marcharía.

    - Todo está tan distinto, tan raro, es como empezar de nuevo y me gusta, me gustas tu, pero...

    - Pero no sabes cuanto te durará la novedad ¿no? – dije por abreviar.

    Y por fin se dio la vuelta hacia mi y me miró con dulcura, sin ofenderse.

    - Sí, justo, no sé si es todo adrenalina o si es de verdad – confesó.

    - Es adrenalina – dije.

    Y mal que me pesase dijo que sí con la cabeza, al final era una disculpa, un sustitutivo del clásico “esto fue lo que fue, no te vayas a creer que hay algo más”, pero con algo de clase.

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    En el fondo. Capítulo 45

    Saturday, July 25, 2009, 08:04 PM EST [General]

    Capítulo 45. Poder.

    Di abierto la puerta antes de que el coche empezase a andar y me tiré encima del asiento, mejor dicho, encima de la carpeta de las escrituras. Y ese fue el gran error de Ramón. Mejor dicho, esos fueron los dos grandes errores de Ramón. El de pasar de mi y el de dejar las escrituras a mi alcance. La verdad es que no tenía pensado hacer nada con ellas, desde que dejé el trabajo tenía un cierto nivel de alergia a los papeles, contratos, escrituras y cualquier cosa que dejase clara y manifiesta voluntad de compromiso. Pero me enfadó, no torcí un pie al entrar el en coche de milagro y eso había que pagarlo ¿quien pensaba él que era?

    Puse el cinturón a toda prisa porque arrancó de golpe y después fui tirando de el despacio para poder levantarme lo suficiente para coger la carpeta y una vez la tuve sobre mis rodillas sentí el Poder que me llamaba, que me cegaba. Ramón estaba demasiado concentrado pisando el acelerador para darse cuenta de lo que hacía. Abrí la carpeta con mucho cuidado, no quería hacer ningún movimiento brusco que delatase mi traición. Sin llegar a abrir del todo la carpeta fui mirando nombres y direcciones, sólo tomé tres, no estaba segura de cuales había seleccionado Ramón de la vez anterior, sólo sabía que no era ninguna de aquellas tres. Quería ganar tiempo, si elegía alguna de las que le interesaban me descubriría antes, y al final, con tres bien situadas podía hacer un buen negocio. Las saqué con mucho cuidado y ahí encontré el primer inconveniente. Sabía que lo de los papeles era un rollo, si fuese un cd o una memoria usb tenía bien donde esconderla, pero las escrituras eran un poco más difíciles. En un primer momento las escondí debajo de la carpeta a la espera de que me viniese una idea luminosa que no vino.

    Cuando el coche se detuvo estábamos delante de la casa de Andrés, me sorprendió porque pensaba que lo de las escrituras era un negocio particular e independiente de lo de los maletines. Ramón paró, apagó el coche, puso el freno de mano y la parcha y todo el repertorio. Salió del coche y marchó, ignorándome de nuevo. En esa ocasión no me enfadé, incluso me hice la sueca para ganar tiempo y esconder mi pequeño tesoro durante su ausencia. De repente volvió y casi me pilla con las manos en la masa.

    - Vengo ahora, no te preocupes – dijo con urgencia.

    Le dije que no con la cabeza poniendo una cara de inocente que si no tuviese tanta prisa bien se daría cuenta de que era falsa, pero su visita inesperada me sirvió para andar con más cuidado, esperé a que entrase en el edificio y sin apartar la vista del portal busqué donde esconder mis escrituras, que ya eran mías y muy mías. Revolví en la guantera, en los bolsillos de las puertas, por todas partes y no había nada que me pudiese servir, así que eché mano de la chaqueta que había en el asiento de atrás, era de Ramón, olía a una mezcla de tabaco, alcohol y colonia de marca. La puse y eso que hacía calor y la chaqueta era de traje. Descosí el forro a la altura de la axila, sólo un poco, lo suficiente para que entrasen las escrituras enrolladas, entraron y después las estiré. La verdad es que la chaqueta quedaba muy rígida pero no se notaba demasiado, a no ser que alguien me abrazase, claro. Volví a atar la carpeta y ensayé la postura más natural para cuando llegase Ramón, la excusa más lógica para llevar puesta la chaqueta.

    Entró con la misma energía con la que había salido. Se sentó y arrancó sin decir nada. Me miró y puso una cara rara pero no dijo nada.

    - ¿A dónde vamos? – pregunté.

    - Al descampado – dijo sin sacar la vista de la carretera.

    - ¿Tienes frío? – preguntó.

    - No, no – dije sin perder la concentración.

    ¿Frío? que iba a hacer, hacía calor de verano, el sol pegaba de frente, el coche no tenía aire acondicionado y las ventanillas estaban cerradas, y no olvidemos que llevaba puesta una chaqueta de traje, sumado todo eso al calor propio de los pensamientos impuros.

    - ¿Y la chaqueta? – insistió.

    - ¿Qué chaqueta? – dije a lo mío.

    - La que llevas puesta – dijo con tono dulce - ¿por que llevas puesta mi chaqueta si no tienes frío?

    En ese momento la sorprendida fui yo, esperaba que le pareciese mal que invadiese su chaqueta sin permiso, pero el tono de su voz no parecía ir por ahí.

    - No, sí, antes tenía, ya sabes de estar parada – dije torpemente, tratando de tapar unos agujeros por los que corría el agua a raudales – si te molesta la quito.

    - No, no, para nada, es que... – y ahí se calló.

    No dijo más hasta llegar al descampado. Era el descampado en el que había quedado con la Concejala de la otra vez. Miró el reloj y agarró la carpeta que contenía las escrituras. Sin mirarme. La abrió y como había hecho de la otra vez las extendió para seleccionar aquellas que le interesaban. Esta vez, en lugar de tirarlas en la cama las fue tirando encima de mi. La verdad es que a veces conseguía hacerme invisible. Sí. Se movía con rapidez, mirando el reloj a cada poco. Cuando tenía las escrituras que quería volvió a guardar las otras, ató la carpeta y mirando de nuevo el reloj respiró con alivio.

    - Así que le vas a dar las de verdad – dije.

    - Claro ¿qué esperabas? – respondió.

    - Que quedases con todo – dije.

    - ¿Qué pasa? Nunca has escuchado eso de que la avaricia rompe el saco – dijo sonriendo – no me compensa traicionarla.

    - Traicionarla de todo, querrás decir – corregí, haciendo referencia a las escrituras que había sacado del montón.

    - Estas forman parte del trato – dijo él.

    - Claro, por eso las sacas antes de que te las de ella, para ahorrarle trabajo – dije con malicia.

    - Claro – respondió sonriendo también con malicia.

    Al poco llegó el coche oficial y Ramón bajó con la carpeta y se la dio a la Concejala. Sentí un gran alivio porque dejó la puerta abierta y hacía corriente, con lo que los regueros de sudor dejarían de correr por mi cara.

    Se despidió de nuevo con un apretón de manos, la mujer tomó la carpeta con inseguridad, con cierta desconfianza diría yo. No tenía la misma cara de satisfacción que de la otra vez. ¿Serán las auténticas esta vez? parecía pasarle por la cabeza.

    - Vamos a tu casa – dijo Ramón con seguridad cuando volvió al coche.

    - ¿Y eso? – pregunté.

    - Y eso nada, tendremos que ir a algún sitio, digo yo, o quieres andar dando vueltas todo el día – esta vez lo dijo borde.


    De camino no habló, pero conducía con más tranquilidad.

    - ¿Porqué esas escrituras en concreto? – pregunté.

    Él conducía.

    - Pensé que lo de las escrituras era un negocio tuyo particular ¿no decías que tanto necesitabas a alguien en quien confiar? – seguí preguntando.

    Él conducía.

    - ¿Sandra está en la de Andrés?

    Él conducía.

    Paré de hablar porque a punto estuve de confesarle que le había robado tres escrituras con tal de que dijese algo. Me estaba poniendo nerviosa, ni siquiera respiraba perdiendo la paciencia como siempre que lo ponía de malas. De repente paró, aparcó en doble fila y me miró.

    - Saca la chaqueta – ordenó.

    - ¿Qué? – dije con voz de pito, tratando de no delatarme más de lo que mi voz había hecho.

    - Es imposible que no tengas calor, estás sudando, yo estoy sudando, saca la chaqueta – volvió a decir con tono firme.

    - Pero... – dije sin que me saliese ninguna excusa, porque sudar sudaba como el antes de un anuncio de desodorante.

    Me miraba serio, yo no sabía que hacer, tampoco es que me importase mucho que me descubriese, bien sabía él que por muy poco de fiar que fuese era lo mejor que tenía, eso me había dicho y de cualquier manera bien merecía aquella pequeña ración de beneficio.

    Salió del coche y respiró hondo. Dio la vuelta alrededor y vino por mi lado. Abrió la puerta y dijo.

    - Me estás poniendo cachondo con la condenada chaqueta, sácala de una vez – ordenó serio.

    La saqué y tanto que la saqué, si fuese lista no lo habría hecho, aprovecharía la ocasión; pero parecía tan afectado y tan sincero que lo hice. Se la di, el la agarró y volvió a su lado, la tiró en el asiento de atrás, se sentó y arrancó de nuevo.

    - Gracias – dijo superando el agobio.

    Miraba para otro lado, para que no me viese sonriendo, después de todo aún tenía mi aquel... o era tonta de remate y le había devuelto las escrituras sin oponer resistencia, al final él se ponía cachondo con cualquier cosa, ya tenía que estar acostumbrado, porqué le iba a causar tanta angustia. Lo miré. Lo miré fijamente. Muy fijamente. El volvió a parar el coche.

    - Está bien – dijo estirando el brazo hacia el asiento de atrás, agarrando la chaqueta y tirándomela – no sé para que te dije nada, tampoco es para tanto...






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    En el fondo. Capítulo 44

    Saturday, July 18, 2009, 08:10 PM EST [General]

    Capítulo 44. Argimiro reload.

    Ramón conducía como un psicópata farfullando por lo bajo cosas del tipo “como se entere la concejala” “la madre que lo parió” “le voy a partir las piernas” y así sucesivamente y sin interrupción hasta que llegamos a casa de Arguimiro. Yo me reía por dentro, pero que bien nos la había jugado el Arguimiro. Dio un frenazo seco que casi hace saltar el airbag, salió corriendo del coche sin esperar por mi, se lanzó sobre la puerta y cuando se cansó, es decir, dos milésimas de segundo después de salir del coche, sacó la pistola y pegó dos tiros que me dejaron más seca que el frenazo.

    No, no es que los tiros me los pegase a mi, se los pegó a la cerradura. La puerta se abrió tímida y Arguimiro y su mujer se asomaron por la ventana abrazados uno a la otra con la misma cara de pocacosa que tenían en la anterior visita y sin aparentar pánico por lo que acababa de suceder, como si no hubiesen escuchado los disparos o fuese de lo más normal del mundo. Ramón entró y yo salí del coche, sin prisa, debí salir a toda prisa para decirle que tuviese algo de sentido, que no hiciese tal, vamos, para hacerlo entrar en razón, pero en el fondo estaba disfrutando con el espectáculo y al final Arguimiro había tenido la sangre fría de engañarlo que tragase con las consecuencias y si Ramón lo mataba tenía licencia de armas así que también era grande para asumir sus culpas y el que le dio la licencia lo mismo.

    Cuando llegué dentro el matrimonio lloraba como en el entierro de la sardina, muy alto pero sin ningún sentimiento. Ramón tenía los ojos encendidos, los apuntaba con la pistola con pulso firme, parecía otra persona, parecía una película. Me dijo que registrase todo para hasta encontrar las escrituras. No me gustó que me diese órdenes de aquella manera, así que le dije que lo hiciese él, que no era su criada, que estaba muy subido el chico. Me miró con sus ojos encendidos y me apuntó con la pistola, a mi, Arguimiro miró de reojo a la puerta pero se dio cuenta de que lo estaba viendo y se arrepintió. Ramón se tomó a mal que no me desmayase ante su autoridad y se encendió aún más, pero como vio que seguía sin hacerme andar le puso el seguro a la pistola y miró a la parejita.

    - ¿Dónde demonios están? – gritó.

    Arguimiro miró a su mujer y ella a él, pero soltar no soltaron ni una palabra, ni sus miradas delataron el escondite. Pero pese a la falta de colaboración general que había en aquel salón Ramón no desistió, se acercó con pase decidido a una figura que había en el mueble, la agarró y la tiró al suelo haciéndola añicos. Ellos se miraron de nuevo sin ceder. Entonces Ramón agarró otra que tenía pinta de ser más cara todavía y le dio el mismo fin. Y lo mismo hizo con toda la decoración del mueble del salón de clase media sin que el matrimonio se inmutase hasta que abrió la puerta acristalada y agarró un plato con bordes dorados y unas finas flores azules con hojas verdes que formaba parte de una vajilla que ocupaba varios estantes. No le hizo falta ni acabar de poner los dedos sobre la fina porcelana, la mujer se le tiró a los pies, en sentido figurado, y le suplicó que no lo rompiese. Ramón hizo como que pasaba de ella y sacó el plato de su sitio, lo izó haciendo que tomaba fuerza y miró a Arguimiro. Arguimiro miró a su mujer que lloraba, ahora en serio, en serio de verdad, con desesperación desesperada, y en milésimas de segundo Ramón tenía las escrituras en la mano sustituyendo al plato de porcelana.

    Ramón soltó el plato porque quería agarrar el fajo de escrituras con las dos manos para asegurarse que esta vez no lo vacilaban. Se sentó en el sofá y abrió la carpeta, miró una a una todas las escrituras, esta vez hizo un análisis más pormenorizado, no para verificar la autenticidad que de eso tenía tanta idea como yo; es decir, ninguna; sino para analizar las reacciones de la parejita. La mujer seguía llorando desesperada mirando los platos de la estantería y su marido la estaba consolando, ni una simple mirada a Ramón, ni una esperando por la bendición, ni una de “está colando”. Nada, lo único que les preocupaba era volver a colocar el plato en la misma posición en la que estaba unos minutos antes de aquel desafortunado suceso que les costaría olvidar.

    Ramón quedó conforme y marchó, sin decirme el clásico “venga” ni nada, salió y yo detrás porque allí no hacía nada. Entró en el coche y arrancó aún sin esperar a tenerme dentro.


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    En el fondo. Capítulo 43

    Friday, July 10, 2009, 08:50 PM EST [General]

    Capítulo 43. Argimiro disconection.

    Íbamos callados, yo no hablaba porque no tenía nada que decir y Ramón no hablaba porque iba tan lleno que no daba a basto. En los semáforos echaba un ojo al asiento de atrás para asegurarse de que la carpeta estaba en el asiento y sonreía con satisfacción. Fuimos a su hotel, aparcó en el garaje y subimos por el montacargas, que para ser un hotel tan fino ya podía tener algo más adecuado.

    - No, es que el ascensor llega al vestíbulo y no quiero que nos vean – dijo Ramón.

    No sé a que venía tanto secreto, la carpeta no llevaba un letrero grande y luminoso que pusiera “escrituras robadas”, pero cada quien tenía sus paranoias. La mía era que no me fiaba de él, pero como también dijo, con eso ya contaba, él y yo.

    Tan pronto como entramos en el cuarto, tiró las llaves en la cama, cerró las persianas, encendió las luces, si debió hacerlo al revés, pero era su cuarto y él decidía. cuando ya no entraba la luz del día se sentó en la cama y abrió la carpeta, era una de esas carpetas de acordeón que debía pesar mucho porque era gorda como uno de esos diccionarios enciclopédicos de páginas ultrafinas. Extendió parte de las escrituras encima de la cama, buscaba unas en concreto, porque el resto las seguía dejando en la carpeta. Me senté en una silla que había cerca de la puerta, no sabía si acercarme, y dado que él no me invitó y que en ciertos asuntos cuanto menos se sepa mejor, decidí que lo mejor era no hacerlo.

    Le llevó tiempo elegir las que buscaba, eran pocas, unas veinte, las revisó de nuevo, y las dejó en la mesilla de noche. Después agarró la carpeta, ató el lazo rojo que la cerraba y la ató. Se levantó, me dio las escrituras que tenía encima de la mesilla y me dijo que se las guardase, que no las podía dejar en el hotel. Entonces amablemente me invitó a marchar al tiempo que el marchaba llevando consigo la carpeta gorda. Me hizo volver a bajar por el montacargas y salir del garaje a pie, ni en coche me sacó, apestaba a cerrado, a gasolina sin plomo y a rueda quemada y sí, tuve que salir por mi propio pie.

    Cuando llegué a mi casa eché una siesta, me dolía todo, porque dormir a la luz de las estrellas puede ser muy romántico pero malísimo para la espalda. Era de noche cuando desperté, todo estaba en silencio, no tenía llamadas perdidas en el teléfono y nada que hacer en la agenda, nada que hacer, que agenda no llevaba. Entonces, por pasar el tiempo mientras escuchaba las últimas novedades del corazón, tomé las escrituras que me había dado Ramón, no me parecieron interesantes, eran locales del centro, unos la antigua San Andrés, otros de cerca de las tiendas centrales y alguno de la Marina. Pero ni eran grandes superficies ni los antiguos propietarios tenían nombre reconocido. Las miré bien, con calma por ver que tenía de interesante el tema, las hojas estaban resecas, tenía que ir mojando el dedo a cada poco para dar pasado las páginas, me dio un poco de asco, porque siempre recordaba dos cosas al hacer este gesto, una “el nombre de la rosa” y la otra “sabediós donde habían estado aquellos papeles”.

    En el papel iba quedando la marca húmeda de mi índice, y curiosamente mi dedo iba adquiriendo un sospechoso color negro, “veneno” pensé, “no, eso sería azul” imaginaba porque en las pelis siempre aparecía azul. Miré el papel, no sin cierto pánico, y vi, con más tranquilidad que las letras estaban emborronadas, buena cosa desde el punto de vista de la salud, pero no tan buena desde el punto de vista de las escrituras. ¿Cómo era posible que en unas escrituras hechas con máquina de escribir, de aquellas que había antes que dejaban marca aunque quedara poca tinta, de aquellas que tenían una espantosa mesita metálica de ruedas que pesaba un quintal, se borrasen las letras? ¿Cómo era posible? Volví a mirar todas las páginas, en aquel momento estaba más preocupada por descubrir el misterio de las letras borrosas que por las consecuencias de medio destruir las escrituras que Ramón tanto ansiaba. El papel parecía normal, no olía a nada inusual, y la letra, efectivamente parecía de máquina de escribir, no había rayas negras cerca del borde que delatasen una fotocopia y poco más podía hacer, una veía CSI, pero tenía carencia de medios.

    Tan entretenida estaba que ni escuché lo que debieron ser los primeros golpes de Ramón en la puerta, lo digo porque los que sí escuché eran muy violentos y la cara que tenía era de llevar allí bastante tiempo y de estar pensando en que me había fugado al Caribe con las famosas escrituras.

    - ¿Qué demonios pasa? – pregunté empleando el ataque como defensa.

    - Nada – respondió seco – nada.

    Y me apartó de la puerta para entrar, no me dejé, que en el hotel me había hecho entrar por el montacargas y lo iba a hacer sufrir. Poco porque de seco pasó a serio y de ahí a una expresión que no me gustó, aparté la mano y pasó todo eléctrico buscando las escrituras, no me lo dijo, lo levaba escrito en la cara. Cuando las vio allí extendidas me miró censurándome, y cuando se dio cuenta de que además de estar extendidas estaban emborronadas, lo primero que hizo fue venir hacia mi y mirarme las manos, en mi eso seria una conducta muy deductiva, en él era defecto profesional y falta de confianza. Empezó a gritar todo histérico, a pasear de un lado a otro como si estuviese de parto, hizo aquella respiración relajante que hacía él para llenarse de paciencia y volvió a mirar las escrituras.

    - Bueno, se leen bien igual – dijo por fin.

    - Si, se leen – dije con sorna.

    Él no se percató de la intención de mis tres palabras, pero insistí, que si no es muy raro que se emborronasen las letras, que si serán auténticas, que si el pocacosa del Arguimiro había empleado la táctica de dar pena de los vendedores ambulantes, que si tal y que si lo otro y tardó en hacerme caso, como si mis palabras le retumbasen dentro de la cabeza y el eco tardase en llegar. Cuando llegó levantó la vista y me miró como si acabase de descubrir la cosa más grande del mundo. Dejó las escrituras extendidas como estaban, me agarró del brazo y corrimos escaleras abajo.

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    En el fondo. Capítulo 42

    Saturday, July 4, 2009, 09:01 PM EST [General]

    Capítulo 42. Argimiro conection.

    - Pues andando – dijo Ramón, señalando al coche para que subiese.

    Arguimiro bajó las manos muy despacio, desconfiando de que fuese una maniobra de despiste para pillarlo desprevenido y asestarle un buen guantazo y no se convenció hasta que Ramón echó a andar y le abrió la puerta. Supongo que pensaría que aquel descampado no era lo último que quería ver en aquel amanecer soleado. En el coche no habló, estaba quieto como si estuviese sentenciado y el cinturón de seguridad fuese la cadena. Ramón, que lo sabía todo, fue hacia su casa, aparcó y miró a Arguimiro.

    - ¿Es aquí, no? – preguntó Ramón con chulería.

    Arguimiro asintió con la cabeza, era un chalet adosado de color salmón standard, y con un tendal de esos plegables en el porche. También tardó al salir del coche, estaba claro que no le apetecía soltar la gallina, pero no le quedaba otra, Ramón tenía aquella determinación en la mirada que le devolvía el encanto de otros tiempos.

    Arguimiro era un funcionario de los funcionarios grises de toda la vida que había entrado en el cuerpo por enchufe, como debía ser. Tampoco tenía demasiadas aspiraciones, nunca se había presentado en ninguna lista del partido por mucho que le insistieron, ni participó en ninguna intriga por muy grande que fuera la cantidad escrita en el cheque. Era una hormiguita ahorradora que se conformaba con trabajar poco, pasar mucho tiempo con la familia y tener un hobby no demasiado caro que le permitiese desconectar de la familia y del trabajo. Estaba curado de espanto y los veía venir en cuanto le preguntaban por su nieta, que era su orgullo y de la que no dejaba de hablar y la causa principal de que le rehuyesen a la hora del café; y también el indicador de cuando querían algo de él.

    Y claro, en aquellos momentos turbulentos de maletines y escrituras era del único que se fiaban, le había llevado años ganarse aquella fama de hombre íntegro y aunque no lo había hecho con esa intención le iba a salir más rentable que todas aquellas limosnas que osaban llamar sobornos que le habían ofrecido en sus años de servicio. Tenía de él en un mismo día un camión lleno de euros y unas escrituras que iban a valer tanto o más que los euros. Bien sabía que los billetes llevaban la marca de agua, que tampoco era fe ciega lo que tenían en él; pero también sabía que apretarle las tuercas sería admitir demasiado. En lo de las escrituras dudó más, no le vio la rentabilidad tan rápido, de hecho fue su mujer por teléfono quien le dijo que se las llevase que nunca se sabía y que poco sitio ocupaban. Pensó que, como siempre, tenía razón, así que tomó una de aquellas carpetas que habían sobrado de alguna subvención europea y guardó las escrituras, metió el dinero en una caja de papel para reciclar, unos cientos de fajos. Empezó por su parte, después se puso con los maletines que iban a enterrar y a cada poco iba a su caja de cartón, despegaba la cinta de embalar gastada y olía el aroma de los euros y sonreía con malicia.

    Nadie desconfió de él, cuando las concejalas le preguntaron por las escrituras puso aquella cara de los lunes de no enterarse de nada y les coló todo lo que quiso. Cuando vinieron por los maletines del dinero ni se molestaron en contarlos, ni en abrirlos por si iban vacíos, en ese momento pensó que había robado poco, pero también que había que ser prudente y volvió a poner cara de malicia.

    Durante mucho tiempo estuvo yendo al trabajo como todos los días sin alterar en nada su vida, ni caer en lujos excesivos ni darse a notar. Después se jubiló y perdió el contacto con la gente del Ayuntamiento y en ese momento fue cuando aprovechó para ir forjando lo que sería su retiro en una isla que había comprado en el Caribe, sólo quedaban unos meses para que comenzasen las obras y las escrituras valiesen el futuro de sus hijos, de su nieta y de ellos mismos aunque viviesen mil años.

    Ni se puso nervioso cuando la Concejala lo llamó para decirle que no habían encontrado el maletín allá abajo, aunque le sorprendió que lo localizasen y que se molestasen en buscarlas, pensaba que no les duraría el interés tanto tiempo, que estarían entretenidos en otras cosas. Simplemente le dijo que tenía que estar, que si no la habría llevado otro. Pero de nuevo su mujer estuvo a la que salta y sugirió que hiciese unas copias por si llegaba el momento de confesar. Las escrituras originales estaban en la carpeta donde guardaban la escritura del chalet, los papeles de la isla, el libro de familia y alguna postal de las américas de algún tío díscolo. Y allí seguirían mezcladas con la insignificancia familiar. Las otras estaban en la caja fuerte que venía de obra en el chalet, junto con el reloj de oro de cuando lo jubilaron, el collar de perlas y alguna otra joya de la familia de su mujer.

    Arguimiro se nos adelantó y echó a un lado el tendal y abrió la puerta con aquella parsimonia de funcionario y con aquel ánimo de poca cosa que me hacía sentir algo de pena por él. Al abrir la puerta asomó su mujer en zapatillas,  delantal y con una cara de poca cosa como la de Arguimiro; nos miró como si fuésemos de Hacienda y agarró a su marido por el brazo para darle ánimos. Le acarició la mano y fue al salón, como el de sólo ante el peligro. Su mujer quedó apoyada en el quicio de la puerta de la cocina con aire afligido viéndonos ir detrás de su marido.

    En el salón nos dijo que nos sentásemos y mientras bajaba un cuadro de un ramo de rosas rojas y azules. Su mujer nos ofreció un café que rechazamos, Ramón porque estaba entretenido observando a su marido, yo porque estaba entretenida observando a Ramón. Sin duda, a mi manera de ver, había recobrado el encanto de otro tiempo. El cuadro dejó a la vista la caja fuerte, Arguimiro se puso delante para que no viésemos que números hacían click cuando daba vueltas la ruedecita. Por fin se abrió y sacó una carpeta atada con un lazo granate. La puso encima de la mesa de centro, abrió el lazo y se la dio a Ramón.

    Ramón la abrió, no porque desconfiase de Arguimiro, tenía tanta fe en su actitud de tipo duro de película que ni se le había pasado por la cabeza que el ningundis nos estuviese engañando. Pero la abrió, tocó el papel, revisó los cuños y los timbres de las escrituras y las puso al trasluz no sé muy bien para qué, porque no tenían marca de agua de esa ni serigrafía. Me miró con satisfacción y ató el lazo granate de nuevo. Le hizo un gesto a Arguimiro para darle la conformidad y nos marchamos de la casa. Arguimiro seguía manteniendo aquella mirada de gatito asustado que me conmovía.

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