raquelcoutoantelo
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    En el fondo. Capítulo 44

    sábado, julio 18, 2009, 08:10 EST [General]

    Capítulo 44. Argimiro reload.

    Ramón conducía como un psicópata farfullando por lo bajo cosas del tipo “como se entere la concejala” “la madre que lo parió” “le voy a partir las piernas” y así sucesivamente y sin interrupción hasta que llegamos a casa de Arguimiro. Yo me reía por dentro, pero que bien nos la había jugado el Arguimiro. Dio un frenazo seco que casi hace saltar el airbag, salió corriendo del coche sin esperar por mi, se lanzó sobre la puerta y cuando se cansó, es decir, dos milésimas de segundo después de salir del coche, sacó la pistola y pegó dos tiros que me dejaron más seca que el frenazo.

    No, no es que los tiros me los pegase a mi, se los pegó a la cerradura. La puerta se abrió tímida y Arguimiro y su mujer se asomaron por la ventana abrazados uno a la otra con la misma cara de pocacosa que tenían en la anterior visita y sin aparentar pánico por lo que acababa de suceder, como si no hubiesen escuchado los disparos o fuese de lo más normal del mundo. Ramón entró y yo salí del coche, sin prisa, debí salir a toda prisa para decirle que tuviese algo de sentido, que no hiciese tal, vamos, para hacerlo entrar en razón, pero en el fondo estaba disfrutando con el espectáculo y al final Arguimiro había tenido la sangre fría de engañarlo que tragase con las consecuencias y si Ramón lo mataba tenía licencia de armas así que también era grande para asumir sus culpas y el que le dio la licencia lo mismo.

    Cuando llegué dentro el matrimonio lloraba como en el entierro de la sardina, muy alto pero sin ningún sentimiento. Ramón tenía los ojos encendidos, los apuntaba con la pistola con pulso firme, parecía otra persona, parecía una película. Me dijo que registrase todo para hasta encontrar las escrituras. No me gustó que me diese órdenes de aquella manera, así que le dije que lo hiciese él, que no era su criada, que estaba muy subido el chico. Me miró con sus ojos encendidos y me apuntó con la pistola, a mi, Arguimiro miró de reojo a la puerta pero se dio cuenta de que lo estaba viendo y se arrepintió. Ramón se tomó a mal que no me desmayase ante su autoridad y se encendió aún más, pero como vio que seguía sin hacerme andar le puso el seguro a la pistola y miró a la parejita.

    - ¿Dónde demonios están? – gritó.

    Arguimiro miró a su mujer y ella a él, pero soltar no soltaron ni una palabra, ni sus miradas delataron el escondite. Pero pese a la falta de colaboración general que había en aquel salón Ramón no desistió, se acercó con pase decidido a una figura que había en el mueble, la agarró y la tiró al suelo haciéndola añicos. Ellos se miraron de nuevo sin ceder. Entonces Ramón agarró otra que tenía pinta de ser más cara todavía y le dio el mismo fin. Y lo mismo hizo con toda la decoración del mueble del salón de clase media sin que el matrimonio se inmutase hasta que abrió la puerta acristalada y agarró un plato con bordes dorados y unas finas flores azules con hojas verdes que formaba parte de una vajilla que ocupaba varios estantes. No le hizo falta ni acabar de poner los dedos sobre la fina porcelana, la mujer se le tiró a los pies, en sentido figurado, y le suplicó que no lo rompiese. Ramón hizo como que pasaba de ella y sacó el plato de su sitio, lo izó haciendo que tomaba fuerza y miró a Arguimiro. Arguimiro miró a su mujer que lloraba, ahora en serio, en serio de verdad, con desesperación desesperada, y en milésimas de segundo Ramón tenía las escrituras en la mano sustituyendo al plato de porcelana.

    Ramón soltó el plato porque quería agarrar el fajo de escrituras con las dos manos para asegurarse que esta vez no lo vacilaban. Se sentó en el sofá y abrió la carpeta, miró una a una todas las escrituras, esta vez hizo un análisis más pormenorizado, no para verificar la autenticidad que de eso tenía tanta idea como yo; es decir, ninguna; sino para analizar las reacciones de la parejita. La mujer seguía llorando desesperada mirando los platos de la estantería y su marido la estaba consolando, ni una simple mirada a Ramón, ni una esperando por la bendición, ni una de “está colando”. Nada, lo único que les preocupaba era volver a colocar el plato en la misma posición en la que estaba unos minutos antes de aquel desafortunado suceso que les costaría olvidar.

    Ramón quedó conforme y marchó, sin decirme el clásico “venga” ni nada, salió y yo detrás porque allí no hacía nada. Entró en el coche y arrancó aún sin esperar a tenerme dentro.


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    En el fondo. Capítulo 43

    viernes, julio 10, 2009, 08:50 EST [General]

    Capítulo 43. Argimiro disconection.

    Íbamos callados, yo no hablaba porque no tenía nada que decir y Ramón no hablaba porque iba tan lleno que no daba a basto. En los semáforos echaba un ojo al asiento de atrás para asegurarse de que la carpeta estaba en el asiento y sonreía con satisfacción. Fuimos a su hotel, aparcó en el garaje y subimos por el montacargas, que para ser un hotel tan fino ya podía tener algo más adecuado.

    - No, es que el ascensor llega al vestíbulo y no quiero que nos vean – dijo Ramón.

    No sé a que venía tanto secreto, la carpeta no llevaba un letrero grande y luminoso que pusiera “escrituras robadas”, pero cada quien tenía sus paranoias. La mía era que no me fiaba de él, pero como también dijo, con eso ya contaba, él y yo.

    Tan pronto como entramos en el cuarto, tiró las llaves en la cama, cerró las persianas, encendió las luces, si debió hacerlo al revés, pero era su cuarto y él decidía. cuando ya no entraba la luz del día se sentó en la cama y abrió la carpeta, era una de esas carpetas de acordeón que debía pesar mucho porque era gorda como uno de esos diccionarios enciclopédicos de páginas ultrafinas. Extendió parte de las escrituras encima de la cama, buscaba unas en concreto, porque el resto las seguía dejando en la carpeta. Me senté en una silla que había cerca de la puerta, no sabía si acercarme, y dado que él no me invitó y que en ciertos asuntos cuanto menos se sepa mejor, decidí que lo mejor era no hacerlo.

    Le llevó tiempo elegir las que buscaba, eran pocas, unas veinte, las revisó de nuevo, y las dejó en la mesilla de noche. Después agarró la carpeta, ató el lazo rojo que la cerraba y la ató. Se levantó, me dio las escrituras que tenía encima de la mesilla y me dijo que se las guardase, que no las podía dejar en el hotel. Entonces amablemente me invitó a marchar al tiempo que el marchaba llevando consigo la carpeta gorda. Me hizo volver a bajar por el montacargas y salir del garaje a pie, ni en coche me sacó, apestaba a cerrado, a gasolina sin plomo y a rueda quemada y sí, tuve que salir por mi propio pie.

    Cuando llegué a mi casa eché una siesta, me dolía todo, porque dormir a la luz de las estrellas puede ser muy romántico pero malísimo para la espalda. Era de noche cuando desperté, todo estaba en silencio, no tenía llamadas perdidas en el teléfono y nada que hacer en la agenda, nada que hacer, que agenda no llevaba. Entonces, por pasar el tiempo mientras escuchaba las últimas novedades del corazón, tomé las escrituras que me había dado Ramón, no me parecieron interesantes, eran locales del centro, unos la antigua San Andrés, otros de cerca de las tiendas centrales y alguno de la Marina. Pero ni eran grandes superficies ni los antiguos propietarios tenían nombre reconocido. Las miré bien, con calma por ver que tenía de interesante el tema, las hojas estaban resecas, tenía que ir mojando el dedo a cada poco para dar pasado las páginas, me dio un poco de asco, porque siempre recordaba dos cosas al hacer este gesto, una “el nombre de la rosa” y la otra “sabediós donde habían estado aquellos papeles”.

    En el papel iba quedando la marca húmeda de mi índice, y curiosamente mi dedo iba adquiriendo un sospechoso color negro, “veneno” pensé, “no, eso sería azul” imaginaba porque en las pelis siempre aparecía azul. Miré el papel, no sin cierto pánico, y vi, con más tranquilidad que las letras estaban emborronadas, buena cosa desde el punto de vista de la salud, pero no tan buena desde el punto de vista de las escrituras. ¿Cómo era posible que en unas escrituras hechas con máquina de escribir, de aquellas que había antes que dejaban marca aunque quedara poca tinta, de aquellas que tenían una espantosa mesita metálica de ruedas que pesaba un quintal, se borrasen las letras? ¿Cómo era posible? Volví a mirar todas las páginas, en aquel momento estaba más preocupada por descubrir el misterio de las letras borrosas que por las consecuencias de medio destruir las escrituras que Ramón tanto ansiaba. El papel parecía normal, no olía a nada inusual, y la letra, efectivamente parecía de máquina de escribir, no había rayas negras cerca del borde que delatasen una fotocopia y poco más podía hacer, una veía CSI, pero tenía carencia de medios.

    Tan entretenida estaba que ni escuché lo que debieron ser los primeros golpes de Ramón en la puerta, lo digo porque los que sí escuché eran muy violentos y la cara que tenía era de llevar allí bastante tiempo y de estar pensando en que me había fugado al Caribe con las famosas escrituras.

    - ¿Qué demonios pasa? – pregunté empleando el ataque como defensa.

    - Nada – respondió seco – nada.

    Y me apartó de la puerta para entrar, no me dejé, que en el hotel me había hecho entrar por el montacargas y lo iba a hacer sufrir. Poco porque de seco pasó a serio y de ahí a una expresión que no me gustó, aparté la mano y pasó todo eléctrico buscando las escrituras, no me lo dijo, lo levaba escrito en la cara. Cuando las vio allí extendidas me miró censurándome, y cuando se dio cuenta de que además de estar extendidas estaban emborronadas, lo primero que hizo fue venir hacia mi y mirarme las manos, en mi eso seria una conducta muy deductiva, en él era defecto profesional y falta de confianza. Empezó a gritar todo histérico, a pasear de un lado a otro como si estuviese de parto, hizo aquella respiración relajante que hacía él para llenarse de paciencia y volvió a mirar las escrituras.

    - Bueno, se leen bien igual – dijo por fin.

    - Si, se leen – dije con sorna.

    Él no se percató de la intención de mis tres palabras, pero insistí, que si no es muy raro que se emborronasen las letras, que si serán auténticas, que si el pocacosa del Arguimiro había empleado la táctica de dar pena de los vendedores ambulantes, que si tal y que si lo otro y tardó en hacerme caso, como si mis palabras le retumbasen dentro de la cabeza y el eco tardase en llegar. Cuando llegó levantó la vista y me miró como si acabase de descubrir la cosa más grande del mundo. Dejó las escrituras extendidas como estaban, me agarró del brazo y corrimos escaleras abajo.

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    En el fondo. Capítulo 42

    sábado, julio 4, 2009, 09:01 EST [General]

    Capítulo 42. Argimiro conection.

    - Pues andando – dijo Ramón, señalando al coche para que subiese.

    Arguimiro bajó las manos muy despacio, desconfiando de que fuese una maniobra de despiste para pillarlo desprevenido y asestarle un buen guantazo y no se convenció hasta que Ramón echó a andar y le abrió la puerta. Supongo que pensaría que aquel descampado no era lo último que quería ver en aquel amanecer soleado. En el coche no habló, estaba quieto como si estuviese sentenciado y el cinturón de seguridad fuese la cadena. Ramón, que lo sabía todo, fue hacia su casa, aparcó y miró a Arguimiro.

    - ¿Es aquí, no? – preguntó Ramón con chulería.

    Arguimiro asintió con la cabeza, era un chalet adosado de color salmón standard, y con un tendal de esos plegables en el porche. También tardó al salir del coche, estaba claro que no le apetecía soltar la gallina, pero no le quedaba otra, Ramón tenía aquella determinación en la mirada que le devolvía el encanto de otros tiempos.

    Arguimiro era un funcionario de los funcionarios grises de toda la vida que había entrado en el cuerpo por enchufe, como debía ser. Tampoco tenía demasiadas aspiraciones, nunca se había presentado en ninguna lista del partido por mucho que le insistieron, ni participó en ninguna intriga por muy grande que fuera la cantidad escrita en el cheque. Era una hormiguita ahorradora que se conformaba con trabajar poco, pasar mucho tiempo con la familia y tener un hobby no demasiado caro que le permitiese desconectar de la familia y del trabajo. Estaba curado de espanto y los veía venir en cuanto le preguntaban por su nieta, que era su orgullo y de la que no dejaba de hablar y la causa principal de que le rehuyesen a la hora del café; y también el indicador de cuando querían algo de él.

    Y claro, en aquellos momentos turbulentos de maletines y escrituras era del único que se fiaban, le había llevado años ganarse aquella fama de hombre íntegro y aunque no lo había hecho con esa intención le iba a salir más rentable que todas aquellas limosnas que osaban llamar sobornos que le habían ofrecido en sus años de servicio. Tenía de él en un mismo día un camión lleno de euros y unas escrituras que iban a valer tanto o más que los euros. Bien sabía que los billetes llevaban la marca de agua, que tampoco era fe ciega lo que tenían en él; pero también sabía que apretarle las tuercas sería admitir demasiado. En lo de las escrituras dudó más, no le vio la rentabilidad tan rápido, de hecho fue su mujer por teléfono quien le dijo que se las llevase que nunca se sabía y que poco sitio ocupaban. Pensó que, como siempre, tenía razón, así que tomó una de aquellas carpetas que habían sobrado de alguna subvención europea y guardó las escrituras, metió el dinero en una caja de papel para reciclar, unos cientos de fajos. Empezó por su parte, después se puso con los maletines que iban a enterrar y a cada poco iba a su caja de cartón, despegaba la cinta de embalar gastada y olía el aroma de los euros y sonreía con malicia.

    Nadie desconfió de él, cuando las concejalas le preguntaron por las escrituras puso aquella cara de los lunes de no enterarse de nada y les coló todo lo que quiso. Cuando vinieron por los maletines del dinero ni se molestaron en contarlos, ni en abrirlos por si iban vacíos, en ese momento pensó que había robado poco, pero también que había que ser prudente y volvió a poner cara de malicia.

    Durante mucho tiempo estuvo yendo al trabajo como todos los días sin alterar en nada su vida, ni caer en lujos excesivos ni darse a notar. Después se jubiló y perdió el contacto con la gente del Ayuntamiento y en ese momento fue cuando aprovechó para ir forjando lo que sería su retiro en una isla que había comprado en el Caribe, sólo quedaban unos meses para que comenzasen las obras y las escrituras valiesen el futuro de sus hijos, de su nieta y de ellos mismos aunque viviesen mil años.

    Ni se puso nervioso cuando la Concejala lo llamó para decirle que no habían encontrado el maletín allá abajo, aunque le sorprendió que lo localizasen y que se molestasen en buscarlas, pensaba que no les duraría el interés tanto tiempo, que estarían entretenidos en otras cosas. Simplemente le dijo que tenía que estar, que si no la habría llevado otro. Pero de nuevo su mujer estuvo a la que salta y sugirió que hiciese unas copias por si llegaba el momento de confesar. Las escrituras originales estaban en la carpeta donde guardaban la escritura del chalet, los papeles de la isla, el libro de familia y alguna postal de las américas de algún tío díscolo. Y allí seguirían mezcladas con la insignificancia familiar. Las otras estaban en la caja fuerte que venía de obra en el chalet, junto con el reloj de oro de cuando lo jubilaron, el collar de perlas y alguna otra joya de la familia de su mujer.

    Arguimiro se nos adelantó y echó a un lado el tendal y abrió la puerta con aquella parsimonia de funcionario y con aquel ánimo de poca cosa que me hacía sentir algo de pena por él. Al abrir la puerta asomó su mujer en zapatillas,  delantal y con una cara de poca cosa como la de Arguimiro; nos miró como si fuésemos de Hacienda y agarró a su marido por el brazo para darle ánimos. Le acarició la mano y fue al salón, como el de sólo ante el peligro. Su mujer quedó apoyada en el quicio de la puerta de la cocina con aire afligido viéndonos ir detrás de su marido.

    En el salón nos dijo que nos sentásemos y mientras bajaba un cuadro de un ramo de rosas rojas y azules. Su mujer nos ofreció un café que rechazamos, Ramón porque estaba entretenido observando a su marido, yo porque estaba entretenida observando a Ramón. Sin duda, a mi manera de ver, había recobrado el encanto de otro tiempo. El cuadro dejó a la vista la caja fuerte, Arguimiro se puso delante para que no viésemos que números hacían click cuando daba vueltas la ruedecita. Por fin se abrió y sacó una carpeta atada con un lazo granate. La puso encima de la mesa de centro, abrió el lazo y se la dio a Ramón.

    Ramón la abrió, no porque desconfiase de Arguimiro, tenía tanta fe en su actitud de tipo duro de película que ni se le había pasado por la cabeza que el ningundis nos estuviese engañando. Pero la abrió, tocó el papel, revisó los cuños y los timbres de las escrituras y las puso al trasluz no sé muy bien para qué, porque no tenían marca de agua de esa ni serigrafía. Me miró con satisfacción y ató el lazo granate de nuevo. Le hizo un gesto a Arguimiro para darle la conformidad y nos marchamos de la casa. Arguimiro seguía manteniendo aquella mirada de gatito asustado que me conmovía.

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    En el fondo. Capítulo 41

    domingo, junio 28, 2009, 12:04 EST [General]

    Capítulo 41. Amanecer.

    El sol de la mañana me abrió los ojos, me dolían todos los huesos, estaba recostada encima de Ramón, con mi cara en su hombro y aún así notaba como si hubiese dormido encima de una roca, es decir, me levanté más cansada de lo que me había echado. El cuello todo retorcido y ya no sé que más porque no me sentía nada, ni las piernas ni el resto. Él dormía, parecía tranquilo y feliz, demasiado tranquilo, por unos segundos en aquella plácida mañana me entró el pánico; ¿y si había dormido encima de un muerto?. Sí, seré egoísta, pero por lo menos sincera, que eso fue lo primero que pensé. Ya sé que debí pensar ¡por dios que no esté muerto! que también lo pensé, aunque después, al principio el asco de estar sobre un trozo de tocino pasado. Pero en mi defensa diré que sólo fueron unas minimilésimas de segundo, muy minis. Cuando reaccioné, pasadas esas minimilésimas de segundo apoyé mi oreja encima de su pecho y latía, con un pequeño soplo, me pareció percibir, pero aquello hacía bumbum-bum-bumbum como un reloj, y respiraba, y el pecho se le inflaba armónicamente, y la barriga, aquella barriga cervecera de pro, también, más escandalosa que armónicamente pero sí.

    Y mirando para aquella ballena que asomaba sobre la línea azul del horizonte estaba yo toda concentrada cuando él despertó. La placidez de su cara se esfumó cuando despertó y dejó paso a quejumbres varias, cosa que me consoló, no sólo yo iba vieja. Se quejó un poco, se incorporó y miró alrededor.

    - ¿Y el bosque? – preguntó extrañado.

    Ni me había reparado en él, miré también alrededor y la espesura había desaparecido, quedaban algunos árboles, más o menos las que había en e antiguo jardín. Ni traté de aparentar que lo sabía, me encogí de hombros y acepté la desaparición del bosque como una verdad universal y ya.

    - Serán como esas flores que sólo se abren de noche – dije.

    Me miró sin convencimiento, parecía que mi explicación no le había parecido suficiente, pero no dijo nada más, esperó unos minutos y se incorporó, bajó hasta el agua y lavó la cara, yo preferí esperar a meterme entera, la marea estaba llena y no había manera de llegar a la península sin mojarse y cuando el se dio cuenta tomó la cosa con más calma. Nos sentamos un pedazo esperando a que tomase aliento para nadar los dos metros que nos separaban de la orilla, casi hasta fueron menos porque la marea fue bajando.

    En tierra le pregunté que íbamos a hacer, no le sorprendió que me incluyese en la expresión, imaginé que el había imaginado que no estaba dispuesta a ceder más que aquellos millones de euros que ya me habían robado.

    - ¿Vamos a hablar con el cómplice de tu funcionaria? – pregunté.

    - Sí – dijo tajante.

    Mientras caminábamos llamó a la concejala hablando medio en clave, parecía necesitar permiso para dar el siguiente paso. Cuando colgó parecía tranquilo y seguro.

    - A ver Xiana, en serio, ¿confiamos en nosotros? – lo preguntaba en serio.

    Dudé, él hablaba en serio y yo dudaba en serio.

    - A ver, no quería decir eso, lo que realmente quería decir es ¿puedo confiar en tí? – preguntó también en serio.

    Tan en serio lo decía que me dio la risa.

    - Bueno es igual – dijo apurando el paso y hablando sólo – es lo único que tengo así que tendré que apandar contigo. De todas maneras eres la única que sabe toda la historia, por lo menos toda la que yo sé.

    Lo miré condescendiente, que yo sabía toda la historia, toda la que él sabía, igual sí pero a esas alturas era complicado de creer. Hizo un par de llamadas más y después fuimos a desayunar, estuvimos en la cafetería hasta que le llegó un mensaje y arrancamos.

    Fuimos a un descampado, no para desahogar, no, al poco rato llegó otro coche y paró al lado del nuestro. de el salió un hombre entrado en canas, con pinta de poca cosa y mirada de dar pena. Ramón salió y me dijo que saliese con él si quería, por supuesto que quise, quería enterarme del asunto.

    - ¿Qué? – le dijo Ramón al desconocido.

    - Nada – dijo el otro.

    - Nada no – respondió Ramón.

    - Pues tú dirás – respondió el otro.

    A punto estuve de volver al coche porque mis nervios no daban para tanto, que, nada, nada no, pues tú dirás, que clase de conversación era esa.

    - A ver Arguimiro, donde están los planos – preguntó por fin Ramón.

    - Con los otros maletines, ya lo sabes – respondió Arguimiro.

    Ahí, Ramón se puso serio, le pegó cuatro gritos de los que pegaba él cuando se enfadaba y al otro se le puso más cara de poca cosa. Casi me dio pena, pero a Ramón no y dio un golpe en el capó del coche, del coche del tal Arguimiro no de su coche por supuesto. El pobre hombre se echó para atrás temiendo que después de la chapa le tocase a él.

    - Te lo juro por lo que más quieras, a buenas horas iba a estar yo aquí – dijo fingiendo sinceridad.

    De eso entendía mucho Ramón, lo caló enseguida. Le dijo que estaba allí porque tenía que estar allí para hacer la jugada cuando levantó la vista de nuevo, volvió a decirle que él no sabía de los planos más que iban dentro de uno de los maletines del dinero, que se equivocó, que era un pobre despistado, que vaya cabecita que tenía y siguió con una retahíla de argumentos autocompasivos que Ramón escuchó aspirando paciencia. Yo atendía con curiosidad. A mi me daba pena, no creía que se equivocase pero era una posibilidad. Ramón volvió a levantar la mano, para darle al capó esperaba, porque no me apetecía reconocer un Ramón violento; pero o Arguimiro lo conocía mejor o tenía algo que esconder o tenía miedo.

    - No, tienes razón, no, los tengo yo, los tengo yo – dijo poniendo las manos sobre la cara en actitud defensiva, que dirían en CSI.

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    En el fondo. Capítulo 40

    domingo, junio 21, 2009, 09:27 EST [General]

    Capítulo 40. Hilando fino.

     

    El concejal no sabía muy bien lo que había dicho y lo que no, pero bien sabía que se había ido de la lengua, tenía aquella sensación de cuando se los ponía a su mujer, aquel delatarse antes de que la mujer se diese cuenta; en realidad a Carmen le llegaba con mirarlo de reojo una milésima de segundo para saber el número de tinte de la que había pasado la noche con él, pero en la inocente prepotencia del pobre hombre lo entendía de aquel modo. El caso es que tenía aquella sensación de desazón. Tenía que hablar con Andrés para ver como iba la cosa, aunque no le apetecía mucho porque de verlo tenía que ponerse en plan protector. Cogió aliento y llamó, sintió cierto alivio cuando vio que no le respondía y después de tres cafés bien cargados llamó para quedar con los amigos.

     

    Lo interrumpió Andrés, le dijo que no hacía falta que lo controlase que bien sabía lo que tenía que hacer, es que ya que se había molestado debía saber que ya estaba a punto de caramelo, que en cuanto hiciesen el recuento lo llamaría. Él, si ya tenía idea de terminar en el Venus, de escuchado aquella noticia iba a terminar allí más que seguro. Andrés le colgó con la rabia de quien cuelga a un jefe pesado que no da tregua, y siguió el maniobrar de los helicópteros en el hangar. Lo seguía con la impaciencia de esperar a que enfríe la pizza lo suficiente para que el queso no cuaje. Las máquinas pararon y el silencio fue tranquilizador.

     

    - ¿Abriste los maletines? – preguntó Ramón entrando por la puerta con la mirada triste.

     

    - Parece que ya te deshiciste de Xiana  - dijo Andrés sin quitarle el ojo a los maletines.

     

    Ramón no respondió. Se acercó al montón de maletines y empezó a abrirlos, Alberto empezó por el otro lado, mientras, Andrés no se movía.

     

    - ¿Hay tantos como...? – preguntó.

     

    - Ven a echar una mano y los cuentas – respondió Ramón con frialdad.

     

    Andrés le hizo caso porque no era una respuesta ingeniosa era una orden y sí había tanto como le habían contado, y no era capaz de entender la decepción en la cara de Ramón y el ansia por abrir todos los maletines. Cuando terminaron Andrés dijo que iba a llamar al concejal y Ramón se lo impidió, le preguntó porque lo había hecho y justo cuando le iba a responder y solucionar todas las dudas de Andrés sonó el teléfono, non o del sino el mío. No quiero ni imaginar como llegó a su bolsillo, pero la verdad es que no hay que hacer mucho esfuerzo para adivinarlo, uno de los dos tuvo las manos demasiado largas durante el período de mi semiinconsciencia del baile.

     

    Ramón miró quien era, en la pantalla salía Sandra, colgó la llamada para que pareciese que estaba ocupada y que por eso no le respondía, después borró los archivos y lo volvío a guardar.

     

    - Parece que Paco no está haciendo muy bien su parte, id a echarle una mano – dijo Ramón.

     

    Andrés y Alberto se miraron con complicidad.

     

    - ¿Y tú que vas a hacer? – preguntó Alberto con desconfianza.

     

    Ramón les dijo que nada, que iba a dar una vuelta, desconfiaban, tenían miedo de que les hiciese lo mismo que ellos me hicieron a mi. Les está bien, cree el ladrón que todos son de su condición. Él lo notó,  y no había, tenían una mala cara que para qué, así que les dijo que quedasen ellos con la clave, que él era mejor que ellos y que confiaba en sus amigos aunque no lo mereciesen. A ellos les valió al principio, porque pensaron que si no tenía la clave de acceso al recinto no podía entrar y sólo ellos lo podrían hacer, así que si Ramón se fiaba de ellos es que era de fiar. Claro que después, de camino a casa para ayudar a Paco con el entretenimiento de Sandra y Alicia, pensaron que había cedido demasiado rápido para ser pesetero como era y que igual lo de la clave no valía para nada y que igual... total que acabaron llamándolo para ver que hacía, lo pillaron en la cocina, en la cocina de Sandra y casi lo matan de un infarto. Estaba dando vueltas, quería ver donde era el mejor sitio para dejar el móvil para que yo no sospechase que él me lo había robado ni que estuviese en su piso, después, tratando de esconderlo y ahí sonó su teléfono y el mío cayó al suelo. No supo reaccionar, primero quiso responder al teléfono, después tomar el mío que estaba en el suelo delante de la lavadora. La voz de Andrés dando gritos por el móvil le apuró los reflejos, se agachó, tiró mi teléfono dentro de la lavadora y le respondió a Andrés.

     

    - ¿Qué haces? – preguntó con sorna.

     

    - Nada, nada – dijo con la respiración entrecortada.

     

    - ¿Dónde estás? – dijo Andrés sin dar tregua.

     

    - ¿Yo? Estoy... – respondió sin poder respirar casi...

     

    - ¿Si? – insistió Andrés.

     

    - Y a ti que te importa – dijo ya recuperado de todo – tú estarás haciendo la parte que te toca ¿no?.

     

    - Y tú no estarás en el hangar... – dejó caer Andrés.

     

    - ¡Qué hangar, hombre! ¿pero que dices...? no tengo más que hacer, además la clave la tenéis vosotros, estáis paranoicos, dais pena – dijo Ramón serio.

     

    Andrés se conformó, no parecían excusas, parecían broncas, esperaba que la noche le fuese bien antes de que volviese a casa.

     

    - Vale, vale... – se disculpó Andrés – ya nos vemos después.

     

    - No, yo voy para un hotel, si os tengo que aguantar a vosotros y a esas dos enloquezco, acabáis conmigo – dijo con cansancio.

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