No fuimos lejos, nos dejaron en el puerto de Lorbé sin dar más explicaciones de las necesarias; es decir, que era el protocolo en caso de civiles con muchas papeletas para convertirse en rehenes, que no habíamos huido sino que nos querían quitar del medio. Sí, para evitar posibles daños personales, pero un despacho en toda regla. Las lanchas pararon los motores al lado del pantalán y bajamos todos, Carlos, Salva y yo primero, mismo llegué a pensar que habían hecho el viaje sólo para tirarnos allí a la orilla del mar.
Ramón e Andrés bajaron después, los de seguridad quedaron en las lanchas impasibles.
- Bueno, pues aquí acaba todo – dijo Ramón mirándonos.
A los tres, nada personal ni emotivo.
- Ya – dijo Carlos derrotado.
No dije nada y eso que Salva me miraba fijamente empujándome a decir algo, pero no lo dije, que si el se ponía profesional e impersonal yo también. Y aguantando el tipo los dos nos despedimos allí mismo y así acabó la historia del tesoro, la gaita de la conspiración y la tontería de la little venice y todo lo que tenía que terminar terminó, ya y punto y final del todo.
- ¿Volvemos? – preguntó Andrés. No, en realidad no era una pregunta, era un “volvemos” de esos de los hombres cuando van de compras con la novia. Ramón volvió a mirarnos a los tres, dijo un frío adiós con la mano y marchó. Subieron a las lanchas y se perdieron en la oscuridad de la noche, en el silencio del mar.
La verdad ees que no me dio tiempo a reaccionar, Salva temía la tormenta y andaba al abrigo de Carlos, subimos hasta el pueblo para tomar un taxi, que pagó Carlos porque nosotros andábamos, como siempre, sin un duro.
En el camino del taxi hasta casa le di vueltas al tema de sacarnos de aquella manera del hangar, podían, por lo menos mandarnos con los de seguridad que estaban de muy buen ver y Salva ya tenía conocimiento de la materia. No esperaba que aquel fuese el final, cuando iba en la lancha quiero decir, no estaba preparada y no supe reaccionar, un guantazo en los morros del correcto Ramón habría estado bien. Aún así, cuando el taxi me dejó delante de casa y subí las escaleras esperaba encontrarlo en el sofá otra vez. Y no, no estaba. La casa estaba en silencio, como había estado antes del breve episodio del tesoro, con el ruido intermitente del mar subiendo por el desagüe.
Los días siguientes fueron de reasentamiento, de marea baja, de galletitas saladas y manta en el sofá frente a la tele. Paco y Sandra en el pequeño, Salva y yo en el grande. Sí, Paco quedó con nosotras, sin dinero y sin ganancia, lo que es el amor. Lo del dinero y la ganancia lo dimos por supuesto, como la inocencia, porque preguntar no se lo preguntamos; de hecho desde el día de la lancha evitábamos el tema del tesoro hasta el punto de ni ver los Piratas del Caribe por muy bueno que estuviese Orlando, ni de ver la Isla del Tesoro por muy buena que fuese la banda sonora de los Chieftains.
De Alicia, Carlos y Andrés no volvimos a saber más, no era que los echásemos en falta, sólo era una simple observación. Tampoco volvimos a hablar de ese tema. En realidad en el período de readaptación no hablamos mucho de nada, yo no quería poner a Sandra en el compromiso de tener que defender a Paco, Salva no quería poner a Paco en el compromiso de defender a sus amigos, y Sandra Paco, Salva y todo bicho que me conociese un poco no quería escucharme soltar el rollo de lo tonta, inocente, ilusa, de lo cerdos que son los hombres, de lo... de eso en definitiva.
¿El dinero? el dinero acabó donde tenía que acabar, porque es bien conocido el dicho de que el dinero llama al dinero, y nosotros no teníamos de eso, Ramón tampoco, pero tenía lo que se conoce como posición de poder y poder de negociación.
Por lo que supe un tiempo después, cuando ya el enfado no tenía efecto, Ramón y Andrés volvieron al hangar, y negociaron con el concejal el reparto del tesoro, no por la buena voluntad del concejal, sino por la imposibilidad de salir de allí si no llegaba a un acuerdo. Si no había visto lógico que salieran todos al mismo tiempo que nosotros dejando al concejal y a su ejército dentro del almacén con el dinero; menos lógico me pareció ver entrar al concejal con todo su ejército en un pasillo oscuro, sin dejar a nadie en la entrada. Entonces no le di más vueltas, fue después a medida que fui necesitando que las cosas cuadrasen. No cuadraban, sólo poniendo como excusa la avaricia se explicaba, lo del concejal, quiero decir. Lo de Ramón era más sencillo, obviamente no todas sus fuerzas eran las que se veían, a parte de que era una instalación central, ligeramente clandestina, pero central.
El concejal se conformó con la cantidad que le habían prometido los de la Caja como comisión, lo decidió así, prefirió quedar con el dinero y buscar una mala explicación para no darle toda su parte al director de la Caja, que quedar bien y con menos dinero. La explicación que le dio, como ya podéis imaginar, fue que nosotros, Salva y yo nos habíamos quedado con el porcentaje por el rescate.
El resto, que venía siendo una pasta, lo habían repartido a partes iguales entre Andrés, Alberto y Ramón. Que también quedaron a gusto, porque Paco, en su ceguera de amor nos llamó por teléfono antes de que Salva y yo llegásemos y le contásemos a Sandra que sólo había sido un entretenimiento. Porque no lo había sido y porque al final sus sentimientos eran sinceros de verdad, lo único bueno que quedó de todo, lo único que nos permitía mirar con una sonrisa las obras de desescombro de la zona cero.
De las concejalas tampoco se volvió a saber nada, si su intención era hacerse con Little Venice, lo habían hecho en silencio porque no se publicó ningún escándalo, ni en la rumorología siquiera.
Y nosotros veíamos como nuestro medio de vida se desvanecía mientras las elecciones municipales confirmaban el contento de la gente con la “recuperación” de la zona cero para toda la ciudadanía. Nadie recordaba a los recuperadores, ni las tiendas centrales, ni los turistas venían buscando historias de tesoros hundidos, ni fiestas clandestinas al abrigo de la Torre.
Sí, cada vez tenía más la impresión de la gran verdad que contenía aquel título de “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”. No es que me estuviese haciendo vieja, que sí; ni que viese próximo nuestro final, que no. Sólo era una sensación de que no poder luchar contra la rotación de la tierra por mucho que una pensase que andando a la contra lo pudiese hacer. El mar siempre vuelve a su sitio.
- ¿Pero qué apuro tienes? – dijo Salva con malicia.
- ¿Qué? No tengo tiempo para tonterías – dijo Carlos serio.
Y tan serio se puso que olvidó que llevaba una pistola y que tenía a Andrés asustado y sobre todo enfadado detrás de él. Andrés hizo lo típico que se hace en estos casos, echar a correr y salir de la línea de tiro lo antes que pudo dejándonos allí a merced del psicópata aquel. Carlos ni se dio cuenta, él no paraba de mirar el reloj y decir “no queda tiempo” “no queda tiempo”.
- Pues si tan poco tiempo tienes deberías empezar a agarrar el dinero, son muchos – dije.
- ¿Dónde están? – preguntó Carlos volviéndose hacia donde debería estar Andrés.
Y se sorprendió de no verlo allí, pero siguió dando vueltas a ver si alguien le daba razón de dónde estaba el dinero. Entonces se escucharon pasos allá al fondo de un corredor oscuro y comenzó a andar y nosotros detrás de él, por ver si apañábamos algo sin reparar en lo que podía estar esperándonos en aquella oscuridad. Carlos caminaba decidido, nervioso y con el reloj en la idea. Salva se reía porque era la primera vez que lo veía nervioso, siempre era él quien lo tranquilizaba y Salva tenía que aguantar aquellos tópicos de todo va a salir bien.
Nosotras íbamos detrás sin darnos cuenta de que todo estaba cada vez más oscuro, que no sabíamos lo que había allí dentro y que ya no sabíamos por donde había que salir. Salva estaba más tranquilo, se notaba que el rollo con el de seguridad daba sus frutos. Y seguiríamos andando hasta que se nos apareció Andrés delante cortándonos el paso, encabezando un pequeño escuadrón de cachimanes que hicieron que se nos dilatasen la pupila, a Carlos igual no, no era su tema.
Aprovechamos que estábamos a unos pasos de Carlos para dar la vuelta, y no porque nos desagradase lo que nos esperaba delante, era más bien por prevenir y por no agotar todas las posibilidades de apañar algo; pero ni oportunidad tuvimos de dudar por cual de los pasillos ir.
- No, no – dijo aquel hombre – ahí quietecitos, ni un movimiento.
Pero no nos lo dijo a nosotras sólo, Andrés puso cara de sorpresa y Carlos de desesperación y tanto uno como el otro tenían miedo, sí cara de miedo y eso que el hombre sólo traía a dos más con él que tenían una barriga que parecía que iban a dar a luz a trillizos y mejillas de colesterol.
- Cuanto conocido por aquí, cría cuervos – dijo el hombre.
- No, si... – dijo Andrés.
Carlos bajó la cabeza y tiró la pistola a un lado, dio igual porque a nadie le importó ni lo más mínimo. El hombre de la barriga y cara de colesterol nos señaló con la cabeza que nos acercásemos a donde estaban los de seguridad, detrás de Andrés, y Carlos también se movió aunque el gesto no iba por él.
Con otro leve movimiento de cabeza llamó a Andrés a su lado, Andrés fue con su chulería habitual, pero no tan sobrado como cuando nos hablaba a nosotros. Salva confraternizaba con el escuadrón sexy y Carlos miraba el reloj con tristeza.
No se oía lo que hablaban, sólo que Andrés aparentaba tranquilidad y la mano nerviosa en el bolsillo de atrás del pantalón lo delataba. El viejo barrigudo hacía gestos de gritar, de estar montándole una buena. Los dos escoltas barrigudos estaban atentos a la conversación, pero sin intervenir.
En esas estábamos cuando de repente se encendieron las luces, todas las luces, y todo pareció más insignificante, los guapos no tan guapos y los barrigudos no tan barrigudos y la salida no tan salida. Se acercaban unos pasos tranquilos y unas sombras alargadas que venían con una calma aterradora. Nosotros, todos y toda estábamos quietos, calladas, sin respirar casi, esperando un alien que nos devoraría en cuanto pestañeásemos.
- ¿Qué pasa Concejal? – dijo Ramón entrando con calma.
- Hombre, el gran traidor – dijo el barrigudo, que obviamente era el concejal.
- A todo hay quien gane, Concejal, a todo – respondió Ramón en plan enigmático.
- ¿Dónde está el dinero? que uno no se puede fiar de nadie, mira el sinsustancia de mi yerno, ahí con la cabeza baja – dijo el concejal con desprecio.
- El dinero está donde estaba, en el fondo – dijo Ramón.
- Si hombre ¿pero tú quién crees que soy? ¿uno de esos madrileños que toreas tú? Tengo el camión esperando ahí fuera y según Andrés están aquí ¿ves? traidores los hay en todas partes – dijo el concejal.
Ramón ni se inmutó, como si ya supiese lo que tenía. Un cruce de frases más y al final el concejal agarró el móvil y con un “ya” tuvo allí a todo un ejército.
- Como ves no tienes mucho que hacer, si no quieres que cerremos este chiringuito vete dándonos la pasta – dijo el concejal con calma.
- No puedes cerrar el chiringuito, esto es de Costas, tú no tienes nada que decir, ya te gustaría tener tanto poder, y ya te dije que el dinero no está aquí – dijo Ramón con seguridad.
Andrés lo miró con desconfianza; pero no desconfiando del resultado de su estrategia, sino de que se la hubiese jugado y de que efectivamente el dinero ya no estuviese allí, y eso que la clave la tenía él.
- Tú mismo, registra lo que quieras – invitó Ramón al concejal, con tranquilidad, mientras que le indicaba a los de seguridad que se apartasen.
El equipo de seguridad abrió un hueco para dejar pasar al ejército del concejal separándonos a Salva y a mi. El ejército ante un gesto del concejal avanzó por el oscuro corredor que había detrás de nosotros. Ramón esperó impasible, mirando al concejal, retándolo. Los dos amigos del concejal fueron detrás del ejército en cuanto volvió uno de ellos a decir que estaba despejado.
- ¿Y tú, no vas? – preguntó Ramón.
- A ver si no te vas a poder fiar de ellos tampoco, mira que son muchos a repartir – dijo Andrés.
El concejal trató de mantener la calma pero se ve que la avaricia le pudo y echó a andar, eso sí, con calma. Si el secreto del poder estaba en la calma. Carlos miró a su suegro, pidiéndole permiso para ir con él.
- Tú, ni te muevas – ordenó el concejal.
Carlos obedeció, acabado, sin autoestima. Ramón estaba tranquilo, sin expresión, viendo como el concejal desaparecía en la seguridad, Andrés a su lado, con la mano nerviosa aún en el bolsillo de atrás. Y todo volvió a quedar en silencio.
- Todo el mundo fuera – gritó en voz baja Ramón.
Los de seguridad nos agarraron a Carlos, Salva y a mí y seguimos a Ramón y Andrés por el pasillo adelante. Fuera nos esperaban unas lanchas motoras, Ramón estaba de pie, viendo como embarcaban todos. Yo seguía el ritmo que nos marcaba la noche, dejándome llevar, sin decir ni palabra, a saber a donde íbamos, pero tan tranquila.
Carlos era un sinsustancia pero tenía su orgullo, y no le gustaba nada lo cerca que andaban Alicia y aquel que le hablaba tan tieso; y no le parecía mal porque durante el cese temporal de la convivencia se diese cuenta de lo que la necesitaba y de lo enamorado que estaba, no; era porque él no tenía a quien arrimarse para ponerle los dientes largos y que viese lo que se había perdido cuando lo dejó. Miraba a Sandra de reojo a ver si había suerte, pero no encontró la chispa aquella del primer día, aquel de cuando a Sandra le había parecido un señorito de los finos.
Y como todo sinsustancia lleno de orgullo, enfurruñado y sin mucho que perder hizo un movimiento rápido a la parte de atrás del cinturón que fue casi acompañado al instante por el mismo movimiento automático hacia el tobillo y la axila de Andrés, Alberto y Paco. Carlos fue más rápido y en un pestañeo teníamos un cañón grande como la Argentina apuntándonos, sí, a todas a un tiempo, es que ser era bien grande. Salva y yo nos miramos aguantando la risa maliciosa que resbalaba entredientes. Es que era grande de más, ni Freud ni leches, era demasiado grande. Sandra nos miraba con su inocencia ajena a nuestra pérfida deducción. Paco miraba a Sandra y a Carlos, a lo que se veía de Carlos detrás del cañón; pero no era un mirar de celos sino de preocupación. Casi me atrevo a decir que estuvo a punto de ponerse en plan escudo humano como había hecho Andrés al principio. Y digo al principio porque una vez hubo pistola de por medio se le fueron las ganas de defendernos.
- ¡Quiero el dinero ya! – gritó Carlos de repente.
Y a nosotros casi nos da un ataque, se había hecho un silencio tenso a la espera de que pasase algo aunque realmente no estábamos preparadas para que pasase.
- Tu – dijo apuntando a Andrés – levanta las manos, y vosotros también – dirigiéndose a Paco y a Alberto.
Alicia se mantenía al margen, como si la historia no fuese con ella, ni mostraba extrañeza por el comportamiento del que hasta hacía unos días había sido su pacífico marido. Una vez los tres hombres de la casa levantaron las manos rindiéndose ante un niñato pijo rematado que no tenía ni idea de nada, Carlos les exigió que le dijesen donde estaba el dinero, ellos se resistieron durante unos segundos, el tiempo que le llevó a Carlos tirar del seguro hacia atrás. Le dijeron hasta las coordenadas en clave binaria del sitio, la clave en clave de la puerta de seguridad y los doce marcadores del ADN del guarda que custodiaba el tesoro.
Carlos, aun con la tontería y todo, tubo esa agudeza de abogado de no fiarse ni de su sombra y agarró a Andrés por el cuello, con esa manera de agarrar por el cuello que inmoviliza y echaron a andar. Antes de salir por la puerta dejó dicho que no le siguiésemos si valorábamos en algo la vida de nuestro amigo. Sí, bien, un pequeño error de principiante, que le pedís. A Salva y a mi nos faltó tiempo para echar a correr detrás de ellos. No penséis mal de nosotros, el resto tampoco trató de impedírnoslo.
Bajamos manteniendo la distancia, para no cortarle el rollo de malo de película a Carlos, que no estaba haciendo mal de todo y Andrés bien lo merecía. Iban hacia el sitio de los helicópteros, pero tardamos en darnos cuenta porque entraron por Santa Cristina, a la fuerza no veíamos por donde bajar desde Oza.
Delante del guarda fue Andrés el que habló, nosotros teníamos la suerte de que Salva había retozado con uno de aquellos uniformes unas noches antes y le soltó un rollo al pobre hombre sobre el otro hombre que bien se notaba que no quería escuchar; pero que aguantó por educación y nos dejó pasar por no seguir aguantándonos.
Cuando entramos vimos a Andrés quieto, con expresión tranquila, mejor dicho, inexpresivo, sin intención; delante de él estaba Carlos paseando inquieto de un lado a otro, con paso rápido y vuelta corta. Detrás de ellos había una jaula industrial llena de nuestros maletines, nuestro tesoro. Me sorprendió la escena, esperaba ver a Carlos dando saltos de alegría, abriendo los maletines histérico, lanzando billetes al aire y diciendo “rico” “rico” “soy rico”. Pero no, estaba preocupado. Ni se dio cuenta de que estábamos allí, tampoco es que entrásemos saludando, pero algún ruido habíamos hecho.
Carlos miró el reloj, y empezó a sudar.
- Dios ¿qué hago? – dijo apartando el pelo de la cara y mirando al techo.
- ¿Qué hago? – gritó.
“Agarrar e dinero y echar a correr” le dije a Salva en voz baja, el se rió ampliamente y de esta si que nos descubrió; tan atontado no estaba.
- ¿Qué hacéis aquí? Os dije que si veníais lo mataba – dijo Carlos yendo hacia Andrés con la pistola en la mano.
- Ay, pero es que a nosotros ese nos da igual – dije – hazle lo que quieras.
Nos miró escandalizado, como si no tuviésemos sentimientos, él a nosotros, él que nos apuntó con una pistola que parecía el cañón excesivo de un buque de guerra.
- Pues el dinero es mío – dijo.
- Pues no te vemos con muchas ganas, le das demasiadas vueltas – dijo Salva.
- No tengo tiempo ¿qué hago? no tengo tiempo – dijo.
- Xiana ¿qué haces en el suelo? vas a agarrar un resfriado, tápate – dijo Sandra con voz dulce.
La vi como en un sueño, no queriendo despertar, cansada y con la espalda destrozada. Ella me acercó la manta del sofá y me tapó, o eso me pareció que hacía, yo luchaba con los ojos para que no se cerrasen pero la verdad es que sin mucho entusiasmo, y sin mucho éxito.
- Xiana, despierta – dijo de nuevo Sandra a mi lado.
Y desperté tan ancha como era yo, sin muchas ganas y con una alegría soterrada por encontrar de nuevo a Sandra, tan bien, tan tranquila y sobre todo tan viva. Ella me miraba de un modo extraño como queriendo decir algo sin poder, no hacía más que mirar la manta que me había puesto encima y detrás de mi. Cuando se cansó de que no le entendiese las señas me agarró la cara con las manos y me dio la vuelta para que viese detrás de mí a Paco, Alberto, Andrés, Alicia y como no a Salva partiéndose de la risa. Me tapé rápido y aguanté la vergüenza como pude y fui andando hacia mi habitación toda digna y sin decir ni una palabra. Me vestí aunque por mucho que lo intenté no daba quitado la sensación de desnudo que me había dejado despertar delante de tanta gente. Y por fin salí a dar la cara, seguía notando las miradas de broma, claro que bien podía ser percepción mía.
- ¿No estaba Ramón contigo? – dijo Andrés.
Ni me acordaba de él, ya estaba convirtiendo en una costumbre lo de dejarme tirarme mientras estaba inconsciente, era como el príncipe azul de revés, en lugar de venirme a despertar aprovechaba que dormía para huir, era una revisión interesante de los clásicos, penosa, nunca hay un príncipe Caspian cuando hace falta.
- Pensé que estaría aquí, se ve que consiguió lo que quería y ya no le haces falta – dijo sin compasión.
Y no sé si se refería al revolcón o a las escrituras o a las dos cosas, el caso es que el muy desgraciado tenía razón.
- ¿No te dijo a dónde iba? – preguntó Alberto.
- Pues no, no me lo dijo – respondí por fin - ¿y vosotros que hacéis aquí? ¿No estabais desaparecidos?
- ¿Desaparecidos? – preguntó Sandra alarmada.
- Sí, te llamé mil veces y no respondías, no sabía donde estabas, ni Salva tampoco – dije.
Sandra miró a Paco con ojos enfadados, cosa que disipó todas las dudas sobre su implicación en lo que fuese que estaba ocurriendo. Paco se encogió de hombros, y Alicia parecía disfrutar con el enfrentamiento de los osos amorosos, miraba con ojos cómplices a Andrés y lo agarró por el brazo no fuese a escapársele ¿ves? eso tenía que aprenderlo porque a mi se me escapaban siempre. Salva me miró como no queriendo que lo metiese en el fregado, como si no fuese con él, y comenzamos una discusión de “yo no dije, dijiste tal, fuiste tú, que iba a ser” a la que se apuntó todo el mundo y que nos llevó un buen pedazo y que no tenía traza de terminar si de repente no hubiésemos escuchado un golpe tremendo en la puerta y pasos firmes que venían hacia nosotros.
Di la vuelta esperanzada, pensando que era Ramón que había vuelto; el resto miró por ver quien era e incluso hubo quien echó la mano al tobillo o a la axila, sabe dios buscando qué.
No era Ramón, era Carlos que entró histérico, tipo hulk, todo descamisado.
- ¿Dónde está el dinero? – dijo gritando, como si nos estuviese atracando.
Andrés agarró la mano de Alicia y la soltó de su brazo, se puso delante de ella y después delante de todos haciendo de escudo humano y le plantó cara a Carlos. Que no era muy difícil, porque en cuanto vio que había tanta gente mirándolo se asustó, disimuló, pero se le notó en la cara y en las veces que miraba hacia atrás, imagino que temiendo que entrase alguien y lo pillase por sorpresa. De cualquier manera Andrés cumplió con su papel de machomán delante de Alicia, que era la única que le prestaba atención. Sandra, Salva y yo aprovechamos para decirnos cuatro cosas por lo bajo, lo típico: yo no sabía, yo no quería, bueno y que más da, tanto da, ¿que hacemos con este? ¿que sabéis? ¿y el dinero?
Carlos repitió varias veces que quería el dinero, que su suegro le había dicho que los teníamos nosotros y que los quería. Andrés ayudado de Alberto trataron de convencerlo con estrategias de negociación baratas, teniendo siempre claro que Carlos no empuñaba arma alguna ni metía miedo. De cualquier modo consiguieron calmarlo y convencerlo de que el dinero seguía en el fondo, yo eché una sonrisa irónica cuando escuché semejante cosa y Carlos vino hacia nosotros.
- ¿Sabes donde está? – preguntó.
Le dije que no, y era cierto, pero que sabía que lo tenían ellos, no sabía donde, pero que lo tenían seguro, segurísimo. Me miraron mal todos, incluidos Sandra y Salva.
- Que sí, que el dinero lo llevaron ellos – repetí.
Sandra miró suspicaz a Paco de nuevo y otra vez aquella mirada en Alicia. Que sí, que me calentó la moral.
- No, si la idea fue de Ramón, y de esos dos – dije señalando a Andrés y a Alberto.
Sandra respiró aliviada y aún más Paco.
- Nosotros no tenemos nada – se apuró a decir Andrés.
- No, no – corroboró Alberto.
- Pero sabéis donde están – dije.
Me miraron asesinándome.
- ¿Es eso verdad? ¿Lo sabéis? – preguntó el histérico.
Andrés miraba a Alicia pidiéndole que interviniese, que hiciese algo, pero ella, como buena niña rica consentida, esperaba a él se lo solucionase y no dio ni pío.
- Bueno, y si lo sabemos ¿que? ¿que te tenemos que contar a ti? Ni a vosotros – dijo Andrés mirándonos con desprecio.
Capítulo 46. Son todas las que están pero no están todas las que son.
No la puse, porque arrancó y aquel cinturón de seguridad que parecía una cuerda no daba margen para tanta maniobra, pero la agarré como si mi vida dependiese de ella. Él no dijo nada hasta llegar a mi casa y yo tuve la precaución de no abrir la boca hasta tener a buen recaudo las escrituras.
Se sentó en el sofá, estiró los brazos a lo largo del respaldo y se relajó, esperó un momento, cogió el mando, encendió la tele y estiró los pies encima de la mesita de centro. Como si estuviese en su casa, me importaría si no tuviese la urgencia de ir al cuarto de baño para sacar las escrituras del forro de la chaqueta y dejarlas a buen recaudo en algún escondite ingenioso, dentro del cuarto de baño la imaginación no podía correr mucho, porque no es que tuviese una trampilla secreta ni nada, así que traté de enroscarlas dentro del forro para conseguir sacarlas por el agujero de entrada, cosa que resultó difícil y mismo estuve a punto de descoser todo el forro, total el agujero se veía de todos modos. Las dejé debajo del armarito, no era demasiado ocurrente pero era lo que había. Lavé la cara y le eché algo de colonia a la chaqueta para que no oliese demasiado mal y salí a poner en su sitio al invasor.
- No te pongas tan cómodo que no estás en tu casa – dije dándole la chaqueta.
El la cogió y la puso en el brazo del sofá sin darle más importancia.
- Saca los pies de la mesa – dije de nuevo.
Sacó los pies y siguió viendo la tele. Me senté en el otro lado del sofá, él me miró y dio unos golpes a su lado para que me acercase. Estaba raro, me daba miedo, seguía pensando que sabía lo de las escrituras que le había robado y estaba disimulando para pillarme por el cuello y ahogarme hasta que confesase. Volvió a dar unos golpes para que me acercase. La segunda vez no me dio miedo ¿pero quien pensaba que era yo? ¿un perro?
Me miró.
- ¿Ya estás mejor? – preguntó.
Lo preguntaba de buen rollo, o eso parecía.
- ¿No te huele a colonia? O a eso que se le parece que usas tú – dijo, aparentemente sin maldad.
Claro que a mi no me hizo gracia, era de garrafón, sí, pero una llega a donde llega, y oler olía bien. Él dio vueltas alrededor hasta localizar el olor, sin, incomprensiblemente, dar con la chaqueta que tenía pegadita a él. Y como no pareció dar encontrado la fuente del aroma se acercó a mí.
- Eres tú – dijo.
Imposible. Era la chaqueta.
- No – dije.
Él se acercó más para, según él comprobarlo, pero además de acercarse con la nariz lo hizo con la boca, con que igual lo de que se había puesto contento con lo de la chaqueta no lo había dicho por haber descubierto que le había robado las escrituras. Y la verdad es que debía ser contagioso porque conforme iba recorriendo el cuello a mi me subía la temperatura mucho, pero que mucho mucho.
Y conforme iba bajando hacia el hombro y su mano iba desabrochando la blusa yo me iba abandonando a una sensación de placer que había tiempo que no experimentaba y sin pretenderlo mis manos le estaban sacando la camisa y desabrochándole el cinturón en una coreografía cómplice que acabó en el suelo un tiempo indefinido después.
Mi corazón latía con fuerza y una cierta sensación de desazón me invadió, ojala fuese como con cualquier guapo de esos que tan pocas veces pasaban por mi vida, pues no, lo miraba tumbado en el suelo casi dormido y sólo tenía ganas de abrazarlo y decirle que no podía vivir sin él y todo eso que sabía perfectamente que era una tontería porque en dos minutos ya no lo soportaba.
- ¿Qué vas a hacer con tu vida? – preguntó Ramón mirándome.
Y ahí estaba, ya habían pasado los dos minutos. No le respondí, ni lo miré, si me enfadaba igual intentaba aprovecharme de su obvia vulnerabilidad en aquella situación y tampoco era o estilo caer tan bajo.
- ¿En qué vas a gastar el dinero? – insistió.
Respiré, por lo menos no iba por el camino del sermón de que vida tan perdida llevas.
- Yo estoy pensando en volver – siguió hablando, tirado boca arriba y mirándome.
¿Volver? Volver.
- Pero no sé si estoy preparado...
No lo estaba, ya lo digo yo, todavía andaba con la tontería de la adolescencia y en cuanto se reencontrase con todas las ex y las nuevas se convirtiesen en ex también volvería a sentir claustrofobia y marcharía.
- Todo está tan distinto, tan raro, es como empezar de nuevo y me gusta, me gustas tu, pero...
- Pero no sabes cuanto te durará la novedad ¿no? – dije por abreviar.
Y por fin se dio la vuelta hacia mi y me miró con dulcura, sin ofenderse.
- Sí, justo, no sé si es todo adrenalina o si es de verdad – confesó.
- Es adrenalina – dije.
Y mal que me pesase dijo que sí con la cabeza, al final era una disculpa, un sustitutivo del clásico “esto fue lo que fue, no te vayas a creer que hay algo más”, pero con algo de clase.