raquelcoutoantelo
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    Crimen de marca blanca. Capítulo 5

    sábado, octubre 31, 2009, 09:59 EST [General]

    Capítulo 5. Gracia

    La policía, con sus reservas, se comprometió a mantenernos al tanto de la investigación; a cambio, yo tenía que comprometerme a no interferir. Por supuesto que me comprometí, mintiendo, claro.

    El centro seguía cerrado y el despliegue policial era tal que cuando salí del aparcamiento no había nadie sin escolta. Por probar subí al piso de arriba para ver si el despliegue no era tan amplio como parecía. Lo era, efectivamente que lo era. La gente del hiper volvía a tener la cara de fastidio de la primera hora y la clientela no la tenía mejor.

    Me ví sin nada que hacer y sin mucha idea de a donde ir, miré el móvil varias veces por comprobar si la abogada me había mandado algún mensaje e ir tirando, pero no tenía ninguna. Salí al pasillo y me senté en un banco, mirando como trabajaba la gente profesional de verdad, para ir aprendiendo maneras más que nada. Saqué el cuaderno de notas y empecé a darle vueltas a los croquis de los escenarios. Detergente, camisa, leche, portátil y pintura; macizo; zapatos, pala, móvil, pizza congelada y coche barato. Tenía que hacer alguna relación. Seguro que la había. La había.

    - A ver, por la C: camisa y coche barato – hablé sola en alto.

    - Coche caro, y coche de lujo – dijo Artai sentándose a mi lado - ¿no estás jugando a eso de por 25 pesetas?

    Lo miré sorprendida, con lo grande que era tenía la virtud del sigilo y la de tratarme con una confianza extrañamente inquietante.
    - ¿No? Pensé que sí, ¿qué haces entonces? – dijo mirando mi cuaderno.

    No reaccioné y medio se lo enseñé.

    - ¿Así que tenía razón? ¿otro cadáver? – preguntó casi afirmando.

    Quedé atónita con su deducción y ya estaba afirmando su clara implicación en las muertes cuando me di cuenta de que estaba señalando al dibujo que había hecho de la segunda escena.

    - ¿Qué hacías? ¿Compararlo con el otro? ¿También lo tienes dibujado? – decía mientras le echaba la mano al cuaderno.

    Sabe dios que fuerza me vino a ayudar en aquel momento, pero me dio la espabilación para sacarle el cuaderno de las manos y cerrarlo antes de que llegase a las notas que había tomado de su interrogatorio.

    - Esto no te incumbe – dije poniéndome profesional.

    Se hizo el ofendido, para ablandarme supongo; porque la ofensa le duró unos segundos. Con aquella sonrisa maliciosa de sospecha me preguntó mi nombre.

    - Gracia – dije.

    - ¿Le diste un mal parto a tu madre o qué?

    ¡Vaya ocurrencia! Claro que no, lo que pasaba era obvio, a mi madrina le gustaba mucho Grace Kelly; pero el parecía nacido para fastidiar. Y en un momento que me pilló desprevenida le echó la mano al cuaderno, afortunadamente él tampoco esperaba mi rápida reacción y conseguí recuperarlo al instante.

    Me preguntó qué era tan secreto que no quería que lo viese, si total no sabía nada, si total la poli no me había dicho nada y si total ellos, refiriéndose a sus compañeros y a él, no me habían dicho nada. No le partí la cara porque era muy grande, porque la policía estaba muy cerca y porque pese a todo lo que me inspiraba era otra cosa. Le dije y le dejé muy claro que todo eso era falso, que tenía toda la información que necesitaba y que todos me habían dicho más de lo que pensaba, sobre todo él.

    - No creo – dijo en plan genérico.

    ¿Qué no creía qué? ¿Qué no creía qué? Lo miré mal, él sonrió de nuevo. No quería preguntarle por su coartada  porque ya se me estaba subiendo a la parra y para no dejarle más claro aún que no tenía ni idea. Pero estaba casi segura de que no tenía, para el primer asesinato por lo menos.

    - No pongas esa cara que yo estoy aquí tan tranquilo – volvió a decir en plan genérico.

    Con cada cosa que decía parecía que me leía el pensamiento y al mismo tiempo el elemento no soltaba prenda.

    - ¿Y que piensas? ¿Que esto es el Código da Vinci? – preguntó vacilando.

    Me aclaró que era la impresión que le había dado cuando se sentó a mi lado; y que si había acertado iba por mal camino porque no tenía nada que ver.

    - ¿Ah no? ¿Y entonces qué? ¿Qué demonios sabes tú de nada? – dije enfadada. A ver si para un libro que había leído no me iba a servir de nada.

    Se puso serio, serio y formal, casi arrepentido. Se levantó, se puso delante de mi, se arrodilló hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos y dijo amenazando:

    - ¿De verdad quieres saber lo que yo sé?

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    Crimen de marca blanca. Capítulo 4

    sábado, octubre 10, 2009, 12:43 EST [General]


    Capítulo 4. Artai

     

    - ¿Cómo? – pregunté al tiempo que daba la vuelta para mirar quien era el oráculo.

    - Otro muerto – repitió mirándome serio.

    Le miraba a la cara con el cuello estirado, él me miraba serio y con el aire de desconfianza que tenía toda la gente con la que había hablado. Llevaba el uniforme del hiper y en la placa ponía “Artai”. Tomé la libreta y anoté el nombre, como había hecho con el resto para ver qué tenía que contar, sus palabras determinadas debían tener una explicación.

    - ¿Y tú lo sabes por? – pregunté comenzando el interrogatorio, procurando que la profesionalidad ocultase la dilatación de las pupilas.

    - Es obvio ¿no? Incendio no hay – respondió él.

    Yo tomaba nota con fidelidad notarial en mi cuaderno al lado de su nombre. Me pareció demasiado seguro deque no había un incendio, el centro era grande y los fumadores distraídos; era más que probable que en algún punto saltase una alarma antiincendios, aunque Artai lo dudaba seriamente. Tanta seguridad me hizo desconfiar, sólo había dos posibles razones para justificarla: que él fuese el asesino o que supiese quien era.

    - ¿Eres tú el asesino? – pregunté sin complejos.

    El sonrió entredientes, con tranquilidad, “la investigadora eres tú ¿no?” dijo con una mirada maliciosa.

    - Por que ¿eres investigadora, no? – repitió con más malicia todavía, como si supiese algo que no debía, no del muerto sino de mí.

    El móvil interrumpió el interrogatorio, era el jefe de seguridad que me reclamaba en el aparcamiento, en el Sótano -2. “El Sótano -2” repetí en alto mirando alrededor buscando el mapa que le había indicado a la vieja aquella unas horas antes. Eché a andar sin despedirme, no por crear un aura de misterio, es que me puse muy nerviosa, cuanto no preferiría yo que fuese un incendio provocado. No, no lo era, el segurata no me dijo de que se trataba; pero escuchaba de fondo al director histérico repitiendo “otro no, otro no”.

    África, que así se llamaba la abogada, estaba sola en medio del aparcamiento. Al lado del montacargas estaba el de seguridad con el director, no había más gente, por lo menos a simple vista, aunque si había algún coche que otro. El director, en cuanto escuchó mis pasos me miró y señaló a la abogada. Me acerqué a ella y, en el suelo, al lado de un coche de segunda marca de una casa famosa estaba el cadáver de una mujer, joven y con cara de felicidad. Del otro lado de la muerta había un par de zapatos, una pala de jardín, un móvil apagado, y una pizza congelada descongelándose. Todos los productos de M-A-R-C-A  B-L-A-N-C-A!!

    De esta vez, del lado izquierdo del fiambre sólo había cuatro productos de marca blanca y el quinto estaba del lado derecho. Era la única diferencia con el anterior. Conté el coche como producto, aunque no llevaba su etiqueta como el resto entendí que la tipa estaba allí y no al lado de otro coche cualquiera por algún oscuro motivo. Sí, decididamente el coche tenía que ser el quinto producto. Como en el anterior asesinato hice un croquis del segundo escenario con la precisión que me caracterizaba.

    La muerta todavía no tenía la línea blanca alrededor porque África había estimado oportuno retardar la llamada a la policía hasta que yo lo inspeccionase todo. No me pareció una decisión acertada, sólo esperaba que no hubiesen tocado nada o que de haberlo hecho, nadie se diese cuenta.

    - ¿Quien lo descubrió? – pregunté.

    - Los de seguridad – dijo África señalando a la cámara de seguridad – en la revisión ordinaria de las cámaras apareció.

    ¿Cámaras? Estaba hecho, si habían visto a la muerta por la cámara también tenían que tener grabado a quien la había dejado, quien puso los productos.

    - No, ya lo miramos, está el aparcamiento tranquilo e inmediatamente aparece así – dijo ella.

    Empezaba a sospechar que la cosa no iba a parar ahí. Ordené que llamasen a la policía, sí, ordené, me metí en mi papel, estaba claro que aquello no parecía tener fin, por mis cuentas iban a aparecer tres cadáveres más; y estaba claro que no podía supeditar vivir del cuento a semejante matanza. A África no le gustó mi tono, pero había que parar aquella locura cuanto antes. Miró al jefe de seguridad y le hizo un gesto positivo con la cabeza, el tomó el teléfono y llamó, a la policía, imagino, porque se presentaron en el centro en cuestión de minutos.

    No me miraron con muy buena cara, no les gustó que estuviésemos tan cerca del cadáver, que no hubiese un civil que hubiese encontrado a la muerta, que la cinta no revelase información crucial y, sobre todo, que la gente que interrogaron les comentara que habían unos veinte minutos entre que sonó la alarma y su llegada. Me dio igual, les solté que había dado orden de avisarlos en cuanto ví el cadáver y dejé que la abogada, el director y el jefe de seguridad apandasen con el marrón.

    Mientras los de la policía dibujaban la línea blanca alrededor del cadáver y comenzaban sus pesquisas aproveché para preguntarle a la abogada algo que se me había olvidado preguntar cuando ví a la muerta, “¿hubo alguna nota esta vez?”. Dijo un sí con la cabeza pero no me la mostró, imaginé que me la enseñaría una vez marchasen los de la poli.

    Era mi segundo asesinato y me notaba con más seguridad, ya no se me escapaban los detalles como antes. En la cabeza me andaban tres cosas: Artai, la cinta de la cámara de seguridad y, cuánto antes de la muerta había aparecido la nota.

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    Crimen de marca blanca. Capítulo 3

    domingo, octubre 4, 2009, 02:12 EST [General]

    Capítulo 3. La escena

    Cuando bajé la mirada del techo después de mi primera y gran deducción di con el alivio del director que debió percibir mi inspiración. Le sonreí con complicidad, diciéndole que había acertado de pleno al contratarme; pero que fuese discreto delante de la policía. La discreción era importante, aunque para decir verdad lo único que le preocupaba a la policía era mantenernos bien alejadas del fiambre. Era un hombre joven, el fiambre quiero decir, tenía pinta de simplón.

    Al poco tiempo la jueza ordenó el levantamiento del cadáver y la policía recogió el tenderete y en minutos el centro comercial volvió a la actividad normal. Fue entonces cuando el director me contó, ya con más tranquilidad y confianza que la nota que me había enseñado la abogada había aparecido en su casa, por debajo de la puerta; que no reconoció la letra e incluso que no le había dado importancia pese a que notó un palpitar desacompasado cuando la leyó por segunda vez.

    - Pensé que habían sido los niños del quinto que anda seguido con tonterías – dijo el director quejándose.

    Después, cuando la llamada de la policía lo sacó de la ducha decidió que sería mejor hablar primero con la abogada antes de enseñarle el papel a alguien. La abogada le recomendó no enseñar la nota, no me pareció una decisión muy lógica, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita a mano y que la grafología podía echar luz sobre el asesinato, sobre el asesino quiero decir. De cualquier manera ella pensó que era mejor no decir nada, y yo, para ser sincera agradecía tener algo de ventaja sobre la investigación oficial. Ella me dijo que, llegado el momento, harían llegar la nota a la policía, pero sólo si era inevitable. Lo dijo con aire misterioso. Muy misterioso. Le pedí que me hiciera una fotocopia para estudiarla con más calma y con una mirada más misteriosa aún que el tono de su voz, me dijo que no, que lo lamentaba pero que no podía ser.

    Pude preguntar porqué, pero no quería montar una escena, sobre todo después de que me dijese que procurase no interferir en la investigación policial y que me pagaban para obtener resultados.

    - Tengo que interrogar a todo el personal – dije en plan profesional.

    El director puso cara de sufrimiento, pero la abogada apuró a decir que no había problema, que hiciese lo que considerase.

    Yo considerar, consideraba que quería seguir viviendo del cuento y que esperaba, teniendo en cuenta la nota, que el crimen fuese la venganza de algún empleado descontento. Una venganza desmesurada, igual sí, pero lo de abrir los festivos no le quedaba atrás. No atrás a lo de matar, no, atrás a lo de dejarle el fiambre allí en medio.

    Empecé preguntando por la gente que trabajaba en la sección donde había aparecido el muerto, María dijo que no tenía ni idea de quien era el paisano, ni se le ocurriría hacer tal cosa, que no tenía ella cosas y sitios a donde ir en su tiempo libre “sin matar a nadie en el curro”. Inés dijo que no sabía nada y paró de hablar, era una chica joven y parecía abrumada por las circunstancias. Roi no dijo mucho más, que el tipo se le parecía al batería de no sé que grupo de esos que se dicen para parecer que se sabe de música. Katia dijo que no era cliente habitual, que no le sonaba de nada y que, por supuesto, ella no lo había matado.

    Toda la plantilla del hiper dijo lo mismo, más o menos, la gente que le encontraba parecido se lo encontraba con el batería, cantante, cuñado; la que no decía que no era cliente habitual, y el resto de tan inocentes que eran parecían tontos. Me dejaron la cabeza como un bombo. Toda la mañana aguantándolos para que no se me confesase nadie. Fui al restaurante vegetariano, tenía pensado pasar el resto de la tarde de relax y cargarle la dieta al centro.

    Cuando terminé de comer fui a dar una vuelta por el centro, no había mucha gente, eran las tres de la tarde un día de semana. La gente ya era otra y consideré, como decía la abogada, que igual era interesante interrogar también a la gente del turno de tarde, y que debería ir pidiendo el listado del personal por si había quien no hubiese venido a trabajar. Iba tomando el control de la situación.

    - Perdón, ¿me podría decir dónde está la salida PA-3? – preguntó una señora desesperada.

    - No – dije – pero mire en el cartel ese – dije señalando al plano del centro que había junto a la escalera mecánica.

    La mujer miró hacia donde le señalaba mi dedo y después me volvió a mirar con desprecio, sugiriendo que no había puesto mucho interés en ayudarle.

    Volví a entrar en el hipermercado y empecé a interrogar a todo el mundo con mucha energía hasta que el segundo me dijo que no sabía nada y que no quería líos. En ese punto decidí que ya había trabajado de más por ese día. Y tenía casi la patita fuera cuando saltó la alarma de incendios y se cerraron todas las puertas, los de seguridad salieron a tranquilizar a la gente y uno, detrás de mi, dijo:

    - Otro muerto, investigadora – con voz muy fría.








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    Crimen de marca blanca. Capítulo 2

    domingo, septiembre 27, 2009, 07:50 EST [General]

    Capítulo 2. El crimen


    Ni tenía el teléfono en la memoria del móvil, ni, para mi desgracia, la espabilación para no descolgarle a un número desconocido. El director me dijo que era urgente y que me tenía que presentar de inmediato en el centro. Le dije que iba inmediatamente. No fui, de inmediato quiero decir, me había quedado dormida en el sofá viendo la tele y no andaba muy lúcida y llegué a pensar que había sido algo que había escuchado en la tele; hasta comprobé las llamadas entrantes para cerciorarme.

    El centro estaba rodeado por un cordón policial que impedía el paso. Respiré aliviada y de nuevo me precipité. Estaba maniobrando para dar la vuelta porque el cordón policial estaba puesto de tal manera que no había más salida que marcar por donde se había llegado, imagino que sus motivos tendrían aunque me cuesta bastante entenderlos. Marcha atrás, volante a la izquierda, primera. Sonó el teléfono, era el director, dudé si cogerlo; pero como creía que tenía la excusa perfecta respondí.

    - ¿Dónde está? ¿Cuánto va a tardar? – preguntó desesperado, sin esperar respuesta.

    Le conté el estado de la situación exagerando y por su silencio pensé que lo había convencido; pero lo que hacía el pobre hombre era marcar el teléfono de su abogada para que hablase con el jefe del operativo y me dejase pasar. No me lo dijo, lo noté por el hueco que se iba haciendo en el cordón y porque uno de uniforme vino hacia mi coche y, sin decir palabra, hizo un círculo en el aire con la mano derecha señalando al hueco y al portalón que se abría detrás de el.

    Volví a maniobrar y fui hacia donde me habían indicado, en la puerta estaba el director del centro con una mujer a su lado que resultó ser la abogada. Me obligaron a aparcar en la primera plaza que había con sus miradas de impaciencia. Salí del coche aparentando tranquilidad, sin estrategia, si alguien se me ponía chulo le echaría una de esas miradas que destetan a los niños que dicen que echo yo.

    Me llevaron al despacho del director y allí intentaron ponerme al tanto de la situación. La que hablaba era la abogada, el director no hacía más que pasar las manos por la cabeza y gemir. En la puerta del despacho había un policía que miraba para adentro de cuando en vez. La abogada también lo miraba.

    - Igual ya lo sabe, pero cuando el centro abrió esta mañana encontramos un cadáver en la zona de frío – hablaba despacio y mirando hacia la puerta – el cadáver es de un hombre desconocido, sin documentación y la policía todavía no lo ha identificado. Después iremos a ver la escena del crimen y podrá darnos su experta opinión.

    Paró de hablar, se acercó a la puerta y se aseguró de que el policía estaba allí, después caminó hacia mi y, asegurándose de que me tapaba completamente a los ojos del policía, tomó un papel doblado en tres de su bolso y lo desdobló ante mí, lo acercó para que lo leyese, sin dejarme tocarlo. Se leía:

    A VER COMO TE APAÑAS CON EL FIAMBRE

    Tan sólo me dejó mirar los dos segundos necesarios para leerlo, después lo dobló de nuevo y lo volvió a guardar en el bolso. Se quitó de delante y le dijo al director que ya podíamos ir a ver el cadáver. Sin más, sin dar ni una explicación de la nota, de donde había aparecido, de a quien iba dirigido y ni siquiera de quien la había escrito.

    El director se levantó y la abogada le dijo al guarda que queríamos ir a ver la escena del crimen. Yo fui detrás, imaginaba que era lo que tenía que hacer. Caminábamos por los pasillos vacíos acompañados por el eco de nuestros pasos hasta la zona comercial. En el hipermercado había más gente, los de la compañía de seguridad estaban en un lado hablando con la policía como si se conociesen de toda la vida. La plantilla estaba en otro lado de morros porque ni trabajaban ni los dejaban ir.

    Dentro olía a hipermercado, yo me iba preparando para la escena, nunca en mi vida había visto un muerto y temía no sólo el momento de enfrentarme a uno por primera vez sino las pesadillas de después, el aparecerse de una cara avanzando estado de descomposición frente al espejo una noche de tormenta.

    Tardé en acercarme, disimulé el miedo con un falso interés por el entorno, analizando todos los detalles, buscando un algo que me permitiese escaquearme sin dar el cante. La policía me miraba con recelo, como con desconfianza, como la intrusa que era. La abogada me llamó a la primera fila. Me acerqué con cautela.

    En el suelo estaba el cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho. Estaba al lado de los arcones de frío, el de las legumbres; a su izquierda había varios productos perfectamente colocados: un cartón de detergente de 32 teóricos lavados, un cartón de leche semidesnatada, una camisa de cuadros de las que estaban de moda con una etiqueta amarilla de 3x2, un bote de pintura blanca de interior antimoho de 4 kilos y un ordenador portátil abierto pero apagado.

    El cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho estaba rodeado por una línea blanca y por lo que llevaba visto en las series de investigación criminal podía decir que no había signos de violencia, el hombre estaba vestido, correctamente vestido. Era blanco y tenía una sonrisa de felicidad en la cara, los ojos cerrados, los brazos estirados hasta debajo de la cabeza y las piernas cruzadas como si estuviese tomando el sol.

    La verdad, para ser mi primer trabajo de investigadora, mi primera escena del crimen y mi primer muerto me pareció muy poco serio.

    Noté que el director me miraba con atención, con súplica, esperando que le solucionase la papeleta allí mismo, en aquel mismo instante. Por supuesto, no lo hice, la imaginación no me dio para tanto. Entonces, por disimular saqué la libreta que llevo en el bolso para anotar los teléfonos de los ligues, bueno, vale, la lista de la compra e hice un croquis del escenario. Dibujé todo con la máxima precisión que pude, con el uso de la perspectiva que había aprendido en clase de pretecnología de octavo, con la escala justa, todo para que una vez a solas pudiese llegar a las conclusiones más asombrosas. Mientras iba dibujando los productos que estaban al lado del muerto me di cuenta de que todos eran de ¡¡¡M-A-R-C-A  B-L-A-N-C-A!!!!

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    Crimen de marca blanca. Capítulo 1

    sábado, septiembre 19, 2009, 09:13 EST [General]

    Capítulo 1. El porqué

    Entré poco decidida, en realidad nunca había pensado en la posibilidad de tener que entrar, de tener que presentarme, de que me llamasen para trabajar. Sí, lo sé, es verdad, me llamaron porque me habían contratado y me habían contratado porque les presenté una buena oferta; pero también es verdad que presenté esa buena oferta porque no esperaba tener que llevarla adelante.

    Tenía un trabajo de segunda, de esos que dicen en las series americanas de investigación criminal que tienen los sociópatas, por debajo de mis posibilidades. Lo hice, de hecho, por evitarle un disgusto a la sociedad, la intención era esa exactamente. Después de todo la idea no fue mía, y por lo tanto la culpa tampoco, la culpa fue del conductor del tranvía que se detuvo allí en medio y le montó una bronca al del todoterreno aparcado en el medio de la vía. Bueno, de él y del conductor del autobús que tomé aquella mañana por bajar a ayudarle y tenernos allí tanto tiempo. En la radio entrevistaban a un investigador privado, que el locutor se empeñaba en llamar detective privado. Contó alguna anécdota interesante, no diré que no, casi ni lo escuchaba; comencé a prestar atención cuando el locutor exclamó sorprendido.


    - ¿Tanto? – decía.

    - Y más – dijo el investigador.

    Al principio pensé que hablaban de cuernos, imaginaba que vivían de eso; pero no, hablaban de lo que llegaban a pagar las grandes superficies por sus servicios, porque era muy bueno. Era una cantidad indecente, no había desayunado y me pareció bien. Él presumía de la oferta que le habían hecho para el nuevo centro que iba a abrir, como si fuese un futbolista de portada. El locutor emocionado preguntaba y el investigador subido respondía. Y yo memoricé.

    En el trabajo, me echaron una bronca por llegar tarde sin avisar el día antes y por encima no iba a cobrar esas horas. No me importó, pasé todo el día escribiendo lo que le había escuchado al investigador. Todo lo que había memorizado durante la entrevista y cuando terminó la jornada tenía confeccionado un borrador de lo que iba a ser mi oferta de seguridad privada para el nuevo centro comercial que iba a abrir, el que ya abrió, ese que lleva tiempo. El investigador omitió el importe que iba a facturar; pero busqué en internet una orientación y puse la mitad. Poco ético, sí; pero al final mis títulos eran falsos, al igual que mi equipo de colaboración y el laboratorio de alta tecnología que tenía a mi disposición; así que cobrar lo mismo que los que tenían todo ese equipamiento de verdad tampoco era mucho más ético.

    Falsifiqué los títulos, claro que los falsifiqué, otra manera no había, no me iba a poner a estudiar criminología para sacarle el dinero a una multinacional. No, es que si me ponía a estudiar criminología también tenia que hacer aquel master en Washington, las prácticas en aquel laboratorio del FBI e el asesoramiento a la Interpol. Si total bajando los logos de internet y con un papel papiro de alta calidad viene siendo lo mismo.

    El investigador había dicho que no era frecuente que tuviese que participar activamente en el servicio, porque la mayoría de los delitos eran menores y ya los solucionaban los de seguridad, que por supuesto cobraban mucho menos que él, normal, no tenían la formación que él tenía. Y para los delitos grandes, esos mismos seguratas llamaban a la policía por su operativa habitual. A él le pagaban más que nada por prestigio y por exigencia de las compañías de seguros, acababa por intervenir en uno o dos casos, más que nada robos cometidos por la propia plantilla que al centro no le interesaba denunciar por diversos y no muy claros motivos.

    Exactamente eso fue lo que pasó, presenté la increíble oferta, la aceptaron, como no iban a aceptarla. Aguanté el mal perder del investigador de la radio y, por supuesto, dejé le trabajo de segunda por debajo de mis posibilidades. Funcionó, funcionó perfectamente durante un año y pico. Me gustaba eso de vivir sin trabajar y de tener la cartilla bien llenita de muchos ceros, que a la pobre, era lo que más le prestaba.

    Y en un momento de esos en los que una debería morder la lengua para no conjurar al destino no lo hice. Hablé alto y muy alto de lo bien que me iba. Cerrar la boca y sonar el teléfono fue todo uno.

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