raquelcoutoantelo
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    Crimen de marca blanca. Capítulo 3

    domingo, octubre 4, 2009, 02:12 EST [General]

    Capítulo 3. La escena

    Cuando bajé la mirada del techo después de mi primera y gran deducción di con el alivio del director que debió percibir mi inspiración. Le sonreí con complicidad, diciéndole que había acertado de pleno al contratarme; pero que fuese discreto delante de la policía. La discreción era importante, aunque para decir verdad lo único que le preocupaba a la policía era mantenernos bien alejadas del fiambre. Era un hombre joven, el fiambre quiero decir, tenía pinta de simplón.

    Al poco tiempo la jueza ordenó el levantamiento del cadáver y la policía recogió el tenderete y en minutos el centro comercial volvió a la actividad normal. Fue entonces cuando el director me contó, ya con más tranquilidad y confianza que la nota que me había enseñado la abogada había aparecido en su casa, por debajo de la puerta; que no reconoció la letra e incluso que no le había dado importancia pese a que notó un palpitar desacompasado cuando la leyó por segunda vez.

    - Pensé que habían sido los niños del quinto que anda seguido con tonterías – dijo el director quejándose.

    Después, cuando la llamada de la policía lo sacó de la ducha decidió que sería mejor hablar primero con la abogada antes de enseñarle el papel a alguien. La abogada le recomendó no enseñar la nota, no me pareció una decisión muy lógica, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita a mano y que la grafología podía echar luz sobre el asesinato, sobre el asesino quiero decir. De cualquier manera ella pensó que era mejor no decir nada, y yo, para ser sincera agradecía tener algo de ventaja sobre la investigación oficial. Ella me dijo que, llegado el momento, harían llegar la nota a la policía, pero sólo si era inevitable. Lo dijo con aire misterioso. Muy misterioso. Le pedí que me hiciera una fotocopia para estudiarla con más calma y con una mirada más misteriosa aún que el tono de su voz, me dijo que no, que lo lamentaba pero que no podía ser.

    Pude preguntar porqué, pero no quería montar una escena, sobre todo después de que me dijese que procurase no interferir en la investigación policial y que me pagaban para obtener resultados.

    - Tengo que interrogar a todo el personal – dije en plan profesional.

    El director puso cara de sufrimiento, pero la abogada apuró a decir que no había problema, que hiciese lo que considerase.

    Yo considerar, consideraba que quería seguir viviendo del cuento y que esperaba, teniendo en cuenta la nota, que el crimen fuese la venganza de algún empleado descontento. Una venganza desmesurada, igual sí, pero lo de abrir los festivos no le quedaba atrás. No atrás a lo de matar, no, atrás a lo de dejarle el fiambre allí en medio.

    Empecé preguntando por la gente que trabajaba en la sección donde había aparecido el muerto, María dijo que no tenía ni idea de quien era el paisano, ni se le ocurriría hacer tal cosa, que no tenía ella cosas y sitios a donde ir en su tiempo libre “sin matar a nadie en el curro”. Inés dijo que no sabía nada y paró de hablar, era una chica joven y parecía abrumada por las circunstancias. Roi no dijo mucho más, que el tipo se le parecía al batería de no sé que grupo de esos que se dicen para parecer que se sabe de música. Katia dijo que no era cliente habitual, que no le sonaba de nada y que, por supuesto, ella no lo había matado.

    Toda la plantilla del hiper dijo lo mismo, más o menos, la gente que le encontraba parecido se lo encontraba con el batería, cantante, cuñado; la que no decía que no era cliente habitual, y el resto de tan inocentes que eran parecían tontos. Me dejaron la cabeza como un bombo. Toda la mañana aguantándolos para que no se me confesase nadie. Fui al restaurante vegetariano, tenía pensado pasar el resto de la tarde de relax y cargarle la dieta al centro.

    Cuando terminé de comer fui a dar una vuelta por el centro, no había mucha gente, eran las tres de la tarde un día de semana. La gente ya era otra y consideré, como decía la abogada, que igual era interesante interrogar también a la gente del turno de tarde, y que debería ir pidiendo el listado del personal por si había quien no hubiese venido a trabajar. Iba tomando el control de la situación.

    - Perdón, ¿me podría decir dónde está la salida PA-3? – preguntó una señora desesperada.

    - No – dije – pero mire en el cartel ese – dije señalando al plano del centro que había junto a la escalera mecánica.

    La mujer miró hacia donde le señalaba mi dedo y después me volvió a mirar con desprecio, sugiriendo que no había puesto mucho interés en ayudarle.

    Volví a entrar en el hipermercado y empecé a interrogar a todo el mundo con mucha energía hasta que el segundo me dijo que no sabía nada y que no quería líos. En ese punto decidí que ya había trabajado de más por ese día. Y tenía casi la patita fuera cuando saltó la alarma de incendios y se cerraron todas las puertas, los de seguridad salieron a tranquilizar a la gente y uno, detrás de mi, dijo:

    - Otro muerto, investigadora – con voz muy fría.








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    Crimen de marca blanca. Capítulo 2

    domingo, septiembre 27, 2009, 07:50 EST [General]

    Capítulo 2. El crimen


    Ni tenía el teléfono en la memoria del móvil, ni, para mi desgracia, la espabilación para no descolgarle a un número desconocido. El director me dijo que era urgente y que me tenía que presentar de inmediato en el centro. Le dije que iba inmediatamente. No fui, de inmediato quiero decir, me había quedado dormida en el sofá viendo la tele y no andaba muy lúcida y llegué a pensar que había sido algo que había escuchado en la tele; hasta comprobé las llamadas entrantes para cerciorarme.

    El centro estaba rodeado por un cordón policial que impedía el paso. Respiré aliviada y de nuevo me precipité. Estaba maniobrando para dar la vuelta porque el cordón policial estaba puesto de tal manera que no había más salida que marcar por donde se había llegado, imagino que sus motivos tendrían aunque me cuesta bastante entenderlos. Marcha atrás, volante a la izquierda, primera. Sonó el teléfono, era el director, dudé si cogerlo; pero como creía que tenía la excusa perfecta respondí.

    - ¿Dónde está? ¿Cuánto va a tardar? – preguntó desesperado, sin esperar respuesta.

    Le conté el estado de la situación exagerando y por su silencio pensé que lo había convencido; pero lo que hacía el pobre hombre era marcar el teléfono de su abogada para que hablase con el jefe del operativo y me dejase pasar. No me lo dijo, lo noté por el hueco que se iba haciendo en el cordón y porque uno de uniforme vino hacia mi coche y, sin decir palabra, hizo un círculo en el aire con la mano derecha señalando al hueco y al portalón que se abría detrás de el.

    Volví a maniobrar y fui hacia donde me habían indicado, en la puerta estaba el director del centro con una mujer a su lado que resultó ser la abogada. Me obligaron a aparcar en la primera plaza que había con sus miradas de impaciencia. Salí del coche aparentando tranquilidad, sin estrategia, si alguien se me ponía chulo le echaría una de esas miradas que destetan a los niños que dicen que echo yo.

    Me llevaron al despacho del director y allí intentaron ponerme al tanto de la situación. La que hablaba era la abogada, el director no hacía más que pasar las manos por la cabeza y gemir. En la puerta del despacho había un policía que miraba para adentro de cuando en vez. La abogada también lo miraba.

    - Igual ya lo sabe, pero cuando el centro abrió esta mañana encontramos un cadáver en la zona de frío – hablaba despacio y mirando hacia la puerta – el cadáver es de un hombre desconocido, sin documentación y la policía todavía no lo ha identificado. Después iremos a ver la escena del crimen y podrá darnos su experta opinión.

    Paró de hablar, se acercó a la puerta y se aseguró de que el policía estaba allí, después caminó hacia mi y, asegurándose de que me tapaba completamente a los ojos del policía, tomó un papel doblado en tres de su bolso y lo desdobló ante mí, lo acercó para que lo leyese, sin dejarme tocarlo. Se leía:

    A VER COMO TE APAÑAS CON EL FIAMBRE

    Tan sólo me dejó mirar los dos segundos necesarios para leerlo, después lo dobló de nuevo y lo volvió a guardar en el bolso. Se quitó de delante y le dijo al director que ya podíamos ir a ver el cadáver. Sin más, sin dar ni una explicación de la nota, de donde había aparecido, de a quien iba dirigido y ni siquiera de quien la había escrito.

    El director se levantó y la abogada le dijo al guarda que queríamos ir a ver la escena del crimen. Yo fui detrás, imaginaba que era lo que tenía que hacer. Caminábamos por los pasillos vacíos acompañados por el eco de nuestros pasos hasta la zona comercial. En el hipermercado había más gente, los de la compañía de seguridad estaban en un lado hablando con la policía como si se conociesen de toda la vida. La plantilla estaba en otro lado de morros porque ni trabajaban ni los dejaban ir.

    Dentro olía a hipermercado, yo me iba preparando para la escena, nunca en mi vida había visto un muerto y temía no sólo el momento de enfrentarme a uno por primera vez sino las pesadillas de después, el aparecerse de una cara avanzando estado de descomposición frente al espejo una noche de tormenta.

    Tardé en acercarme, disimulé el miedo con un falso interés por el entorno, analizando todos los detalles, buscando un algo que me permitiese escaquearme sin dar el cante. La policía me miraba con recelo, como con desconfianza, como la intrusa que era. La abogada me llamó a la primera fila. Me acerqué con cautela.

    En el suelo estaba el cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho. Estaba al lado de los arcones de frío, el de las legumbres; a su izquierda había varios productos perfectamente colocados: un cartón de detergente de 32 teóricos lavados, un cartón de leche semidesnatada, una camisa de cuadros de las que estaban de moda con una etiqueta amarilla de 3x2, un bote de pintura blanca de interior antimoho de 4 kilos y un ordenador portátil abierto pero apagado.

    El cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho estaba rodeado por una línea blanca y por lo que llevaba visto en las series de investigación criminal podía decir que no había signos de violencia, el hombre estaba vestido, correctamente vestido. Era blanco y tenía una sonrisa de felicidad en la cara, los ojos cerrados, los brazos estirados hasta debajo de la cabeza y las piernas cruzadas como si estuviese tomando el sol.

    La verdad, para ser mi primer trabajo de investigadora, mi primera escena del crimen y mi primer muerto me pareció muy poco serio.

    Noté que el director me miraba con atención, con súplica, esperando que le solucionase la papeleta allí mismo, en aquel mismo instante. Por supuesto, no lo hice, la imaginación no me dio para tanto. Entonces, por disimular saqué la libreta que llevo en el bolso para anotar los teléfonos de los ligues, bueno, vale, la lista de la compra e hice un croquis del escenario. Dibujé todo con la máxima precisión que pude, con el uso de la perspectiva que había aprendido en clase de pretecnología de octavo, con la escala justa, todo para que una vez a solas pudiese llegar a las conclusiones más asombrosas. Mientras iba dibujando los productos que estaban al lado del muerto me di cuenta de que todos eran de ¡¡¡M-A-R-C-A  B-L-A-N-C-A!!!!

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    Crimen de marca blanca. Capítulo 1

    sábado, septiembre 19, 2009, 09:13 EST [General]

    Capítulo 1. El porqué

    Entré poco decidida, en realidad nunca había pensado en la posibilidad de tener que entrar, de tener que presentarme, de que me llamasen para trabajar. Sí, lo sé, es verdad, me llamaron porque me habían contratado y me habían contratado porque les presenté una buena oferta; pero también es verdad que presenté esa buena oferta porque no esperaba tener que llevarla adelante.

    Tenía un trabajo de segunda, de esos que dicen en las series americanas de investigación criminal que tienen los sociópatas, por debajo de mis posibilidades. Lo hice, de hecho, por evitarle un disgusto a la sociedad, la intención era esa exactamente. Después de todo la idea no fue mía, y por lo tanto la culpa tampoco, la culpa fue del conductor del tranvía que se detuvo allí en medio y le montó una bronca al del todoterreno aparcado en el medio de la vía. Bueno, de él y del conductor del autobús que tomé aquella mañana por bajar a ayudarle y tenernos allí tanto tiempo. En la radio entrevistaban a un investigador privado, que el locutor se empeñaba en llamar detective privado. Contó alguna anécdota interesante, no diré que no, casi ni lo escuchaba; comencé a prestar atención cuando el locutor exclamó sorprendido.


    - ¿Tanto? – decía.

    - Y más – dijo el investigador.

    Al principio pensé que hablaban de cuernos, imaginaba que vivían de eso; pero no, hablaban de lo que llegaban a pagar las grandes superficies por sus servicios, porque era muy bueno. Era una cantidad indecente, no había desayunado y me pareció bien. Él presumía de la oferta que le habían hecho para el nuevo centro que iba a abrir, como si fuese un futbolista de portada. El locutor emocionado preguntaba y el investigador subido respondía. Y yo memoricé.

    En el trabajo, me echaron una bronca por llegar tarde sin avisar el día antes y por encima no iba a cobrar esas horas. No me importó, pasé todo el día escribiendo lo que le había escuchado al investigador. Todo lo que había memorizado durante la entrevista y cuando terminó la jornada tenía confeccionado un borrador de lo que iba a ser mi oferta de seguridad privada para el nuevo centro comercial que iba a abrir, el que ya abrió, ese que lleva tiempo. El investigador omitió el importe que iba a facturar; pero busqué en internet una orientación y puse la mitad. Poco ético, sí; pero al final mis títulos eran falsos, al igual que mi equipo de colaboración y el laboratorio de alta tecnología que tenía a mi disposición; así que cobrar lo mismo que los que tenían todo ese equipamiento de verdad tampoco era mucho más ético.

    Falsifiqué los títulos, claro que los falsifiqué, otra manera no había, no me iba a poner a estudiar criminología para sacarle el dinero a una multinacional. No, es que si me ponía a estudiar criminología también tenia que hacer aquel master en Washington, las prácticas en aquel laboratorio del FBI e el asesoramiento a la Interpol. Si total bajando los logos de internet y con un papel papiro de alta calidad viene siendo lo mismo.

    El investigador había dicho que no era frecuente que tuviese que participar activamente en el servicio, porque la mayoría de los delitos eran menores y ya los solucionaban los de seguridad, que por supuesto cobraban mucho menos que él, normal, no tenían la formación que él tenía. Y para los delitos grandes, esos mismos seguratas llamaban a la policía por su operativa habitual. A él le pagaban más que nada por prestigio y por exigencia de las compañías de seguros, acababa por intervenir en uno o dos casos, más que nada robos cometidos por la propia plantilla que al centro no le interesaba denunciar por diversos y no muy claros motivos.

    Exactamente eso fue lo que pasó, presenté la increíble oferta, la aceptaron, como no iban a aceptarla. Aguanté el mal perder del investigador de la radio y, por supuesto, dejé le trabajo de segunda por debajo de mis posibilidades. Funcionó, funcionó perfectamente durante un año y pico. Me gustaba eso de vivir sin trabajar y de tener la cartilla bien llenita de muchos ceros, que a la pobre, era lo que más le prestaba.

    Y en un momento de esos en los que una debería morder la lengua para no conjurar al destino no lo hice. Hablé alto y muy alto de lo bien que me iba. Cerrar la boca y sonar el teléfono fue todo uno.

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    En el fondo. Capítulo 51. Último capítulo

    sábado, septiembre 5, 2009, 08:11 EST [General]

    Capítulo 51. El mar siempre vuelve a su sitio.


    O no, porque el mar siguió en el sitio que había invadido con el maremoto y de allí no se movió por mucha Little Venice que trataran de hacer. Las obras fueron lentas, sin pausa pero lentas; la marea, como digo no se lo puso fácil. Nosotras tampoco, por las noches bajábamos a la antigua zona cero y boicoteábamos las máquinas, tontamente, porque de mecánica sabíamos lo justo para encender la zodiac y la polea de arrastre y cuatro cositas más; pero algo hacíamos. Hacíamos una resistencia silenciosa, como los ratoncitos que por las noches roen los paquetes de harina, no es mucha cosa, pero si cada noche roen un paquete distinto, ya va fastidiando un poco más.

    Cuando el desescombro se fue acercando a nuestras casas la resistencia fue menos silenciosa y menos inocente; íbamos al súper a buscar huevos de oferta para lanzárselos a los de las máquinas y ni la policía se atrevió a desalojarnos; no contaban con nuestra astucia, que diría el Chapulín Colrado, y la verdad no me extraña, habían tirado tanto la casa de Salva como la de Sandra estando vacías, el día aquel del especial maratón de Corazón de Glamour de la “boda”. Habíamos quedado toda la noche en vela para no perder detalle y cuando llegaron a sus respectivas casas la tarde siguiente lo único que vieron fue una explanada de cemento gastado.

    Al principio pensé que Salva me estaba tomando el pelo, como sabía que hacía días que soñaba  que nos tiraban la casa y que teníamos que dormir en un escaparate sin persiana; pero me lo creí cuando me llamó Sandra toda nerviosa, ella no jugaría con semejante cosa, era una chica seria, formal y tenía a Paco llorando histérico detrás, lo que le daba más credibilidad. Esa fue la primera y única batalla que perdimos, lo que nos sirvió de lección; lección que aprendimos con mucho cuidado. Salva, Paco y Sandra se instalaron en el edificio, hicimos un cuadrante de turnos para que en ningún momento el edifico quedase sólo y teníamos una llamada de emergencia para que viniese el resto a dar apoyo.

    Sí, ese edificio que se ve al final de Little Venice, ese que es tan bonito y original pero que no pega con el resto del conjunto arquitectónico, ese, ese es nuestro edificio. Tanto apuro tenían por terminar y tanta fue la chapa que les dimos que prefirieron restaurar el edificio a tirarlo, y aún así lo tuvieron complicado porque no les quedó otra que hacerlo con nosotras dentro, ni las fuerzas de asalto nos dieron sacado de allí, lo que es tener un poco de dinamita revieja en la mano. Después de muchos años pudimos disponer de alcantarillado, agua corriente y ascensor. Bueno, lo del ascensor era una novedad, igual que lo de la fachada toda de gresite de colores vivos haciendo un mosaico espectacular. Tan bonito quedó que llegaron a pretender ocupar los bajos y alguno de los pisos vacíos, sin éxito, claro. En los bajos pusimos Salva y yo un restaurante de filloas para llevar, no era una fritanga, tenía clase, lo que pasa es que no nos daba la gana de aguantar a la gente. En el otro bajo Sandra puso una librería, no ganaba tanto como nosotros, pero le llegaba para vivir y podía leer gratis las revistas del corazón.

    Habíamos visto la ceremonia de inauguración por la televisión, sentadas en mi sofá como acostumbrábamos a hacer, reconocimos al alcalde, pero a nadie más. Hasta hacíamos chistes riéndonos de nosotros mismos por habernos visto envueltos en una trama tan chapucera como en la que habíamos participado, y del dinero que nos había pasado por delante y habíamos dejado escapar, y de que por lo menos habíamos descubierto nuestra vocación oculta de hacer filloas. Alguna vez pasó Ramón por el puesto acompañado por una rubia que quería parar y comprar algo de comer aunque él no le dejaba. Me pareció que era la misma de todas las veces. En pedazos que rescataba de los despistes de Paco supe que había vuelto para quedar, la rubia se parecía peligrosamente a aquella de hacía años, pero lo que más me sorprendió fue que ni me decepcionó, ni me provocó más sentimiento que el de curiosidad por saber que hacía en Coruña si tenía tanta pasta como debía tener. Imaginé que para disimular, no le  quería preguntar a Paco por no remover en la decepción.

    Los meses pasaron tranquilos y felices, aburridos y monótonos, diría yo; y aunque no nos iba mal yo seguía teniendo la sensación de que aquello no podía ser todo. Era una vida más cómoda, sin duda, pero faltaba aquella emoción de la nocturnidad y de encontrar algo sorprendente cada día, y sobre todo de estar podrida de dinero emborrachándome entre la jet set. Sí, desilusión, eso era lo que me invadía de cuando en vez.

    El “divorcio” ocupaba toda la programación, habíamos cerrado una hora antes y Paco había pedido pizza para los cuatro, se estaba retrasando pero aún llegaba dentro del tiempo, si los anuncios aguantaban un poco no nos interrumpiría. Tan impaciente estaba que abrí nada más escuchar el primer timbrazo, abrí la puerta y esperé desde la tele con impaciencia. Volvieron a timbrar y volví a abrir, un poco más enfadada de esta vez, sobre todo porque la panda esta tan ancha en el sofá y yo allí de guardia, que era mi casa y ya podían invitar alguna vez a la suya que ya estaba bien.

    En esas estaba yo, preparándole una bronca, seguramente inmerecida, al repartidor, cuando del ascensor salió una pareja entrada en edad, con pinta de tener mucho dinero y con una desesperación pérfida en la mirada que me transportó a otros tiempos más emocionantes, entraron decididos sin esperar convite y se plantaron delante de la tele para captar toda la atención. Detrás de ellos llegó el repartidor que se escaqueó de la bronca porque la intriga había borrado el cabreo de un plumazo.

    - Vosotros sois esos que antes... – dijo la mujera sin querer hablar más de la cuenta.

    Nos extrañó que alguien se acordase de aquellos tiempos. El pizzero estaba atento mientras buscaba la vuelta.

    - Queda con el cambio, que debe estar bien difícil de encontrar, largo – le dije.

    El marchó sin muchas ganas. Cerré la puerta y me pusen al tema.

    - Somos esos que antes... – dije con aire misterioso.

    Y noté una chispa en la mirada de Salva, y otra en la de la pareja visitante.

    - Sabréis que tenemos denunciado al Ayuntamiento – dijo el hombre.

    Y lo dijo como si de verdad lo tuviésemos que saber.

    - ¿Vosotros lo sabéis? – preguntó ella.

    No pareció gustarles nuestra ignorancia. Se miraron con disgusto, como si estuviesen perdiendo el tiempo, defraudados.

    - Pues nos informaron mal – dijo él.

    Nos contó que habían hablado con un periodista, que no debía ser muy bueno porque trabajando Sandra en una librería era raro que no hubiésemos escuchado nada del tema, que les dio el nombre de no se quien que tenía un restaurante en las tiendas centrales, que les había dicho de otro que vendía velas, que habló con otra que ahora vivía en Sada, que sabía de... en definitiva que acabaron por llegar hasta nosotras.

    Por lo que fuimos sacando de uno y otra habían denunciado al Ayuntamiento por sus derechos sobre Little Venice, al parecer unos años antes, cuando ya estaban instalados y disfrutando de la tranquilidad de su chalet fruto de la indemnización por el desalojo de la zona cero, unos amigos suyos les contaron que los del Ayuntamiento habían pasado por allí para que firmasen la renuncia a los posibles derechos que pudiesen tener sobre sus antiguas propiedades en la zona cero. Firmaron, claro que firmaron, les traían las escrituras y aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación económica. Después supieron que habían visitado a todos sus vecinos de antes y acabaron por averiguar que había otros dos propietarios más a parte de ellos a los que no les habían ido a pedir la firma. Tanto les extrañó que compararon sus documentos con los de la gente que había firmado, vieron que aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación por marchar de la zona cero era un simple recibí del dinero, sin más, sin aclaración. Vieron también que el documento nuevo explicaba claramente la renuncia a cualquier derecho sobre las antiguas propiedades dejando sin efecto la escritura que obraba en manos del Ayuntamiento aunque estuviese a nombre de los antiguos propietarios.

    Les vino la inspiración, algo había que rascar, seguro. Y aunque imaginaban que habría algún motivo por el que no habían contactado con ellos hablaron con un abogado de toda confianza que vio tajada, sin saber muy bien de que parte, que les dijo que lo primero que tenían que hacer era poner una denuncia al Ayuntamiento por usurpación de sus propiedades. En el tiempo que tardó el juicio averiguaron que el Ayuntamiento no tenía sus escrituras, lo supieron porque menganita que jugaba al parchís con menganita que tomaba el café con fulanito que... conocía a un concejal que le contó que unas concejalas habían intentado quedar con todo presentando las escrituras de las propiedades; pero que dieron reaccionado a tiempo porque hicieron una lista con los propietarios y les hicieron firmar la renuncia inutilizando las escrituras que habían olvidado pasar a nombre del Ayuntamiento en su momento. Aprovecharon la inocencia de los propietarios y tuvieron suerte de que la tuviesen, la inocencia, quiero decir.

    A medida que hablaban se me iban aclarando los recuerdos hasta llegar al momento de ese flash que me hizo recordar que había escondido tres escrituras debajo del armario del baño y que había olvidado completamente. A partir del momento en que lo recordé no hice más que intentar poner cara de disimule para que no se me notase que las tenía y buscar una buena excusa para ir al cuarto de baño para asegurarme de que, efectivamente, estaban allí.

    Salva notó que me pasaba algo, aunque no creo que imaginase el que, pensó que me quería deshacer de ellos porque me traían malos recuerdos.

    - Ya no queda nada allá abajo, no nos pidan que bajemos, no hay nada que hacer  - dijo Salva.

    Los viejos se decepcionaron, se decepcionaron mucho, se sentaron y pusieron unas caras de pena que me conmovieron, y al resto también. Le pedí a Sandra que me acompañase al baño, le extrañó; y más aún le extrañó que le pidiese que me ayudara a mover el armario con cuidado, y aún más que sacara de debajo las escrituras de las que hablaban los viejos y que ella pensaba que eran completamente ajenas a nosotras.

    - ¿Y eso? – preguntó en voz baja.

    - Se las robé a Ramón – le respondí.

    Puso una cara de sorpresa alegre, como si por primera vez creyese aquello que le decía de que ya lo tenía superado.

    - ¿Se las vas a dar? – preguntó Sandra.

    - Sí – dije - ¿no le viste las caritas?

    Fue en ese momento cuando me di cuenta de que sí mucha pena, pero los viejos se habían papado la indemnización por el realojo y nosotras, que habíamos hecho todo el trabajo, nos habíamos quedado sin un duro.

    - Igual, mejor hacemos un trato – rectifiqué.

    Los viejos seguían afligidos, Paco estaba tratando de consolarlos y Salva tratando de poner la oreja en la tele para que no le interrumpiesen el programa.

    - Bueno, a ver – dije tratando de poner voz amable aunque me salió de sargento – aquí tengo tres escrituras, pero también tengo ganas de la mitad de todo.

    Se miraron, ni escucharon lo de que quería la mitad, ni recordaron que tenían reuma ni artrosis, se levantaron, se pusieron a darnos besos a todos, a decirnos que éramos sus salvadores, que ya se lo habían dicho, que teníamos la fama bien ganada... Salva me miraba con la misma cara de sorpresa de Sandra y con una chispa de avaricia que le entro al escuchar lo de la mitad, claro.

    Acepté las muestras de agradecimiento sin emocionarme ni abandonar mi postura de sargento y, sobre todo, sin soltar las escrituras, las agarraba como si se me fuese la vida en ellas.

    Una vez se les pasó la euforia volvía a repetirles lo de la mitad de todo, no pareció importarles; hicieron un par de llamadas y en poco tiempo estaban en la puerta otra vieja y una pareja de viejos más, no es que les falte al respeto, es que ya tenían sus años.

    Se volvió a repetir la escena de agradecimientos y Salva se me adelantó al insistir en lo de “la mitad de todo”. Hicieron una última llamada y se presentó el abogado que no se emocionó tanto e insistía bastante más que los viejos en que les diese las escrituras. Cosa que no hice, cosa que a los viejos no les pareció del todo bien, pero que comprendieron y al abogado le pareció mal de todo, pero como Salva se puso a mi lado en plan guardaespaldas y Paco y Sandra hicieron otro tanto, y encima parece ser que teníamos fama en ciertos círculos de ser de armas tomar en el sentido literal de las dos palabras, pues se despidieron amablemente y quedamos en el juicio, donde nos darían la mitad de todo.

    El juicio fue muy tranquilo, por parte del Ayuntamiento venían varios abogados, entre ellos Carlos, que en cuanto nos vio se le bajaron los humos, incluso les propusieron un trato algo favorecedor a los viejos, que por muy favorecedor que fuese nunca sería tanto como la mitad de todo.

    El Concejal de urbanismo hablaba con el ex de su yerno y nos miraban, a el también se le habían bajado los humos, y eso que aún no había salido el tema de las escrituras. Cuando salió fue peor, para ellos quiero decir, para nosotras fue genial. El juez obligó a los viejos a devolver la indemnización por el desalojo, una miseria; y al Ayuntamiento a darles la titularidad de lo que había en los terrenos de das escrituras, y a nosotras la mitad de todo.

    Una pasta, pero una pasta, había dos hoteles de superlujo y un embarcadero con amarre y aparcamiento, una pasta. Sí, aún siendo la mitad una pasta. Sobre todo teniendo en cuenta que no habíamos tenido ningún gasto, porque la obra la había financiado que la había financiado y el juez estimó que eso era culpa del Ayuntamiento por ponerse a obrar sin tener las cosas en regla. Ni protestaron, dieron gracias porque sólo fuesen tres y no todos, como estuvieron a punto de ser.

    Pero no penseis que se nos subió a la cabeza tener el futuro más que asegurado, no. Sandra siguió con su librería, con Paco, tuvo un parto múltiple y las criaturitas corren arriba y abajo por las escaleras todo el santo día gritando como sin chans descontrolados, pero felices, muy felices. Salva y yo pusimos una cadena de restaurantes rápidos de filloas por todo el mundo; el con su parte compró un jet privado y no para quieto ni por accidente, cuando no está en su mansión del Caribe, está en la Toscana y cuando no en Kenya.

    ¿Yo? Yo llego tarde al avión, acabo de dejar a Aría Canciño, que se enrolla como una persiana, pero es que tenía que hablar con ella para convencerla de que no salgo con ningún actor de ojos azules por mucho que lo digan sus fuentes... lo que no sé es de donde sacarían semejante cosa sus fuentes...

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    En el fondo. Capítulo 50

    sábado, agosto 29, 2009, 10:38 EST [General]

    Capítulo 50. Tiempo de descuento.


    No fuimos lejos, nos dejaron en el puerto de Lorbé sin dar más explicaciones de las necesarias; es decir, que era el protocolo en caso de civiles con muchas papeletas para convertirse en rehenes, que no habíamos huido sino que nos querían quitar del medio. Sí, para evitar posibles daños personales, pero un despacho en toda regla. Las lanchas pararon los motores al lado del pantalán y bajamos todos, Carlos, Salva y yo primero, mismo llegué a pensar que habían hecho el viaje sólo para tirarnos allí a la orilla del mar.

    Ramón e Andrés bajaron después, los de seguridad quedaron en las lanchas impasibles.

    - Bueno, pues aquí acaba todo – dijo Ramón mirándonos.

    A los tres, nada personal ni emotivo.

    - Ya – dijo Carlos derrotado.

    No dije nada y eso que Salva me miraba fijamente empujándome a decir algo, pero no lo dije, que si el se ponía profesional e impersonal yo también. Y aguantando el tipo los dos nos despedimos allí mismo y así acabó la historia del tesoro, la gaita de la conspiración y la tontería de la little venice y todo lo que tenía que terminar terminó, ya y punto y final del todo.

    - ¿Volvemos? – preguntó Andrés.
    No, en realidad no era una pregunta, era un “volvemos” de esos de los hombres cuando van de compras con la novia. Ramón volvió a mirarnos a los tres, dijo un frío adiós con la mano y marchó. Subieron a las lanchas y se perdieron en la oscuridad de la noche, en el silencio del mar.

    La verdad ees que no me dio tiempo a reaccionar, Salva temía la tormenta y andaba al abrigo de Carlos, subimos hasta el pueblo para tomar un taxi, que pagó Carlos porque nosotros andábamos, como siempre, sin un duro.

    En el camino del taxi hasta casa le di vueltas al tema de sacarnos de aquella manera del hangar, podían, por lo menos mandarnos con los de seguridad que estaban de muy buen ver y Salva ya tenía conocimiento de la materia. No esperaba que aquel fuese el final, cuando iba en la lancha quiero decir, no estaba preparada y no supe reaccionar, un guantazo en los morros del correcto Ramón habría estado bien. Aún así, cuando el taxi me dejó delante de casa y subí las escaleras esperaba encontrarlo en el sofá otra vez. Y no, no estaba. La casa estaba en silencio, como había estado antes del breve episodio del tesoro, con el ruido intermitente del mar subiendo por el desagüe.

    Los días siguientes fueron de reasentamiento, de marea baja, de galletitas saladas y manta en el sofá frente a la tele. Paco y Sandra en el pequeño, Salva y yo en el grande. Sí, Paco quedó con nosotras, sin dinero y sin ganancia, lo que es el amor. Lo del dinero y la ganancia lo dimos por supuesto, como la inocencia, porque preguntar no se lo preguntamos; de hecho desde el día de la lancha evitábamos el tema del tesoro hasta el punto de ni ver los Piratas del Caribe por muy bueno que estuviese Orlando, ni de ver la Isla del Tesoro por muy buena que fuese la banda sonora de los Chieftains.

    De Alicia, Carlos y Andrés no volvimos a saber más, no era que los echásemos en falta, sólo era una simple observación. Tampoco volvimos a hablar de ese tema. En realidad en el período de readaptación no hablamos mucho de nada, yo no quería poner a Sandra en el compromiso de tener que defender a Paco, Salva no quería poner a Paco en el compromiso de defender a  sus amigos, y Sandra Paco, Salva y todo bicho que me conociese un poco no quería escucharme soltar el rollo de lo tonta, inocente, ilusa, de lo cerdos que son los hombres, de lo... de eso en definitiva.

    ¿El dinero? el dinero acabó donde tenía que acabar, porque es bien conocido el dicho de que el dinero llama al dinero, y nosotros no teníamos de eso, Ramón tampoco, pero tenía lo que se conoce como posición de poder y poder de negociación.

    Por lo que supe un tiempo después, cuando ya el enfado no tenía efecto, Ramón y Andrés volvieron al hangar, y negociaron con el concejal el reparto del tesoro, no por la buena voluntad del concejal, sino por la imposibilidad de salir de allí si no llegaba a un acuerdo. Si no había visto lógico que salieran todos al mismo tiempo que nosotros dejando al concejal y a su ejército dentro del almacén con el dinero; menos lógico me pareció ver entrar al concejal con todo su ejército en un pasillo oscuro, sin dejar a nadie en la entrada. Entonces no le di más vueltas, fue después a medida que fui necesitando que las cosas cuadrasen. No cuadraban, sólo poniendo como excusa la avaricia se explicaba, lo del concejal, quiero decir. Lo de Ramón era más sencillo, obviamente no todas sus fuerzas eran las que se veían, a parte de que era una instalación central, ligeramente clandestina, pero central.

    El concejal se conformó con la cantidad que le habían prometido los de la Caja como comisión, lo decidió así, prefirió quedar con el dinero y buscar una mala explicación para no darle toda su parte al director de la Caja, que quedar bien y con menos dinero. La explicación que le dio, como ya podéis imaginar, fue que nosotros, Salva y yo nos habíamos quedado con el porcentaje por el rescate.


    El resto, que venía siendo una pasta, lo habían repartido a partes iguales entre Andrés, Alberto y Ramón. Que también quedaron a gusto, porque Paco, en su ceguera de amor nos llamó por teléfono antes de que Salva y yo llegásemos y le contásemos a Sandra que sólo había sido un entretenimiento. Porque no lo había sido y porque al final sus sentimientos eran sinceros de verdad, lo único bueno que quedó de todo, lo único que nos permitía mirar con una sonrisa las obras de desescombro de la zona cero.

    De las concejalas tampoco se volvió a saber nada, si su intención era hacerse con Little Venice, lo habían hecho en silencio porque no se publicó ningún escándalo, ni en la rumorología siquiera.

    Y nosotros veíamos como nuestro medio de vida se desvanecía mientras las elecciones municipales confirmaban el contento de la gente con la  “recuperación” de la zona cero para toda la ciudadanía. Nadie recordaba a los recuperadores, ni las tiendas centrales, ni los turistas venían buscando historias de tesoros hundidos, ni fiestas clandestinas al abrigo de la Torre.

    Sí, cada vez tenía más la impresión de la gran verdad que contenía aquel título de “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”. No es que me estuviese haciendo vieja, que sí; ni que viese próximo nuestro final, que no. Sólo era una sensación de que no poder luchar contra la rotación de la tierra por mucho que una pensase que andando a la contra lo pudiese hacer. El mar siempre vuelve a su sitio.

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