Capítulo 7. Descuido
Pero no solté prenda, que una puede no ser todo lo que dice pero bien sabe que el éxito de una buena mentirosa está en la memoria y en la discreción. Memoria tenía poca por eso equilibraba la ecuación con la discreción. La inspectora me preguntó cuanto tiempo había pasado realmente entre que apareció el cadáver y la llamamos, si la conocía de algo, a ella no a la muerta, claro. Si había averiguado algo, si lo conocía de algo, al otro muerto; si sabía algo. No solté prenda, me limité a poner cara de interesante y de no saber.
No me costó mucho deshacerme de ella, entre que la llamaron de arriba, del piso de arriba, y que la llamó África para contarle lo de las notas y que eché a correr en cuanto la mujer dio la vuelta, pues no me costó tanto, efectivamente. Una vez me ví libre eché a andar por los pasillos.
- Niña ¿dónde está la salida PA-3? – me preguntó la desesperada de la mañana agarrándome del brazo.
Clavándome las uñas diría yo. Lo primero que hice fue arrancarle las zarpas de mi brazo y señalarle el plano de nuevo, de esta vez me aseguré de que lo veía acompañándola hasta el mismo pie, y allí la dejé mirando el galimatías de colores felices y rectángulos imposibles.
Salvado el segundo escollo en mi huída caminé con paso decidido pasillo adelante, la gente se veía tranquila mirando escaparates, como si no pasase nada, comprando incluso. En el hiper estaban trabajando, hasta me dio la idea de que ya se había levantado el estado de sitio, pero un cordón policial en la salida de emergencia me centró. Por disimular y no darle la razón a sus caras de sospechas torcí el rumbo discretamente hacia los servicios. No había nadie y el hilo musical se escuchaba con eco de tubería. Tomé aire, me miré en el espejo y volví a salir.
Fuera, en esta tierra de nadie que hay entre los servicios de hombres y de mujeres y la puerta de salida de los servicios estaba Artai, obstaculizando la puerta más concretamente, de brazos cruzados, con su sonrisa de meter miedo y leyendo mi pensamiento, o eso me parecía.
- ¿Qué? ¿Qué tal va eso? – preguntó, más amenazando que preguntando realmente.
- Bien – dije intentando no darle intención.
Y el silencio y el eco del hilo musical en las tuberías y el tener enfrente a la persona que había baticinado que yo sería la próxima víctima me hizo pensar que igual aquel era el momento , igual sí iba ser la siguiente, que igual aquella era la última vez que respiraba, y que triste me pareció llevar para el otro mundo aquel aroma a desinfectante y aquella frialdad del azulejo.
Quedé plantada en medio de la habitación, ir hacia la puerta suponía acercarme a mi supuesto verdugo, volver a los servicios suponía aislarme más, allí todavía había una opción de gritar y que se escuchase fuera. Los de la policía escucharían, no estaban ni a cuatro metros, además tenía el móvil, tenía el móvil, como no había caído antes.
- Pareces nerviosa – dijo él.
- No – dije.
- No estás muy habladora ¿eh? ¿tienes miedo quizás? – insistió.
Pero tuvo la poca gracia de insistir en plan de broma, que casi lo prefería cuando ponía la mirada malvada y la sonrisa terrorífica. No, cachondeos los justos. Le dejé bien clarito que miedo no tenía, ni mucho menos a él, fui hacia la puerta y ver si se apartaba, pero no se movió.
- ¿Averiguaste algo? – preguntó.
- Claro – dije.
Sonrió entredientes como acostumbraba, por lo menos conmigo, y dijo que para ser la siguiente lo tomaba con mucha calma, que igual tenía que ir haciendo el testamento no me fuese a pillar el tren.
- Si va a ser un tren aquí no tengo problema – sonreí por fin.
Sí, sonreí, aliviada, algo en lo del testamento delató su farol. Era obvio que sabía cosas sobre mí, pero no de los asesinatos, bueno, era lo que me pareció en aquel momento, claro.
- Esa sonrisa es demasiado confiada – dijo él – si te mato ahora mismo no hay quien te salve, ni siquiera ese móvil que agarras con tanta fuerza.
- Es que me costó caro – dije.
Él sonrió, pero de verdad, dejando de lado la maldad, la perversidad. Yo confié, quizás demasiado.
- ¿Y tú de que vas? – pregunté.
- No voy de nada – dijo.
Sonreí, ahora era yo la que sabía de él. Claro que iba de algo, iba de que sabía.
- ¿Qué sabes de mí? – pregunté directamente.
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