Capítulo 6. Maldita la gracia.
Le dije que sí, sin entusiasmo, medio con desprecio, para que no se le subiese a la cabeza. El sonrió entredientes, sabiéndose con un extraño poder sobre mí. Levantó el cuerpo manteniendo la cabeza a la altura de la mía hasta que la inercia tiró inevitablemente de él hacia arriba, entonces dijo un “tú vas a ser la siguiente” mirando hacia mi como si fuese el final de Thriller.
Ni me inmuté, estaba claro que lo dijo para inquietarme, para ponerme en evidencia y verme correr histérica de un lado al otro como realmente me apetecía hacer; pero ni me inmuté. No me inmuté visiblemente, quiero decir, esperé a que Artai se incorporase al grupo que formaban sus compañeros a la entrada del hiper y llamé a la abogada. Estaba en la cafetería italiana, había conseguido deshacerse de la jueza, en el buen sentido de la palabra, que dadas las circunstancias igual es mejor aclararlo. Le hablé con determinación y le dije que quería ver la nota. Dudó, insistí.
África no hacía más que mirar alrededor y pedirme que me sentase cerca de ella, no se me insinuaba, era precavida. Abrió el bolso como de la otra vez y me enseñó la nota. Ponía:
NO HAY DOS SIN TRES
La dobló de inmediato y ni siquiera sus gafas de sol pudieron ocultar la preocupación que la invadía. Me preguntó por mi opinión, le dije a las claras que pensaba que hasta cinco muertes no iba a parar.
- ¿Cinco? ¿tantas? – preguntó escandalizada.
No supe consolarla, suficiente tenía con que la nota confirmase la predicción de Artai. Ella miraba el bolso y lo agarraba como las viejas cuando van en el autobús.
- Le voy a dar las notas a la policía – dijo después de un largo silencio.
- Me parece bien – dije.
Ella seguía agarrando el bolso como si su vida dependiese de él.
- Tengo que ver como lo hago – dijo ella.
No se iba a presentar delante de la inspectora con las notas y decirle que las había encontrado de repente. No me dijo donde había aparecido esta, no podía ser por debajo de la puerta de la casa del director porque no había salido del centro. Pareció notar mi intriga y me dijo que la nota había aparecido en su bolso, en ese que agarraba con fuerza.
- Diré que aparecieron las dos juntas, seguro que no me creen, pero es lo único que se me ocurre – hablaba sola en alto.
Mientras ella se autoconvencía de la convicción de la mentira que le iba a contar a la policía recibí una llamada de la inspectora reclamándome en el sótano. Dejé a África con sus pensamientos y bajé corriendo entre la angustia y el alivio. Si me llamaba para otra muerte, sí, sería trágico, pero por lo menos no era yo. ¿Egoísta? No sé sentiríais otra cosa en mi sitio.
No era otra muerte, acababa de recibir la llamada del forense para pasarle el informe preliminar de la autopsia.
- Muerte natural – dijo.
- ¿Disculpe? – pregunté sin entender.
- Que dice el forense que es muerte natural – dijo enfadada.
Que parece ser que no había signos de violencia, el análisis de tóxicos salía negativo, no tenía alergias reconocidas y la cara de felicidad descartaba la violencia.
- Igual... – comencé a decir.
- No – anticipó – no hubo actividad sexual en las últimas veinticuatro horas.
Tampoco hacía falta que me diese tantos detalles, pero lo de la muerte natural debía ser de broma.
- No, si a mi también me parecía un cachondeo – dijo la inspectora.
A mi lo que me preocupaba era la facilidad que tenía todo el mundo para leerme el pensamiento.
- A ti también te lo parecerá ¿no? – dijo ella – a ver que me dice de la chica, vaya marrón. ¿Y tú supiste algo? Aquí nadie sabe nada.
No sabía si era una táctica para sonsacarme, si también se había dado cuenta de que no tenía ni idea como el tal Artai o si había representado tan bien mi papel de eficiente investigadora que me pedía consejo en serio.
- No, a mi también me escapan – dije en plan solidario.
- A nosotros no nos escapan, pero dicen que no saben anda. Quien mató a la segunda víctima tiene que estar todavía dentro ¿no te parece? El forense dijo que no hacía mucho que había muerto cuando llegamos.
Y comenzó, como quien no quiere la cosa, a interrogarme.
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