Capítulo 5. Gracia
La policía, con sus reservas, se comprometió a mantenernos al tanto de la investigación; a cambio, yo tenía que comprometerme a no interferir. Por supuesto que me comprometí, mintiendo, claro.
El centro seguía cerrado y el despliegue policial era tal que cuando salí del aparcamiento no había nadie sin escolta. Por probar subí al piso de arriba para ver si el despliegue no era tan amplio como parecía. Lo era, efectivamente que lo era. La gente del hiper volvía a tener la cara de fastidio de la primera hora y la clientela no la tenía mejor.
Me ví sin nada que hacer y sin mucha idea de a donde ir, miré el móvil varias veces por comprobar si la abogada me había mandado algún mensaje e ir tirando, pero no tenía ninguna. Salí al pasillo y me senté en un banco, mirando como trabajaba la gente profesional de verdad, para ir aprendiendo maneras más que nada. Saqué el cuaderno de notas y empecé a darle vueltas a los croquis de los escenarios. Detergente, camisa, leche, portátil y pintura; macizo; zapatos, pala, móvil, pizza congelada y coche barato. Tenía que hacer alguna relación. Seguro que la había. La había.
- A ver, por la C: camisa y coche barato – hablé sola en alto.
- Coche caro, y coche de lujo – dijo Artai sentándose a mi lado - ¿no estás jugando a eso de por 25 pesetas?
Lo miré sorprendida, con lo grande que era tenía la virtud del sigilo y la de tratarme con una confianza extrañamente inquietante.
- ¿No? Pensé que sí, ¿qué haces entonces? – dijo mirando mi cuaderno.
No reaccioné y medio se lo enseñé.
- ¿Así que tenía razón? ¿otro cadáver? – preguntó casi afirmando.
Quedé atónita con su deducción y ya estaba afirmando su clara implicación en las muertes cuando me di cuenta de que estaba señalando al dibujo que había hecho de la segunda escena.
- ¿Qué hacías? ¿Compararlo con el otro? ¿También lo tienes dibujado? – decía mientras le echaba la mano al cuaderno.
Sabe dios que fuerza me vino a ayudar en aquel momento, pero me dio la espabilación para sacarle el cuaderno de las manos y cerrarlo antes de que llegase a las notas que había tomado de su interrogatorio.
- Esto no te incumbe – dije poniéndome profesional.
Se hizo el ofendido, para ablandarme supongo; porque la ofensa le duró unos segundos. Con aquella sonrisa maliciosa de sospecha me preguntó mi nombre.
- Gracia – dije.
- ¿Le diste un mal parto a tu madre o qué?
¡Vaya ocurrencia! Claro que no, lo que pasaba era obvio, a mi madrina le gustaba mucho Grace Kelly; pero el parecía nacido para fastidiar. Y en un momento que me pilló desprevenida le echó la mano al cuaderno, afortunadamente él tampoco esperaba mi rápida reacción y conseguí recuperarlo al instante.
Me preguntó qué era tan secreto que no quería que lo viese, si total no sabía nada, si total la poli no me había dicho nada y si total ellos, refiriéndose a sus compañeros y a él, no me habían dicho nada. No le partí la cara porque era muy grande, porque la policía estaba muy cerca y porque pese a todo lo que me inspiraba era otra cosa. Le dije y le dejé muy claro que todo eso era falso, que tenía toda la información que necesitaba y que todos me habían dicho más de lo que pensaba, sobre todo él.
- No creo – dijo en plan genérico.
¿Qué no creía qué? ¿Qué no creía qué? Lo miré mal, él sonrió de nuevo. No quería preguntarle por su coartada porque ya se me estaba subiendo a la parra y para no dejarle más claro aún que no tenía ni idea. Pero estaba casi segura de que no tenía, para el primer asesinato por lo menos.
- No pongas esa cara que yo estoy aquí tan tranquilo – volvió a decir en plan genérico.
Con cada cosa que decía parecía que me leía el pensamiento y al mismo tiempo el elemento no soltaba prenda.
- ¿Y que piensas? ¿Que esto es el Código da Vinci? – preguntó vacilando.
Me aclaró que era la impresión que le había dado cuando se sentó a mi lado; y que si había acertado iba por mal camino porque no tenía nada que ver.
- ¿Ah no? ¿Y entonces qué? ¿Qué demonios sabes tú de nada? – dije enfadada. A ver si para un libro que había leído no me iba a servir de nada.
Se puso serio, serio y formal, casi arrepentido. Se levantó, se puso delante de mi, se arrodilló hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos y dijo amenazando:
- ¿De verdad quieres saber lo que yo sé?
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