Capítulo 4. Artai
- ¿Cómo? – pregunté al tiempo que daba la vuelta para mirar quien era el oráculo.
- Otro muerto – repitió mirándome serio.
Le miraba a la cara con el cuello estirado, él me miraba serio y con el aire de desconfianza que tenía toda la gente con la que había hablado. Llevaba el uniforme del hiper y en la placa ponía “Artai”. Tomé la libreta y anoté el nombre, como había hecho con el resto para ver qué tenía que contar, sus palabras determinadas debían tener una explicación.
- ¿Y tú lo sabes por? – pregunté comenzando el interrogatorio, procurando que la profesionalidad ocultase la dilatación de las pupilas.
- Es obvio ¿no? Incendio no hay – respondió él.
Yo tomaba nota con fidelidad notarial en mi cuaderno al lado de su nombre. Me pareció demasiado seguro deque no había un incendio, el centro era grande y los fumadores distraídos; era más que probable que en algún punto saltase una alarma antiincendios, aunque Artai lo dudaba seriamente. Tanta seguridad me hizo desconfiar, sólo había dos posibles razones para justificarla: que él fuese el asesino o que supiese quien era.
- ¿Eres tú el asesino? – pregunté sin complejos.
El sonrió entredientes, con tranquilidad, “la investigadora eres tú ¿no?” dijo con una mirada maliciosa.
- Por que ¿eres investigadora, no? – repitió con más malicia todavía, como si supiese algo que no debía, no del muerto sino de mí.
El móvil interrumpió el interrogatorio, era el jefe de seguridad que me reclamaba en el aparcamiento, en el Sótano -2. “El Sótano -2” repetí en alto mirando alrededor buscando el mapa que le había indicado a la vieja aquella unas horas antes. Eché a andar sin despedirme, no por crear un aura de misterio, es que me puse muy nerviosa, cuanto no preferiría yo que fuese un incendio provocado. No, no lo era, el segurata no me dijo de que se trataba; pero escuchaba de fondo al director histérico repitiendo “otro no, otro no”.
África, que así se llamaba la abogada, estaba sola en medio del aparcamiento. Al lado del montacargas estaba el de seguridad con el director, no había más gente, por lo menos a simple vista, aunque si había algún coche que otro. El director, en cuanto escuchó mis pasos me miró y señaló a la abogada. Me acerqué a ella y, en el suelo, al lado de un coche de segunda marca de una casa famosa estaba el cadáver de una mujer, joven y con cara de felicidad. Del otro lado de la muerta había un par de zapatos, una pala de jardín, un móvil apagado, y una pizza congelada descongelándose. Todos los productos de M-A-R-C-A B-L-A-N-C-A!!
De esta vez, del lado izquierdo del fiambre sólo había cuatro productos de marca blanca y el quinto estaba del lado derecho. Era la única diferencia con el anterior. Conté el coche como producto, aunque no llevaba su etiqueta como el resto entendí que la tipa estaba allí y no al lado de otro coche cualquiera por algún oscuro motivo. Sí, decididamente el coche tenía que ser el quinto producto. Como en el anterior asesinato hice un croquis del segundo escenario con la precisión que me caracterizaba.
La muerta todavía no tenía la línea blanca alrededor porque África había estimado oportuno retardar la llamada a la policía hasta que yo lo inspeccionase todo. No me pareció una decisión acertada, sólo esperaba que no hubiesen tocado nada o que de haberlo hecho, nadie se diese cuenta.
- ¿Quien lo descubrió? – pregunté.
- Los de seguridad – dijo África señalando a la cámara de seguridad – en la revisión ordinaria de las cámaras apareció.
¿Cámaras? Estaba hecho, si habían visto a la muerta por la cámara también tenían que tener grabado a quien la había dejado, quien puso los productos.
- No, ya lo miramos, está el aparcamiento tranquilo e inmediatamente aparece así – dijo ella.
Empezaba a sospechar que la cosa no iba a parar ahí. Ordené que llamasen a la policía, sí, ordené, me metí en mi papel, estaba claro que aquello no parecía tener fin, por mis cuentas iban a aparecer tres cadáveres más; y estaba claro que no podía supeditar vivir del cuento a semejante matanza. A África no le gustó mi tono, pero había que parar aquella locura cuanto antes. Miró al jefe de seguridad y le hizo un gesto positivo con la cabeza, el tomó el teléfono y llamó, a la policía, imagino, porque se presentaron en el centro en cuestión de minutos.
No me miraron con muy buena cara, no les gustó que estuviésemos tan cerca del cadáver, que no hubiese un civil que hubiese encontrado a la muerta, que la cinta no revelase información crucial y, sobre todo, que la gente que interrogaron les comentara que habían unos veinte minutos entre que sonó la alarma y su llegada. Me dio igual, les solté que había dado orden de avisarlos en cuanto ví el cadáver y dejé que la abogada, el director y el jefe de seguridad apandasen con el marrón.
Mientras los de la policía dibujaban la línea blanca alrededor del cadáver y comenzaban sus pesquisas aproveché para preguntarle a la abogada algo que se me había olvidado preguntar cuando ví a la muerta, “¿hubo alguna nota esta vez?”. Dijo un sí con la cabeza pero no me la mostró, imaginé que me la enseñaría una vez marchasen los de la poli.
Era mi segundo asesinato y me notaba con más seguridad, ya no se me escapaban los detalles como antes. En la cabeza me andaban tres cosas: Artai, la cinta de la cámara de seguridad y, cuánto antes de la muerta había aparecido la nota.



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