Capítulo 3. La escena
Cuando bajé la mirada del techo después de mi primera y gran deducción di con el alivio del director que debió percibir mi inspiración. Le sonreí con complicidad, diciéndole que había acertado de pleno al contratarme; pero que fuese discreto delante de la policía. La discreción era importante, aunque para decir verdad lo único que le preocupaba a la policía era mantenernos bien alejadas del fiambre. Era un hombre joven, el fiambre quiero decir, tenía pinta de simplón.
Al poco tiempo la jueza ordenó el levantamiento del cadáver y la policía recogió el tenderete y en minutos el centro comercial volvió a la actividad normal. Fue entonces cuando el director me contó, ya con más tranquilidad y confianza que la nota que me había enseñado la abogada había aparecido en su casa, por debajo de la puerta; que no reconoció la letra e incluso que no le había dado importancia pese a que notó un palpitar desacompasado cuando la leyó por segunda vez.
- Pensé que habían sido los niños del quinto que anda seguido con tonterías – dijo el director quejándose.
Después, cuando la llamada de la policía lo sacó de la ducha decidió que sería mejor hablar primero con la abogada antes de enseñarle el papel a alguien. La abogada le recomendó no enseñar la nota, no me pareció una decisión muy lógica, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita a mano y que la grafología podía echar luz sobre el asesinato, sobre el asesino quiero decir. De cualquier manera ella pensó que era mejor no decir nada, y yo, para ser sincera agradecía tener algo de ventaja sobre la investigación oficial. Ella me dijo que, llegado el momento, harían llegar la nota a la policía, pero sólo si era inevitable. Lo dijo con aire misterioso. Muy misterioso. Le pedí que me hiciera una fotocopia para estudiarla con más calma y con una mirada más misteriosa aún que el tono de su voz, me dijo que no, que lo lamentaba pero que no podía ser.
Pude preguntar porqué, pero no quería montar una escena, sobre todo después de que me dijese que procurase no interferir en la investigación policial y que me pagaban para obtener resultados.
- Tengo que interrogar a todo el personal – dije en plan profesional.
El director puso cara de sufrimiento, pero la abogada apuró a decir que no había problema, que hiciese lo que considerase.
Yo considerar, consideraba que quería seguir viviendo del cuento y que esperaba, teniendo en cuenta la nota, que el crimen fuese la venganza de algún empleado descontento. Una venganza desmesurada, igual sí, pero lo de abrir los festivos no le quedaba atrás. No atrás a lo de matar, no, atrás a lo de dejarle el fiambre allí en medio.
Empecé preguntando por la gente que trabajaba en la sección donde había aparecido el muerto, María dijo que no tenía ni idea de quien era el paisano, ni se le ocurriría hacer tal cosa, que no tenía ella cosas y sitios a donde ir en su tiempo libre “sin matar a nadie en el curro”. Inés dijo que no sabía nada y paró de hablar, era una chica joven y parecía abrumada por las circunstancias. Roi no dijo mucho más, que el tipo se le parecía al batería de no sé que grupo de esos que se dicen para parecer que se sabe de música. Katia dijo que no era cliente habitual, que no le sonaba de nada y que, por supuesto, ella no lo había matado.
Toda la plantilla del hiper dijo lo mismo, más o menos, la gente que le encontraba parecido se lo encontraba con el batería, cantante, cuñado; la que no decía que no era cliente habitual, y el resto de tan inocentes que eran parecían tontos. Me dejaron la cabeza como un bombo. Toda la mañana aguantándolos para que no se me confesase nadie. Fui al restaurante vegetariano, tenía pensado pasar el resto de la tarde de relax y cargarle la dieta al centro.
Cuando terminé de comer fui a dar una vuelta por el centro, no había mucha gente, eran las tres de la tarde un día de semana. La gente ya era otra y consideré, como decía la abogada, que igual era interesante interrogar también a la gente del turno de tarde, y que debería ir pidiendo el listado del personal por si había quien no hubiese venido a trabajar. Iba tomando el control de la situación.
- Perdón, ¿me podría decir dónde está la salida PA-3? – preguntó una señora desesperada.
- No – dije – pero mire en el cartel ese – dije señalando al plano del centro que había junto a la escalera mecánica.
La mujer miró hacia donde le señalaba mi dedo y después me volvió a mirar con desprecio, sugiriendo que no había puesto mucho interés en ayudarle.
Volví a entrar en el hipermercado y empecé a interrogar a todo el mundo con mucha energía hasta que el segundo me dijo que no sabía nada y que no quería líos. En ese punto decidí que ya había trabajado de más por ese día. Y tenía casi la patita fuera cuando saltó la alarma de incendios y se cerraron todas las puertas, los de seguridad salieron a tranquilizar a la gente y uno, detrás de mi, dijo:
- Otro muerto, investigadora – con voz muy fría.
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