Capítulo 2. El crimen
Ni tenía el teléfono en la memoria del móvil, ni, para mi desgracia, la espabilación para no descolgarle a un número desconocido. El director me dijo que era urgente y que me tenía que presentar de inmediato en el centro. Le dije que iba inmediatamente. No fui, de inmediato quiero decir, me había quedado dormida en el sofá viendo la tele y no andaba muy lúcida y llegué a pensar que había sido algo que había escuchado en la tele; hasta comprobé las llamadas entrantes para cerciorarme.
El centro estaba rodeado por un cordón policial que impedía el paso. Respiré aliviada y de nuevo me precipité. Estaba maniobrando para dar la vuelta porque el cordón policial estaba puesto de tal manera que no había más salida que marcar por donde se había llegado, imagino que sus motivos tendrían aunque me cuesta bastante entenderlos. Marcha atrás, volante a la izquierda, primera. Sonó el teléfono, era el director, dudé si cogerlo; pero como creía que tenía la excusa perfecta respondí.
- ¿Dónde está? ¿Cuánto va a tardar? – preguntó desesperado, sin esperar respuesta.
Le conté el estado de la situación exagerando y por su silencio pensé que lo había convencido; pero lo que hacía el pobre hombre era marcar el teléfono de su abogada para que hablase con el jefe del operativo y me dejase pasar. No me lo dijo, lo noté por el hueco que se iba haciendo en el cordón y porque uno de uniforme vino hacia mi coche y, sin decir palabra, hizo un círculo en el aire con la mano derecha señalando al hueco y al portalón que se abría detrás de el.
Volví a maniobrar y fui hacia donde me habían indicado, en la puerta estaba el director del centro con una mujer a su lado que resultó ser la abogada. Me obligaron a aparcar en la primera plaza que había con sus miradas de impaciencia. Salí del coche aparentando tranquilidad, sin estrategia, si alguien se me ponía chulo le echaría una de esas miradas que destetan a los niños que dicen que echo yo.
Me llevaron al despacho del director y allí intentaron ponerme al tanto de la situación. La que hablaba era la abogada, el director no hacía más que pasar las manos por la cabeza y gemir. En la puerta del despacho había un policía que miraba para adentro de cuando en vez. La abogada también lo miraba.
- Igual ya lo sabe, pero cuando el centro abrió esta mañana encontramos un cadáver en la zona de frío – hablaba despacio y mirando hacia la puerta – el cadáver es de un hombre desconocido, sin documentación y la policía todavía no lo ha identificado. Después iremos a ver la escena del crimen y podrá darnos su experta opinión.
Paró de hablar, se acercó a la puerta y se aseguró de que el policía estaba allí, después caminó hacia mi y, asegurándose de que me tapaba completamente a los ojos del policía, tomó un papel doblado en tres de su bolso y lo desdobló ante mí, lo acercó para que lo leyese, sin dejarme tocarlo. Se leía:
A VER COMO TE APAÑAS CON EL FIAMBRE
Tan sólo me dejó mirar los dos segundos necesarios para leerlo, después lo dobló de nuevo y lo volvió a guardar en el bolso. Se quitó de delante y le dijo al director que ya podíamos ir a ver el cadáver. Sin más, sin dar ni una explicación de la nota, de donde había aparecido, de a quien iba dirigido y ni siquiera de quien la había escrito.
El director se levantó y la abogada le dijo al guarda que queríamos ir a ver la escena del crimen. Yo fui detrás, imaginaba que era lo que tenía que hacer. Caminábamos por los pasillos vacíos acompañados por el eco de nuestros pasos hasta la zona comercial. En el hipermercado había más gente, los de la compañía de seguridad estaban en un lado hablando con la policía como si se conociesen de toda la vida. La plantilla estaba en otro lado de morros porque ni trabajaban ni los dejaban ir.
Dentro olía a hipermercado, yo me iba preparando para la escena, nunca en mi vida había visto un muerto y temía no sólo el momento de enfrentarme a uno por primera vez sino las pesadillas de después, el aparecerse de una cara avanzando estado de descomposición frente al espejo una noche de tormenta.
Tardé en acercarme, disimulé el miedo con un falso interés por el entorno, analizando todos los detalles, buscando un algo que me permitiese escaquearme sin dar el cante. La policía me miraba con recelo, como con desconfianza, como la intrusa que era. La abogada me llamó a la primera fila. Me acerqué con cautela.
En el suelo estaba el cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho. Estaba al lado de los arcones de frío, el de las legumbres; a su izquierda había varios productos perfectamente colocados: un cartón de detergente de 32 teóricos lavados, un cartón de leche semidesnatada, una camisa de cuadros de las que estaban de moda con una etiqueta amarilla de 3x2, un bote de pintura blanca de interior antimoho de 4 kilos y un ordenador portátil abierto pero apagado.
El cadáver, el muerto, el fiambre propiamente dicho estaba rodeado por una línea blanca y por lo que llevaba visto en las series de investigación criminal podía decir que no había signos de violencia, el hombre estaba vestido, correctamente vestido. Era blanco y tenía una sonrisa de felicidad en la cara, los ojos cerrados, los brazos estirados hasta debajo de la cabeza y las piernas cruzadas como si estuviese tomando el sol.
La verdad, para ser mi primer trabajo de investigadora, mi primera escena del crimen y mi primer muerto me pareció muy poco serio.
Noté que el director me miraba con atención, con súplica, esperando que le solucionase la papeleta allí mismo, en aquel mismo instante. Por supuesto, no lo hice, la imaginación no me dio para tanto. Entonces, por disimular saqué la libreta que llevo en el bolso para anotar los teléfonos de los ligues, bueno, vale, la lista de la compra e hice un croquis del escenario. Dibujé todo con la máxima precisión que pude, con el uso de la perspectiva que había aprendido en clase de pretecnología de octavo, con la escala justa, todo para que una vez a solas pudiese llegar a las conclusiones más asombrosas. Mientras iba dibujando los productos que estaban al lado del muerto me di cuenta de que todos eran de ¡¡¡M-A-R-C-A B-L-A-N-C-A!!!!

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