Capítulo 1. El porqué
Entré poco decidida, en realidad nunca había pensado en la posibilidad de tener que entrar, de tener que presentarme, de que me llamasen para trabajar. Sí, lo sé, es verdad, me llamaron porque me habían contratado y me habían contratado porque les presenté una buena oferta; pero también es verdad que presenté esa buena oferta porque no esperaba tener que llevarla adelante.
Tenía un trabajo de segunda, de esos que dicen en las series americanas de investigación criminal que tienen los sociópatas, por debajo de mis posibilidades. Lo hice, de hecho, por evitarle un disgusto a la sociedad, la intención era esa exactamente. Después de todo la idea no fue mía, y por lo tanto la culpa tampoco, la culpa fue del conductor del tranvía que se detuvo allí en medio y le montó una bronca al del todoterreno aparcado en el medio de la vía. Bueno, de él y del conductor del autobús que tomé aquella mañana por bajar a ayudarle y tenernos allí tanto tiempo. En la radio entrevistaban a un investigador privado, que el locutor se empeñaba en llamar detective privado. Contó alguna anécdota interesante, no diré que no, casi ni lo escuchaba; comencé a prestar atención cuando el locutor exclamó sorprendido.
- ¿Tanto? – decía.
- Y más – dijo el investigador.
Al principio pensé que hablaban de cuernos, imaginaba que vivían de eso; pero no, hablaban de lo que llegaban a pagar las grandes superficies por sus servicios, porque era muy bueno. Era una cantidad indecente, no había desayunado y me pareció bien. Él presumía de la oferta que le habían hecho para el nuevo centro que iba a abrir, como si fuese un futbolista de portada. El locutor emocionado preguntaba y el investigador subido respondía. Y yo memoricé.
En el trabajo, me echaron una bronca por llegar tarde sin avisar el día antes y por encima no iba a cobrar esas horas. No me importó, pasé todo el día escribiendo lo que le había escuchado al investigador. Todo lo que había memorizado durante la entrevista y cuando terminó la jornada tenía confeccionado un borrador de lo que iba a ser mi oferta de seguridad privada para el nuevo centro comercial que iba a abrir, el que ya abrió, ese que lleva tiempo. El investigador omitió el importe que iba a facturar; pero busqué en internet una orientación y puse la mitad. Poco ético, sí; pero al final mis títulos eran falsos, al igual que mi equipo de colaboración y el laboratorio de alta tecnología que tenía a mi disposición; así que cobrar lo mismo que los que tenían todo ese equipamiento de verdad tampoco era mucho más ético.
Falsifiqué los títulos, claro que los falsifiqué, otra manera no había, no me iba a poner a estudiar criminología para sacarle el dinero a una multinacional. No, es que si me ponía a estudiar criminología también tenia que hacer aquel master en Washington, las prácticas en aquel laboratorio del FBI e el asesoramiento a la Interpol. Si total bajando los logos de internet y con un papel papiro de alta calidad viene siendo lo mismo.
El investigador había dicho que no era frecuente que tuviese que participar activamente en el servicio, porque la mayoría de los delitos eran menores y ya los solucionaban los de seguridad, que por supuesto cobraban mucho menos que él, normal, no tenían la formación que él tenía. Y para los delitos grandes, esos mismos seguratas llamaban a la policía por su operativa habitual. A él le pagaban más que nada por prestigio y por exigencia de las compañías de seguros, acababa por intervenir en uno o dos casos, más que nada robos cometidos por la propia plantilla que al centro no le interesaba denunciar por diversos y no muy claros motivos.
Exactamente eso fue lo que pasó, presenté la increíble oferta, la aceptaron, como no iban a aceptarla. Aguanté el mal perder del investigador de la radio y, por supuesto, dejé le trabajo de segunda por debajo de mis posibilidades. Funcionó, funcionó perfectamente durante un año y pico. Me gustaba eso de vivir sin trabajar y de tener la cartilla bien llenita de muchos ceros, que a la pobre, era lo que más le prestaba.
Y en un momento de esos en los que una debería morder la lengua para no conjurar al destino no lo hice. Hablé alto y muy alto de lo bien que me iba. Cerrar la boca y sonar el teléfono fue todo uno.
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