Capítulo 51. El mar siempre vuelve a su sitio.
O no, porque el mar siguió en el sitio que había invadido con el maremoto y de allí no se movió por mucha Little Venice que trataran de hacer. Las obras fueron lentas, sin pausa pero lentas; la marea, como digo no se lo puso fácil. Nosotras tampoco, por las noches bajábamos a la antigua zona cero y boicoteábamos las máquinas, tontamente, porque de mecánica sabíamos lo justo para encender la zodiac y la polea de arrastre y cuatro cositas más; pero algo hacíamos. Hacíamos una resistencia silenciosa, como los ratoncitos que por las noches roen los paquetes de harina, no es mucha cosa, pero si cada noche roen un paquete distinto, ya va fastidiando un poco más.
Cuando el desescombro se fue acercando a nuestras casas la resistencia fue menos silenciosa y menos inocente; íbamos al súper a buscar huevos de oferta para lanzárselos a los de las máquinas y ni la policía se atrevió a desalojarnos; no contaban con nuestra astucia, que diría el Chapulín Colrado, y la verdad no me extraña, habían tirado tanto la casa de Salva como la de Sandra estando vacías, el día aquel del especial maratón de Corazón de Glamour de la “boda”. Habíamos quedado toda la noche en vela para no perder detalle y cuando llegaron a sus respectivas casas la tarde siguiente lo único que vieron fue una explanada de cemento gastado.
Al principio pensé que Salva me estaba tomando el pelo, como sabía que hacía días que soñaba que nos tiraban la casa y que teníamos que dormir en un escaparate sin persiana; pero me lo creí cuando me llamó Sandra toda nerviosa, ella no jugaría con semejante cosa, era una chica seria, formal y tenía a Paco llorando histérico detrás, lo que le daba más credibilidad. Esa fue la primera y única batalla que perdimos, lo que nos sirvió de lección; lección que aprendimos con mucho cuidado. Salva, Paco y Sandra se instalaron en el edificio, hicimos un cuadrante de turnos para que en ningún momento el edifico quedase sólo y teníamos una llamada de emergencia para que viniese el resto a dar apoyo.
Sí, ese edificio que se ve al final de Little Venice, ese que es tan bonito y original pero que no pega con el resto del conjunto arquitectónico, ese, ese es nuestro edificio. Tanto apuro tenían por terminar y tanta fue la chapa que les dimos que prefirieron restaurar el edificio a tirarlo, y aún así lo tuvieron complicado porque no les quedó otra que hacerlo con nosotras dentro, ni las fuerzas de asalto nos dieron sacado de allí, lo que es tener un poco de dinamita revieja en la mano. Después de muchos años pudimos disponer de alcantarillado, agua corriente y ascensor. Bueno, lo del ascensor era una novedad, igual que lo de la fachada toda de gresite de colores vivos haciendo un mosaico espectacular. Tan bonito quedó que llegaron a pretender ocupar los bajos y alguno de los pisos vacíos, sin éxito, claro. En los bajos pusimos Salva y yo un restaurante de filloas para llevar, no era una fritanga, tenía clase, lo que pasa es que no nos daba la gana de aguantar a la gente. En el otro bajo Sandra puso una librería, no ganaba tanto como nosotros, pero le llegaba para vivir y podía leer gratis las revistas del corazón.
Habíamos visto la ceremonia de inauguración por la televisión, sentadas en mi sofá como acostumbrábamos a hacer, reconocimos al alcalde, pero a nadie más. Hasta hacíamos chistes riéndonos de nosotros mismos por habernos visto envueltos en una trama tan chapucera como en la que habíamos participado, y del dinero que nos había pasado por delante y habíamos dejado escapar, y de que por lo menos habíamos descubierto nuestra vocación oculta de hacer filloas. Alguna vez pasó Ramón por el puesto acompañado por una rubia que quería parar y comprar algo de comer aunque él no le dejaba. Me pareció que era la misma de todas las veces. En pedazos que rescataba de los despistes de Paco supe que había vuelto para quedar, la rubia se parecía peligrosamente a aquella de hacía años, pero lo que más me sorprendió fue que ni me decepcionó, ni me provocó más sentimiento que el de curiosidad por saber que hacía en Coruña si tenía tanta pasta como debía tener. Imaginé que para disimular, no le quería preguntar a Paco por no remover en la decepción.
Los meses pasaron tranquilos y felices, aburridos y monótonos, diría yo; y aunque no nos iba mal yo seguía teniendo la sensación de que aquello no podía ser todo. Era una vida más cómoda, sin duda, pero faltaba aquella emoción de la nocturnidad y de encontrar algo sorprendente cada día, y sobre todo de estar podrida de dinero emborrachándome entre la jet set. Sí, desilusión, eso era lo que me invadía de cuando en vez.
El “divorcio” ocupaba toda la programación, habíamos cerrado una hora antes y Paco había pedido pizza para los cuatro, se estaba retrasando pero aún llegaba dentro del tiempo, si los anuncios aguantaban un poco no nos interrumpiría. Tan impaciente estaba que abrí nada más escuchar el primer timbrazo, abrí la puerta y esperé desde la tele con impaciencia. Volvieron a timbrar y volví a abrir, un poco más enfadada de esta vez, sobre todo porque la panda esta tan ancha en el sofá y yo allí de guardia, que era mi casa y ya podían invitar alguna vez a la suya que ya estaba bien.
En esas estaba yo, preparándole una bronca, seguramente inmerecida, al repartidor, cuando del ascensor salió una pareja entrada en edad, con pinta de tener mucho dinero y con una desesperación pérfida en la mirada que me transportó a otros tiempos más emocionantes, entraron decididos sin esperar convite y se plantaron delante de la tele para captar toda la atención. Detrás de ellos llegó el repartidor que se escaqueó de la bronca porque la intriga había borrado el cabreo de un plumazo.
- Vosotros sois esos que antes... – dijo la mujera sin querer hablar más de la cuenta.
Nos extrañó que alguien se acordase de aquellos tiempos. El pizzero estaba atento mientras buscaba la vuelta.
- Queda con el cambio, que debe estar bien difícil de encontrar, largo – le dije.
El marchó sin muchas ganas. Cerré la puerta y me pusen al tema.
- Somos esos que antes... – dije con aire misterioso.
Y noté una chispa en la mirada de Salva, y otra en la de la pareja visitante.
- Sabréis que tenemos denunciado al Ayuntamiento – dijo el hombre.
Y lo dijo como si de verdad lo tuviésemos que saber.
- ¿Vosotros lo sabéis? – preguntó ella.
No pareció gustarles nuestra ignorancia. Se miraron con disgusto, como si estuviesen perdiendo el tiempo, defraudados.
- Pues nos informaron mal – dijo él.
Nos contó que habían hablado con un periodista, que no debía ser muy bueno porque trabajando Sandra en una librería era raro que no hubiésemos escuchado nada del tema, que les dio el nombre de no se quien que tenía un restaurante en las tiendas centrales, que les había dicho de otro que vendía velas, que habló con otra que ahora vivía en Sada, que sabía de... en definitiva que acabaron por llegar hasta nosotras.
Por lo que fuimos sacando de uno y otra habían denunciado al Ayuntamiento por sus derechos sobre Little Venice, al parecer unos años antes, cuando ya estaban instalados y disfrutando de la tranquilidad de su chalet fruto de la indemnización por el desalojo de la zona cero, unos amigos suyos les contaron que los del Ayuntamiento habían pasado por allí para que firmasen la renuncia a los posibles derechos que pudiesen tener sobre sus antiguas propiedades en la zona cero. Firmaron, claro que firmaron, les traían las escrituras y aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación económica. Después supieron que habían visitado a todos sus vecinos de antes y acabaron por averiguar que había otros dos propietarios más a parte de ellos a los que no les habían ido a pedir la firma. Tanto les extrañó que compararon sus documentos con los de la gente que había firmado, vieron que aquel documento chapucero que habían firmado cuando recibieron la compensación por marchar de la zona cero era un simple recibí del dinero, sin más, sin aclaración. Vieron también que el documento nuevo explicaba claramente la renuncia a cualquier derecho sobre las antiguas propiedades dejando sin efecto la escritura que obraba en manos del Ayuntamiento aunque estuviese a nombre de los antiguos propietarios.
Les vino la inspiración, algo había que rascar, seguro. Y aunque imaginaban que habría algún motivo por el que no habían contactado con ellos hablaron con un abogado de toda confianza que vio tajada, sin saber muy bien de que parte, que les dijo que lo primero que tenían que hacer era poner una denuncia al Ayuntamiento por usurpación de sus propiedades. En el tiempo que tardó el juicio averiguaron que el Ayuntamiento no tenía sus escrituras, lo supieron porque menganita que jugaba al parchís con menganita que tomaba el café con fulanito que... conocía a un concejal que le contó que unas concejalas habían intentado quedar con todo presentando las escrituras de las propiedades; pero que dieron reaccionado a tiempo porque hicieron una lista con los propietarios y les hicieron firmar la renuncia inutilizando las escrituras que habían olvidado pasar a nombre del Ayuntamiento en su momento. Aprovecharon la inocencia de los propietarios y tuvieron suerte de que la tuviesen, la inocencia, quiero decir.
A medida que hablaban se me iban aclarando los recuerdos hasta llegar al momento de ese flash que me hizo recordar que había escondido tres escrituras debajo del armario del baño y que había olvidado completamente. A partir del momento en que lo recordé no hice más que intentar poner cara de disimule para que no se me notase que las tenía y buscar una buena excusa para ir al cuarto de baño para asegurarme de que, efectivamente, estaban allí.
Salva notó que me pasaba algo, aunque no creo que imaginase el que, pensó que me quería deshacer de ellos porque me traían malos recuerdos.
- Ya no queda nada allá abajo, no nos pidan que bajemos, no hay nada que hacer - dijo Salva.
Los viejos se decepcionaron, se decepcionaron mucho, se sentaron y pusieron unas caras de pena que me conmovieron, y al resto también. Le pedí a Sandra que me acompañase al baño, le extrañó; y más aún le extrañó que le pidiese que me ayudara a mover el armario con cuidado, y aún más que sacara de debajo las escrituras de las que hablaban los viejos y que ella pensaba que eran completamente ajenas a nosotras.
- ¿Y eso? – preguntó en voz baja.
- Se las robé a Ramón – le respondí.
Puso una cara de sorpresa alegre, como si por primera vez creyese aquello que le decía de que ya lo tenía superado.
- ¿Se las vas a dar? – preguntó Sandra.
- Sí – dije - ¿no le viste las caritas?
Fue en ese momento cuando me di cuenta de que sí mucha pena, pero los viejos se habían papado la indemnización por el realojo y nosotras, que habíamos hecho todo el trabajo, nos habíamos quedado sin un duro.
- Igual, mejor hacemos un trato – rectifiqué.
Los viejos seguían afligidos, Paco estaba tratando de consolarlos y Salva tratando de poner la oreja en la tele para que no le interrumpiesen el programa.
- Bueno, a ver – dije tratando de poner voz amable aunque me salió de sargento – aquí tengo tres escrituras, pero también tengo ganas de la mitad de todo.
Se miraron, ni escucharon lo de que quería la mitad, ni recordaron que tenían reuma ni artrosis, se levantaron, se pusieron a darnos besos a todos, a decirnos que éramos sus salvadores, que ya se lo habían dicho, que teníamos la fama bien ganada... Salva me miraba con la misma cara de sorpresa de Sandra y con una chispa de avaricia que le entro al escuchar lo de la mitad, claro.
Acepté las muestras de agradecimiento sin emocionarme ni abandonar mi postura de sargento y, sobre todo, sin soltar las escrituras, las agarraba como si se me fuese la vida en ellas.
Una vez se les pasó la euforia volvía a repetirles lo de la mitad de todo, no pareció importarles; hicieron un par de llamadas y en poco tiempo estaban en la puerta otra vieja y una pareja de viejos más, no es que les falte al respeto, es que ya tenían sus años.
Se volvió a repetir la escena de agradecimientos y Salva se me adelantó al insistir en lo de “la mitad de todo”. Hicieron una última llamada y se presentó el abogado que no se emocionó tanto e insistía bastante más que los viejos en que les diese las escrituras. Cosa que no hice, cosa que a los viejos no les pareció del todo bien, pero que comprendieron y al abogado le pareció mal de todo, pero como Salva se puso a mi lado en plan guardaespaldas y Paco y Sandra hicieron otro tanto, y encima parece ser que teníamos fama en ciertos círculos de ser de armas tomar en el sentido literal de las dos palabras, pues se despidieron amablemente y quedamos en el juicio, donde nos darían la mitad de todo.
El juicio fue muy tranquilo, por parte del Ayuntamiento venían varios abogados, entre ellos Carlos, que en cuanto nos vio se le bajaron los humos, incluso les propusieron un trato algo favorecedor a los viejos, que por muy favorecedor que fuese nunca sería tanto como la mitad de todo.
El Concejal de urbanismo hablaba con el ex de su yerno y nos miraban, a el también se le habían bajado los humos, y eso que aún no había salido el tema de las escrituras. Cuando salió fue peor, para ellos quiero decir, para nosotras fue genial. El juez obligó a los viejos a devolver la indemnización por el desalojo, una miseria; y al Ayuntamiento a darles la titularidad de lo que había en los terrenos de das escrituras, y a nosotras la mitad de todo.
Una pasta, pero una pasta, había dos hoteles de superlujo y un embarcadero con amarre y aparcamiento, una pasta. Sí, aún siendo la mitad una pasta. Sobre todo teniendo en cuenta que no habíamos tenido ningún gasto, porque la obra la había financiado que la había financiado y el juez estimó que eso era culpa del Ayuntamiento por ponerse a obrar sin tener las cosas en regla. Ni protestaron, dieron gracias porque sólo fuesen tres y no todos, como estuvieron a punto de ser.
Pero no penseis que se nos subió a la cabeza tener el futuro más que asegurado, no. Sandra siguió con su librería, con Paco, tuvo un parto múltiple y las criaturitas corren arriba y abajo por las escaleras todo el santo día gritando como sin chans descontrolados, pero felices, muy felices. Salva y yo pusimos una cadena de restaurantes rápidos de filloas por todo el mundo; el con su parte compró un jet privado y no para quieto ni por accidente, cuando no está en su mansión del Caribe, está en la Toscana y cuando no en Kenya.
¿Yo? Yo llego tarde al avión, acabo de dejar a Aría Canciño, que se enrolla como una persiana, pero es que tenía que hablar con ella para convencerla de que no salgo con ningún actor de ojos azules por mucho que lo digan sus fuentes... lo que no sé es de donde sacarían semejante cosa sus fuentes...
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