Capítulo 50. Tiempo de descuento.
No fuimos lejos, nos dejaron en el puerto de Lorbé sin dar más explicaciones de las necesarias; es decir, que era el protocolo en caso de civiles con muchas papeletas para convertirse en rehenes, que no habíamos huido sino que nos querían quitar del medio. Sí, para evitar posibles daños personales, pero un despacho en toda regla. Las lanchas pararon los motores al lado del pantalán y bajamos todos, Carlos, Salva y yo primero, mismo llegué a pensar que habían hecho el viaje sólo para tirarnos allí a la orilla del mar.
Ramón e Andrés bajaron después, los de seguridad quedaron en las lanchas impasibles.
- Bueno, pues aquí acaba todo – dijo Ramón mirándonos.
A los tres, nada personal ni emotivo.
- Ya – dijo Carlos derrotado.
No dije nada y eso que Salva me miraba fijamente empujándome a decir algo, pero no lo dije, que si el se ponía profesional e impersonal yo también. Y aguantando el tipo los dos nos despedimos allí mismo y así acabó la historia del tesoro, la gaita de la conspiración y la tontería de la little venice y todo lo que tenía que terminar terminó, ya y punto y final del todo.
- ¿Volvemos? – preguntó Andrés.
No, en realidad no era una pregunta, era un “volvemos” de esos de los hombres cuando van de compras con la novia. Ramón volvió a mirarnos a los tres, dijo un frío adiós con la mano y marchó. Subieron a las lanchas y se perdieron en la oscuridad de la noche, en el silencio del mar.
La verdad ees que no me dio tiempo a reaccionar, Salva temía la tormenta y andaba al abrigo de Carlos, subimos hasta el pueblo para tomar un taxi, que pagó Carlos porque nosotros andábamos, como siempre, sin un duro.
En el camino del taxi hasta casa le di vueltas al tema de sacarnos de aquella manera del hangar, podían, por lo menos mandarnos con los de seguridad que estaban de muy buen ver y Salva ya tenía conocimiento de la materia. No esperaba que aquel fuese el final, cuando iba en la lancha quiero decir, no estaba preparada y no supe reaccionar, un guantazo en los morros del correcto Ramón habría estado bien. Aún así, cuando el taxi me dejó delante de casa y subí las escaleras esperaba encontrarlo en el sofá otra vez. Y no, no estaba. La casa estaba en silencio, como había estado antes del breve episodio del tesoro, con el ruido intermitente del mar subiendo por el desagüe.
Los días siguientes fueron de reasentamiento, de marea baja, de galletitas saladas y manta en el sofá frente a la tele. Paco y Sandra en el pequeño, Salva y yo en el grande. Sí, Paco quedó con nosotras, sin dinero y sin ganancia, lo que es el amor. Lo del dinero y la ganancia lo dimos por supuesto, como la inocencia, porque preguntar no se lo preguntamos; de hecho desde el día de la lancha evitábamos el tema del tesoro hasta el punto de ni ver los Piratas del Caribe por muy bueno que estuviese Orlando, ni de ver la Isla del Tesoro por muy buena que fuese la banda sonora de los Chieftains.
De Alicia, Carlos y Andrés no volvimos a saber más, no era que los echásemos en falta, sólo era una simple observación. Tampoco volvimos a hablar de ese tema. En realidad en el período de readaptación no hablamos mucho de nada, yo no quería poner a Sandra en el compromiso de tener que defender a Paco, Salva no quería poner a Paco en el compromiso de defender a sus amigos, y Sandra Paco, Salva y todo bicho que me conociese un poco no quería escucharme soltar el rollo de lo tonta, inocente, ilusa, de lo cerdos que son los hombres, de lo... de eso en definitiva.
¿El dinero? el dinero acabó donde tenía que acabar, porque es bien conocido el dicho de que el dinero llama al dinero, y nosotros no teníamos de eso, Ramón tampoco, pero tenía lo que se conoce como posición de poder y poder de negociación.
Por lo que supe un tiempo después, cuando ya el enfado no tenía efecto, Ramón y Andrés volvieron al hangar, y negociaron con el concejal el reparto del tesoro, no por la buena voluntad del concejal, sino por la imposibilidad de salir de allí si no llegaba a un acuerdo. Si no había visto lógico que salieran todos al mismo tiempo que nosotros dejando al concejal y a su ejército dentro del almacén con el dinero; menos lógico me pareció ver entrar al concejal con todo su ejército en un pasillo oscuro, sin dejar a nadie en la entrada. Entonces no le di más vueltas, fue después a medida que fui necesitando que las cosas cuadrasen. No cuadraban, sólo poniendo como excusa la avaricia se explicaba, lo del concejal, quiero decir. Lo de Ramón era más sencillo, obviamente no todas sus fuerzas eran las que se veían, a parte de que era una instalación central, ligeramente clandestina, pero central.
El concejal se conformó con la cantidad que le habían prometido los de la Caja como comisión, lo decidió así, prefirió quedar con el dinero y buscar una mala explicación para no darle toda su parte al director de la Caja, que quedar bien y con menos dinero. La explicación que le dio, como ya podéis imaginar, fue que nosotros, Salva y yo nos habíamos quedado con el porcentaje por el rescate.
El resto, que venía siendo una pasta, lo habían repartido a partes iguales entre Andrés, Alberto y Ramón. Que también quedaron a gusto, porque Paco, en su ceguera de amor nos llamó por teléfono antes de que Salva y yo llegásemos y le contásemos a Sandra que sólo había sido un entretenimiento. Porque no lo había sido y porque al final sus sentimientos eran sinceros de verdad, lo único bueno que quedó de todo, lo único que nos permitía mirar con una sonrisa las obras de desescombro de la zona cero.
De las concejalas tampoco se volvió a saber nada, si su intención era hacerse con Little Venice, lo habían hecho en silencio porque no se publicó ningún escándalo, ni en la rumorología siquiera.
Y nosotros veíamos como nuestro medio de vida se desvanecía mientras las elecciones municipales confirmaban el contento de la gente con la “recuperación” de la zona cero para toda la ciudadanía. Nadie recordaba a los recuperadores, ni las tiendas centrales, ni los turistas venían buscando historias de tesoros hundidos, ni fiestas clandestinas al abrigo de la Torre.
Sí, cada vez tenía más la impresión de la gran verdad que contenía aquel título de “Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto”. No es que me estuviese haciendo vieja, que sí; ni que viese próximo nuestro final, que no. Sólo era una sensación de que no poder luchar contra la rotación de la tierra por mucho que una pensase que andando a la contra lo pudiese hacer. El mar siempre vuelve a su sitio.
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