Capítulo 49. Cuenta atrás.
- ¿Pero qué apuro tienes? – dijo Salva con malicia.
- ¿Qué? No tengo tiempo para tonterías – dijo Carlos serio.
Y tan serio se puso que olvidó que llevaba una pistola y que tenía a Andrés asustado y sobre todo enfadado detrás de él. Andrés hizo lo típico que se hace en estos casos, echar a correr y salir de la línea de tiro lo antes que pudo dejándonos allí a merced del psicópata aquel. Carlos ni se dio cuenta, él no paraba de mirar el reloj y decir “no queda tiempo” “no queda tiempo”.
- Pues si tan poco tiempo tienes deberías empezar a agarrar el dinero, son muchos – dije.
- ¿Dónde están? – preguntó Carlos volviéndose hacia donde debería estar Andrés.
Y se sorprendió de no verlo allí, pero siguió dando vueltas a ver si alguien le daba razón de dónde estaba el dinero. Entonces se escucharon pasos allá al fondo de un corredor oscuro y comenzó a andar y nosotros detrás de él, por ver si apañábamos algo sin reparar en lo que podía estar esperándonos en aquella oscuridad. Carlos caminaba decidido, nervioso y con el reloj en la idea. Salva se reía porque era la primera vez que lo veía nervioso, siempre era él quien lo tranquilizaba y Salva tenía que aguantar aquellos tópicos de todo va a salir bien.
Nosotras íbamos detrás sin darnos cuenta de que todo estaba cada vez más oscuro, que no sabíamos lo que había allí dentro y que ya no sabíamos por donde había que salir. Salva estaba más tranquilo, se notaba que el rollo con el de seguridad daba sus frutos. Y seguiríamos andando hasta que se nos apareció Andrés delante cortándonos el paso, encabezando un pequeño escuadrón de cachimanes que hicieron que se nos dilatasen la pupila, a Carlos igual no, no era su tema.
Aprovechamos que estábamos a unos pasos de Carlos para dar la vuelta, y no porque nos desagradase lo que nos esperaba delante, era más bien por prevenir y por no agotar todas las posibilidades de apañar algo; pero ni oportunidad tuvimos de dudar por cual de los pasillos ir.
- No, no – dijo aquel hombre – ahí quietecitos, ni un movimiento.
Pero no nos lo dijo a nosotras sólo, Andrés puso cara de sorpresa y Carlos de desesperación y tanto uno como el otro tenían miedo, sí cara de miedo y eso que el hombre sólo traía a dos más con él que tenían una barriga que parecía que iban a dar a luz a trillizos y mejillas de colesterol.
- Cuanto conocido por aquí, cría cuervos – dijo el hombre.
- No, si... – dijo Andrés.
Carlos bajó la cabeza y tiró la pistola a un lado, dio igual porque a nadie le importó ni lo más mínimo. El hombre de la barriga y cara de colesterol nos señaló con la cabeza que nos acercásemos a donde estaban los de seguridad, detrás de Andrés, y Carlos también se movió aunque el gesto no iba por él.
Con otro leve movimiento de cabeza llamó a Andrés a su lado, Andrés fue con su chulería habitual, pero no tan sobrado como cuando nos hablaba a nosotros. Salva confraternizaba con el escuadrón sexy y Carlos miraba el reloj con tristeza.
No se oía lo que hablaban, sólo que Andrés aparentaba tranquilidad y la mano nerviosa en el bolsillo de atrás del pantalón lo delataba. El viejo barrigudo hacía gestos de gritar, de estar montándole una buena. Los dos escoltas barrigudos estaban atentos a la conversación, pero sin intervenir.
En esas estábamos cuando de repente se encendieron las luces, todas las luces, y todo pareció más insignificante, los guapos no tan guapos y los barrigudos no tan barrigudos y la salida no tan salida. Se acercaban unos pasos tranquilos y unas sombras alargadas que venían con una calma aterradora. Nosotros, todos y toda estábamos quietos, calladas, sin respirar casi, esperando un alien que nos devoraría en cuanto pestañeásemos.
- ¿Qué pasa Concejal? – dijo Ramón entrando con calma.
- Hombre, el gran traidor – dijo el barrigudo, que obviamente era el concejal.
- A todo hay quien gane, Concejal, a todo – respondió Ramón en plan enigmático.
- ¿Dónde está el dinero? que uno no se puede fiar de nadie, mira el sinsustancia de mi yerno, ahí con la cabeza baja – dijo el concejal con desprecio.
- El dinero está donde estaba, en el fondo – dijo Ramón.
- Si hombre ¿pero tú quién crees que soy? ¿uno de esos madrileños que toreas tú? Tengo el camión esperando ahí fuera y según Andrés están aquí ¿ves? traidores los hay en todas partes – dijo el concejal.
Ramón ni se inmutó, como si ya supiese lo que tenía. Un cruce de frases más y al final el concejal agarró el móvil y con un “ya” tuvo allí a todo un ejército.
- Como ves no tienes mucho que hacer, si no quieres que cerremos este chiringuito vete dándonos la pasta – dijo el concejal con calma.
- No puedes cerrar el chiringuito, esto es de Costas, tú no tienes nada que decir, ya te gustaría tener tanto poder, y ya te dije que el dinero no está aquí – dijo Ramón con seguridad.
Andrés lo miró con desconfianza; pero no desconfiando del resultado de su estrategia, sino de que se la hubiese jugado y de que efectivamente el dinero ya no estuviese allí, y eso que la clave la tenía él.
- Tú mismo, registra lo que quieras – invitó Ramón al concejal, con tranquilidad, mientras que le indicaba a los de seguridad que se apartasen.
El equipo de seguridad abrió un hueco para dejar pasar al ejército del concejal separándonos a Salva y a mi. El ejército ante un gesto del concejal avanzó por el oscuro corredor que había detrás de nosotros. Ramón esperó impasible, mirando al concejal, retándolo. Los dos amigos del concejal fueron detrás del ejército en cuanto volvió uno de ellos a decir que estaba despejado.
- ¿Y tú, no vas? – preguntó Ramón.
- A ver si no te vas a poder fiar de ellos tampoco, mira que son muchos a repartir – dijo Andrés.
El concejal trató de mantener la calma pero se ve que la avaricia le pudo y echó a andar, eso sí, con calma. Si el secreto del poder estaba en la calma. Carlos miró a su suegro, pidiéndole permiso para ir con él.
- Tú, ni te muevas – ordenó el concejal.
Carlos obedeció, acabado, sin autoestima. Ramón estaba tranquilo, sin expresión, viendo como el concejal desaparecía en la seguridad, Andrés a su lado, con la mano nerviosa aún en el bolsillo de atrás. Y todo volvió a quedar en silencio.
- Todo el mundo fuera – gritó en voz baja Ramón.
Los de seguridad nos agarraron a Carlos, Salva y a mí y seguimos a Ramón y Andrés por el pasillo adelante. Fuera nos esperaban unas lanchas motoras, Ramón estaba de pie, viendo como embarcaban todos. Yo seguía el ritmo que nos marcaba la noche, dejándome llevar, sin decir ni palabra, a saber a donde íbamos, pero tan tranquila.
Social networking