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Capítulo 48. Contrarreloj.
Carlos era un sinsustancia pero tenía su orgullo, y no le gustaba nada lo cerca que andaban Alicia y aquel que le hablaba tan tieso; y no le parecía mal porque durante el cese temporal de la convivencia se diese cuenta de lo que la necesitaba y de lo enamorado que estaba, no; era porque él no tenía a quien arrimarse para ponerle los dientes largos y que viese lo que se había perdido cuando lo dejó. Miraba a Sandra de reojo a ver si había suerte, pero no encontró la chispa aquella del primer día, aquel de cuando a Sandra le había parecido un señorito de los finos.
Y como todo sinsustancia lleno de orgullo, enfurruñado y sin mucho que perder hizo un movimiento rápido a la parte de atrás del cinturón que fue casi acompañado al instante por el mismo movimiento automático hacia el tobillo y la axila de Andrés, Alberto y Paco. Carlos fue más rápido y en un pestañeo teníamos un cañón grande como la Argentina apuntándonos, sí, a todas a un tiempo, es que ser era bien grande. Salva y yo nos miramos aguantando la risa maliciosa que resbalaba entredientes. Es que era grande de más, ni Freud ni leches, era demasiado grande. Sandra nos miraba con su inocencia ajena a nuestra pérfida deducción. Paco miraba a Sandra y a Carlos, a lo que se veía de Carlos detrás del cañón; pero no era un mirar de celos sino de preocupación. Casi me atrevo a decir que estuvo a punto de ponerse en plan escudo humano como había hecho Andrés al principio. Y digo al principio porque una vez hubo pistola de por medio se le fueron las ganas de defendernos.
- ¡Quiero el dinero ya! – gritó Carlos de repente.
Y a nosotros casi nos da un ataque, se había hecho un silencio tenso a la espera de que pasase algo aunque realmente no estábamos preparadas para que pasase.
- Tu – dijo apuntando a Andrés – levanta las manos, y vosotros también – dirigiéndose a Paco y a Alberto.
Alicia se mantenía al margen, como si la historia no fuese con ella, ni mostraba extrañeza por el comportamiento del que hasta hacía unos días había sido su pacífico marido. Una vez los tres hombres de la casa levantaron las manos rindiéndose ante un niñato pijo rematado que no tenía ni idea de nada, Carlos les exigió que le dijesen donde estaba el dinero, ellos se resistieron durante unos segundos, el tiempo que le llevó a Carlos tirar del seguro hacia atrás. Le dijeron hasta las coordenadas en clave binaria del sitio, la clave en clave de la puerta de seguridad y los doce marcadores del ADN del guarda que custodiaba el tesoro.
Carlos, aun con la tontería y todo, tubo esa agudeza de abogado de no fiarse ni de su sombra y agarró a Andrés por el cuello, con esa manera de agarrar por el cuello que inmoviliza y echaron a andar. Antes de salir por la puerta dejó dicho que no le siguiésemos si valorábamos en algo la vida de nuestro amigo. Sí, bien, un pequeño error de principiante, que le pedís. A Salva y a mi nos faltó tiempo para echar a correr detrás de ellos. No penséis mal de nosotros, el resto tampoco trató de impedírnoslo.
Bajamos manteniendo la distancia, para no cortarle el rollo de malo de película a Carlos, que no estaba haciendo mal de todo y Andrés bien lo merecía. Iban hacia el sitio de los helicópteros, pero tardamos en darnos cuenta porque entraron por Santa Cristina, a la fuerza no veíamos por donde bajar desde Oza.
Delante del guarda fue Andrés el que habló, nosotros teníamos la suerte de que Salva había retozado con uno de aquellos uniformes unas noches antes y le soltó un rollo al pobre hombre sobre el otro hombre que bien se notaba que no quería escuchar; pero que aguantó por educación y nos dejó pasar por no seguir aguantándonos.
Cuando entramos vimos a Andrés quieto, con expresión tranquila, mejor dicho, inexpresivo, sin intención; delante de él estaba Carlos paseando inquieto de un lado a otro, con paso rápido y vuelta corta. Detrás de ellos había una jaula industrial llena de nuestros maletines, nuestro tesoro. Me sorprendió la escena, esperaba ver a Carlos dando saltos de alegría, abriendo los maletines histérico, lanzando billetes al aire y diciendo “rico” “rico” “soy rico”. Pero no, estaba preocupado. Ni se dio cuenta de que estábamos allí, tampoco es que entrásemos saludando, pero algún ruido habíamos hecho.
Carlos miró el reloj, y empezó a sudar.
- Dios ¿qué hago? – dijo apartando el pelo de la cara y mirando al techo.
- ¿Qué hago? – gritó.
“Agarrar e dinero y echar a correr” le dije a Salva en voz baja, el se rió ampliamente y de esta si que nos descubrió; tan atontado no estaba.
- ¿Qué hacéis aquí? Os dije que si veníais lo mataba – dijo Carlos yendo hacia Andrés con la pistola en la mano.
- Ay, pero es que a nosotros ese nos da igual – dije – hazle lo que quieras.
Nos miró escandalizado, como si no tuviésemos sentimientos, él a nosotros, él que nos apuntó con una pistola que parecía el cañón excesivo de un buque de guerra.
- Pues el dinero es mío – dijo.
- Pues no te vemos con muchas ganas, le das demasiadas vueltas – dijo Salva.
- No tengo tiempo ¿qué hago? no tengo tiempo – dijo.

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