Capítulo 46. Son todas las que están pero no están todas las que son.
No la puse, porque arrancó y aquel cinturón de seguridad que parecía una cuerda no daba margen para tanta maniobra, pero la agarré como si mi vida dependiese de ella. Él no dijo nada hasta llegar a mi casa y yo tuve la precaución de no abrir la boca hasta tener a buen recaudo las escrituras.
Se sentó en el sofá, estiró los brazos a lo largo del respaldo y se relajó, esperó un momento, cogió el mando, encendió la tele y estiró los pies encima de la mesita de centro. Como si estuviese en su casa, me importaría si no tuviese la urgencia de ir al cuarto de baño para sacar las escrituras del forro de la chaqueta y dejarlas a buen recaudo en algún escondite ingenioso, dentro del cuarto de baño la imaginación no podía correr mucho, porque no es que tuviese una trampilla secreta ni nada, así que traté de enroscarlas dentro del forro para conseguir sacarlas por el agujero de entrada, cosa que resultó difícil y mismo estuve a punto de descoser todo el forro, total el agujero se veía de todos modos. Las dejé debajo del armarito, no era demasiado ocurrente pero era lo que había. Lavé la cara y le eché algo de colonia a la chaqueta para que no oliese demasiado mal y salí a poner en su sitio al invasor.
- No te pongas tan cómodo que no estás en tu casa – dije dándole la chaqueta.
El la cogió y la puso en el brazo del sofá sin darle más importancia.
- Saca los pies de la mesa – dije de nuevo.
Sacó los pies y siguió viendo la tele. Me senté en el otro lado del sofá, él me miró y dio unos golpes a su lado para que me acercase. Estaba raro, me daba miedo, seguía pensando que sabía lo de las escrituras que le había robado y estaba disimulando para pillarme por el cuello y ahogarme hasta que confesase. Volvió a dar unos golpes para que me acercase. La segunda vez no me dio miedo ¿pero quien pensaba que era yo? ¿un perro?
Me miró.
- ¿Ya estás mejor? – preguntó.
Lo preguntaba de buen rollo, o eso parecía.
- ¿No te huele a colonia? O a eso que se le parece que usas tú – dijo, aparentemente sin maldad.
Claro que a mi no me hizo gracia, era de garrafón, sí, pero una llega a donde llega, y oler olía bien. Él dio vueltas alrededor hasta localizar el olor, sin, incomprensiblemente, dar con la chaqueta que tenía pegadita a él. Y como no pareció dar encontrado la fuente del aroma se acercó a mí.
- Eres tú – dijo.
Imposible. Era la chaqueta.
- No – dije.
Él se acercó más para, según él comprobarlo, pero además de acercarse con la nariz lo hizo con la boca, con que igual lo de que se había puesto contento con lo de la chaqueta no lo había dicho por haber descubierto que le había robado las escrituras. Y la verdad es que debía ser contagioso porque conforme iba recorriendo el cuello a mi me subía la temperatura mucho, pero que mucho mucho.
Y conforme iba bajando hacia el hombro y su mano iba desabrochando la blusa yo me iba abandonando a una sensación de placer que había tiempo que no experimentaba y sin pretenderlo mis manos le estaban sacando la camisa y desabrochándole el cinturón en una coreografía cómplice que acabó en el suelo un tiempo indefinido después.
Mi corazón latía con fuerza y una cierta sensación de desazón me invadió, ojala fuese como con cualquier guapo de esos que tan pocas veces pasaban por mi vida, pues no, lo miraba tumbado en el suelo casi dormido y sólo tenía ganas de abrazarlo y decirle que no podía vivir sin él y todo eso que sabía perfectamente que era una tontería porque en dos minutos ya no lo soportaba.
- ¿Qué vas a hacer con tu vida? – preguntó Ramón mirándome.
Y ahí estaba, ya habían pasado los dos minutos. No le respondí, ni lo miré, si me enfadaba igual intentaba aprovecharme de su obvia vulnerabilidad en aquella situación y tampoco era o estilo caer tan bajo.
- ¿En qué vas a gastar el dinero? – insistió.
Respiré, por lo menos no iba por el camino del sermón de que vida tan perdida llevas.
- Yo estoy pensando en volver – siguió hablando, tirado boca arriba y mirándome.
¿Volver? Volver.
- Pero no sé si estoy preparado...
No lo estaba, ya lo digo yo, todavía andaba con la tontería de la adolescencia y en cuanto se reencontrase con todas las ex y las nuevas se convirtiesen en ex también volvería a sentir claustrofobia y marcharía.
- Todo está tan distinto, tan raro, es como empezar de nuevo y me gusta, me gustas tu, pero...
- Pero no sabes cuanto te durará la novedad ¿no? – dije por abreviar.
Y por fin se dio la vuelta hacia mi y me miró con dulcura, sin ofenderse.
- Sí, justo, no sé si es todo adrenalina o si es de verdad – confesó.
- Es adrenalina – dije.
Y mal que me pesase dijo que sí con la cabeza, al final era una disculpa, un sustitutivo del clásico “esto fue lo que fue, no te vayas a creer que hay algo más”, pero con algo de clase.
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