Capítulo 45. Poder.
Di abierto la puerta antes de que el coche empezase a andar y me tiré encima del asiento, mejor dicho, encima de la carpeta de las escrituras. Y ese fue el gran error de Ramón. Mejor dicho, esos fueron los dos grandes errores de Ramón. El de pasar de mi y el de dejar las escrituras a mi alcance. La verdad es que no tenía pensado hacer nada con ellas, desde que dejé el trabajo tenía un cierto nivel de alergia a los papeles, contratos, escrituras y cualquier cosa que dejase clara y manifiesta voluntad de compromiso. Pero me enfadó, no torcí un pie al entrar el en coche de milagro y eso había que pagarlo ¿quien pensaba él que era?
Puse el cinturón a toda prisa porque arrancó de golpe y después fui tirando de el despacio para poder levantarme lo suficiente para coger la carpeta y una vez la tuve sobre mis rodillas sentí el Poder que me llamaba, que me cegaba. Ramón estaba demasiado concentrado pisando el acelerador para darse cuenta de lo que hacía. Abrí la carpeta con mucho cuidado, no quería hacer ningún movimiento brusco que delatase mi traición. Sin llegar a abrir del todo la carpeta fui mirando nombres y direcciones, sólo tomé tres, no estaba segura de cuales había seleccionado Ramón de la vez anterior, sólo sabía que no era ninguna de aquellas tres. Quería ganar tiempo, si elegía alguna de las que le interesaban me descubriría antes, y al final, con tres bien situadas podía hacer un buen negocio. Las saqué con mucho cuidado y ahí encontré el primer inconveniente. Sabía que lo de los papeles era un rollo, si fuese un cd o una memoria usb tenía bien donde esconderla, pero las escrituras eran un poco más difíciles. En un primer momento las escondí debajo de la carpeta a la espera de que me viniese una idea luminosa que no vino.
Cuando el coche se detuvo estábamos delante de la casa de Andrés, me sorprendió porque pensaba que lo de las escrituras era un negocio particular e independiente de lo de los maletines. Ramón paró, apagó el coche, puso el freno de mano y la parcha y todo el repertorio. Salió del coche y marchó, ignorándome de nuevo. En esa ocasión no me enfadé, incluso me hice la sueca para ganar tiempo y esconder mi pequeño tesoro durante su ausencia. De repente volvió y casi me pilla con las manos en la masa.
- Vengo ahora, no te preocupes – dijo con urgencia.
Le dije que no con la cabeza poniendo una cara de inocente que si no tuviese tanta prisa bien se daría cuenta de que era falsa, pero su visita inesperada me sirvió para andar con más cuidado, esperé a que entrase en el edificio y sin apartar la vista del portal busqué donde esconder mis escrituras, que ya eran mías y muy mías. Revolví en la guantera, en los bolsillos de las puertas, por todas partes y no había nada que me pudiese servir, así que eché mano de la chaqueta que había en el asiento de atrás, era de Ramón, olía a una mezcla de tabaco, alcohol y colonia de marca. La puse y eso que hacía calor y la chaqueta era de traje. Descosí el forro a la altura de la axila, sólo un poco, lo suficiente para que entrasen las escrituras enrolladas, entraron y después las estiré. La verdad es que la chaqueta quedaba muy rígida pero no se notaba demasiado, a no ser que alguien me abrazase, claro. Volví a atar la carpeta y ensayé la postura más natural para cuando llegase Ramón, la excusa más lógica para llevar puesta la chaqueta.
Entró con la misma energía con la que había salido. Se sentó y arrancó sin decir nada. Me miró y puso una cara rara pero no dijo nada.
- ¿A dónde vamos? – pregunté.
- Al descampado – dijo sin sacar la vista de la carretera.
- ¿Tienes frío? – preguntó.
- No, no – dije sin perder la concentración.
¿Frío? que iba a hacer, hacía calor de verano, el sol pegaba de frente, el coche no tenía aire acondicionado y las ventanillas estaban cerradas, y no olvidemos que llevaba puesta una chaqueta de traje, sumado todo eso al calor propio de los pensamientos impuros.
- ¿Y la chaqueta? – insistió.
- ¿Qué chaqueta? – dije a lo mío.
- La que llevas puesta – dijo con tono dulce - ¿por que llevas puesta mi chaqueta si no tienes frío?
En ese momento la sorprendida fui yo, esperaba que le pareciese mal que invadiese su chaqueta sin permiso, pero el tono de su voz no parecía ir por ahí.
- No, sí, antes tenía, ya sabes de estar parada – dije torpemente, tratando de tapar unos agujeros por los que corría el agua a raudales – si te molesta la quito.
- No, no, para nada, es que... – y ahí se calló.
No dijo más hasta llegar al descampado. Era el descampado en el que había quedado con la Concejala de la otra vez. Miró el reloj y agarró la carpeta que contenía las escrituras. Sin mirarme. La abrió y como había hecho de la otra vez las extendió para seleccionar aquellas que le interesaban. Esta vez, en lugar de tirarlas en la cama las fue tirando encima de mi. La verdad es que a veces conseguía hacerme invisible. Sí. Se movía con rapidez, mirando el reloj a cada poco. Cuando tenía las escrituras que quería volvió a guardar las otras, ató la carpeta y mirando de nuevo el reloj respiró con alivio.
- Así que le vas a dar las de verdad – dije.
- Claro ¿qué esperabas? – respondió.
- Que quedases con todo – dije.
- ¿Qué pasa? Nunca has escuchado eso de que la avaricia rompe el saco – dijo sonriendo – no me compensa traicionarla.
- Traicionarla de todo, querrás decir – corregí, haciendo referencia a las escrituras que había sacado del montón.
- Estas forman parte del trato – dijo él.
- Claro, por eso las sacas antes de que te las de ella, para ahorrarle trabajo – dije con malicia.
- Claro – respondió sonriendo también con malicia.
Al poco llegó el coche oficial y Ramón bajó con la carpeta y se la dio a la Concejala. Sentí un gran alivio porque dejó la puerta abierta y hacía corriente, con lo que los regueros de sudor dejarían de correr por mi cara.
Se despidió de nuevo con un apretón de manos, la mujer tomó la carpeta con inseguridad, con cierta desconfianza diría yo. No tenía la misma cara de satisfacción que de la otra vez. ¿Serán las auténticas esta vez? parecía pasarle por la cabeza.
- Vamos a tu casa – dijo Ramón con seguridad cuando volvió al coche.
- ¿Y eso? – pregunté.
- Y eso nada, tendremos que ir a algún sitio, digo yo, o quieres andar dando vueltas todo el día – esta vez lo dijo borde.
De camino no habló, pero conducía con más tranquilidad.
- ¿Porqué esas escrituras en concreto? – pregunté.
Él conducía.
- Pensé que lo de las escrituras era un negocio tuyo particular ¿no decías que tanto necesitabas a alguien en quien confiar? – seguí preguntando.
Él conducía.
- ¿Sandra está en la de Andrés?
Él conducía.
Paré de hablar porque a punto estuve de confesarle que le había robado tres escrituras con tal de que dijese algo. Me estaba poniendo nerviosa, ni siquiera respiraba perdiendo la paciencia como siempre que lo ponía de malas. De repente paró, aparcó en doble fila y me miró.
- Saca la chaqueta – ordenó.
- ¿Qué? – dije con voz de pito, tratando de no delatarme más de lo que mi voz había hecho.
- Es imposible que no tengas calor, estás sudando, yo estoy sudando, saca la chaqueta – volvió a decir con tono firme.
- Pero... – dije sin que me saliese ninguna excusa, porque sudar sudaba como el antes de un anuncio de desodorante.
Me miraba serio, yo no sabía que hacer, tampoco es que me importase mucho que me descubriese, bien sabía él que por muy poco de fiar que fuese era lo mejor que tenía, eso me había dicho y de cualquier manera bien merecía aquella pequeña ración de beneficio.
Salió del coche y respiró hondo. Dio la vuelta alrededor y vino por mi lado. Abrió la puerta y dijo.
- Me estás poniendo cachondo con la condenada chaqueta, sácala de una vez – ordenó serio.
La saqué y tanto que la saqué, si fuese lista no lo habría hecho, aprovecharía la ocasión; pero parecía tan afectado y tan sincero que lo hice. Se la di, el la agarró y volvió a su lado, la tiró en el asiento de atrás, se sentó y arrancó de nuevo.
- Gracias – dijo superando el agobio.
Miraba para otro lado, para que no me viese sonriendo, después de todo aún tenía mi aquel... o era tonta de remate y le había devuelto las escrituras sin oponer resistencia, al final él se ponía cachondo con cualquier cosa, ya tenía que estar acostumbrado, porqué le iba a causar tanta angustia. Lo miré. Lo miré fijamente. Muy fijamente. El volvió a parar el coche.
- Está bien – dijo estirando el brazo hacia el asiento de atrás, agarrando la chaqueta y tirándomela – no sé para que te dije nada, tampoco es para tanto...
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