Capítulo 44. Argimiro reload.
Ramón conducía como un psicópata farfullando por lo bajo cosas del tipo “como se entere la concejala” “la madre que lo parió” “le voy a partir las piernas” y así sucesivamente y sin interrupción hasta que llegamos a casa de Arguimiro. Yo me reía por dentro, pero que bien nos la había jugado el Arguimiro. Dio un frenazo seco que casi hace saltar el airbag, salió corriendo del coche sin esperar por mi, se lanzó sobre la puerta y cuando se cansó, es decir, dos milésimas de segundo después de salir del coche, sacó la pistola y pegó dos tiros que me dejaron más seca que el frenazo.
No, no es que los tiros me los pegase a mi, se los pegó a la cerradura. La puerta se abrió tímida y Arguimiro y su mujer se asomaron por la ventana abrazados uno a la otra con la misma cara de pocacosa que tenían en la anterior visita y sin aparentar pánico por lo que acababa de suceder, como si no hubiesen escuchado los disparos o fuese de lo más normal del mundo. Ramón entró y yo salí del coche, sin prisa, debí salir a toda prisa para decirle que tuviese algo de sentido, que no hiciese tal, vamos, para hacerlo entrar en razón, pero en el fondo estaba disfrutando con el espectáculo y al final Arguimiro había tenido la sangre fría de engañarlo que tragase con las consecuencias y si Ramón lo mataba tenía licencia de armas así que también era grande para asumir sus culpas y el que le dio la licencia lo mismo.
Cuando llegué dentro el matrimonio lloraba como en el entierro de la sardina, muy alto pero sin ningún sentimiento. Ramón tenía los ojos encendidos, los apuntaba con la pistola con pulso firme, parecía otra persona, parecía una película. Me dijo que registrase todo para hasta encontrar las escrituras. No me gustó que me diese órdenes de aquella manera, así que le dije que lo hiciese él, que no era su criada, que estaba muy subido el chico. Me miró con sus ojos encendidos y me apuntó con la pistola, a mi, Arguimiro miró de reojo a la puerta pero se dio cuenta de que lo estaba viendo y se arrepintió. Ramón se tomó a mal que no me desmayase ante su autoridad y se encendió aún más, pero como vio que seguía sin hacerme andar le puso el seguro a la pistola y miró a la parejita.
- ¿Dónde demonios están? – gritó.
Arguimiro miró a su mujer y ella a él, pero soltar no soltaron ni una palabra, ni sus miradas delataron el escondite. Pero pese a la falta de colaboración general que había en aquel salón Ramón no desistió, se acercó con pase decidido a una figura que había en el mueble, la agarró y la tiró al suelo haciéndola añicos. Ellos se miraron de nuevo sin ceder. Entonces Ramón agarró otra que tenía pinta de ser más cara todavía y le dio el mismo fin. Y lo mismo hizo con toda la decoración del mueble del salón de clase media sin que el matrimonio se inmutase hasta que abrió la puerta acristalada y agarró un plato con bordes dorados y unas finas flores azules con hojas verdes que formaba parte de una vajilla que ocupaba varios estantes. No le hizo falta ni acabar de poner los dedos sobre la fina porcelana, la mujer se le tiró a los pies, en sentido figurado, y le suplicó que no lo rompiese. Ramón hizo como que pasaba de ella y sacó el plato de su sitio, lo izó haciendo que tomaba fuerza y miró a Arguimiro. Arguimiro miró a su mujer que lloraba, ahora en serio, en serio de verdad, con desesperación desesperada, y en milésimas de segundo Ramón tenía las escrituras en la mano sustituyendo al plato de porcelana.
Ramón soltó el plato porque quería agarrar el fajo de escrituras con las dos manos para asegurarse que esta vez no lo vacilaban. Se sentó en el sofá y abrió la carpeta, miró una a una todas las escrituras, esta vez hizo un análisis más pormenorizado, no para verificar la autenticidad que de eso tenía tanta idea como yo; es decir, ninguna; sino para analizar las reacciones de la parejita. La mujer seguía llorando desesperada mirando los platos de la estantería y su marido la estaba consolando, ni una simple mirada a Ramón, ni una esperando por la bendición, ni una de “está colando”. Nada, lo único que les preocupaba era volver a colocar el plato en la misma posición en la que estaba unos minutos antes de aquel desafortunado suceso que les costaría olvidar.
Ramón quedó conforme y marchó, sin decirme el clásico “venga” ni nada, salió y yo detrás porque allí no hacía nada. Entró en el coche y arrancó aún sin esperar a tenerme dentro.
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