Capítulo 43. Argimiro disconection.
Íbamos callados, yo no hablaba porque no tenía nada que decir y Ramón no hablaba porque iba tan lleno que no daba a basto. En los semáforos echaba un ojo al asiento de atrás para asegurarse de que la carpeta estaba en el asiento y sonreía con satisfacción. Fuimos a su hotel, aparcó en el garaje y subimos por el montacargas, que para ser un hotel tan fino ya podía tener algo más adecuado.
- No, es que el ascensor llega al vestíbulo y no quiero que nos vean – dijo Ramón.
No sé a que venía tanto secreto, la carpeta no llevaba un letrero grande y luminoso que pusiera “escrituras robadas”, pero cada quien tenía sus paranoias. La mía era que no me fiaba de él, pero como también dijo, con eso ya contaba, él y yo.
Tan pronto como entramos en el cuarto, tiró las llaves en la cama, cerró las persianas, encendió las luces, si debió hacerlo al revés, pero era su cuarto y él decidía. cuando ya no entraba la luz del día se sentó en la cama y abrió la carpeta, era una de esas carpetas de acordeón que debía pesar mucho porque era gorda como uno de esos diccionarios enciclopédicos de páginas ultrafinas. Extendió parte de las escrituras encima de la cama, buscaba unas en concreto, porque el resto las seguía dejando en la carpeta. Me senté en una silla que había cerca de la puerta, no sabía si acercarme, y dado que él no me invitó y que en ciertos asuntos cuanto menos se sepa mejor, decidí que lo mejor era no hacerlo.
Le llevó tiempo elegir las que buscaba, eran pocas, unas veinte, las revisó de nuevo, y las dejó en la mesilla de noche. Después agarró la carpeta, ató el lazo rojo que la cerraba y la ató. Se levantó, me dio las escrituras que tenía encima de la mesilla y me dijo que se las guardase, que no las podía dejar en el hotel. Entonces amablemente me invitó a marchar al tiempo que el marchaba llevando consigo la carpeta gorda. Me hizo volver a bajar por el montacargas y salir del garaje a pie, ni en coche me sacó, apestaba a cerrado, a gasolina sin plomo y a rueda quemada y sí, tuve que salir por mi propio pie.
Cuando llegué a mi casa eché una siesta, me dolía todo, porque dormir a la luz de las estrellas puede ser muy romántico pero malísimo para la espalda. Era de noche cuando desperté, todo estaba en silencio, no tenía llamadas perdidas en el teléfono y nada que hacer en la agenda, nada que hacer, que agenda no llevaba. Entonces, por pasar el tiempo mientras escuchaba las últimas novedades del corazón, tomé las escrituras que me había dado Ramón, no me parecieron interesantes, eran locales del centro, unos la antigua San Andrés, otros de cerca de las tiendas centrales y alguno de la Marina. Pero ni eran grandes superficies ni los antiguos propietarios tenían nombre reconocido. Las miré bien, con calma por ver que tenía de interesante el tema, las hojas estaban resecas, tenía que ir mojando el dedo a cada poco para dar pasado las páginas, me dio un poco de asco, porque siempre recordaba dos cosas al hacer este gesto, una “el nombre de la rosa” y la otra “sabediós donde habían estado aquellos papeles”.
En el papel iba quedando la marca húmeda de mi índice, y curiosamente mi dedo iba adquiriendo un sospechoso color negro, “veneno” pensé, “no, eso sería azul” imaginaba porque en las pelis siempre aparecía azul. Miré el papel, no sin cierto pánico, y vi, con más tranquilidad que las letras estaban emborronadas, buena cosa desde el punto de vista de la salud, pero no tan buena desde el punto de vista de las escrituras. ¿Cómo era posible que en unas escrituras hechas con máquina de escribir, de aquellas que había antes que dejaban marca aunque quedara poca tinta, de aquellas que tenían una espantosa mesita metálica de ruedas que pesaba un quintal, se borrasen las letras? ¿Cómo era posible? Volví a mirar todas las páginas, en aquel momento estaba más preocupada por descubrir el misterio de las letras borrosas que por las consecuencias de medio destruir las escrituras que Ramón tanto ansiaba. El papel parecía normal, no olía a nada inusual, y la letra, efectivamente parecía de máquina de escribir, no había rayas negras cerca del borde que delatasen una fotocopia y poco más podía hacer, una veía CSI, pero tenía carencia de medios.
Tan entretenida estaba que ni escuché lo que debieron ser los primeros golpes de Ramón en la puerta, lo digo porque los que sí escuché eran muy violentos y la cara que tenía era de llevar allí bastante tiempo y de estar pensando en que me había fugado al Caribe con las famosas escrituras.
- ¿Qué demonios pasa? – pregunté empleando el ataque como defensa.
- Nada – respondió seco – nada.
Y me apartó de la puerta para entrar, no me dejé, que en el hotel me había hecho entrar por el montacargas y lo iba a hacer sufrir. Poco porque de seco pasó a serio y de ahí a una expresión que no me gustó, aparté la mano y pasó todo eléctrico buscando las escrituras, no me lo dijo, lo levaba escrito en la cara. Cuando las vio allí extendidas me miró censurándome, y cuando se dio cuenta de que además de estar extendidas estaban emborronadas, lo primero que hizo fue venir hacia mi y mirarme las manos, en mi eso seria una conducta muy deductiva, en él era defecto profesional y falta de confianza. Empezó a gritar todo histérico, a pasear de un lado a otro como si estuviese de parto, hizo aquella respiración relajante que hacía él para llenarse de paciencia y volvió a mirar las escrituras.
- Bueno, se leen bien igual – dijo por fin.
- Si, se leen – dije con sorna.
Él no se percató de la intención de mis tres palabras, pero insistí, que si no es muy raro que se emborronasen las letras, que si serán auténticas, que si el pocacosa del Arguimiro había empleado la táctica de dar pena de los vendedores ambulantes, que si tal y que si lo otro y tardó en hacerme caso, como si mis palabras le retumbasen dentro de la cabeza y el eco tardase en llegar. Cuando llegó levantó la vista y me miró como si acabase de descubrir la cosa más grande del mundo. Dejó las escrituras extendidas como estaban, me agarró del brazo y corrimos escaleras abajo.
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