Capítulo 42. Argimiro conection.
- Pues andando – dijo Ramón, señalando al coche para que subiese.
Arguimiro bajó las manos muy despacio, desconfiando de que fuese una maniobra de despiste para pillarlo desprevenido y asestarle un buen guantazo y no se convenció hasta que Ramón echó a andar y le abrió la puerta. Supongo que pensaría que aquel descampado no era lo último que quería ver en aquel amanecer soleado. En el coche no habló, estaba quieto como si estuviese sentenciado y el cinturón de seguridad fuese la cadena. Ramón, que lo sabía todo, fue hacia su casa, aparcó y miró a Arguimiro.
- ¿Es aquí, no? – preguntó Ramón con chulería.
Arguimiro asintió con la cabeza, era un chalet adosado de color salmón standard, y con un tendal de esos plegables en el porche. También tardó al salir del coche, estaba claro que no le apetecía soltar la gallina, pero no le quedaba otra, Ramón tenía aquella determinación en la mirada que le devolvía el encanto de otros tiempos.
Arguimiro era un funcionario de los funcionarios grises de toda la vida que había entrado en el cuerpo por enchufe, como debía ser. Tampoco tenía demasiadas aspiraciones, nunca se había presentado en ninguna lista del partido por mucho que le insistieron, ni participó en ninguna intriga por muy grande que fuera la cantidad escrita en el cheque. Era una hormiguita ahorradora que se conformaba con trabajar poco, pasar mucho tiempo con la familia y tener un hobby no demasiado caro que le permitiese desconectar de la familia y del trabajo. Estaba curado de espanto y los veía venir en cuanto le preguntaban por su nieta, que era su orgullo y de la que no dejaba de hablar y la causa principal de que le rehuyesen a la hora del café; y también el indicador de cuando querían algo de él.
Y claro, en aquellos momentos turbulentos de maletines y escrituras era del único que se fiaban, le había llevado años ganarse aquella fama de hombre íntegro y aunque no lo había hecho con esa intención le iba a salir más rentable que todas aquellas limosnas que osaban llamar sobornos que le habían ofrecido en sus años de servicio. Tenía de él en un mismo día un camión lleno de euros y unas escrituras que iban a valer tanto o más que los euros. Bien sabía que los billetes llevaban la marca de agua, que tampoco era fe ciega lo que tenían en él; pero también sabía que apretarle las tuercas sería admitir demasiado. En lo de las escrituras dudó más, no le vio la rentabilidad tan rápido, de hecho fue su mujer por teléfono quien le dijo que se las llevase que nunca se sabía y que poco sitio ocupaban. Pensó que, como siempre, tenía razón, así que tomó una de aquellas carpetas que habían sobrado de alguna subvención europea y guardó las escrituras, metió el dinero en una caja de papel para reciclar, unos cientos de fajos. Empezó por su parte, después se puso con los maletines que iban a enterrar y a cada poco iba a su caja de cartón, despegaba la cinta de embalar gastada y olía el aroma de los euros y sonreía con malicia.
Nadie desconfió de él, cuando las concejalas le preguntaron por las escrituras puso aquella cara de los lunes de no enterarse de nada y les coló todo lo que quiso. Cuando vinieron por los maletines del dinero ni se molestaron en contarlos, ni en abrirlos por si iban vacíos, en ese momento pensó que había robado poco, pero también que había que ser prudente y volvió a poner cara de malicia.
Durante mucho tiempo estuvo yendo al trabajo como todos los días sin alterar en nada su vida, ni caer en lujos excesivos ni darse a notar. Después se jubiló y perdió el contacto con la gente del Ayuntamiento y en ese momento fue cuando aprovechó para ir forjando lo que sería su retiro en una isla que había comprado en el Caribe, sólo quedaban unos meses para que comenzasen las obras y las escrituras valiesen el futuro de sus hijos, de su nieta y de ellos mismos aunque viviesen mil años.
Ni se puso nervioso cuando la Concejala lo llamó para decirle que no habían encontrado el maletín allá abajo, aunque le sorprendió que lo localizasen y que se molestasen en buscarlas, pensaba que no les duraría el interés tanto tiempo, que estarían entretenidos en otras cosas. Simplemente le dijo que tenía que estar, que si no la habría llevado otro. Pero de nuevo su mujer estuvo a la que salta y sugirió que hiciese unas copias por si llegaba el momento de confesar. Las escrituras originales estaban en la carpeta donde guardaban la escritura del chalet, los papeles de la isla, el libro de familia y alguna postal de las américas de algún tío díscolo. Y allí seguirían mezcladas con la insignificancia familiar. Las otras estaban en la caja fuerte que venía de obra en el chalet, junto con el reloj de oro de cuando lo jubilaron, el collar de perlas y alguna otra joya de la familia de su mujer.
Arguimiro se nos adelantó y echó a un lado el tendal y abrió la puerta con aquella parsimonia de funcionario y con aquel ánimo de poca cosa que me hacía sentir algo de pena por él. Al abrir la puerta asomó su mujer en zapatillas, delantal y con una cara de poca cosa como la de Arguimiro; nos miró como si fuésemos de Hacienda y agarró a su marido por el brazo para darle ánimos. Le acarició la mano y fue al salón, como el de sólo ante el peligro. Su mujer quedó apoyada en el quicio de la puerta de la cocina con aire afligido viéndonos ir detrás de su marido.
En el salón nos dijo que nos sentásemos y mientras bajaba un cuadro de un ramo de rosas rojas y azules. Su mujer nos ofreció un café que rechazamos, Ramón porque estaba entretenido observando a su marido, yo porque estaba entretenida observando a Ramón. Sin duda, a mi manera de ver, había recobrado el encanto de otro tiempo. El cuadro dejó a la vista la caja fuerte, Arguimiro se puso delante para que no viésemos que números hacían click cuando daba vueltas la ruedecita. Por fin se abrió y sacó una carpeta atada con un lazo granate. La puso encima de la mesa de centro, abrió el lazo y se la dio a Ramón.
Ramón la abrió, no porque desconfiase de Arguimiro, tenía tanta fe en su actitud de tipo duro de película que ni se le había pasado por la cabeza que el ningundis nos estuviese engañando. Pero la abrió, tocó el papel, revisó los cuños y los timbres de las escrituras y las puso al trasluz no sé muy bien para qué, porque no tenían marca de agua de esa ni serigrafía. Me miró con satisfacción y ató el lazo granate de nuevo. Le hizo un gesto a Arguimiro para darle la conformidad y nos marchamos de la casa. Arguimiro seguía manteniendo aquella mirada de gatito asustado que me conmovía.
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