Capítulo 41. Amanecer.
El sol de la mañana me abrió los ojos, me dolían todos los huesos, estaba recostada encima de Ramón, con mi cara en su hombro y aún así notaba como si hubiese dormido encima de una roca, es decir, me levanté más cansada de lo que me había echado. El cuello todo retorcido y ya no sé que más porque no me sentía nada, ni las piernas ni el resto. Él dormía, parecía tranquilo y feliz, demasiado tranquilo, por unos segundos en aquella plácida mañana me entró el pánico; ¿y si había dormido encima de un muerto?. Sí, seré egoísta, pero por lo menos sincera, que eso fue lo primero que pensé. Ya sé que debí pensar ¡por dios que no esté muerto! que también lo pensé, aunque después, al principio el asco de estar sobre un trozo de tocino pasado. Pero en mi defensa diré que sólo fueron unas minimilésimas de segundo, muy minis. Cuando reaccioné, pasadas esas minimilésimas de segundo apoyé mi oreja encima de su pecho y latía, con un pequeño soplo, me pareció percibir, pero aquello hacía bumbum-bum-bumbum como un reloj, y respiraba, y el pecho se le inflaba armónicamente, y la barriga, aquella barriga cervecera de pro, también, más escandalosa que armónicamente pero sí.
Y mirando para aquella ballena que asomaba sobre la línea azul del horizonte estaba yo toda concentrada cuando él despertó. La placidez de su cara se esfumó cuando despertó y dejó paso a quejumbres varias, cosa que me consoló, no sólo yo iba vieja. Se quejó un poco, se incorporó y miró alrededor.
- ¿Y el bosque? – preguntó extrañado.
Ni me había reparado en él, miré también alrededor y la espesura había desaparecido, quedaban algunos árboles, más o menos las que había en e antiguo jardín. Ni traté de aparentar que lo sabía, me encogí de hombros y acepté la desaparición del bosque como una verdad universal y ya.
- Serán como esas flores que sólo se abren de noche – dije.
Me miró sin convencimiento, parecía que mi explicación no le había parecido suficiente, pero no dijo nada más, esperó unos minutos y se incorporó, bajó hasta el agua y lavó la cara, yo preferí esperar a meterme entera, la marea estaba llena y no había manera de llegar a la península sin mojarse y cuando el se dio cuenta tomó la cosa con más calma. Nos sentamos un pedazo esperando a que tomase aliento para nadar los dos metros que nos separaban de la orilla, casi hasta fueron menos porque la marea fue bajando.
En tierra le pregunté que íbamos a hacer, no le sorprendió que me incluyese en la expresión, imaginé que el había imaginado que no estaba dispuesta a ceder más que aquellos millones de euros que ya me habían robado.
- ¿Vamos a hablar con el cómplice de tu funcionaria? – pregunté.
- Sí – dijo tajante.
Mientras caminábamos llamó a la concejala hablando medio en clave, parecía necesitar permiso para dar el siguiente paso. Cuando colgó parecía tranquilo y seguro.
- A ver Xiana, en serio, ¿confiamos en nosotros? – lo preguntaba en serio.
Dudé, él hablaba en serio y yo dudaba en serio.
- A ver, no quería decir eso, lo que realmente quería decir es ¿puedo confiar en tí? – preguntó también en serio.
Tan en serio lo decía que me dio la risa.
- Bueno es igual – dijo apurando el paso y hablando sólo – es lo único que tengo así que tendré que apandar contigo. De todas maneras eres la única que sabe toda la historia, por lo menos toda la que yo sé.
Lo miré condescendiente, que yo sabía toda la historia, toda la que él sabía, igual sí pero a esas alturas era complicado de creer. Hizo un par de llamadas más y después fuimos a desayunar, estuvimos en la cafetería hasta que le llegó un mensaje y arrancamos.
Fuimos a un descampado, no para desahogar, no, al poco rato llegó otro coche y paró al lado del nuestro. de el salió un hombre entrado en canas, con pinta de poca cosa y mirada de dar pena. Ramón salió y me dijo que saliese con él si quería, por supuesto que quise, quería enterarme del asunto.
- ¿Qué? – le dijo Ramón al desconocido.
- Nada – dijo el otro.
- Nada no – respondió Ramón.
- Pues tú dirás – respondió el otro.
A punto estuve de volver al coche porque mis nervios no daban para tanto, que, nada, nada no, pues tú dirás, que clase de conversación era esa.
- A ver Arguimiro, donde están los planos – preguntó por fin Ramón.
- Con los otros maletines, ya lo sabes – respondió Arguimiro.
Ahí, Ramón se puso serio, le pegó cuatro gritos de los que pegaba él cuando se enfadaba y al otro se le puso más cara de poca cosa. Casi me dio pena, pero a Ramón no y dio un golpe en el capó del coche, del coche del tal Arguimiro no de su coche por supuesto. El pobre hombre se echó para atrás temiendo que después de la chapa le tocase a él.
- Te lo juro por lo que más quieras, a buenas horas iba a estar yo aquí – dijo fingiendo sinceridad.
De eso entendía mucho Ramón, lo caló enseguida. Le dijo que estaba allí porque tenía que estar allí para hacer la jugada cuando levantó la vista de nuevo, volvió a decirle que él no sabía de los planos más que iban dentro de uno de los maletines del dinero, que se equivocó, que era un pobre despistado, que vaya cabecita que tenía y siguió con una retahíla de argumentos autocompasivos que Ramón escuchó aspirando paciencia. Yo atendía con curiosidad. A mi me daba pena, no creía que se equivocase pero era una posibilidad. Ramón volvió a levantar la mano, para darle al capó esperaba, porque no me apetecía reconocer un Ramón violento; pero o Arguimiro lo conocía mejor o tenía algo que esconder o tenía miedo.
- No, tienes razón, no, los tengo yo, los tengo yo – dijo poniendo las manos sobre la cara en actitud defensiva, que dirían en CSI.
Social networking