Capítulo 40. Hilando fino.
El concejal no sabía muy bien lo que había dicho y lo que no, pero bien sabía que se había ido de la lengua, tenía aquella sensación de cuando se los ponía a su mujer, aquel delatarse antes de que la mujer se diese cuenta; en realidad a Carmen le llegaba con mirarlo de reojo una milésima de segundo para saber el número de tinte de la que había pasado la noche con él, pero en la inocente prepotencia del pobre hombre lo entendía de aquel modo. El caso es que tenía aquella sensación de desazón. Tenía que hablar con Andrés para ver como iba la cosa, aunque no le apetecía mucho porque de verlo tenía que ponerse en plan protector. Cogió aliento y llamó, sintió cierto alivio cuando vio que no le respondía y después de tres cafés bien cargados llamó para quedar con los amigos.
Lo interrumpió Andrés, le dijo que no hacía falta que lo controlase que bien sabía lo que tenía que hacer, es que ya que se había molestado debía saber que ya estaba a punto de caramelo, que en cuanto hiciesen el recuento lo llamaría. Él, si ya tenía idea de terminar en el Venus, de escuchado aquella noticia iba a terminar allí más que seguro. Andrés le colgó con la rabia de quien cuelga a un jefe pesado que no da tregua, y siguió el maniobrar de los helicópteros en el hangar. Lo seguía con la impaciencia de esperar a que enfríe la pizza lo suficiente para que el queso no cuaje. Las máquinas pararon y el silencio fue tranquilizador.
- ¿Abriste los maletines? – preguntó Ramón entrando por la puerta con la mirada triste.
- Parece que ya te deshiciste de Xiana - dijo Andrés sin quitarle el ojo a los maletines.
Ramón no respondió. Se acercó al montón de maletines y empezó a abrirlos, Alberto empezó por el otro lado, mientras, Andrés no se movía.
- ¿Hay tantos como...? – preguntó.
- Ven a echar una mano y los cuentas – respondió Ramón con frialdad.
Andrés le hizo caso porque no era una respuesta ingeniosa era una orden y sí había tanto como le habían contado, y no era capaz de entender la decepción en la cara de Ramón y el ansia por abrir todos los maletines. Cuando terminaron Andrés dijo que iba a llamar al concejal y Ramón se lo impidió, le preguntó porque lo había hecho y justo cuando le iba a responder y solucionar todas las dudas de Andrés sonó el teléfono, non o del sino el mío. No quiero ni imaginar como llegó a su bolsillo, pero la verdad es que no hay que hacer mucho esfuerzo para adivinarlo, uno de los dos tuvo las manos demasiado largas durante el período de mi semiinconsciencia del baile.
Ramón miró quien era, en la pantalla salía Sandra, colgó la llamada para que pareciese que estaba ocupada y que por eso no le respondía, después borró los archivos y lo volvío a guardar.
- Parece que Paco no está haciendo muy bien su parte, id a echarle una mano – dijo Ramón.
Andrés y Alberto se miraron con complicidad.
- ¿Y tú que vas a hacer? – preguntó Alberto con desconfianza.
Ramón les dijo que nada, que iba a dar una vuelta, desconfiaban, tenían miedo de que les hiciese lo mismo que ellos me hicieron a mi. Les está bien, cree el ladrón que todos son de su condición. Él lo notó, y no había, tenían una mala cara que para qué, así que les dijo que quedasen ellos con la clave, que él era mejor que ellos y que confiaba en sus amigos aunque no lo mereciesen. A ellos les valió al principio, porque pensaron que si no tenía la clave de acceso al recinto no podía entrar y sólo ellos lo podrían hacer, así que si Ramón se fiaba de ellos es que era de fiar. Claro que después, de camino a casa para ayudar a Paco con el entretenimiento de Sandra y Alicia, pensaron que había cedido demasiado rápido para ser pesetero como era y que igual lo de la clave no valía para nada y que igual... total que acabaron llamándolo para ver que hacía, lo pillaron en la cocina, en la cocina de Sandra y casi lo matan de un infarto. Estaba dando vueltas, quería ver donde era el mejor sitio para dejar el móvil para que yo no sospechase que él me lo había robado ni que estuviese en su piso, después, tratando de esconderlo y ahí sonó su teléfono y el mío cayó al suelo. No supo reaccionar, primero quiso responder al teléfono, después tomar el mío que estaba en el suelo delante de la lavadora. La voz de Andrés dando gritos por el móvil le apuró los reflejos, se agachó, tiró mi teléfono dentro de la lavadora y le respondió a Andrés.
- ¿Qué haces? – preguntó con sorna.
- Nada, nada – dijo con la respiración entrecortada.
- ¿Dónde estás? – dijo Andrés sin dar tregua.
- ¿Yo? Estoy... – respondió sin poder respirar casi...
- ¿Si? – insistió Andrés.
- Y a ti que te importa – dijo ya recuperado de todo – tú estarás haciendo la parte que te toca ¿no?.
- Y tú no estarás en el hangar... – dejó caer Andrés.
- ¡Qué hangar, hombre! ¿pero que dices...? no tengo más que hacer, además la clave la tenéis vosotros, estáis paranoicos, dais pena – dijo Ramón serio.
Andrés se conformó, no parecían excusas, parecían broncas, esperaba que la noche le fuese bien antes de que volviese a casa.
- Vale, vale... – se disculpó Andrés – ya nos vemos después.
- No, yo voy para un hotel, si os tengo que aguantar a vosotros y a esas dos enloquezco, acabáis conmigo – dijo con cansancio.

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