Capítulo 39. Tejiendo la tela.
Tenía que hacerse inseparable de su suegro, y localizar al tal Andrés; eso por una parte, por la otra tenía que llamar a Salva. Tenía que conseguir llegar al dinero antes que el concejal, porque una vez el concejal tocase el dinero ya no habría posibilidad de recuperarla. Le había parecido que su suegro no se fiaba mucho de Andrés, y no le extrañaba, eso sí, tenía la excusa perfecta para contactar con él, el caso de Salva, aquel que había tomado de oficio sin ningún ánimo le estaba reportando el beneficio de la oportunidad. Por un lado Sandra, por otro Salva y por otro Andrés.
Salva descolgó el teléfono a la primera, estaba pendiente de la sentencia y no se podía permitir el lujo de no responderle. Le contestó con ansiedad, al principio Carlos ni se dio cuenta de la naturaleza del nerviosismo de Salva y sospechó que el sospechaba que lo sabía, menos mal que unos “que tal, bien” lo hicieron caer de la burra, porque ninguno daba soltado prenda. Salva porque no quería gafar la cosa, estaba convencido de que iba a ir a prisión, y Carlos no quería decir nada porque bien sabía que las aclaraciones no pedidas eran culpas admitidas y quería que el tema saliese con la naturalidad de aquel día en la cafetería. Consiguió que Salva quedase con él aquella noche, no le parecía una hora muy correcta, pero Salva se había puesto histérico y quería quedar ya.
Lo de Andrés tenía que planearlo más, tenía que ir al despacho y buscar el teléfono de su abogado y con una excusa legal cualquiera ya lo liaba. Sí, lo tenía todo bien estudiado. Aventajaba a su suegro en que él conocía la parte actora sin necesidad de intermediarios, y aún así podía recurrir a ellos para marear la perdiz. En este punto del razonamiento pensó que igual era mejor mantener las distancias con el tal Andrés, no se fuese de la lengua con su suegro y descubriese el pastel antes de tiempo.
Salva aprovechó la llamada de Carlos para escabullirse de las filloas, que llevaba toda la tarde dándole y ya no podía más con el dolor de pies, le iban a salir callos y eran muy difíciles de quitar, y se negaba a renunciar a sus pies perfectos. Tenía que admitir que en un primer momento le dio un ataque de pánico, ni se dio cuenta de que no eran horas de comunicaciones oficiales, pero el miedo no le dejó pensar con claridad. Tampoco le dejó pensar con claridad en lo extraño de la llamada, asumió que tenía que hablar de algo y punto, no le dio más vueltas.
Carlos ya estaba en el bar, Salva casi ni lo reconoció, iba sin el traje de marca de siempre y sin la gomina que le fijaba aquel tupé algo pasado de moda a su modo de ver, dejándole un flequillo muy indi que le quitaba el aire de pijo estirado y lo dejaba en lo de pijo solo. Tenía su aquel, pensó perdiendo las preocupaciones de repente, se sentó a la mesa y comenzó una cordial conversación, basada en el cambio de look. Carlos recibió bien el tema, viendo que el histerismo había desaparecido, también se metió en la cordialidad y en la broma. Y entre broma y broma y aprovechando que Salva olía a filloas y que Salva dijo que estaba hasta el gorro de los turistas para sacar el tema del tesoro. Entre risa y risa y trivialidad y trivialidad Salva acabó soltándole todo el rollo, completamente todo, para matarlo. En su defensa pondremos que estaba eufórico y cansado, dos condiciones físicas que merman la atención, ya lo dicen en los anuncios de tráfico; tampoco tenía mucha relevancia porque Carlos pensó que lo de que el dinero quedara allí tirado en la calle era broma, sobre todo después de que también le contase que su mujer estaba durmiendo en una casa de la zona cero y eso sí que era increíble, con lo que tomó la declaración de su víctima con la debida precaución. Después bajaron a la zona de marcha, Salva porque ya había entrado en materia, Carlos por disimular.
De metidos en faena le llevó exactamente un par de minutos despistarse y perder de vista a Salva, en realidad Salva fue quien se deshizo de él, sin intención, es que la noche lo absorbe. Carlos aprovechó para ir a mi casa, con toda la discreción de la que pudo echar mano, no porque le importase que lo viesen por allí, sino porque no quería encontrarse con Alicia, en el improbable caso de que fuese cierto que estuviese allí. Se sintió engañado cuando llegó y vio que no había nada en la calle, no había la fiesta que le Salva había descrito, ni las mesas, ni maletines, ni pinta de que los hubiese nunca. Por intentarlo, porque no creía que Salva lo engañase de esa manera, más que nada porque mentía muy mal y no le había notado tic ninguno, subió a mi piso, todo estaba en silencio. Puso la oreja, no llamó para ver si había alguien, seguía manteniendo la idea de un desagradable encuentro con Alicia. Conforme bajó fue entrando en todos los pisos por si habíamos subido la mercancía, sintió cierta desilusión al ver que no, pero también un poco de confianza al ver que el motor de tracción estaba allí, donde Salva había dicho.
Con sentimientos encontrados volvió a la soledad de su casa, es lo que tiene la soledad mezclada con la noche, que deja volar a la cabeza con demasiada libertad. Echó mano de su maletín del trabajo, sacó de agenda y llamó al abogado de Andrés. Lógicamente el abogado le dio el teléfono, tenía mejores cosas que hacer que discutir a esas horas por semejante tontería y por semejante cliente, que le daba mucho a ganar, pero lo metía en cada fregado...
Andrés descolgó porque pensó que era un cliente y lo de los helicópteros estaba medio solucionado, el mayor problema que tenía era aguantar a Alicia y tampoco le suponía mucho sacrificio. Carlos no planeó la estrategia antes de llamar, esta es otra de las cosas que tiene la nocturnidad sin alevosía, si es que siempre deberían ir juntas como buen agravante. Tartamudeó al principio, mal. Citó algunos puntos barra seis del Código Penal y, y Andrés se cansó de aguantarlo y le colgó. En ese momento se alegró de no haberle dicho su nombre, ni quien era, allá fue por la línea telefónica todo su prestigio profesional. Lo que sacó en limpio de la llamada, lo único y más importante fue esa voz femenina que se escuchaba de fondo tan familiar.
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