Capítulo 38. El bosque animado.
- ¿Entonces de qué manera? – pregunté.
- ¿Tú que crees? – respondió Ramón mirándome fijamente.
- Hombre, con los antecedentes de todos vosotros seguramente que se equivocó el pobre y los metió, no sé que decirte, en su propio maletín – dije con ironía.
- ¡Exacto! – dijo él, como si descubriese la pólvora.
- La verdad es que era de esperar, ellas no pensarían en serio que el otro les iba a hacer el trabajo así como así – dije.
Ramón pareció sorprenderse por mi desconfianza del tal cómplice y hasta llegó a decirme que era muy mal pensada, es que hay que escuchar cada cosa. La verdad es que para ser todos medio delincuentes eran una banda de aficionados.
- Habrá que buscar al tal funcionario – dijo Ramón.
- Habrá sí – dije.
- Si salimos de aquí – dijo con mucha sorna mirando alrededor.
La verdad, es que aunque lo dijese sin sorna tendría razón, no tenía ni idea de por donde andábamos, sólo que la marea estaba subiendo, y que nos estaba conduciendo cada vez más hacia el interior del bosque, por lógica tendría que echarnos hacia tierra firme, pero lo único que veíamos eran árboles y más árboles; hasta me dio por pensar que la ciudad había crecido. Cada vez la oscuridad era mayor, y el agua llegaba al talón.
- ¿Cuánto más va a subir? – preguntó Ramón mirando al suelo – no tengo ganas de morir ahogado – dijo serio.
- Si pudiera ver la hora te diría cuanto falta para que baje, pero la verdad s que no tengo ni idea, que no sé donde estamos ni por donde salir – dije sin intención.
Sin intención de decirlo, porque lo que tenía en la cabeza para decir era alguna broma sobre lo cobardes que eran los hombres en cuanto los sacaban de su hábitat natural y ya veis lo que me salió. Por suerte la oscuridad tampoco me dejaba verle la cara, pero con esos suspiros hondos que daba, se le notaba que estaba enfadado y mucho, que por suerte también el tampoco me veía el pescuezo sino ya me habría estrangulado, que os lo digo yo.
- Pues yo ya me harté de andar – dijo – así que vete buscando donde pasar la noche, que no ando más, leche.
Esto último lo dijo elevando el volumen, sin disimulos, para que me fuese cayendo que estaba enfadado. Poco podía buscar, ya os digo que no se veía nada, ya casi no sentía los pies, porque en el ambiente hacía calor, pero el agua estaba muy fría y llevábamos un tiempo andando en mojado, ni distinguía cuando andaba seco. El paró, como los niños cuando dicen que no andan más para que los lleves en brazos. No sé si era eso lo que pretendía, mi intención desde luego no era, en todo caso al revés, que me llevase el a mí.
- ¿Cuándo encuentres al funcionario que vas a hacer? – dije para distraerlo, para cortar aquel silencio tenso.
El no dijo nada.
Ví un claro, la luz de la luna dejaba ver una especie de peñasco, y fui hacia allí, no le dije nada, iba en plan exploradora, quería ver donde estábamos para soltárselo con naturalidad y no dar tanto la impresión de no tener ni idea como efectivamente no tenía. El vino detrás, sin respirar profundamente, ni ruido, de hecho pensé que había quedado abajo.
- Pero ¿esto no es el dique de abrigo? – dijo Ramón detrás de mí.
Sí que era, sí, estábamos en los peñascos del final del dique de abrigo, habíamos ido andando por los pantalanes y el tejido de las raíces de los árboles, imaginaba. Ramón se sentó calladito, sin ningún reproche. Yo me senté a su lado.
- No sé – dijo.
Lo miré sin saber de que hablaba.
- Que no sé que haré cuando encuentre al funcionario – dijo mirándome.
- Fastidiarte, porque no creo que te dé las escrituras – dije.
- Lo que no creo es que lo encuentre, también me extraña que María confiase en uno cualquiera, es raro – dijo sin ganas.
- Lo que es raro es que no lo pensaseis antes, bueno, por lo menos quedáis con el dinero, los que quedéis – dije resentida.
Me pasó el brazo por encima de los hombros y se acercó a mí.
- Todavía estás enfadada – dijo sonriendo entre dientes.
Ni le respondí, que si estoy enfadada dice el tío; si el enfado no me lo impidiese planearía allí mismo como robarle el dinero de nuevo a ver que tan bien le sentaba a él.
- En este mundo hay más que dinero – dijo.
No le di dos guantazos porque tenía un brazo inmobiliario y con lo otro no le llegaba a donde pretendía darle. Yo lo miraba de reojo, enfadada. Él me miraba de frente, él, que yo estaba de perfil. Se acercó un poco más.
- Está bonita la noche ¿no? – dijo.
Se acercó un poco más, su cara rozaba la mía. Yo lo miraba de reojo.
Social networking