Capítulo 37. ¿Que dijiste que dije?
Fue todo el camino aparentando una tranquilidad que no tenía porque sabía que tenía que ser así, Ramón le había hablado muy serio y no convenía hacerlo enfadar, la última vez que le había hablado bajo acabó haciendo todas las redadas de los antros poligoneros de la Comunidad. Tranquilo, tranquilo pensó como desaparecer sin más; pero no pudo, Ramón lo llevó agarrado hasta mi calle y no lo dejó bajar hasta que Andrés y Paco estuvieron junto al coche.
- Ya me contareis a que viene este numerito – dijo Alberto.
- Este dice que te quieres escaquear – dijo Andrés señalando a Ramón.
- No me voy a enrollar con el gay os pongáis como os pongáis, meted el dinero donde os quepa – gritó Alberto, hizo una pausa – mejor dadme el dinero que ya hice mi parte.
- ¿Qué hiciste qué? – dijo Andrés alterado – no hiciste nada...
- Bajad el volumen que nos va a escuchar – dijo Ramón.
Después caminaron tan anchos hacia el puesto de filloas, Paco se había mantenido al margen de las discusión, él estaba pensando en Sandra, en que si lo miraba a los ojos descubriría que la estaba engañando y en como ordenar los pensamientos para que no lo descubriese. Y suspiraba cada vez que escuchaba mentalmente su nombre en boca de Sandra.
En el momento en que Ramón se acercó a hablar conmigo Alberto dio un paso atrás para perder de vista a Salva, hasta pensó que Paco era un buen candidato cuando lo vio tan implicado probando las filloas. Y ya cuando Andrés pasó de todo y lo lió para marchar con las guapas aquellas por fin respiró tranquilo. Lo que duró. No fue mucho. Una llamada en el móvil le aclaró por fin todas las dudas, a parte de lo que se las aclaró ver por fin que una filloa era una filloa y punto. Ramón les dijo que la gallina, o sea yo, ya estaba en el gallinero, y que las alondras, o sea Sandra y Alicia ya estaban en el corral. Así mismo lo dijo. Alberto miró de reojo a Andrés.
- A este aún le pesa no haber participado en la Operación Nécora – dijo con retranca.
Andrés estaba apático, una vez había conseguido con quien pasar a noche ya tanto le daba que fuese Alicia u otra, en este caso era otra y tampoco veía la necesidad de cambiar de pareja en el medio de la noche. Pero la había. En es momento Andrés despachó a las guapas turistas y miró muy serio a Alberto para que se centrase en el tema.
“Ahora nos toca a nosotros” dijo con voz solemne. Marcó un número de teléfono y decía cosas del tipo de “hélice oblicua” “media tonelada” “potencia máxima” “plegado en vertical” y cuando colgó dijo un “a ver si no tardan” y tiró de Alberto para fuera del bar, arrastrándolo de nuevo hacia donde estaban las mesas, mis mesas. Esa fue toda la explicación que recibió Alberto.
Cuando llegaron la calle estaba completamente oscura, completamente en silencio, los faros del coche los avisaron con el tiempo justo de frenar. Alberto se alteró por el frenazo, por la oscuridad y por el silencio. Andrés ni caso le hizo. Alberto iba a encender la radio y un golpe en la mano le hizo darse cuenta de que Andrés no estaba por la labor, salió del coche, y pudo oler el mar. Miró alrededor nervioso, de repente pensó que el mar estaba a sus pies como un vacío traidor que lo iba a devorar en cuanto bajase la guarda, sólo veía en la línea de las luces del coche, las mesas y oscuridad.
De repente escuchó un ruido intermitente y constante, a lo lejos, pensó que era su reloj, miró el pulso, no, el suyo era digital. Lo acercó a la oreja a lo mejor hacía ruido igual, el ruido se hizo más intenso, volvió a mirar su muñeca escandalizado, alarmado, con la rapidez que pudo desabrochó el cierre y tiró el reloj al suelo. Andrés miraba a la oscuridad sin entusiasmo, sin inmutarse.
El ruido, ahora, ya era notorio, Alberto seguía mirando al suelo, espantado, esperando que de un momento a otro aquel reloj que había comprado e segunda mano a alguien desesperado estallase segándole la vida. Cerró los ojos, levantó la cabeza para oler el aire por última vez, olía a mar. Volvió a respirar, sintió paz en su interior y abrió los ojos, vio una luz cegadora, tal como la describían en los programas de misterios ocultos que escuchaban sus padres cuando era pequeño, no hablaban del ruido molesto que la acompañaba, pero eso debía ser la interferencia de aquel reloj que lejos de ser robado como siempre había sospechado, era de imitación. Se sintió engañado, no por lo del ruido, sino por los 30 euros que le pagó, que bien podía dar gracias el desgraciado que se lo vendió de que aquellos fuesen sus últimos momentos que si no ya le estaba partiendo la cara de una leche muy merecida.
La luz fue bajando hasta el suelo, dejando de ser tan cegadora, dejando de estar encima de él, dejando a Alberto sin una experiencia mística de la Galicia profunda que contarle a sus padres.
Andrés salió del coche sin ganas, igual que en todo el día, apático.
- Ni que cobraseis por hora, sois más lentos que el caballo del malo – vomitó.
- Tranquilo tío – dijo una figura saliendo de la luz, que diría Alberto, del helicóptero, que nosotras ya sabíamos que era un helicóptero - ¿los bultos son estos? Pues no era para tanto. Era suficiente con uno más pequeño ¿lo llevamos al almacén a la espera de nuevas instrucciones?
- Sí – ordenó Andrés.
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