Capítulo 36. ¿Qué dices que dijiste?
“Pues a mi no me parece bien” dijo Alberto al escuchar el plan de Ramón, los otros se miraron entre si, lo dijo en serio, como si no lo viese claro. Ramón levantó la vista y lo miró tratando de averiguar los motivos por los que no le parecía bien, pero Alberto desvió la mirada. No le dio importancia y tanto a Paco como a Andrés les parecía bien el plan así que decidieron seguir adelante. Paco, lejos de tener alguna objeción estaba dando saltos de alegría, no le prestaba mentirle a Sandra pero era un mal menor comparado con un número indefinido de días a su lado. Para Andrés tener entretenida a Alicia no le iba a suponer mucho esfuerzo, pensaba que había perdido su encanto, que ya no había chispa entre ellos, pero ya se le ocurriría algo, si había que explotar lo de los cuernos pues lo haría pero Alicia volvía a caer o el dejaba de ser quien era.
Alberto se levantó y marchó, fue a dar una vuelta, con amigos como aquellos quien necesitaba enemigos. Si, muy bien, Paco con Sandra, Andrés con Alicia y Ramón marchaba para el hotel para que tuviesen más sitio en el piso de Andrés, así quedaba el de carabina con el detective salido y la alegre divorciada y con la parejita de osos amorosos. Pues no estaba dispuesto a consentirlo. Y lo que más rabia le daba era que Ramón no se diese cuenta, que no pensase en el ni un segundo y lo que todavía lo ponía peor es que pensó primero en Paco.
- ¿Se puede saber que te pasa? – dijo Ramón detrás de él.
“¿Qué qué me pasa?” dijo Alberto enfurruñado, y Ramón lo miró con la cara que le ponía a los ligues cuando se les ponían de luna.
- No me mires así que bien sabes de que te hablo – dijo Alberto indignado.
Ramón abrió los ojos como platos, se centró un momento porque de verdad le estaba pareciendo una escena de celos de querida de la noche anterior.
- ¿Pero es que no lo sabes? pues no esperes que te lo cuente yo, vete pensándolo – y echó a andar ligero dejando atrás a Ramón.
Atrás y con la boca abierta.
- Pues va listo, no tengo yo más en que pensar que en las paranoias de este – y volvió para su casa.
Alberto siguió caminando un buen trozo, por supuesto ni se fijó por donde andaba, y se perdió, estaba claro que se iba a perder. Pero afortunadamente tenía móvil para llamar para que lo fuesen a buscar, porque el nombre de la calle de la casa de Andrés tampoco si se le ocurriese aprenderlo. Mientras esperaba a que Ramón llegase, y sería por la vergüenza de verse en esa situación, pensó en el plan desde otro punto de vista. Lo vio como un plan, de los de siempre, de los que tantas veces habían puesto en marcha. Y olvidó el tema de Paco, al final el había jugado el papel más importante, había conseguido infiltrarse con éxito dentro de nuestro grupo y nosotras no sospechábamos de él, cosa que no le extrañaba, porque era tan pardillo que nadie podía ponerle mala fe a lo que hacía. Sonrió, al final sonrió. Lo pensó desde el punto de vista del dinero y lo vio claro, no tenía mujer pero tampoco tenía trabajo que hacer, sólo dinero que cobrar.
Ramón dio un frenazo cuando lo vio, estaba sentado en un portal y desde la calle casi ni se le veía la cabeza, pensó que había marchado y ni iba a parar.
- Oyes, que adelante con el plan – dijo Alberto nada más entrar en el coche.
- Pues me alegro de que pienses así, porque lo tenemos que poner en marcha hoy – dijo Ramón.
- ¿Hoy? – preguntó Alberto sorprendido.
- Sí, Paco llamó a Sandra para bajar a tomar algo y ella le dijo que Xiana y Salvador estaban haciendo filloas en la calle – dijo Ramón
- Ah – dijo Alberto sin comprender.
Ramón puso la radio y siguió conduciendo como si nada.
- ¿Pero es que no me vas a decir que es eso de “hacer filloas en la calle”? ¿Que es, la contraseña del plan? ¿De que me estás hablando? ¿Es que ya no cuento para nada? – dijo Alberto histérico.
Ramón apagó la radio y lo miró con el mirar ese de helar la sangre para que callase de una vez antes de que le hiciese tener la sensación aquella de amante de la noche anterior que le había hecho sentir hacía unas horas. Alberto lo entendió, no le hizo falta explicación ni aclaración alguna. Quedó calladito y mirando al frente como un niño bueno.
- Por lo que dijo Paco, Sandra y Alicia están en el piso de Xiana, Andrés no está muy convencido de entrarle a Alicia con lo que de momento de las alondras se ocupará sólo Paco, y tú y yo tenemos que encargarnos de Xiana y de Salva, bueno yo de Xiana – dijo Ramón.
- ¿Cómo que tú de Xiana? ¿Qué me estás contando, que me tengo que enrollar con el gay? – dijo Alberto volviendo al tono histérico - ¿y Andrés qué? ¿de rositas, agarra la pasta y punto?
Ramón respiró profundamente.
- Efectivamente Alberto, Andrés agarra la pasta, digo yo que si montamos esto es para robarles la pasta, alguien la tendrá que agarrar – dijo serio.
- ¿Pero ya los tienen? – dijo Alberto emocionado - ¿ya los sacaron? ¿cuándo?
- Pues no lo sé, sospechamos que sí, ya sabes lo rara que es la tipa esa – dijo Ramón.
- ¿Quién, Xiana? – dijo Alberto despistado.
- ¿Pero tú que tienes? ¿hay poco oxígeno para ti en Coruña o qué? – dijo Ramón de mal humor – Sandra, la que habló con Paco, la que le contó que los otros dos estaban haciendo filloas en la calle.
- Vuelta a lo de las filloas en la calle ¿pero qué clase de metáfora es esa? – dijo Alberto.
- ¡Qué metáfora ni que ocho cuartos! que montaron un chiringuito en la calle porque no daban subido al piso las mesas que sacaron del fondo y no las querían dejar solas en la calle, eso fue lo que le dijo Sandra a Paco, literalmente, ¿lo pillas? – dijo Ramón gritando.
- ¿Y para que rayos quiere Xiana dos mesas, en su casa no le caben? – dijo Alberto.
Ramón lo miró, paró en doble fila, apagó el coche, respiró profundamente y dijo muy tranquilo:
- Tú vas a venir con nosotros y vas a hacer lo que te digamos y punto.
Alberto lo miró sin comprender, pero muy consciente, “si hombre, que me voy a enrollar yo con el tal Salva, a la mínima que pueda me escaqueo y que monte este un trío si quiere” decía para sí mirando de reojo a Ramón, mientras arrancaba el coche.
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