Capítulo 35. Perdid@s.
Si la cara de los que se enfrentan por primera vez a la zona cero era de asombro, la de la gente que veía el bosque por primera vez era indescriptible. Imagino que la sensación es como cuando acabas de morir y descubres que puedes atravesar paredes o como cuando Neo jugaba con el espejo de metal líquido; esa sensación de cambiar de mundo, o dicho con más propiedad, de tener un pie en otro mundo.
- ¿Pero que demonios? – dijo Ramón sin fuerzas para terminar la frase.
El sol de la tarde casi no podía pasar entre las ramas de aquellos inmensos árboles. El tenía la excusa de ser novato en la materia yo no, y aun así cometí el mismo error que comete todo el mundo delante de aquel espectáculo, porque ese es el único nombre que le puede hacer justicia, espectáculo, de espectacular.
- ¿Vamos? – pregunté desafiante.
- ¿A dónde? – preguntó escandalizado.
Cuando le dije que a dentro del bosque me miró con cara de niño asustado, una cara adorable, demasiada tentación para no caer en ella. Sin dejarle mucha alternativa comencé a adentrarme en la espesura. El miró hacia atrás, estudiando las alternativas, hasta me pareció ver como daba la vuelta, pero no. Volvió a mirarme y caminó indeciso hacia mi. Yo estaba segura, no sé muy bien porque, nunca me había metido sola en el bosque, ni recordaba la última vez que caminé entre los gigantes verdes, desde luego ni eran tan gigantes ni tantos como tenía delante en aquel momento; pero la debilidad de Ramón me hizo más fuerte, como un parásito que se alimenta de su anfitrión.
Imagino que mi idea era asustarlo para que confesase todo lo que tuviese que confesar, al final era lo que hacían ellos, sólo que en lugar de encerrarlo en una habitación con espejo lo metí en el bosque animado. Y funcionó. La conversación era trivial, “esto es impresionante” “el suelo no parece muy firme” “que puro parece el aire” y sin que pueda determinar en que momento confesó que me había engañado, que Sandra estaba con Paco, retenida aunque ella no era muy consciente porque como estaban los dos con la tontería del enamoramiento había sido muy fácil engañarla. De Salva no me dijo nada, ni falta que hacía el muy desvergonzado andará con el cachimán aquel de los helicópteros. Me contó lo del maletín que buscaban y lo que había hecho con los que me había robado.
- Pensé que habías dicho que los habías devuelto al fondo – dije.
- Oficialmente sí, eso es lo que cree la concejala que hice, pero comprenderás que es una lástima tirar tanto dinero allá en el fondo, sobre todo pudiéndola tener a buen recaudo para disfrutar de una vejez tranquila.
Me debió notar en la cara, en la mía la que tenía el, claro que comprendía, esa era la vejez que tenía planeada para mi, no te fastidia.
- No me mires así – dijo en serio – no pretendía utilizarte.
- ¡Ha! – me salió sin pensar.
- En serio, repartimos el dinero entre los cuatro y ni toqué mi parte – dijo como con afectación.
- Es que mucho tiempo no tuviste, aún no sé como os dio tiempo a contarlo para repartirlo – dije.
El sonrió, sincero, me dijo entre risas que no lo habían contado, que lo habían repartido a ojo. Que graciosito el niño. Yo le dije que no iba a volver a bajar, que allí no quedaba nada, y que no me apetecía que me pillasen allí y pensasen que todo el dinero que se suponía que no había allí lo robara yo. Lo que me faltaba, hacer todo el trabajo, quedar sin nada y llevar todas las culpas. El dijo que lo comprendía, que Andrés también andaba algo preocupado por la reacción del concejal cuando se enterase de que faltaban los maletines, pero también dijo que se ocuparía de que fuese lo más tarde posible.
Cambió el tono de su discurso, empezó a recordarme al primer Ramón que conocí, aquel tío divertido, espontáneo y sincero que te hacía sentir que lo conocías de toda la vida. Sí, vale, me volví a colgar por el. Sería la clorofila. Caí. Ya está. Una no es perfecta. El ensoñamiento del amor hizo que me desorientase más en el bosque y cualquier posibilidad de salir de allí que remotamente pudiese existir en mi cabeza se disipó automáticamente. No lo supe, lo de que estaba perdida, yo seguí andando en la nube de magia que me envolvía desde que entré en las tiendas centrales aquella tarde.
- ¿Sabes? – dijo agarrándome del brazo para que lo mirase – creo que tienes razón.
Lo miré sorprendido, no porque me diese la razón, que también, sino porque no sabía a que se refería.
- Pensándolo bien, creo que tienes razón, que no quedó nada allí abajo – dijo mirando alrededor - ¿oyes, sabes hacia donde vamos, no?
- Si, claro que lo sé – dije fingiendo seguridad, no tenía ni idea, pero me interesaba lo de que tenía razón.
- Ella piensa que su cómplice metió los planos en uno de los maletines, que se confundió, y ahora mismo, si tengo que elegir entre que te engañes tú y que él se confundió, creo que elijo que él se confundió pero no de la manera que cree la concejala.
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