Capítulo 24. Filloas rellenas.
“Claro que tengo licencia” dije con seguridad, Salva atendía a gente poniendo la oreja en la conversación y los ojos en los maletines. Estaba enfadado porque el negocio había tenido tanto éxito que no podíamos hacer turnos y se nota que el había quedado. Ramón estuvo plantado delante del mostrador sin hablar mucho, vigilando a la clientela. Los otros comenzaban a impacientarse y a mirar el reloj, a resoplar, a mirar alrededor; pero Ramón no les hacía caso. Paco se fue separando del grupo así como quien no quiere la cosa, pasito a pasito, vamos que se le notaba bien, pero que nade le prestó atención, hasta que por fin se metió en el portal. Se notaba que no le había dicho a los colegas que le gustaba Sandra. No me preocupé, Sandra es bien capaz de cuidarse sola, además estaba Alicia con ella e igual agradecía una cara un poco más amiga, o que conociese de unos días antes.
Andrés y Alberto se dieron cuenta de la falta de Paco cuando aparecieron unas turistas rubias de esas que dicen que quitan el sentido y tiraban de Ramón para ir detrás de ellas. Las chicas se animaron a lo de las filloas y estuvieron un rato en el puesto, hablando con nosotros. Ramón no parecía muy interesado en ellas, los otros, todos los otros que había alrededor sí, Ramón estaba concentrado en no se qué mirando al infinito, o eso pensaba yo.
Cuando las chicas marcharon, cosa que lamenté porque las ventas habían aumentado de manera espectacular, con deciros que el fuego no daba hecho a cocer filloas, también daba igual porque no apuraban mucho, si no hay como tener bien entretenida a la clientela. Con las chicas marcharon Alberto y Andrés, Ramón les dijo que ya iba pero ni siquiera cambió de postura.
- ¿Y esto de montar un negocio? ¿no te llegó el dinero que te di? – preguntó Ramón, aparentemente sin doble intención.
- Sí, sí que me llega, lo que pasa es que estábamos todas tiradas viendo la tele y de repente se nos ocurrió hacer esto para pasar el tiempo – dije.
Igual no le sonó muy convincente, pero no dijo nada, sólo quedó allí de pie. Salva estaba todo metido en faena e incluso le había pasado el mal genio de perder las citas que tenía para el día, cancaneos varios, que tampoco había de ser muy importante la cosa.
Con la noche vino la oscuridad y la gente marchó. No. Toda la gente no. Ramón seguía allí plantado y Salva se estaba poniendo de los nervios, menos mal que le sonó el móvil, y parecía ser algo tan supermega importante que hasta le dio igual dejarme allí sola con todo el fregado. Sí, sin escrúpulo ninguno, tiró el delantal encima de la mesa y marchó. En la mirada le noté un “es amigo tuyo, apáñate tú”, yo le lancé otra mirada del tipo de “después querrás que repartamos el dinero a partes iguales”, el me respondió con otra mirada del tipo de “reina, que llevo más de seis horas haciendo filloas y uno tiene sus necesidades” y yo “ya, te entiendo, pero vaya papeleta me dejas”, y el se despidió con una mirada del tipo de “que te sea leve, igual vengo antes de que marche” con cierta sorna, mejor dicho, con mucha sorna.
Y allí me vi a solas, a oscuras y con sábanas de terciopelo granate, que sí, que no eran sábanas que eran cortinas, pero visto que no tenía escapatoria y que no era plan de dejar toda aquella pasta en medio de la calle pues aprovechaba, total por allí nunca pasaba nadie, ues igual si era para dejar todo allí plantado, pero no era capaz, ya me diréis que más tendría si total hasta había unas horas no tenía ni un duro, así que tanto me iba a dar igual seguir así, pues no, que no era capaz.
- ¿Subimos? – dijo Ramón.
Pero esta vez lo dijo con intención, o por lo menos yo se la noté, con mucha intención de esa que había tiempo que yo necesitaba que tuviese, y voy yo y dijo:
- No, es que no me apetece – dije.
Poco me faltó para decirle que me dolía a cabeza, porque me vino antes lo de que no me apetecía que así mismo se lo plantaba. Jo, pero sí que me apetecía. Y a el también. Sí, puso una cara de decepción cuando le dije que no iba a subir...
- ¿Y eso? – preguntó.
Le conté que tenía en casa una pesada que había dejado al marido y llevaba no sé cuanto tiempo rayándome la cabeza con los defectos del elemento y que como lo estaba pasando mal no me parecía bien mandarla a paseo pero tampoco tenía ganas de aguantarla; acabé diciéndole que subiese si quería.
- No, quedo contigo – dijo - ¿y entonces que hacemos?
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