Capítulo 23. Disimulando.
Preguntó Alicia a gritos desde la puerta.
- Es la máquina esta, vamos a subir un par de mesas – dije aparentando naturalidad.
- ¡Contratad a una empresa de mudanzas por Dios! Las paredes retumban – dijo Alicia.
La miré alucinada porque para haberse presentado en mi casa sin haber sido invitada, ponerse de malas con Sandra y entrometerse en mi business estaba aportando demasiadas opiniones.
- Vete a ver la televisión o desaparece – dije sin dar más opciones.
Al principio me miró asustada y mismo pensé que bajaba las escaleras pero en unos escasos segundos volvía a estar en la puerta.
- No voy a marchar – dijo – no tengo a donde ir.
Y me lo lanzó como si yo le tuviese culpa, más aún, como si yo se lo tuviese que solucionar. Con vender medio pendiente de perlas podía alquilar un hotel bueno por varios días, y no tenía pinta de saber vivir sola por mucho tiempo. Si se había enfadado con Carlos ya se amigaría, a mi parecer eran el uno para la otra sin duda.
- Pues vuelve a mirar la tele – dije – ya tienes a donde ir.
- ¿Y después? – dijo.
- ¿Después qué? – pregunté.
- ¿Me dejas quedar? – dijo.
- En mi piso no, pero ya te buscaré algo – le dije alterada.
- Tú eras de esas ¿verdad? – dijo ella.
- ¿De cuales? – pregunté.
- De las que andan por la Coruña vieja – dijo ella.
- Mira chica, no te pongas muy exquisita que de paso que subo la mesa te tiro a ti – dije.
Y de esta vez pensó que se lo decía en serio y de veras que no lo dije de malas, es lo típico que le digo a Salva o a cualquiera en lugar de “vete a tomar viento”, que me parece menos fino. Pero ella lo tomó en serio. No dijo más nada y subió junto a Sandra. Era lo que me faltaba, otra persona por el medio. Por lo menos aún no había hecho presencia nadie del clan de Ramón.
Salva me gritó desde abajo, me dijo que aquello no había quien lo subiese, el motor no echaba humo, por eso pensé que todo iba bien. Por eso y porque le andaba dando vueltas a lo de Alicia. Apagué el motor y bajé. Efectivamente la mesa no se había movido ni un milímetro, nada de nada. La gente nos miraba como si estuviésemos locos. No pensé que hubiese tanta gente por la calle, el caso es que esta circunstancia limitaba nuestras opciones, no podíamos subir el material poco a poco, que era la única opción que nos quedaba.
Llegados a este punto... sí, es cierto, siempre estamos llegando a puntos de estos, pero la vida es así y punto. Como iba diciendo, llegados a este punto había que aplicar la teoría de los granos de después de un atiborre de chocolate, si no los puedes eliminar tápalos como puedas y con lo que haga falta.
Montaríamos vigilancia, disimulada, claro está. La manera de disimular aquellos dos bultos plantados en el medio de la calle fue simular un puesto de filloas rellenas; igual os suena muy cutre, pero en París los hay a montones, eso sí como le llaman crêpes parecen más finos. De cualquier manera era lo que podíamos hacer contando con el tiempo con que contábamos y con los medios que teníamos. Bajé el hornillo que teníamos para calentar el café cuando pasábamos noches enteras en Coruña Vieja que decía la snob. Puede ser que lo lógico fuese un termo, pero es que Salva le gustaba el café recién hecho, es así de fino el señorito. Yo hacía sandwich de sartén, que salían menos aplastados que los de la sandwichera. Lo sé, al grano.
Las mesas hicieron de mostrador, las colocamos en L, las movimos como pudimos, poniéndolas al borde de la acera, para hacer una U bajamos una de las meses plegables, dejando la salida hacia el portal. Aquellas cortinas que tenía guardadas para regalárselas a Sandra cuando se casase hicieron de mantel, cubrieron de glamou el puesto, y tanto, como que las había sacado del Hotel Finisterre, en una habitación de super lujo. Queda muy pobre de regalo de bodas, pero era para hacer el vestido, si Escarlata pudo nosotras también podíamos. Eran granate con dorados, espectaculares. Bajamos uno de los bidones de agua, harina (de la de cocinar, que de la otra nosotras no trabajábamos), huevos, nocilla, queso de untar y jamón cocido. Era lo que había.
La gente nos miraba con curiosidad, como con asco, los comentarios eran de desconfianza, pero en cuanto la sartén se calentó y las primeras filloas fueron saliendo, la brisa y el hambre del medio día hicieron su trabajo, aquel puesto improvisado se convirtió en éxito. Y el éxito trajo a Ramón, a Paco, a Alberto, a Andrés y no trajo a Carlos porque tenía miedo de encontrarse con Alicia y aunque ni loco se imaginaría que estaba en mi casa no apareció por allí.
Ramón miró con desconfianza mi nuevo negocio, Paco compró una filloa, Alberto mantenía la distancia pero tenía una sonrisa maliciosa. Andrés tenía la cara de desconfianza de Ramón.
- ¿Qué pasa? ¿Cambias de gremio? – dijo Ramón - ¿tendrás licencia?
Social networking