Capítulo 22. A flote.
Unas veinte sugerencias surrealistas de Sandra después se nos ocurrió emplear las bombonas de oxígeno de repuesto para reflotar las mesas. Me llevó un mundo cargar todos los maletines en las mesas, mismo pensé que no iba a dar hecho. Los maletines sobrepasaban el límite de las mesas, tuve que despegar algunos trozos de moqueta de la planta baja para recubrir todo el petate y atarlo con las correas de las persianas. Y aún así lo peor vino cuando tuvimos las dos mesas con sus respectivas sillas fuera del agua y hubo que llevarlas hasta la lancha, y peor aún sería llevarlas hasta nuestras casas.
Salva no imaginaba ni de lejos el tamaño de las mesas, pensaba en unas modestas mesas de escritorio no en aquellas que parecían más bien de comedor; y tampoco podía entender la necesidad de llevar las sillas, aunque fuese por disimular. Eran dos sillas, tampoco es que supusieran un esfuerzo añadido demasiado grande, pero Salva tenía que ponerse de los nervios por algo y se puso. Sandra quedó alucinada con las sillas así que se puso de mi parte y Salva por no aguantarnos llamó a uno de sus contactos para que trajera un camión, después ya haríamos números para subirlo todo a mi casa.
Era lo bueno de mi casa, que la tenía toda para mi, aunque no funcionaba nada de nada y no era buena idea dejarlo en el bajo, a veces venía gente a dormir, en el mejor de los casos. Cuando el colega de Salva dejó la mercancía en la calle nos miramos y a punto estuvimos de dejarlo allí y subir los maletines poco a poco; pero de cualquier manera yo quería las mesas, quien sabe si algún día conseguía restaurar el edificio y convertirlo en mi gran mansión. Ahora tenía dinero para hacerlo, igual me ponía, claro que igual no era buena idea hacerme notar tanto. Sandra cogió las sillas decidida y comenzó a subir. El colega de Salva miró hacia arriba y nos sugirió que buscásemos una polea a motor y lo subiésemos por la ventana; entre nosotros, ni se nos pasara por la cabeza, yo aun tenía excusa, había estado mucho tiempo debajo del agua y no lucía mucho; pero a Salva le debió caer la cara de vergüenza.
No era para comentárselo allí al camionero, hay cosas que cuanto menos se sepan mejor; pero yo tenía algo que nos podía servir No era una polea a motor, era un motor de arrastre, hacía un ruido infernal y había tenido que dejar de usarlo porque le sentaba muy mal la humedad, y ya me diréis de que me servía si no le podía tocar el agua. Nos vino a los dos a la cabeza, dejé a Salva pagándole al camionero y vigilando la mercancía, que no hacía falta decirlo era obvio que la había que vigilar. Subí escaleras arriba toda emocionada y de repente en el descanso antes de mi puerta estaba Sandra, las dos sillas y un silencio extraño. Antes de que abriese la boca ella me digo muy bajito que había alguien arriba, que tenía miedo. No, si a veces razona lo justo, si tienes miedo baja corriendo mujer, no te quedes a ver si te matan. Pero estoy casi segura de que ni se le pasó por la cabeza así que traté de no ponerle mala cara. Seguramente era Ramón o alguien de su panda, tanto esfuerzo para que ahora viniesen estos a llevar todo el dinero, pues lo iba a negar hasta el final, por snooppy que sí.
Traté de mirar por el hueco de la escalera a ver si veía quien era pero ni se escuchaba nada ni se veía nada. Estaba casi segura de que habían sido imaginaciones de Sandra así que subí toda confiada.
Efectivamente había alguien, una señorita de la Coruña con todas las letras, y no la conocía entonces pero ser era Alicia. La verdad es que no sé cual de las dos tomó más miedo, para mi que ella, aunque para la pinta que tenía no fue mucho; tenía yo la inocente idea de que estas en cuanto se cruzaban con alguien como yo en aquellas circunstancias echaban a corre, claro que tampoco iba a estar en una casa como aquella.
- ¿Vives aquí? – preguntó Alicia.
Le dije que sí, y le pregunté si quería algo; se lo pregunté muy educada y con voz muy dulce, no fuese una clienta y la espantase. Que tener, tenía pinta de mucha pasta.
- No eres la de la foto – dijo dándome la foto que Andrés le había tomado a Sandra y a Carlos.
- Pues no, ser no soy – dije esperando que Sandra no subiese, porque la foto era bien engañosa.
- El desgraciado se equivocó – dijo enfadada.
Pensé que se refería a Carlos y traté de calmarla, le dije que yo estaba en esa mesa y que no era lo que parecía. Ella parecía no escucharme. Le dije que Carlos era el abogado de un amigo mío y que ella era otra amiga de mi amigo.
- No, el desgraciado de Andrés – dijo por fin – me dijo que la de la foto vivía aquí.
¿Andrés? no hizo falta decirle que me caía mal, ya me lo notó en la manera en la que pronuncié su nombre. Le dije que obviamente la había engañado pero que era de esperar. Ella parecía tener ganas de hablar así que abrí la puerta y la invité a pasar. También llamé a Sandra para que subiese, porque llevaba un buen rato esperando sin saber que pasaba.
Cuando Alicia vio a Sandra se le encendió una mirada de despecho que bien pensé que acababa en discusión; pero cuando Sandra supo que Alicia era la mujer de Carlos también arrancó algo agresiva y no se sabe muy bien como empezaron a conversar tan tranquilas, les puse la televisión y bajé al tercero a arrancar el momento de arrastre.
Encendí, sin problema, haciendo el ruido que recordaba que hacía, pero encendió. Saqué las ventanas del quicio y le lancé el cable a Salva. De repente escuché detrás de mí:
- ¿Qué demonios es ese escándalo?
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