Capítulo 21. Hacia adelante.
Andrés quedó un poco desencantado, desconcertado mejor dicho, ella cogió las fotos y marchó, no le dijo nada más y salió por la puerta tan divina como había entrado. Él no sabía como tomarlo, si dejaba de trabajar para ella, si tenía que seguir con la vigilancia de su marido, tampoco le dio más vueltas, Alicia había marchado tan airada que ni le había pagado así que hasta ver un fajo de dinero metido en un sobre, es que le tenía mucha fe a lo del sobre, así, cuando en los juicios le preguntaban si le habían dado dinero por algo podía decir que no tranquilamente. A él le habían dado un sobre, lo que viniese dentro era a mayores.
Alicia se había convencido de que gastar más dinero con aquella historia era una tontería, de cualquier manera estaba harta de vivir una vida aburrida al lado de Carlos, iba a hacer como Elena y comunicar un cese temporal de la convivencia. Después ya vería por donde tiraba. Al mismo tiempo pensó en averiguar quien era aquella gente con la que parecía que su marido tenía tanta confianza. No por que le importase que tuviese una aventura, bien veía que la chica era guapa pero si aquello era lo que estaba buscando su marido ella no estaba dispuesta a dárselo, se tendría que meter en quirófano de arriba a abajo y para ser prácticas acababa antes cambiando de marido.
Lo primero que hizo fue llamar a su madre para decirle que iba a dejar a Carlos, Carme no se tiró por la ventana ni de los pelos ni nada; le dijo un “tu ya eres grande y bien sabes lo que te conviene” que Alicia no esperaba pero que agradeció. Pensó que le iba a ser igual de fácil contárselo a su padre, o incluso sería mejor porque a él Carlos no le caía demasiado bien. Ahí se equivocó, el concejal era más bien conservador en esos aspectos familiares, le montó un número de primera, un número que a la antigua Alicia le costaría un disgusto pero a la nueva Alicia no le causó más trastorno que apartar el móvil de la oreja y darle a la tecla de colgar.
Ahora quedaba lo más difícil, decírselo a Carlos. Tuvo clase, no se lo dijo por móvil, ni siquiera el tan de moda sms. No, esperó a la cena, él debió sospechar algo cuando Alicia le pidió a su madre que los dejase a solas un momento; y no lo hizo, ni se le pasara por la cabeza cosa semejante. Él pensó más bien que era alguna de aquellas tonterías que hacía su mujer para reavivar la llama de la pasión, de aquellas cosas que leía en el Cosmopolitan y que ella creían que funcionaban, aunque la verdad a él ni le iban ni le venían, dependía de como lo pillase el día. Y la verdad es que cuando escuchó lo de “darnos un tiempo” a punto estuvo de partirse de risa, ¿pero que trataba este número del Cosmo? pensó sin darle más importancia al tema. Claro que después la cosa se le fue aclarando más y conforme se le aclaraban las cosas también las fue tomando más en serio, le dijo que se iba a marchar a vivir sola, que el hiciese como viese, pero que dudaba que su madre lo quisiese en casa no estando ella. Él lo tenía casi claro aunque su relación con la suegra era muy buena no pensaba que tan buena. Cuando terminó de decir todo lo que tenía que decir, que no es que fuese mucho, le preguntó si tenía alguna pregunta. La verdad es que tenía un montón de preguntas, pero lo que no tenía era ganas de hacerlas, claro que se preguntaba porque lo estaba haciendo, si alguien le había contado algo, tenía ganas de decirle que no había otra, pero también tenía muchas ganas de tomar ese tiempo que decía Alicia que iban a tomar y tenía miedo de que al ponerse a hablar a su mujer le diese la morriña y le dijese que todo era una broma y que seguían como siempre.
Ella se levantó y fue para la habitación, él quedó en el salón pensando a donde ir, tampoco es que tuviese mucha necesidad, tenía un buen sueldo en el bufete y aquel piso de soltero que le había dado el Ayuntamiento cuando lo de la expropiación por el maremoto. No lo pensó más, se levantó de la mesa, fue al trastero, cogió una de las maletas y fue a la habitación a coger lo más indispensable.
Alicia no espera un número de desesperación por parte de Carlos, tampoco que marchase tan tranquilo y con tanta normalidad como quien coge un avión para ir a una reunión de rutina a Madrid. Ella no lo veía, estaba haciendo que dormía, empezaba a sentir que se había equivocado y que le había puesto en bandeja el marchar con la espabilada de la foto, después de todo había sido ella la que lo había echado fuera, en el divorcio diría que ella lo echó y que lo de la espabilada fuera después , para curar su corazón maltratado. No le faltó mucho para dar la vuelta y pedirle que quedase; pero decidió, por una vez, ser una mujer y afrontar las consecuencias de la decisión que había tomado, si se había equivocado pues se había equivocado. Cuando terminó de revolver cerró la puerta y marchó; los pocos minutos entró su madre en la habitación para preguntarle que tal estaba. Hacía tiempo que no sentía la necesidad del cariño de su madre, hasta le había estorbado de quinceañera, pero en aquel momento fue importante tenerla allí. Le dijo que todo iba a salir bien.
Al día siguiente, bien temprano, llamó a Andrés; él, en cuanto vio el número dijo para sí un “ya lo sabía yo” y cogió confiado, esperaba que le pidiese cita para pagarle lo que le debía y encargarle que siguiese con la investigación.
¿Dónde vive la espabilada esa? – dijo Alicia sin un buenos días ni nada.
- ¿Cómo? – preguntó Andrés, que le gustaba ir al grano pero no tanto.
Ella aclaró que se refería a la de la foto y Andrés, disimulando mal, le dijo que no lo sabía, ella le notó que la estaba engañando así que lo amenazó con decirle a su padre que la andaba rondando otra vez. Ella lo hizo inocentemente, fue la única amenaza que le vino a la cabeza, tampoco sabía hasta que punto llegaba el pánico de su padre por la relación con Andrés; pero él sí que lo sabía, y no quiso tentar a la suerte. Tampoco se lo quiso poner tan fácil como para que no le pagase, así que tiró por el medio y le dio mi dirección. No, si por unas o por otras todos acababan diciendo mi nombre.
Ella no lo dudó, se levantó, se puso más que divina y vino a mi casa. Con decisión, hasta que comenzó a ver las casas abandonadas y los escaparates vacíos con puertas oxidadas. Aunque con miedo, siguió.
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