Capítulo 20. Pista familiar.
Carme miraba a su hija mientras desayunaban. La notaba rara; pero la cosa tampoco parecía importante, a veces le daban esos puntos místicos. Ella pensaba que igual la había presionado mucho para que se convirtiese en una mujer de bien y había acabado enterrando alguna vocación intelectual de la niña. No era el caso. Alicia le andaba dando vueltas a la idea de contarle a su madre lo de Andrés; obviamente no se había dado cuenta de que Carlos estaba a la misma mesa que ellas y menos mal que se hizo notar porque Alicia ya había encontrado las palabras exactas para expresarlo sin que a su madre le diese un ataque.
Carlos también había notado la distancia que mantenía Alicia desde hacía unos días; pero no le prestó demasiada atención porque andaba con Sandra en la cabeza. Nunca se había planteado engañar a su mujer, más por miedo a su suegro que por amor. El la quería, no podía decir que no, nadie podía; pero no era una pasión arrebatada de esa que dicen que se siente cuando se ama de verdad. También hay que decir que nunca había sentido ese tipo de pasión por nadie en su vida, por nadie hasta que encontró a Sandra. Personalmente no lo entendía, porque Sandra inspira más dulzura y ternura que pasión, claro está que no tengo la mente enferma de un necesitado de clase media.
Alicia quedó sola en la cocina, y disfrutó de la paz que había en el pequeño intervalo entre que marchaban todos y venía la señora de la limpieza. Pensó. Volvió a pensar. No, mejor no. Estaba pensando en llamar a Andrés, pero al final decidió que no era lo mejor, tendría que llamar él, si era lo mejor. Siempre se precipitaba y si Andrés lo notaba volvería a tener el control de la situación y su plan de hacerlo sufrir fracasaría.
Andrés no la iba a llamar, por lo menos en un tiempo. No tenía nada que contarle, cuando se dio cuenta de que Carlos era el abogado de Salva prefirió dejar el tema hasta que pasase el juicio, era lo suficientemente inteligente como para no forzar la situación. Había conseguido cargarle el marrón a Salva, si Carlos era bueno conseguiría sacarlo de el sin mucho esfuerzo y al final todos quedarían libres, sanos y salvos. Pero si se acercaba mucho y el tal Carlos se daba cuenta igual podía alegar oscuros motivos y devolverle el marrón a él.
Y así pasaron unas dos o tres semanas, que para Alicia fueron largas, la incertidumbre por el extraño comportamiento de Carlos, la emoción de tener un motivo para dejarlo y vivir una emocionante vida junto a Andres, por unos meses, y después otro y después... y después recibió la llamada de Andrés, el corazón latía rápido.
- ¿Cuando puedes quedar? – preguntó Andrés con voz cansada.
Sandra quería decir “mañana no puedo” y le salió un “cuando quieras”, después pasó todo el día repasando la frase para convencerse de que no había sonado demasiado ansiosa. La verdad es que lo consiguió, lo de convencerse, porque para decir más verdad si que sonó ansiosa; y, lo que es peor todavía para ella, Andrés lo notó; aunque por suerte el animalito estaba pensando en otra cosa, cosa rara en él, y supuso que el ansia era por saber de marido no por él. Quedaron en el mismo café de la otra vez. A él le pareció lo más práctico. A ella le pareció muy romántico, como su lugar secreto, que no era secreto ni nada, pero la imaginación tiene estas cosas.
Andrés juntó las fotos que le había tomado a Carlos, no tenían ninguna importancia y eran de lo más inocente; pero se tomó muchas molestias para que una confidencia al oído de Salva pareciese un morreo a Sandra, yo diría que siguiendo la gran escuela del tomate. Alicia llegó tarde, tranquila, divina para ser más exacta. Andrés estaba inquieto, tenía miedo de que Alicia no le siguiese pagando, que el montaje fuese demasiado bueno y que ya se conformase; era raro, normalmente con ese cebo todas querían saber más ¿por qué?¿qué tenía ella?¿que le dá? todas esas tonterías que Andrés escuchaba una y otra vez. Era lo que le daba de comer. A él, si le pusiesen los trasto, con dos tortas bien dadas ya lo solucionaba, pero las mujeres y nuestras dudas transcendentales eran bien más rentables.
Alicia agarró las fotos con las dos manos, las miró, se le puso aquella mirada que Andrés reconocía como el síndrome de la mujer abandonada; le calculaba unos cinco minutos antes de echarse a llorar como una magdalena. Se equivocó, como con casi todo de esta nueva Alicia.
- ¿Sólo me traes esto? – preguntó Alicia con exigencia.
- ¿Sólo? – dijo Andrés buscando una excusa rápida.
No le sirvió de mucho, se nota que Alicia también seguía, igual que yo, la escuela del tomate y reconocía un montaje en cuanto lo veía. Andrés empezó a ponerse nervioso, y esto lo hizo alterarse y como consecuencia ponerse más nervioso aún. Alicia se echó hacia atrás en el respaldo y observó con distancia, buscaba aquel encanto de George Clooney que le había visto en la anterior cita y no lo encontró.
- Algo hay – dijo Andrés por fin.
- Sí, puede haber cualquier cosa, por las sombras de la mesa había otras dos personas – dijo Alicia con seguridad.
Con tanta seguridad que hasta a ella le pareció que sabía de que estaba hablando. Y aún nunca en su vida se había parado a contar las sombras de nada... Y en aquel mismo momento llegó a tres determinaciones que marcarían el resto de su vida:
1ª. Carlos no le valía ni para divorciarse.
2ª. Andrés no le valía ni para divorciarse.
3ª. Ella valía mucho.
Social networking