Pero no solté prenda, que una puede no ser todo lo que dice pero bien sabe que el éxito de una buena mentirosa está en la memoria y en la discreción. Memoria tenía poca por eso equilibraba la ecuación con la discreción. La inspectora me preguntó cuanto tiempo había pasado realmente entre que apareció el cadáver y la llamamos, si la conocía de algo, a ella no a la muerta, claro. Si había averiguado algo, si lo conocía de algo, al otro muerto; si sabía algo. No solté prenda, me limité a poner cara de interesante y de no saber.
No me costó mucho deshacerme de ella, entre que la llamaron de arriba, del piso de arriba, y que la llamó África para contarle lo de las notas y que eché a correr en cuanto la mujer dio la vuelta, pues no me costó tanto, efectivamente. Una vez me ví libre eché a andar por los pasillos.
- Niña ¿dónde está la salida PA-3? – me preguntó la desesperada de la mañana agarrándome del brazo.
Clavándome las uñas diría yo. Lo primero que hice fue arrancarle las zarpas de mi brazo y señalarle el plano de nuevo, de esta vez me aseguré de que lo veía acompañándola hasta el mismo pie, y allí la dejé mirando el galimatías de colores felices y rectángulos imposibles.
Salvado el segundo escollo en mi huída caminé con paso decidido pasillo adelante, la gente se veía tranquila mirando escaparates, como si no pasase nada, comprando incluso. En el hiper estaban trabajando, hasta me dio la idea de que ya se había levantado el estado de sitio, pero un cordón policial en la salida de emergencia me centró. Por disimular y no darle la razón a sus caras de sospechas torcí el rumbo discretamente hacia los servicios. No había nadie y el hilo musical se escuchaba con eco de tubería. Tomé aire, me miré en el espejo y volví a salir.
Fuera, en esta tierra de nadie que hay entre los servicios de hombres y de mujeres y la puerta de salida de los servicios estaba Artai, obstaculizando la puerta más concretamente, de brazos cruzados, con su sonrisa de meter miedo y leyendo mi pensamiento, o eso me parecía.
- ¿Qué? ¿Qué tal va eso? – preguntó, más amenazando que preguntando realmente.
- Bien – dije intentando no darle intención.
Y el silencio y el eco del hilo musical en las tuberías y el tener enfrente a la persona que había baticinado que yo sería la próxima víctima me hizo pensar que igual aquel era el momento , igual sí iba ser la siguiente, que igual aquella era la última vez que respiraba, y que triste me pareció llevar para el otro mundo aquel aroma a desinfectante y aquella frialdad del azulejo.
Quedé plantada en medio de la habitación, ir hacia la puerta suponía acercarme a mi supuesto verdugo, volver a los servicios suponía aislarme más, allí todavía había una opción de gritar y que se escuchase fuera. Los de la policía escucharían, no estaban ni a cuatro metros, además tenía el móvil, tenía el móvil, como no había caído antes.
- Pareces nerviosa – dijo él.
- No – dije.
- No estás muy habladora ¿eh? ¿tienes miedo quizás? – insistió.
Pero tuvo la poca gracia de insistir en plan de broma, que casi lo prefería cuando ponía la mirada malvada y la sonrisa terrorífica. No, cachondeos los justos. Le dejé bien clarito que miedo no tenía, ni mucho menos a él, fui hacia la puerta y ver si se apartaba, pero no se movió.
- ¿Averiguaste algo? – preguntó.
- Claro – dije.
Sonrió entredientes como acostumbraba, por lo menos conmigo, y dijo que para ser la siguiente lo tomaba con mucha calma, que igual tenía que ir haciendo el testamento no me fuese a pillar el tren.
- Si va a ser un tren aquí no tengo problema – sonreí por fin.
Sí, sonreí, aliviada, algo en lo del testamento delató su farol. Era obvio que sabía cosas sobre mí, pero no de los asesinatos, bueno, era lo que me pareció en aquel momento, claro.
- Esa sonrisa es demasiado confiada – dijo él – si te mato ahora mismo no hay quien te salve, ni siquiera ese móvil que agarras con tanta fuerza.
- Es que me costó caro – dije.
Él sonrió, pero de verdad, dejando de lado la maldad, la perversidad. Yo confié, quizás demasiado.
- ¿Y tú de que vas? – pregunté.
- No voy de nada – dijo.
Sonreí, ahora era yo la que sabía de él. Claro que iba de algo, iba de que sabía.
Le dije que sí, sin entusiasmo, medio con desprecio, para que no se le subiese a la cabeza. El sonrió entredientes, sabiéndose con un extraño poder sobre mí. Levantó el cuerpo manteniendo la cabeza a la altura de la mía hasta que la inercia tiró inevitablemente de él hacia arriba, entonces dijo un “tú vas a ser la siguiente” mirando hacia mi como si fuese el final de Thriller.
Ni me inmuté, estaba claro que lo dijo para inquietarme, para ponerme en evidencia y verme correr histérica de un lado al otro como realmente me apetecía hacer; pero ni me inmuté. No me inmuté visiblemente, quiero decir, esperé a que Artai se incorporase al grupo que formaban sus compañeros a la entrada del hiper y llamé a la abogada. Estaba en la cafetería italiana, había conseguido deshacerse de la jueza, en el buen sentido de la palabra, que dadas las circunstancias igual es mejor aclararlo. Le hablé con determinación y le dije que quería ver la nota. Dudó, insistí.
África no hacía más que mirar alrededor y pedirme que me sentase cerca de ella, no se me insinuaba, era precavida. Abrió el bolso como de la otra vez y me enseñó la nota. Ponía:
NO HAY DOS SIN TRES
La dobló de inmediato y ni siquiera sus gafas de sol pudieron ocultar la preocupación que la invadía. Me preguntó por mi opinión, le dije a las claras que pensaba que hasta cinco muertes no iba a parar.
- ¿Cinco? ¿tantas? – preguntó escandalizada.
No supe consolarla, suficiente tenía con que la nota confirmase la predicción de Artai. Ella miraba el bolso y lo agarraba como las viejas cuando van en el autobús.
- Le voy a dar las notas a la policía – dijo después de un largo silencio.
- Me parece bien – dije.
Ella seguía agarrando el bolso como si su vida dependiese de él.
- Tengo que ver como lo hago – dijo ella.
No se iba a presentar delante de la inspectora con las notas y decirle que las había encontrado de repente. No me dijo donde había aparecido esta, no podía ser por debajo de la puerta de la casa del director porque no había salido del centro. Pareció notar mi intriga y me dijo que la nota había aparecido en su bolso, en ese que agarraba con fuerza.
- Diré que aparecieron las dos juntas, seguro que no me creen, pero es lo único que se me ocurre – hablaba sola en alto.
Mientras ella se autoconvencía de la convicción de la mentira que le iba a contar a la policía recibí una llamada de la inspectora reclamándome en el sótano. Dejé a África con sus pensamientos y bajé corriendo entre la angustia y el alivio. Si me llamaba para otra muerte, sí, sería trágico, pero por lo menos no era yo. ¿Egoísta? No sé sentiríais otra cosa en mi sitio.
No era otra muerte, acababa de recibir la llamada del forense para pasarle el informe preliminar de la autopsia.
- Muerte natural – dijo.
- ¿Disculpe? – pregunté sin entender.
- Que dice el forense que es muerte natural – dijo enfadada.
Que parece ser que no había signos de violencia, el análisis de tóxicos salía negativo, no tenía alergias reconocidas y la cara de felicidad descartaba la violencia.
- Igual... – comencé a decir.
- No – anticipó – no hubo actividad sexual en las últimas veinticuatro horas.
Tampoco hacía falta que me diese tantos detalles, pero lo de la muerte natural debía ser de broma.
- No, si a mi también me parecía un cachondeo – dijo la inspectora.
A mi lo que me preocupaba era la facilidad que tenía todo el mundo para leerme el pensamiento.
- A ti también te lo parecerá ¿no? – dijo ella – a ver que me dice de la chica, vaya marrón. ¿Y tú supiste algo? Aquí nadie sabe nada.
No sabía si era una táctica para sonsacarme, si también se había dado cuenta de que no tenía ni idea como el tal Artai o si había representado tan bien mi papel de eficiente investigadora que me pedía consejo en serio.
- No, a mi también me escapan – dije en plan solidario.
- A nosotros no nos escapan, pero dicen que no saben anda. Quien mató a la segunda víctima tiene que estar todavía dentro ¿no te parece? El forense dijo que no hacía mucho que había muerto cuando llegamos.
Y comenzó, como quien no quiere la cosa, a interrogarme.
La policía, con sus reservas, se comprometió a mantenernos al tanto de la investigación; a cambio, yo tenía que comprometerme a no interferir. Por supuesto que me comprometí, mintiendo, claro.
El centro seguía cerrado y el despliegue policial era tal que cuando salí del aparcamiento no había nadie sin escolta. Por probar subí al piso de arriba para ver si el despliegue no era tan amplio como parecía. Lo era, efectivamente que lo era. La gente del hiper volvía a tener la cara de fastidio de la primera hora y la clientela no la tenía mejor.
Me ví sin nada que hacer y sin mucha idea de a donde ir, miré el móvil varias veces por comprobar si la abogada me había mandado algún mensaje e ir tirando, pero no tenía ninguna. Salí al pasillo y me senté en un banco, mirando como trabajaba la gente profesional de verdad, para ir aprendiendo maneras más que nada. Saqué el cuaderno de notas y empecé a darle vueltas a los croquis de los escenarios. Detergente, camisa, leche, portátil y pintura; macizo; zapatos, pala, móvil, pizza congelada y coche barato. Tenía que hacer alguna relación. Seguro que la había. La había.
- A ver, por la C: camisa y coche barato – hablé sola en alto.
- Coche caro, y coche de lujo – dijo Artai sentándose a mi lado - ¿no estás jugando a eso de por 25 pesetas?
Lo miré sorprendida, con lo grande que era tenía la virtud del sigilo y la de tratarme con una confianza extrañamente inquietante. - ¿No? Pensé que sí, ¿qué haces entonces? – dijo mirando mi cuaderno.
No reaccioné y medio se lo enseñé.
- ¿Así que tenía razón? ¿otro cadáver? – preguntó casi afirmando.
Quedé atónita con su deducción y ya estaba afirmando su clara implicación en las muertes cuando me di cuenta de que estaba señalando al dibujo que había hecho de la segunda escena.
- ¿Qué hacías? ¿Compararlo con el otro? ¿También lo tienes dibujado? – decía mientras le echaba la mano al cuaderno.
Sabe dios que fuerza me vino a ayudar en aquel momento, pero me dio la espabilación para sacarle el cuaderno de las manos y cerrarlo antes de que llegase a las notas que había tomado de su interrogatorio.
- Esto no te incumbe – dije poniéndome profesional.
Se hizo el ofendido, para ablandarme supongo; porque la ofensa le duró unos segundos. Con aquella sonrisa maliciosa de sospecha me preguntó mi nombre.
- Gracia – dije.
- ¿Le diste un mal parto a tu madre o qué?
¡Vaya ocurrencia! Claro que no, lo que pasaba era obvio, a mi madrina le gustaba mucho Grace Kelly; pero el parecía nacido para fastidiar. Y en un momento que me pilló desprevenida le echó la mano al cuaderno, afortunadamente él tampoco esperaba mi rápida reacción y conseguí recuperarlo al instante.
Me preguntó qué era tan secreto que no quería que lo viese, si total no sabía nada, si total la poli no me había dicho nada y si total ellos, refiriéndose a sus compañeros y a él, no me habían dicho nada. No le partí la cara porque era muy grande, porque la policía estaba muy cerca y porque pese a todo lo que me inspiraba era otra cosa. Le dije y le dejé muy claro que todo eso era falso, que tenía toda la información que necesitaba y que todos me habían dicho más de lo que pensaba, sobre todo él.
- No creo – dijo en plan genérico.
¿Qué no creía qué? ¿Qué no creía qué? Lo miré mal, él sonrió de nuevo. No quería preguntarle por su coartada porque ya se me estaba subiendo a la parra y para no dejarle más claro aún que no tenía ni idea. Pero estaba casi segura de que no tenía, para el primer asesinato por lo menos.
- No pongas esa cara que yo estoy aquí tan tranquilo – volvió a decir en plan genérico.
Con cada cosa que decía parecía que me leía el pensamiento y al mismo tiempo el elemento no soltaba prenda.
- ¿Y que piensas? ¿Que esto es el Código da Vinci? – preguntó vacilando.
Me aclaró que era la impresión que le había dado cuando se sentó a mi lado; y que si había acertado iba por mal camino porque no tenía nada que ver.
- ¿Ah no? ¿Y entonces qué? ¿Qué demonios sabes tú de nada? – dije enfadada. A ver si para un libro que había leído no me iba a servir de nada.
Se puso serio, serio y formal, casi arrepentido. Se levantó, se puso delante de mi, se arrodilló hasta que sus ojos quedaron a la altura de los míos y dijo amenazando:
- ¿Cómo? – pregunté al tiempo que daba la vuelta para mirar quien era el oráculo.
- Otro muerto – repitió mirándome serio.
Le miraba a la cara con el cuello estirado, él me miraba serio y con el aire de desconfianza que tenía toda la gente con la que había hablado. Llevaba el uniforme del hiper y en la placa ponía “Artai”. Tomé la libreta y anoté el nombre, como había hecho con el resto para ver qué tenía que contar, sus palabras determinadas debían tener una explicación.
- ¿Y tú lo sabes por? – pregunté comenzando el interrogatorio, procurando que la profesionalidad ocultase la dilatación de las pupilas.
- Es obvio ¿no? Incendio no hay – respondió él.
Yo tomaba nota con fidelidad notarial en mi cuaderno al lado de su nombre. Me pareció demasiado seguro deque no había un incendio, el centro era grande y los fumadores distraídos; era más que probable que en algún punto saltase una alarma antiincendios, aunque Artai lo dudaba seriamente. Tanta seguridad me hizo desconfiar, sólo había dos posibles razones para justificarla: que él fuese el asesino o que supiese quien era.
- ¿Eres tú el asesino? – pregunté sin complejos.
El sonrió entredientes, con tranquilidad, “la investigadora eres tú ¿no?” dijo con una mirada maliciosa.
- Por que ¿eres investigadora, no? – repitió con más malicia todavía, como si supiese algo que no debía, no del muerto sino de mí.
El móvil interrumpió el interrogatorio, era el jefe de seguridad que me reclamaba en el aparcamiento, en el Sótano -2. “El Sótano -2” repetí en alto mirando alrededor buscando el mapa que le había indicado a la vieja aquella unas horas antes. Eché a andar sin despedirme, no por crear un aura de misterio, es que me puse muy nerviosa, cuanto no preferiría yo que fuese un incendio provocado. No, no lo era, el segurata no me dijo de que se trataba; pero escuchaba de fondo al director histérico repitiendo “otro no, otro no”.
África, que así se llamaba la abogada, estaba sola en medio del aparcamiento. Al lado del montacargas estaba el de seguridad con el director, no había más gente, por lo menos a simple vista, aunque si había algún coche que otro. El director, en cuanto escuchó mis pasos me miró y señaló a la abogada. Me acerqué a ella y, en el suelo, al lado de un coche de segunda marca de una casa famosa estaba el cadáver de una mujer, joven y con cara de felicidad. Del otro lado de la muerta había un par de zapatos, una pala de jardín, un móvil apagado, y una pizza congelada descongelándose. Todos los productos de M-A-R-C-A B-L-A-N-C-A!!
De esta vez, del lado izquierdo del fiambre sólo había cuatro productos de marca blanca y el quinto estaba del lado derecho. Era la única diferencia con el anterior. Conté el coche como producto, aunque no llevaba su etiqueta como el resto entendí que la tipa estaba allí y no al lado de otro coche cualquiera por algún oscuro motivo. Sí, decididamente el coche tenía que ser el quinto producto. Como en el anterior asesinato hice un croquis del segundo escenario con la precisión que me caracterizaba.
La muerta todavía no tenía la línea blanca alrededor porque África había estimado oportuno retardar la llamada a la policía hasta que yo lo inspeccionase todo. No me pareció una decisión acertada, sólo esperaba que no hubiesen tocado nada o que de haberlo hecho, nadie se diese cuenta.
- ¿Quien lo descubrió? – pregunté.
- Los de seguridad – dijo África señalando a la cámara de seguridad – en la revisión ordinaria de las cámaras apareció.
¿Cámaras? Estaba hecho, si habían visto a la muerta por la cámara también tenían que tener grabado a quien la había dejado, quien puso los productos.
- No, ya lo miramos, está el aparcamiento tranquilo e inmediatamente aparece así – dijo ella.
Empezaba a sospechar que la cosa no iba a parar ahí. Ordené que llamasen a la policía, sí, ordené, me metí en mi papel, estaba claro que aquello no parecía tener fin, por mis cuentas iban a aparecer tres cadáveres más; y estaba claro que no podía supeditar vivir del cuento a semejante matanza. A África no le gustó mi tono, pero había que parar aquella locura cuanto antes. Miró al jefe de seguridad y le hizo un gesto positivo con la cabeza, el tomó el teléfono y llamó, a la policía, imagino, porque se presentaron en el centro en cuestión de minutos.
No me miraron con muy buena cara, no les gustó que estuviésemos tan cerca del cadáver, que no hubiese un civil que hubiese encontrado a la muerta, que la cinta no revelase información crucial y, sobre todo, que la gente que interrogaron les comentara que habían unos veinte minutos entre que sonó la alarma y su llegada. Me dio igual, les solté que había dado orden de avisarlos en cuanto ví el cadáver y dejé que la abogada, el director y el jefe de seguridad apandasen con el marrón.
Mientras los de la policía dibujaban la línea blanca alrededor del cadáver y comenzaban sus pesquisas aproveché para preguntarle a la abogada algo que se me había olvidado preguntar cuando ví a la muerta, “¿hubo alguna nota esta vez?”. Dijo un sí con la cabeza pero no me la mostró, imaginé que me la enseñaría una vez marchasen los de la poli.
Era mi segundo asesinato y me notaba con más seguridad, ya no se me escapaban los detalles como antes. En la cabeza me andaban tres cosas: Artai, la cinta de la cámara de seguridad y, cuánto antes de la muerta había aparecido la nota.
Cuando bajé la mirada del techo después de mi primera y gran deducción di con el alivio del director que debió percibir mi inspiración. Le sonreí con complicidad, diciéndole que había acertado de pleno al contratarme; pero que fuese discreto delante de la policía. La discreción era importante, aunque para decir verdad lo único que le preocupaba a la policía era mantenernos bien alejadas del fiambre. Era un hombre joven, el fiambre quiero decir, tenía pinta de simplón.
Al poco tiempo la jueza ordenó el levantamiento del cadáver y la policía recogió el tenderete y en minutos el centro comercial volvió a la actividad normal. Fue entonces cuando el director me contó, ya con más tranquilidad y confianza que la nota que me había enseñado la abogada había aparecido en su casa, por debajo de la puerta; que no reconoció la letra e incluso que no le había dado importancia pese a que notó un palpitar desacompasado cuando la leyó por segunda vez.
- Pensé que habían sido los niños del quinto que anda seguido con tonterías – dijo el director quejándose.
Después, cuando la llamada de la policía lo sacó de la ducha decidió que sería mejor hablar primero con la abogada antes de enseñarle el papel a alguien. La abogada le recomendó no enseñar la nota, no me pareció una decisión muy lógica, sobre todo teniendo en cuenta que estaba escrita a mano y que la grafología podía echar luz sobre el asesinato, sobre el asesino quiero decir. De cualquier manera ella pensó que era mejor no decir nada, y yo, para ser sincera agradecía tener algo de ventaja sobre la investigación oficial. Ella me dijo que, llegado el momento, harían llegar la nota a la policía, pero sólo si era inevitable. Lo dijo con aire misterioso. Muy misterioso. Le pedí que me hiciera una fotocopia para estudiarla con más calma y con una mirada más misteriosa aún que el tono de su voz, me dijo que no, que lo lamentaba pero que no podía ser.
Pude preguntar porqué, pero no quería montar una escena, sobre todo después de que me dijese que procurase no interferir en la investigación policial y que me pagaban para obtener resultados.
- Tengo que interrogar a todo el personal – dije en plan profesional.
El director puso cara de sufrimiento, pero la abogada apuró a decir que no había problema, que hiciese lo que considerase.
Yo considerar, consideraba que quería seguir viviendo del cuento y que esperaba, teniendo en cuenta la nota, que el crimen fuese la venganza de algún empleado descontento. Una venganza desmesurada, igual sí, pero lo de abrir los festivos no le quedaba atrás. No atrás a lo de matar, no, atrás a lo de dejarle el fiambre allí en medio.
Empecé preguntando por la gente que trabajaba en la sección donde había aparecido el muerto, María dijo que no tenía ni idea de quien era el paisano, ni se le ocurriría hacer tal cosa, que no tenía ella cosas y sitios a donde ir en su tiempo libre “sin matar a nadie en el curro”. Inés dijo que no sabía nada y paró de hablar, era una chica joven y parecía abrumada por las circunstancias. Roi no dijo mucho más, que el tipo se le parecía al batería de no sé que grupo de esos que se dicen para parecer que se sabe de música. Katia dijo que no era cliente habitual, que no le sonaba de nada y que, por supuesto, ella no lo había matado.
Toda la plantilla del hiper dijo lo mismo, más o menos, la gente que le encontraba parecido se lo encontraba con el batería, cantante, cuñado; la que no decía que no era cliente habitual, y el resto de tan inocentes que eran parecían tontos. Me dejaron la cabeza como un bombo. Toda la mañana aguantándolos para que no se me confesase nadie. Fui al restaurante vegetariano, tenía pensado pasar el resto de la tarde de relax y cargarle la dieta al centro.
Cuando terminé de comer fui a dar una vuelta por el centro, no había mucha gente, eran las tres de la tarde un día de semana. La gente ya era otra y consideré, como decía la abogada, que igual era interesante interrogar también a la gente del turno de tarde, y que debería ir pidiendo el listado del personal por si había quien no hubiese venido a trabajar. Iba tomando el control de la situación.
- Perdón, ¿me podría decir dónde está la salida PA-3? – preguntó una señora desesperada.
- No – dije – pero mire en el cartel ese – dije señalando al plano del centro que había junto a la escalera mecánica.
La mujer miró hacia donde le señalaba mi dedo y después me volvió a mirar con desprecio, sugiriendo que no había puesto mucho interés en ayudarle.
Volví a entrar en el hipermercado y empecé a interrogar a todo el mundo con mucha energía hasta que el segundo me dijo que no sabía nada y que no quería líos. En ese punto decidí que ya había trabajado de más por ese día. Y tenía casi la patita fuera cuando saltó la alarma de incendios y se cerraron todas las puertas, los de seguridad salieron a tranquilizar a la gente y uno, detrás de mi, dijo: