La casa de Muelas es grande, muy grande, incluso mayúscula. Pero mi madre era aún más grande y la ocupaba toda. Cuando ella murió, yo la estuve buscando por las habitaciones entristecidas y deshabitadas:
…Detrás, en las profundas
alcobas de la casa,
la leña del hogar, el dulce
aditamento de la risa,
la pátina del beso, la amorosa
caricia de una extensa madre...
¿Madre?
¿Quién habita la casa sino el pálido
reflejo de una triste luna?
Una triste luna. La misma luna que un día se había colado por las chimeneas temblorosas de mi alma para alumbrar unos versos con los que construí este sencillo poema que habla de los tiempos de la emigración: mi padre, mis hermanas, yo mismo. Casi todos desperdigados por el mundo y algunos de nosotros muy lejos.
La casa no llegó a estar nunca sola, pese a todo, pero yo tuve miedo de que pudiera estarlo algún día, como así fue.
Un abrazo
Os deseo una luna íntima y clara que ilumine todos los momentos de vuestra vida.
El título lo dice: escribí un correo electrónico para mandar a la lista de Paisajes Literarios, pero me ha salido una sábana, de manera que lo voy a aprovechar como artículo. No es que sea un artículo de lujo, pero los que pasan por serlo tampoco le ganan por goleada, salvo en un único aspecto: son más aburridos.
Me dicen que estos días tengo que ser muy dulce, muy bueno, muy tierno, muy cariñoso, muy amable, muy simpático, muy felicitativo…
-¿Muy felicitativo?
-Sí, sí, tiene usted que felicitativar a troche moche, como si fuera a morirse mañana.
-Ya, pero si voy a morirme mañana, lo que tendré que hacer es despedititarme, ¿no?, pero lo que es felicitativar…
Estas cosas me dicen, y yo replico: pues por mí que no quede, muchachos, pero luego no me digáis que os abrumo, que os agobio, que os atosigo, que os incordio, que os perturbo, que os molesto, que os jodo la marrana, para decirlo mal y pronto... ¿Me comprendéis?
-Sí, sí, tú tira palante con lo primero que se te ocurra. Y no seas tan remilgao, coño, que a veces pareces mariposón.
Pues palante tiro. Y digo que si por el hecho de desearla se implantada la felicidad en el mundo, aunque fuera una felicidad con sus dosis de tropezones y de contratiempos, yo estaría todo el día mandando correos electrónicos y felicitativando. Sea usted feliz, amigo, que llega el correo de Mariano (El de Mariano y el de todos los marianos del mundo, aunque se llamen Tobías o Andrés o Lidia o Justino o San Diego de la Vega de Abajo, que tiene una huerta y es la fertilidad en persona).
Como veis, soy obediente. También con mi mujer, de la que estoy enamorado desde hace dos siglos y medio y lo estaré por lo que queda de éste y doce siglos más
-¿Y luego?
-No sé, ¿usted cree que hay un luego, con la que está cayendo? Guerras, terrorismos, hambre-en-el-tercer-mundo y aun en el segundo y en el primero (donde se mezcla con el derroche a tutiplén), contaminación, cambio climático, división social, paro, resentimiento, odio a patadas... ¿Por qué odiamos a patadas, si patadas es bueno?
En fin, que tanto Copenhague y tanta gaita bendita y al final sólo han firmado un pacto de mínimos. Un pacto bajo mínimos, diría yo. Tanto presidente de Gobierno, tanto país contaminante que se ha sentado a la mesa, tanto Obama de Dios y tanta China metida en el zapato. Ojo, no he dicho en el zapatero. Zapatero no pinta ¿Qué va a pintar Zapatero si toda Europa ha quedado de segundona y ha firmado un compromiso con la inutilidad? El cambio climático ha venido de pronto con la nieve, que es blanca, y no con Obama, que es negro. Por cierto, cuando llegue a su País destacará mucho más, porque EEUU ha amanecido nevado. Y no sólo en Nevada, que es un estado del agua, sino también en Toronto.
-Pero qué toronto eres, Mariano, pareces un crío de teta
-¿De teta redondeta? ¿No querrá usted decir un muñeco de nieve?
-Pues sí, eso he dicho ¿Había entendido usted otra cosa?
En fin, que yo os escribía para llevar la felicidad a vuestras almas, a vuestros hogares, a vuestras familias, y me parece que estoy introduciendo la controversia. Y no es eso, no es eso. Voy a deciros la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Para ello quiero a apoyarme en el libro de estilo del Gobierno de España, que es honesto, que es justo, que es pastor. Y nunca dice una cosa por otra ¿A que no, contribuyentes con expectativa de subida de impuestos? La reunión de Copenhague ha sido totalmente satisfactoria, leñe (Leñe por no decir coño, el buenismo requiere ciertos cuidados). Es más, el acuerdo fue espontáneo, generoso y casi compulsivo, tanto que antes de acabar de firmarlo ya se estaba cumpliendo. El primer punto del mismo exigía de los países reunidos una gran nevada. Y ahí está, como caída del cielo, pero en realidad fue provocada por el quehacer sobrehumano de los titanes, que no otra cosa son los delegados de los países que contaminan, hombres y mujeres de bien, muy bien, gracias, reunidos para salvarnos de las calderas ardientes de Pedro Botero.
Navidad: ¿un tiempo de encuentro y de ternura o una apología del consumo?
¿Hay una Navidad diferente cada año o podíamos decir que las Navidades son siempre las mismas? Yo creo que si, en lugar de mirar año a año, ponemos a trabajar la perspectiva, llegaremos a la conclusión de que, para bien o para mal, la transformación es realmente notoria. Por ejemplo: si analizáramos las navidades de 1959, sin duda llegaríamos a la conclusión de que eran más familiares, más recoletas, más íntimas, más pobres, más espirituales y más religiosas que las navidades actuales. Y que las Navidades actuales son más aparentes, más desaforadas, más paganas, más exteriorizadas, más consumistas y más materiales que las Navidades de 1959 ¿Esto es bueno o es malo? Para los que negocian con el juguete o el cava seguramente es muy bueno. No opinarán lo mismo los que entregan su alma a la meditación ¿Qué es lo que opino yo? Dejo aquí retales de los artículos que he escrito en los últimos años sobre el tema. Y, además, dejo también los enlaces donde pueden leerse íntegramente los mencionados artículos
Lo que resulta más chocante, aunque sólo en cierto sentido, es que teniendo la sociedad occidental un origen judeo-cristiano, y siendo Jesucristo un símbolo de humildad y de pobreza, se le haya ido tanto la mano en la conmemoración de su nacimiento. La Navidad, que además de celebración es el símbolo por excelencia de la familia y la familia, a su vez, es la base de la estructura de la sociedad occidental, la Navidad, digo, antes que otra cosa es actualmente un desorbitado acto de mercantilismo. Un impresionante tintineo de monedas, una avalancha incesante de sensiblerías repentinas y deseos de felicidad con parafernalia y regalo, una proliferación de centros comerciales en los que unos atronadores villancicos -perdida su función original-, han terminado por ganar la condición de barahúnda y esperpento. Bajo esa lágrima de fácil alegría, de emociones prontas y confraternizaciones con plazo de caducidad, hay un mercadeo puro y desaforado. El famoso "Dios es amor" del ideario protestante se podía trocar fácilmente en el "Jesucristo es negocio", de los grandes mercaderes modernos y también de los que vemos los toros desde la barrera y no protestamos en absoluto.
Los mercaderes occidentales, que en Europa reniegan de su pasado cristiano, utilizan la Navidad para vender sus cachivaches de hipocresía. Porque, vamos a ver, ¿para qué se celebra el nacimiento de Jesucristo, realmente? Para mantener un negocio monumental ¿Y no sería mejor que redujéramos al mínimo la parafernalia, que es abrumadora y obscena, y les dijéramos a los niños que eso de los Reyes Magos, a cuyas barbas se ha subido Papá Noel, es algo que se ha salido del tiesto, es decir, del espacio íntimo del corazón y de los zapatos? ¿Por qué seguimos el juego de los mercaderes que, además de enriquecerse con nosotros, nos atiborran de cosas innecesarias o contraproducentes, algunas de las cuales promueven claramente la agresividad?
En este punto exacto de la conversación me siento mirado con ternura. Y una voz cariñosa y aterciopelada me dice: -Eres fantástico, Marito ¿No tendrás alguna reminiscencia, alguna fijación, algún atrancamiento de tipo freudiano? -¿Como un paraíso de felicidad? Pues sí, mira, la nieve me devuelve a la niñez y me pongo como un loco a desgranar villancicos. Este año quiero ver con mis ojos si los peces beben en el río donde la Virgen lava pañales, porque, claro, si esto es así, los peces no estarían realmente bebiendo, sino comiendo, y el villancico, por fin, sería más digerible para los animales racionales como yo ¿Tú eres también animala racionala? -Sí, pero algo anacoluta -Conforme, eso está en sintonía con el pensamiento de los niños. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí, digo que volviendo a la niñez vuelvo a aquella casa bendita en la que la luna se colaba por la chimenea… Sé que pasarás en ella unos días. Seguro que se alegra de verte. Sí, la luna. Llévale un pedacito de mis nostalgias. Y dile que ilumine las calles del corazón para que todos tengamos una feliz Navidad. Es cosa que te pide tu hermano, que te quiere, y al que nunca le has negado el cariño.
Para mí, las auténticas Navidades son las del recuerdo imborrable de la niñez: una casa cuya forma no han logrado cambiar las rehabilitaciones, una cocina caldeada por un fuego bajo de leña y por el profuso calor de una familia humilde, amante y numerosa; unos escaños oscuros de madera para sentarse al fuego; el hogar, donde se calentaban las palabras y la risa y la comida de la familia, incluidos los animales; la duermevela de los gatos en los entornos del resplandor de las llamaradas; las brasas rojizas y acogedoras en que éstas acababan convirtiéndose, la campana gigante que sujetaba el calor en sus paredes íntimas, el humo que ennegrecía las caramillas y multiplicaba el hollín de la chimenea: la misma chimenea por la que años después se coló la Luna para encontrar una doliente soledad desperdigada.
Y los abuelos, con su cariño viejo y su memoria innumerable e imperecedera, con la magia atrayente de sus fábricas de aventuras y desventuras, de alegrías y miedos.
Y los hermanos, vertebrados en el amor de tu corazón como si fueran carne propia, doliéndote sus dolores, iluminándote sus alegrías. Compartiendo los enfados y las carcajadas y los parchises y las fungas y las zambombas y las rayuelas…Compartiendo el patio y el amor y la calle y el cálido aliento de los perros.
Y los padres.
Unos padres cercanos, amorosos y protectores. Con su presencia sencilla, pero robusta, indisociable de la felicidad, y la ternura sólida de un amor tan grande que no se ha agotado en el tiempo ni caerá jamás en el olvido.
Claro que en cuanto pasamos de la teoría a la praxis, ya empiezan a surgir los problemas. Así, el tercer verso “Ser de todos lo que es mío” un católico lo convierte rápidamente en “Lo mío es mío y yo reparto limosnas”, amortiguando de este modo los efectos de la mala conciencia ¿Tú tienes mala conciencia? No, padre, yo no robo ni mato. Claro que robas, hombre. Robas a espuertas. Y si no robas más es porque no puedes. Además, de limosnas, nada. Lo que das son migajas poco menos que vergonzosas. (Este párrafo no va dirigido a las bases, donde sólo hay pequeños imitadores y aficionados, sino a las jerarquías que tienen el poder y el dinero, que es donde más se roba, más se mata y más se jode al prójimo. Con esto de joder al prójimo, ¿te refieres a la fornicación? No, me refiero a la humillación y al pisoteo)
¿Y qué hace un comunista? Pues un comunista, en principio, acepta el verso tal cual es: “Ser de todos lo que es mío”, hasta que llegamos al reparto de la moto, como sabéis: “Ojo, que moto sí que tengo”. Lo realmente malo del comunismo es que permitió que la revolución se jerarquizara. Así, mediante la dictadura del proletariado, los que tomaron el mando le dieron la vuelta a la tortilla. Ellos se quedaron arriba y por abajo la dejaron quemar. Pero hubo listos que picaron la sartén y por los agujeros le dieron salida al estraperlo. De este modo, los ricos conservaron lo suyo y los gobernantes se enriquecieron ex novo. Todo ello se puso en evidencia con la simple caída de un muro ¿El de Pink Floyd? ¡No, el de la vergüenza! El caso es que, sea cual sea la forma de machacar, los machacados son siempre los mismos.
El problema de los cristianos es que echaron a Dios e hicieron negocios en el templo. De nada valió la desatada ira de Jesucristo. El problema de los comunistas es que echaron a Dios y metieron un témpano de hielo en el corazón de los hombres. El problema de los judíos es que siguen esperando a Dios, pero no lo reconocen cuando les llama a la puerta. El Problema del islamismo es que convierten las caricaturas en ofensas contra Dios y las ofensas contra Dios en atentados contra bienes y personas.
¿De qué vamos a hablar, entonces? Pues, mira, no lo sé. En realidad yo empecé a escribir este artículo con la idea de hacer una felicitación de Navidad, pero pensando en los cuatro millones de euros que se ha gastado Gallardón en la iluminación de las calles de Madrid, me he quedado extasiado como el Rey ante la cúpula de Barceló, de la que dicen que recuerda a determinada cueva china. Normal, de China importamos un montón de juguetes. Este año, menos. Muchos menos. Parece que la crisis, aunque cierre algunas fábricas orientales, va a salir por fin al rescate de los niños, que están atiborrados de esa procelosa juguetería navideña que es perjudicial, que es hueca, que es vana.
El Gobierno (y la oposición con todos sus políticos al frente) tendría que hacer un esfuerzo dirigido a los que tienen verdadera necesidad. Nadie debería verse privado de lo básico. Nadie debería pasar una noche al relente. Nadie debería pasar hambre. Por lo demás, y salvados estos extremos, a lo mejor nos viene bien que nos pongan un poco en nuestro sitio, especialmente a aquellos que se han salido excesivamente de madre.
Sería bueno que el frío de la crisis nos dejara en los zapatos un poco de recogimiento y de humildad. Desde ahí se pueden tener muy felices fiestas.
“…Echada casi la suerte, miré hacia atrás y entendí que ausencia vale por muerte, cuando la ausencia es de ti…”
Amanecí boca arriba. Abrí unos ojos helados y redondos, que tropezaron con el cielo raso del techo. Una lágrima íntima resbaló por las grietas de la realidad, que era cruda y dolorosa. Te busqué desesperadamente, pero la habitación, aún oscura, ya había sido ocupada por tu
Ausencia
Despertar y no verte
es sentir el horror de que te has ido.
Acostumbrar los ojos
a tanta claridad, a tanto espacio,
percibir la tristeza en el espejo,
¿no es acaso sufrir
tu ausencia insoportable
en el lado desnudo de la cama?
Al incorporarme del sueño prendí la luz del día. Miré por la ventana y todo estaba en su sitio: el mar, los árboles, la algarabía amontonada de las gaviotas… Entonces comprendí que había tenido un momento de debilidad, pero la luz me devolvía a la fe y, cuando llegara la noche, yo podría volver a cantar con esperanza, que es precisamente
Lo esencial
Hoy te quiero decir que ni el rocío
fugaz de la mañana, ni la sombra
del tilo al mediodía,
ni el reflejo del mar
bajo la luna blanca de la noche,
se han interpuesto en el camino
que me lleva hacia ti.
Nada me ha distraído de tus ojos
luminiscentes, de tus labios
mojados y entreabiertos,
de tu pecho agitado por las altas
turbulencias del corazón.
Esta es la hora, esto lo esencial.
Hoy discurre mi sangre
por arterias que van hacia tus besos.
Bajé las escaleras de la fe y me dirigí a los territorios de la cocina, que está tres metros más baja. Tomé un café con galleras y con dudas. Salí al jardín, el sol se estaba ocultando bajo una actualidad de nubarrones, de cielos encapotados, de tormentas. Hasta que un rayo gritó dentro de mí:
Me dueles
Nada le quito a mis rotundas
declaraciones amorosas
si de pronto te digo que me dueles.
Me duele la certeza
de que tus ojos no podrán ser míos,
de que tus labios
no dejarán jamás
de ser mi tentación de cada día.
Quererte tanto
es la razón insoportable
de mi dolor sin fin y sin remedio.
La noche llegó con una calma oscura. Sentí la soledad en la conciencia y tuve miedo. Miedo de acostarme nuevamente porque sabía que estar solo era el preludio de un amanecer con llanto.
Venimos de cenar en Benidorm. Fuimos con el propósito de tomar una cena ligera, ya que al mediodía habíamos comido una impresionante fabada que nos hizo nuestro amigo Paco Aparicio.
-¿De Asturias, patria querida?
-No, señor, de Marmolejo. Residente en Villajoyosa
-¿Y sabe hacer fabada?
-Ya lo creo, y de judías bien gordas y de condumio bien magro y de antecedentes bien variados y apetitosos...
-Esta noche toca verdura -dijo de pronto su mujer, nuestra querida amiga Maruja
Y entonces nos fuimos al Murciano, un Rincón que se comunica directamente con los verdores de la huerta
-¿Con los verdores o con las verduras?
-Con ambos dos, supongo... Verdes tallos, verdes ramas... "El barco sobre la mar y el caballo en la montaña"
-¿Y los tronchos?
-Esos para el conejo de la Loles...
Pero no tuvimos suerte, el Murciano estaba cerrado. Así que nos metimos en un restaurante de los alrededores que tenía dibujados los platos. Y no sólo en las cartas, sino también en los trípodes, en los escaparates, en las paredes con tu nombre mi amor y hasta en los labios locuaces de los camareros. Cenamos tirando a mal. Y lo que es peor, tirando a mucho. Los verdores estaban fritos y aceitosos. El pescadito, enharinado y desaborío, con lo bueno que lo hacen en el Pachell y en otros restaurantes de Villajoyosa. Y encima tuvimos la ocurrencia de pedir unas croquetillas que tenían muy buen ver en las fotografías, pero que resultaron renegridas, rebotantes y regordetas
-¿Van a querer pan?
-Sí, ¿no ve que somos de pueblo?
-¿Normal o tostado con tomate?
-Hombre, no hay color
Nos lo trajeron tostado, con el tomate aparte. ¿Y el alioli y las aceitunas?
-Venía en el lote.
-¿Y los pimientos de Padrón?
-Esos los pedimos nosotros, para jugar a la lotería....
-¿Van a tomar postre los señores?
-Los señores no, porque no nos entra. Pregúntele usted a las señoras.
Tomamos un descafeinado solo de máquina. Yo lo pedí con sacarina, para que el contraste fuera redondo. Sácame la harina, por favor, le dije al camarero. Ah, y también tomamos vino y cerveza...
-Pardillos, que sois unos pardillos
-Es verdura. Y todo porque el Murciano estaba Closed
-Ya, échame a mí la culpa. Como en Benidorm no hay restaurantes...
Salimos regurgitando unos globitos con aires de fritanga. A la legua se veía que perdíamos aceite...Menos mal que era de oliva o de Gandía, no sé. Bueno, tal vez fuera de girasol o de soja... Y con estas pintas nos fuimos a pasear a la playa, donde unas chicas cuerpidivinas nos abordaron entre puñados de publicidad. Las gogós se contorsionaban en los altos entarimados de la música. Pasen aquí, amigos
-¿Con esta edad, muchacha?
-¿Qué edad, hombre, pero si está usted que se sale.
Salido y todo, seguimos nuestro paseo para rebajar el colesterol, los triglicéridos, el azucar. Teníamos toda la playa por delante y nos habíamos metido en el cuerpo muchos más inconvenientes y tropezones de los que nos habíamos propuesto, más aún de los que el cuerpo puede aguantar para mantener la figura y la salud.
-A Mariano -les decía Paco a las chicas- Dádselas a Mariano que, si bien es atún de la bahía, aún se cree bonito del norte...
Desistimos de andar cuando a Rosa le empezaron a molestar los zapatos. Era cerca de la una de la mañana. Hacía buen tiempo. La playa estaba tranquila y en las orillas semioscuras no se avistaba ninguna sirena. Y ésa fue realmente mi salvación, porque yo estaba lanzado...