Soledad de soledades
-Este poema, del que siempre he pensado que jamás vería la luz, ha dormido durante 25 años en la soledad de un cajón, tal vez de varios cajones
-¿Podrías decir por qué?
-Por largo
-Los tienes casi infinitos y no por eso los has dejado de publicar. Por ejemplo, Tragedia de un avaro. Por ejemplo, el Homenaje a Toledo. Por ejemplo, Benidorm, fantasía urbanizada.
-Ya, pero éste es de un largo sofocante y cansino
-Entonces, ¿por qué lo publicas ahora?
-No lo sé
-Eso no me lo creo
-Bien, en tu lugar yo tampoco lo haría
-¿Quieres hablar en serio for once in your bloody life?
-Dispara
-¿Te gusta el poema?
-No
-¿Por qué?
-Porque es igual que los chistes excesivamente compuestos, que resultan predecibles y soporíferos
-¿Y qué hay del contenido?
-¿Qué quieres saber?
-Que si estás de acuerdo con lo que dice el poema
-Con parte sí, pero no con todo
-¿Y por qué no suprimes o modificas aquello con lo que no estás de acuerdo?
-Porque eso tergiversaría mi pensamiento de entonces
-¿Crees que era un pensamiento puro, noble, formado y propio?
-No, pero era el que era. Hoy tendría muchos matices. O sería parcialmente distinto.
-¿Lo percibes como un poema falso?
-No, el poema es auténtico y honesto. Las dudas recaen sobre mí
-¿El falso eras tú?
-No, no, por Dios, yo sólo era inexperto, engreído, limitado, radical, apodíctico.
-¿Y hoy eres perfecto y acabado?
-Hoy sé algo más que entonces y, por lo tanto, sería más flexible, más elástico. Y también derrocharía más comprensión, más humanidad, más ternura, más misericordia. Incluso en unos tiempos como los que corren. O precisamente por ellos.
-¿Son peores éstos que los de 1984, que fue el año de Orwell?
-Desde luego
-En ese caso, el poema debería agravarse en vez de aligerarse, como sugieres
-Eso dice la lógica
-¿Y no es así?
-La lógica es racional y no detecta el zigzagueo de los sentimientos. Y son los sentimientos los que flexibilizan la razón
-"Aquí, señor, me he perdido / Así que vuelvo a la fiesta / ¿Qué quiere usted con el huevo / una patata o dos medias?
-¿Y eras tú el que se quejaba de mi poca seriedad?
-Sí, era yo, soy yo, y ahora me quejo de que no has contestado a mi pregunta
-¿Y qué pregunta era ésa, que ya no la recuerdo?
-Que por qué publicas ahora el poema, si lo has tenido en la sombra durante tantos años y encima no te gusta
-Pero a eso ya he contestado
-Ah, ¿sí? ¿Y qué dijiste?
-Que no lo sé
-Por lo menos tienes memoria
-Más que un elefante.
-Y huevos
-Los que hagan falta
-Lo que no sé es si dices la verdad
-Pues otra verdad no tengo. O sea que debe ser ésta la buena
-La verdad suele ser múltiple
-En este caso es única, las otras son meras sospechas.
-Con ellas me voy a mis asuntos, como Miguel Hernández
-Y yo a mis soledades, como Antonio Machado
-Seguiré leyéndote, créeme
-Y yo a ti, no lo dudes
-Pareces el eco
-O la sombra
-Un eco que traduce
-O una sombra que habla.
-Adiós, Madrid
-Arrivederci, Roma
Mariano Estrada
Soledad de soledades
Qué juntos convivimos y qué solos
buscando por doquier una mirada,
soñando cada noche una caricia,
dejando en algún sitio alguna lágrima.
Qué solo está ese joven que milita,
qué solo está ese hombre que trabaja,
qué solo está ese niño que percibe
tan sólo soledad en la crianza.
Qué solo el que se entrega a los honores,
qué solo el que suspira por la fama,
qué solo el que se arroja al ascetismo
incrédulo de andar entre la masa.
Vosotros, que crecéis sólo hacia adentro,
que vais por soledades meditadas,
¿Son esas soledades la respuesta
o son otra pregunta hacia la nada?
Miradnos a nosotros, infelices,
esclavos de la sed, pero sin agua,
pidiendo comprensión sin ofrecerla,
viviendo por favor y de palabra.
Pidiendo amor a voces angustiosas,
terriblemente estériles y amargas,
pues no recibe amor quien no lo tiene
y no lo tiene el hombre que no ama.
Que amar es darse a otro sin cobrarle
las cosas que se quieren regaladas:
el apego, la entrega, la dulzura,
los abrazos, los besos y las brasas.
Mirad en los negocios, en las calles,
las barras de los bares y las plazas,
mirad tras el telón de las iglesias,
abridnos en canal, mirad las almas.
Miradnos solitarios dondequiera
con esta soledad invertebrada
que quiere hacerse sol y está a la sombra,
que quiere ser al tiempo fuego y agua.
Qué solo está ese hombre que recibe
aplausos por su gloria momentánea,
qué solo al contemplar desde el olvido
la gloria del que está donde él estaba.
Qué triste es encontrar ese vacío
que no tiene ni puertas ni ventanas,
ni forma, ni tamaño, ni escalones,
ni dice dónde empieza y dónde acaba.
Vosotros, los crecidos hacia adentro,
mirad que estamos solos en las almas.
Decidnos, ¿es verdad que hay soledades
que se hacen compañeras si se alcanzan?
¿Y cómo reprimir la vanagloria?
¿Qué hacer del egoísmo y la arrogancia?
¿A quién participar los desalientos?
¿Con quienes compartir las añoranzas?
Mirad que andamos solos, compañeros,
dejados del amor, sin esperanza;
sin meta, sin cariño, sin ternura,
con odio, con rencor, con destemplanza.
¿Adónde vamos, hombres, malperdidos,
esclavos del dinero y de la máquina?
¿Adónde vais, amigos, sin preguntas?
¿Adónde vamos todos en manada?
Mirad el devenir de vuestros hijos,
mirándoos vosotros a la cara,
miraos las pupilas desvaídas,
inhóspitas, incrédulas, impávidas.
Con cuánta soledad nos recibimos,
los unos a los otros, entre salvas,
con bombos y platillos y aspavientos,
con globos y oropeles y alharacas.
Qué sola está la risa de ese hombre
que es tanto obligación como semblanza,
qué sola está la mueca de ese viejo
que apoya su pasado en la cachava.
Qué sola esa mujer que se reparte
en hijos y quehaceres de la casa,
qué sólo ese señor que tiene esposa
y cargos y dineros y criada.
Con cuánta soledad se acuesta el hombre,
qué triste y solitario se levanta.
Y cómo se lacera todo el día
con esa soledad con la que anda.
Decid, los que apostasteis a estar solos,
¿Tenéis la soledad o se os falta?
Pues puede que le falte a quien la busca
y venga por sí sola a quien la espanta.
Hablad como si fuerais a moriros
al hombre que se queda y que os habla.
¿Queríais estar solos con los dioses
o era ser el dios lo que buscabais?
Decid, anacoretas, ¿qué sentido
se da a vuestra renuncia descarnada?
¿De qué le sirve a nadie una renuncia
si no tiene a un hermano para darla?
Decid a los que andamos en penumbras
-pues sois adelantados de la causa-
si es esa soledad que se persigue
la misma que a nosotros nos amarra.
Si son dos soledades diferentes,
la una acaso buena, la otra mala;
si existen soledad y compañía
totales, antinómicas, aisladas.
Si son un revoltón de cal y arena
que sólo hacen un cuerpo con el agua,
o son dos entidades, dos esencias
de sueño y realidad que no hacen masa.
Qué solo está el poeta y el mendigo,
qué solo el artesano y el que labra
los surcos de una tierra pedregosa,
los versos de un amor que se desmaya.
Qué solo el enseñante que descubre
el muro donde choca su enseñanza,
qué solo ese científico que deja
sus ojos en los átomos que matan.
Que solo está ese hombre al que corroen
los logros de los hombres con que trata,
que tiene siempre dardos con venenos
dispuestos a abatir al que se alza.
Qué solos por envidias y por celos,
qué solos por rencores y por trampas,
por ser incomprendidos pos los otros,
por no reconocernos en las almas.
¿Por qué la soledad, por qué el vacío,
por qué la indigestión de la palabra?
¿Por qué la indiferencia, por qué el tedio?
¿Por qué pasamos hambre en la abundancia?
¿Adónde está la fe que nos reúne?
¿Cuál es la religión que nos separa?
¿A qué filosofía naceremos
si nace antes la ley para matarla?
¿Tendremos que estar solos y sufriendo
los vínculos y sellos que nos atan?
¿Así son nuestros lazos, como rejas
de cárceles con celdas separadas?
¿Tendrá que ser el sueño de los hombres
por fuerza una caída cotidiana?
¿Será una maldición, un fatalismo?
¿Habrá en lo de ser hombre alguna estafa?
Buscaos más allá, bebed la copa,
quitaos el disfraz, sacad la daga,
clavadla hasta el dolor en esa víscera
oculta bajo el pecho, pero humana.
Qué triste es esa tarde de visita
que siempre es tan feliz en la palabra:
"Volved cuando gustéis", la que se dice.
"Mejor no volváis nunca", la pensada.
Qué solo estoy, amigo, mientras oigo
las cosas importantes de que me hablas,
qué cara de interés cuando me escuchas,
qué enorme soledad la que me callas.
¿Por qué no rompo yo con el modelo?
¿Por qué no te sublevas y me abrazas?
¿Por qué no me sacudo de polillas
y corres a matar lo que me mata?
¿Por qué tanto silencio y protocolo?
¿Por qué tantos pudores y distancia?
Mirad que somos muchos y no hay nadie,
mirad que somos todos para nada.
Qué solo está ese hombre, qué soltero;
qué sola esa mujer, qué mal casada,
que solo está ese joven sin pareja,
qué solo ese donjuán que tiene tantas.
Si grande soledad es la de uno
y más es la de dos que no se aman,
aquel que viene ya de soledades
¿tendrá más soledad cuando la haya?
Y tanta soledad, ¿es de este tiempo
o acaso ya es histórica o atávica?
¿Será mayor la de hoy que la de otrora?
¿Nacimos ya los hombres con la marca?
¿Por qué estoy solo yo con tanta queja?
¿Lo estoy en realidad o es queja falsa?
¿Quizás la comprensión sólo se atiene
a oír, aunque no entiendas, al que habla?
¿Hablar para sentir que aún estás vivo,
vivir para soñar que hay esperanza,
estar para que el otro se convenza
de que alguien va a enterarse de lo que haga?
¿Será la realidad así de roma
y el sueño una quimera así de vana?
¿Seremos sólo versos hacia adentro,
sirviéndonos por fuera de carnada?
Y aun en el amor, ¿nos fusionamos
o amamos nuestra imagen proyectada?
¿Conforman las dos almas una sola
o están, estando juntas, separadas?
Qué triste soledad la que se impone
maneras de vivir para matarla,
llenándose de labios que no besan,
cubriéndose de brazos que no abrazan.
Qué negra soledad la que no puede
vaciar la intimidad de las entrañas,
matar la sinrazón del pensamiento
soltar el corazón de las amarras.
A toda intimidad le es necesario
romper como las olas en las playas
sacando a las orillas las arenas
que lamen a las rocas enterradas
Pero hay una pared que se interpone,
acaso sin peldaños, quizás alta,
posiblemente llena de alfileres
que pinchan, que incomodan, que atenazan.
Ahí vivimos todos, frente a ella,
con penas, con recelos y con ansias;
a veces ignorándola del todo,
a veces a dos pasos de tocarla.
Tan solos nos sentimos a su vista
que siempre le volvemos las espaldas,
quedando así la duda en los dos lados
y en este los deseos de aclararla.
Del libro "Vientos de soledad" (1984)
Mariano Estrada www.mestrada.net Paisajes Literarios
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