Iba a escribir un artículo sobre la escasa -por no decir nula-, objetividad que se detecta en las opiniones vertidas no ya por los políticos, que son absolutamente sectarios y mentirosos, sino también por los periodistas, tertulianos y escritores que, de uno u otro modo, participan en el cacareo nacional: ese gallinero que, mal que nos pese, es el que detenta el monopolio de la opinión publicada. Y, lo que es peor aún, el que crea la opinión pública.
Enseguida me di cuenta de que ya había escrito ese artículo. Fue en el año 2005. La sorpresa se produjo cuando vi que su actualidad seguía siendo rabiosa. Ni siquiera fue necesario cambiar el ejemplo, porque al final tiene un ejemplo. Y digo un ejemplo, ojo, no una moraleja.
Lo cuelgo con una cierta tristeza, la de saber que nuestros males no sólo no han remitido, sino que han seguido avanzando. Y creo que a gran velocidad. Veremos si la crisis invierte la tendencia y finalmente nos sana. Éste es mi deseo. Pero a lo mejor hace falta un milagro.
En principio, la objetividad (entendida como modo de ver las cosas con distanciamiento) debería relacionarse solamente con el criterio o el parecer de cada uno, pero tal como está el patio de revuelto se relaciona también, y mucho, con la libertad de expresión, siendo éste precisamente el aspecto que más nos interesa. Se entiende por tanto que la objetividad es algo distinto de lo que llamamos pensamiento propio, libre e independiente, aunque ocasionalmente coincida con él; lo que ocurre es que las relaciones entre ambos son tan obvias que a veces pudieran llegarse a confundir. De ahí que pueda hablarse de grados de objetividad e incluso de pensamiento objetivo.
Por otra parte, en el presente rabioso y embarullado que nos ha tocado vivir, cualquier tipo de reflexión sobre la sociedad es harto compleja, sobre todo si se tiene la pretensión de ser objetivo ¿Se puede ser objetivo? Ésta es una pregunta sobre la que, sin intención de agotarla, vamos a extendernos también en estas líneas.
Pues bien, yo creo que se puede ser objetivo en la medida en que no te deslumbren los flases de las opiniones establecidas, que a menudo obedecen al interés, ni te cieguen tus propios prejuicios o tus propias pasiones. O sea, que la objetividad requiere voluntad, clarividencia y desapego. Pero hay que saber de entrada que, por el sólo hecho de intentar ser objetivo, te pueden dar de baja en la existencia (hablando metafóricamente, claro está), salvo a los meros efectos personales y familiares, y en el caso de estos últimos aún tengo mis dudas. Es decir, te apartan, te obvian, te arrinconan, te ningunean. No cuentas nada para ellos ¿Para ellos? ¿Quiénes son ellos? Pues ellos son el poder, el dinero, los que tienen la sartén por el mango y los que esperan tenerla, los políticos en sus muchas categorías, los instalados en la bicoca y el privilegio y, en general, las diversas combinaciones que se pueden hacer con estos mimbres. Ya puedes gritar, que serás un grito en el aire. Ya puedes quejarte, que no tendrás a quién, ni dónde. Ya puedes ser un genio, que nadie va a descubrirte para que deslumbres al mundo. La objetividad no les interesa lo más mínimo, lo único que quieren es la adhesión monda y lironda ¿Sabes lo que ello significa? "Sí, buana". Pues eso.
En el ámbito del periodismo, lo que acabo de exponer tiene un nombre: "la voz de su amo". Pero ocurre otro tanto en el sector empresarial y, sobre todo, claro, en el político. Por ejemplo, hay razones de estado que, con toda su importancia y pomposidad, se atropellan por meros intereses partidistas o electorales. Hay mentiras tan grandes como ruedas de molino que se maquinan y se escupen contra alguien a sabiendas no del daño que causan, que con eso ya se cuenta, sino de que todo el mundo sabe que, efectivamente, son grandes mentiras. Las llamo grandes mentiras por diferenciarlas de aquéllas que siempre se han llamado mentiras piadosas. Mentiras como catedrales que, de tanto repetirlas, llegan a pasar por verdad en ciertos casos y en amplios segmentos de la población. Hay perjurios como la copa de un pino. Hay negaciones de la evidencia que sonrojan. La consigna es clara: "al enemigo, ni agua". Porque, desgraciadamente, hemos pasado a ser enemigos donde debiéramos ser meramente adversarios. Y aún enemigos a muerte.
En estas condiciones ¿cómo reconocerle al otro no ya las virtudes, sino los aciertos, lo cual sería un alarde de objetividad? Más aún, ¿cómo reconocerle la posibilidad de acertar? ¿Cómo establecer unos cauces de entendimiento, o al menos unos parámetros de colaboración? ¿Cómo, si el que naufraga prefiere hundir el barco con todos los enseres antes que cogerse a la tabla de salvación del enemigo, que debiera ser tan sólo contrincante y hermano? Y esto es así hasta el punto de que a menudo se afirma lo que al mismo tiempo se niega. Basta con que haya por medio unos cuantos kilómetros, a veces bien pocos (Véase el comportamiento de un partido político en sus diversas circunscripciones cuando hay intereses regionales encontrados, por ejemplo).
En fin, volvamos al contenido de la pregunta ¿Se puede ser objetivo? ¿Se puede, al menos, tratar de ser objetivo? ¿Verdad que dan tentaciones de decir rotundamente que no? Pues sí, dan muchas tentaciones, pero yo creo que se puede intentar ser objetivo, a pesar de todo. Se puede hacer el bien sin mirar a quién, se puede decir "sí" o "no", o "depende", sin mirar las consecuencias a las que anteriormente nos referíamos. Se puede decir, "sí, pero..." o " no, aunque..." Es decir, se puede matizar para que no sea todo blanco, si no es todo blanco, ni sea todo negro si no es todo negro. Se puede decir: "yo creo que tienes razón en esto, pero desbarras en lo otro". O también: "yo creo que no tienes razón y que mientes como un cosaco" (Por cierto, ¿alguien ha comprobado si los cosacos mienten tanto como se dice?) Sí, yo creo que se puede estar a las duras y a las maduras, e incluso se puede estar sólo a las duras hasta que éstas sean huesos o piedras y no se puedan tragar.
Frente a las opiniones establecidas, se puede tener una opinión propia, desde luego, aunque sólo se la puedas comunicar a tu familia y a tus allegados. (El que ésta sea objetiva ya depende sólo de ti, como se ha dicho anteriormente). Se puede, digo, porque la libertad está a nuestro alcance para usarla. Por encima de los intereses y las conveniencias. Por encima de los contubernios. Por encima de tu misma comodidad. Por encima de todos los que van a tratarte como si fueras un apestado, que lo harán con toda la saña del mundo. Para decirlo de una vez, se puede tener una opinión propia y manifestarla públicamente por encima de todos los "encimas" del mundo. Otra cosa es disponer de los adecuados altavoces para su difusión.
Naturalmente, hablo de la libertad de pensamiento y del derecho que tenemos a expresarla por medio de la palabra, bien oral o escrita; de donde se colige que hablo de la libertad de expresión en la sociedad occidental y, por lo tanto, en el juego de los "encimas" que acabo de exponer no está contemplada la pena de muerte. Salvando la metáfora del principio, nadie te mata ya (o todavía) por expresar públicamente tus pensamientos, aunque éstos sean tan objetivos que incomoden a tirios y a troyanos, a montescos y a capuletos, a republicanos y a monárquicos, a progresistas y a conservadores. Nadie te mata actualmente por tratar de ser objetivo, pero todo el mundo sabe los calvarios de Galileo por empeñarse en afirmar algo tan objetivo como que la tierra no era el centro del mundo. Son muchos los que han tenido que sufrir antes de ahora no ya por decir lo que buenamente creían o pensaban, sino por tratar de expresarse con objetividad, cayera quien cayera, ya que han tenido que enfrentarse no sólo a los extraños, sino también a los propios. Son muchos los que se la han jugado cuando realmente ha habido peligro en jugársela, como para que ahora tengamos que callar nuestra opinión porque así le interese al capital, a la política o a la ideología, ya sea en nombre de la izquierda, de la derecha o del obsceno eclecticismo del dinero.
Yo aspiro a seguir pensando por mi cuenta (dentro de lo posible, claro, porque el marketing y las trampas están a la orden del día) y a tratar de ser objetivo en mis opiniones, así como a defender que otros puedan hacer exactamente lo mismo. Y, por supuesto, animo a todo el mundo a que no permitan que otros piensen totalmente por ellos. Y a que traten de ser objetivos. Hay momentos, además, en que es necesario serlo, aunque haya que decir que no a muchas gentes o cosas: a un hijo, a un amigo, a una posición, a un halago, a una empresa, a un negocio y, desde luego, al partido con el que se simpatiza o al que se pertenece. A pesar de que ello signifique tener que reducir las visitas al restaurante.
Pongamos como ejemplo el 11-M: en aquellos crudos momentos, lo que yo percibí del poder y de los partidos políticos, tal vez como muchos ciudadanos, fue lo siguiente: el Gobierno y el PP querían a toda costa que la autoría de los atentados recayera sobre ETA, mientras el PSOE y resto de los partidos querían a toda costa que recayera sobre Al Qaeda. Unos y otros (más acobardado el PP, más envalentonados el PSOE y el resto de los partidos) trataron de crear opinión (de hecho la crearon, y muy ciega, por cierto), pero es evidente que sus manifestaciones eran deseos que se correspondían exactamente con sus intereses. La que acabo de expresar, en cambio, creo que es una opinión objetiva.
No hay quien los eche del pesebre. Les importa un pepino la dramática situación de los parados. Si de verdad les importara habrían llegado ya a acuerdos que al sentido común se le hacen imprescindibles. Ganan diez veces más que el ciudadano corriente, como mínimo. Y no están dispuestos a renunciar a una parte de lo que les sobra, porque les sobra, para que los necesitados puedan comer, que no pueden. No tienen ni idea de lo que es pasar hambre y/o necesidad. Y les preocupa bien poco que otros la pasen. Son corruptos. Tienen conciencia de casta y se defienden unos a otros con uñas y dientes. Los palos que aparentemente se dan son sólo para llegar los primeros en esta loca carrera por el poder, porque el que llega primero es el que más manda y el que más amigos coloca y el que más chupa del bote.
¿Hace falta decir que me estoy refiriendo a los políticos?
Pues sí, a ellos me refiero. Y digo que yo no les voy a votar en las próximas elecciones, aunque mi decisión les importe un ****. A ellos les basta con una concurrencia de mínimos. Y hasta la próxima convocatoria electoral no se acuerdan más de nosotros. La abstención les preocupa únicamente porque, si nosotros nos abstenemos en masa, el negocio se les arruina.
Y es que somos ovejitas luceras, votamos a esta panda de mantenidos para que nos gobiernen los adinerados y los banqueros. Dentro de poco, la mayoría de los ciudadanos ganará escasamente para vivir y la riqueza del mundo estará muy concentrada en las élites, más aún de lo que ya está. Y harán con nosotros lo que les dé la gana. Si quieren -y querrán, porque carecen de escrúpulos-, propagarán cualquier virus para diezmar la población y les echarán la culpa a los monos, a las vacas, a los elefantes o a los cerdos. La única moral que tienen es la económica, y también la única ley.
El mundo va a ser un campo de oprimidos y menesterosos, pero las castas seguirán cobrando 10 ó 15,000 euros al mes, que tiene huevos la cosa. Ellos, los políticos, serán los perros guardianes de los que, cada vez en mayor grado, detentarán el poder y la riqueza. Y encima se permiten darnos lecciones de democracia y hablarnos de ética y de moral. Ellos, que están mintiendo todo el santo día, que roban lo que pueden, que derrochan el dinero de los contribuyentes en hoteles, en comidas, en coches, en aviones, en privilegios de todo tipo, que su única preocupación es la de conservar el maná que les hemos puesto en la boca. Mana-maná, chuchúru-chú...
Nos dicen que la abstención devalúa la democracia, pero lo que devalúa realmente la democracia, si es que puede devaluarse más todavía, es crear un poder omnímodo en el centro de Europa, desde donde quieren gobernar esta parte del mundo sin tener que dar cuenta de sus arbitrarias decisiones ni explicación de sus seguros despropósitos. Lo curioso es que somos nosotros, los ciudadanos, los que vamos a entregarles el palo de la piruleta: Chupa, chupa... ¿Tá güeno?.
Oiga, ¿no exagera usted un poco?
Pero muy poco, amigo ¿O cree usted que exagero cuando digo que los políticos que nos representan en los distintos Parlamentos ganan más de 10 ó 15.000 euros al mes, dependiendo de la circunstancia y del cargo? Pues mire, para poder salir de dudas, pido que se les saquen bien las cuentas. El sueldo. Las dietas, las comisiones y las historias que se montan para llenar el canut. ¿Sabes lo que es el canut?
Que no, que yo no voy a votar hasta que los políticos no anuncien una bajada importante de sus percepciones económicas ¿Un 30 por ciento? Puede, y aún cobrarían mucho más de lo que cobra la inmensa mayoría de los españoles. Y encima tienen la cara de decir que no están bien pagados. Y es que a lo mejor se comparan con los banqueros, los presidentes de las multinacionales y otra serie de privilegiados por el estilo. Pero es que lo que cobran los banqueros y equivalentes es simplemente una obscenidad que repugna seriamente a la inteligencia.
Que no voy a votar, leche. Iré cuando se bajen el sueldo los que, por mucho que nos duela, son nuestros jodidos representantes. Por cierto, ¿se atreverán a pedirles el voto a los parados, ellos, que van a ganar en Europa la friolera de 10 ó 15.000 euros al mes? ¿Dice usted que me he quedado corto? Pues mire, a lo mejor es verdad. Desde luego, eso es lo que ellos quisieran. Y a los demás que les den por el culo. Manda huevos, tío. Pero qué gordos los tienen estos malandrines feroces de la España reciente.