Como que no es cosa menor, de la cual nadie se deba interesar. Es cierto que la vida interior de las personas, es asunto privado, pero hay personas cuyas vidas no pueden ser tan privadas y que, por el contrario, deben estar -y de hecho están- bajo la mirada escrutadora de los ciudadanos en general.
Las personas que el teclado hoy invoca, no son personas físicas, sino morales; verdaderas instituciones de interés público, que hace tiempo abandonaron para siempre la penuria económica, de modo que ya sin sobresaltos de lacerante pobreza, pudiesen seguir ofreciendo al país el servicio de organizar a la ciudadanía para la participación política y el acceso al poder. Por ello, ya forman parte de las entidades públicas cuya vida material es sostenida con recursos públicos, de pe a pa.
En su seno de cada partido político se encuentran precisamente, los hombres y mujeres que ocupan hoy, y que ocuparán mañana, la infinita mayoría de los puestos de servicio público, desde los más encumbrados hasta los más humildes. Vienen -aunque de pronto no se vean- junto con los candidatos que se votan en cada elección. Allí están los hombres y mujeres que deberán asumir las empresas más decididas y eficaces para hacer que la economía funcione de modo excelente; que la educación se vuelva claramente prometedora y productiva; que la seguridad y la tranquilidad públicas, sean auténtica garantía para el desarrollo personal y colectivo; etc.
Por eso, la sociedad justamente esperanzada debía encontrar que en el seno de los partidos políticos participantes de las contiendas electorales, estén los hombres y mujeres más decididos; los más dispuestos a enfrentar desafíos, sin importar que fuesen tremendos e inesperados; los que sólo se dobleguen ante el derecho y la razón; los que pongan siempre por delante el interés de la comunidad, el de la Nación.
Hombres y mujeres de tal talante serán siempre garantía de honradez y de buenos resultados. No asumirán jamás el servicio público como refugio que los salve del inmisericorde mundo de la competencia, en el cual sólo el trabajo efectivo tiene la virtud de asegurar el pan de cada día.
Pero cuando la vista escrutadora de los ciudadanos mira la vida interior de los partidos, y encuentra que sus miembros ceden sin remedio libertad y decisión, sometiéndose a los decretos de la cúpula que los avasalla sólo porque tiene el poder de la imposición, entonces el pensamiento ni siquiera se detiene para hacer el inventario de la ruina de la democracia; un escalofrío espeluznante le lleva ante la imagen del servicio público que queda en manos de personas que concientemente renunciaron a la defensa de su derecho de ejercer su libertad; que demostraron que carecen de los arrestos para oponerse a la fuerza de la imposición; que se sometieron para no batallar en campo abierto por llevar cada día el pan a la mesa de los suyos. Esa actuación es la más irrebatible constancia de que también les hará falta fuerza para asumir las grandes empresas, para mejorar la educación y para superar los grandes problemas nacionales; para conducir a la sociedad en la recuperación de la paz y del orden público, y para muchas otras cosas por las que México tendrá que seguir esperando.
¿Cómo desentenderse de lo que pasa dentro de los partidos políticos? El análisis de su vida interior es una herramienta para la decisión de los ciudadanos el día de la elección.
La libertad es propia de los seres humanos, es uno de sus derechos naturales, y por eso todas las personas la gozan, aunque ha habido tiempos en los que no todas han podido ejercerla.
En la antigüedad hubo hombres y mujeres sometidos a la potestad de otros hombres que dispusieron de su vida y de su destino.Con su aparición, el cristianismo propuso la igualdad entre los seres humanos, pero fue necesario que pasaran cientos y cientos de años para que ese anhelo triunfara sobre la faz de la Tierra.La dominación de las potencias europeas trajo a la América, apenas descubierta, la fuerza de trabajo de gentes del África, consideradas menos que humanas sólo por su aspecto y su color.
Pero todos, aún las personas que otros consideraron algo menos que humanos, lucharon siempre por alcanzar el libre ejercicio de su libertad.La historia de las naciones del mundo, está plagada de estas batallas.
En el México independiente, han existido muchas cortapisas para la libertad, pues no siempre se ha tenido libertad para sumarse a un sindicato o lo contrario; para profesar la fe religiosa que cada quien quiera; para hacer que los hijos estudien y se formen conforme al credo de sus padres; para afiliarse a un partido político; para asistir a una reunión política; para pensar y expresar lo que se piensa; para votar y elegir a los gobernantes, etc., etc.
Pero en México, el PAN reclutó a millones de mexicanos que conscientemente optaron por el derecho de ser libres; y hubo quienes ciertamente ofrendaron la salud y el bienestar, la libertad y hasta la vida para tener el derecho cierto, concreto y efectivo de elegir a sus candidatos y a sus gobernantes.Se trata de derechos ganados a pulso, cuyo ejercicio hecho a la luz del Sol y ante los ojos de todo mundo, dio prestigio a la lucha más legítima del pueblo por la libertad.
Ya no es posible acusar a la dictadura perfecta del corporativismo priísta, de ser la que restrinja el ejercicio de esa libertad ciudadana; tal parece que han sido los propios ciudadanos quienes han permitido que aquel tesoro forjado con sangre y abundante sufrimiento, se pulverice a favor de innumerables grupos de poder que, pedazo a pedazo, arrebatan a cada uno de sus individuos que los integran, el invaluable derecho de ser libres.
La lucha por el derecho de ser y vivir libres, es una herencia que debe llevarse con acendrado orgullo, y es irrenunciable. Si por haber llegado a las lides políticas durante el panismo reciente, acaso se desconoce cómo se formó ese acervo de civismo, entonces téngase muy presente al dilapidar esa herencia, que su espacio es imposible llenarlo con meras necesidades materiales, con la aspiración o con la oferta de un puesto público, porque tal cosa sería tanto como el abandono del ideal.Para vivir el panismo, se debe honrar la memoria de aquellos que sacrificaron todo cuanto tenían por el Bien de la Patria; para valorar y enaltecer los bienes humanos, principalmente el de la libertad, hay que considerar que a diferencia de su goce que viene por nada, su ejercicio pleno es cosa que jamás se debe postergar.
Al comienzo fueron personas probadamente valientes, que sabían que al aceptar una candidatura, absolutamente nada obtendrían para sí, y que en cambio, tendrían que aportarle a esa empresa su tiempo y su hacienda y enfrentar atroces peligros, entre los que podrían hallarse no sólo la ruina, sino también la pérdida de la libertad y hasta de la vida.
Los de aquel comienzo fueron hombres y mujeres dignísimos, verdaderos servidores de la Patria, que sabiéndose libres, dieron ejemplo de cómo se alcanza y se ejercita la libertad, sin doblegarse jamás ante el capricho y los excesos del poder totalitario de aquella dictadura perfecta.
Las persecuciones, el acoso, la injusticia, la impunidad, trajeron otros tiempos en la lucha político electoral de México, y llegaron los días en que las candidaturas de los partidos de auténtica oposición recaían en quien hubiera, pues entonces el propósito fundamental era el de mantener vivo y actuante el anhelo por la democracia.A estos candidatos muchos les llamaron con sorna y desprecio, los de siempre; y, sin embargo, esos candidatos de siempre, llenaron un espacio, sirvieron un propósito que los hace por siempre recordables, pues sin ellos se hubiera reducido casi al punto de la extinción, toda esperanza de transformación política de México.
Tiempos traen tiempos, y con amaneceres de democracia, parecía que se había llegado al tiempo en el que ya sería posible ofrecer las candidaturas no sólo de los más dignos y valientes, ni de los de siempre, sino de los más aptos y preparados, de los mejor calificados; pero algo sucedió en aquel momento, que renunciando a la búsqueda de la excelencia, entonces empezó el tiempo de votar por los menos malos.
En medio del desconcierto propiciado por prácticas extrañas, recién se ha dicho que se ha seleccionado como candidatos a lo mejor que se tiene.
¿Será verdad que ese tiempo ha llegado?¡Sólo el tiempo lo dirá!
La entrada de la primavera tuvo en Tijuana un marco de aprecio infinito. Con cuanto agrado asistimos en familia a disfrutar el canto señorial de ocho tijuanenses cuyo arte esta tierra vio nacer y con orgullo le comparte al mundo entero.
Prometieron regalarnos las canciones más bellas; cumplidores, también colmaron la noche de sorpresas. Medina, Clapés, Labastida, Plazola, Paz, Sevilla, García, y Melchor, al piano la maestra Bulgakova, llenaron el Santuario del Sagrado Corazón con piezas hermosas de la obra de grandes maestros de la vieja Europa y de México.
En perfecta y placentera armonía bellísimas canciones de Puccini, Rossini, Bellini, Ponchielli, Bixio, Tagliaferri y de otros maestros europeos, compartieron la noche con canciones de Ponce, Lara y José Alfredo Jiménez.
Con el evento se rindió homenaje al Tenor y Maestro Ignacio Clapés, por sus 45 años de carrera artística y como maestro de generaciones de cantantes.
El Maestro Clapés interpretó dos melodías clásicas, acompañado por el Maestro José Medina al piano, y por el ensamble del Coro de Niños de la Ópera de Tijuana, y el Coro formado por sus pequeños alumnos del Conservatorio de Música de Tijuana. Grata y muy agradable sorpresa; un regalo inesperado que volvió excelsa la velada.
¡Que Tijuana... cante!, es el anhelo de la Ópera de Tijuana, y debiera ser el anhelo de todos en nuestra ciudad, pero no sólo por mero amor al arte, sino porque el arte, con su belleza y disciplina, con su escuela formadora, puede ser ocasión y oportunidad para orientar la vida, especialmente de los jóvenes y de los niños, hacia metas y destinos más llenos de sentido, hacia vidas plenas y felices.
¡Atrévase! Si usted tiene hijos de entre 11 y 15 años de edad, inscríbalos en el Coro de Niños Cantores de la Ópera de Tijuana, descubra, impulse y disfrute su talento.
Aprovechando cualquier escenario, ante los ojos de todos los mexicanos y a la vista del resto del mundo, los jerarcas mayores de dos partidos políticos nacionales se lanzan mutuas acusaciones. Uno atribuye al otro, el padrinazgo del auge de la industria del narcotráfico y del desarrollo inusitado de la delincuencia organizada; el otro descubre en su oponente la omisión como germen de esa perniciosa industria y de su sorprendente crecimiento.
Este conjunto de delaciones que van y vienen, ciertamente no es un vodevil, porque lo que esos dirigentes partidarios escenifican no es una comedia divertida. Inimaginable era, hasta hace poco, el que dos adversarios políticos principales, de esos a los que la Patria con sus recursos sostiene, viniesen a poner sobre el tablado la mayor expresión de ese enorme mal que aqueja a México, que es la impunidad.
Por acción o por omisión gubernativa, favorecer el desarrollo y el crecimiento de actividades delictivas, es cuestión que debe ser por lo menos investigada; cuanto más en el momento actual, cuando el problema ha adquirido dimensiones mayores que no sólo han traído la desgracia a muchas familias, sino que ha obligado al Estado Mexicano a desplegar acciones que reclaman colosal y creciente gasto y esfuerzo sustancial.
Sin embargo, hasta el momento, lo de esos dirigentes políticos no ha pasado ser meras palabras, porque no se sabe que uno de ellos, por lo menos uno, haya acudido ya ante la autoridad competente para presentar formal denuncia de lo que hasta hoy sólo le vienen cantando al viento.
Es casi imposible encontrar una forma de mayor ingratitud para la Nación, que sólo porque es generosa permite que el Estado sostenga a los partidos políticos en el ánimo de evitar que éstos se vuelvan rehenes de las industria del crimen.
Si el uno dice que el otro, su adversario, le ha sido infiel a la Nación, y si en sus afirmaciones existe un fondo sustancial de verdad, entonces está obligado a presentar una denuncia formal para que los hechos se investiguen y se llegue al fondo de esa verdad. Omitir el cumplimiento de este deber, es rubricar sin pudor la impunidad como una deplorable forma de vida. Si ninguno de esos dirigentes denuncia formalmente los hechos de sus acusaciones, no habrá duda de que sin proponérnoslo y sin haber adquirido las entradas, acudimos al estreno una gran tragedia.